Quemando cromo, de William Gibson

Quemando cromoLa verdad es que no me gustó mucho cuando lo leí. Hará diez o doce años cogí Quemando cromo convencido de tener un libro importante en las manos, creyendo, además, que era una buena puerta de entrada a un autor clave –quizá el más destacado– de la década de los ochenta, y nada: aburrimiento total, desconcentración, desinterés y rechazo. Las cosas a veces pasan así. Pero ahora, buscando entre unas cajas amontonadas una antología de Jack London, me encontré con el libro, y, al tenerlo ahí, decidí releer “Johnny Mnemónico” para ver, ya de paso, la película, y, aunque no era la intención, lo acabe leyendo entero por segunda vez. No entiendo qué es lo que no funcionó en su momento, porque estos cuentos, estas cápsulas ciberpunk de oscuridad y deshumanización, tienen un fulgor impactante, una bruma y un residuo que perduran. Ahora lo veo todo claro.

Ese primer desencuentro se debió quizá al imaginario dominante, tan áspero, de los cuentos, fruto de la superposición de planos: lo postapocalíptico superpuesto a lo cotidiano real de cada día. Como si William Gibson hubiese imaginado un futuro asolado para arrastrarlo, luego, hacia nuestro presente, consiguiendo una hibridación de estéticas donde las visiones de la humanidad se confunden en un único plano original –nuevo– para que así veamos que la desesperanza y la grisura que se le atribuyen a los mundos postapocalípticos en realidad ya están aquí, en las megaurbes, en la capitulación de las ilusiones y emociones humanas ante los intereses económicos. El postapocalipsis es ahora y no es regresivo, fruto de una involución; el ciego avance lucrativo nos llevará (¿nos ha llevado ya?), como vemos en estas cápsulas de Gibson, a un postapocalipsis tecnologizado y multitudinario, entremezclado sutilmente en nuestra rutina.

No creo que sea importante decidir si la ciencia ficción traslada una historia al futuro para criticar el presente, ni si el aporte científico está documentado y contrastado, o si no lo está (entre otras cosas porque, a veces, lo que no funciona como ciencia, funciona como literatura). De lo que habla la ciencia ficción es, yo creo, de la naturaleza humana. Esa concepción del género que asegura que hablando del futuro se habla del presente es un poco limitadora. Eso ocurre, sí, claro: pero no es sólo eso. La ciencia ficción, y estos cuentos son buen ejemplo de ello, indaga en la naturaleza humana, en sus bifurcaciones y vericuetos, y describe lo que ve, lo que sabe de nosotros mismos. Lo demás es secundario.

Así, el futuro que Gibson ve no es una simple crítica más a nuestro tiempo: es la consecuencia de nuestros errores. Está hablando de la necedad y ceguera humanas, que son taras atemporales. Aquí, en estos cuentos, lo más tangible de esa fantasía que llamamos ‘futuro’, que son los avances tecnológicos, los fascinantes gadgets que podríamos incorporar a nuestra fisiología, no son un consuelo ni una nostalgia por lo que no viviremos (quizá la clave emocional de la ciencia ficción sea esa nostalgia, por otra parte), sino símbolo de la rabia y la tristeza por lo mal que vivimos y pensamos. Un golpe humano, el de Gibson. Lo importante es lo humano, repito, porque no es sólo la crítica social: es hablar de cómo somos.

Quemando cromoGibson supo ver, ya en los ochenta, el reverso de la sobreabundancia de información en la que vivimos. Y en cómo la información se podía convertir en moneda. Conoce tan bien el comportamiento humano, su naturaleza contumaz, que sabe intuir los usos que se le dará a determinada novedad tecnológica o científica, y acertar. Y, debajo de esas visiones, sabe ver los sufrimientos, por amor, de la gente normal que no tiene, ni podrá tener nunca, poder de decisión. Lo importante, de todos modos, no es acertar o predecir tal avance tecnológico, o si detrás de tal distorsión futurista vemos una crítica certera a no sé qué aspecto de nuestra época: lo importante es escribir sobre los flujos emocionales de la humanidad, que subyacen a todo lo demás. Es ver en la luz el tránsito de la luz, como dice Pere Gimferrer.

No habrá creado Gibson los mejores personajes, ni tendrá el talento salingueriano para el diálogo o el colorido dibujo de la personalidad, pero sabe entender cómo sufrimos, cómo funcionamos como conjunto, y el siguiente paso lógico, después de haberlo visto, es escribir esa poca vida que queda en estos entornos ciberpunk. El suyo es un futuro triste dominado por una tecnología que nos da la espalda. Donde la tecnología será el residuo visible de ese postapocalipsis.

Yendo a los cuentos, “El continuo de Gernsback” (que es de lo mejor que he leído), tiene un cortocircuito entre dos planos temporales, inquietante y tridimensional, de tan bien escrito, que podríamos decir que capta lo imposible: la colisión de existencias paralelas. Y Gibson no da explicación ninguna de cómo sucede eso, como gran escritor que es, y escribe con un lirismo que contrasta con la frialdad de lo descrito, creando un efecto sorprendente, deslumbrante. Son relatos duros, sí, pero contienen una ternura que lucha por salir de esos agujeros (como en “Los fragmentos de una rosa holográfica”), o como en el final del cuento “Quemando cromo”, con su gesto revolucionario y liberador.

A saber por qué unos textos exigen relecturas y otros no. No, claro: no es “el texto” lo que exige nada, es tu lectura pobre, de la que te quedan vagos recuerdos, la que te exige que la vuelvas a hacer para aclarar la postura ante lo leído. Y Quemando cromo se ha convertido ahora en uno de esos libros de cuentos en los que cada cuento parece mejor que el anterior. Luz virtual no me gustó por el mismo motivo que no me gustó Quemando cromo: simplemente, no me gustó. No he leído –aún no he leído– Neuromante (¡cuánto cuesta hacer estas confesiones, a veces!), pero sé que se reedita en un par de meses con nueva traducción.

El desinterés o el aburrimiento te llevan a la desconcentración, de ahí a que te enteres de la misa la media, y de ahí a que el libro pase a formar parte de una nebulosa lejana de lecturas mal hechas, poco disfrutadas. La relectura es un buen antídoto, o puede serlo, y el acicate de la relectura puede ser una reseña (¿wishful thinking?), el azar o cualquier cosa, quién sabe, pero puedo decir ahora, como no podría haber dicho hace más de diez años, que Quemando cromo es claramente una de las colecciones de cuentos que más he disfrutado.

Quemando cromo, de William Gibson (Minotauro, Biblioteca William Gibson, 2002)
Burning Chrome (1986)
Traducción: Javier Ferreira Ramos / José Arconada Rodríguez
Bolsillo. 225pp.
Ficha en La tercera fundación

11 comentarios en “Quemando cromo, de William Gibson

  1. A mí con Gibson se me pone la piel de gallina cuando conecto con sus novelas. Es este recopilatorio me gusta mucho también «Estrella roja, órbita de invierno». Las relecturas casi siempre salen bien cuando uno ha madurado.

  2. Sí, también está muy bien, sí. «Regiones apartadas» o «La especie» son otros dos grandes cuentos del libro. Menos «Combate aéreo», que me pareció un poco simplón, todos los cuentos tienen algo fascinante. Y sobre la relectura… ni idea. ¡Va como va!

  3. A mí me sucedió lo mismo con Neuromante cuando la leí hace años. Había terminado la carrera y empezaba hacer mis primeros pinitos en el mundo de la informática y todo lo que contaba Gibson me parecía un sinsentido. En lo formal era innovadora y admito que en algunos momentos podía llegarme a fascinar ese lirismo decadente impregnado de tecnología. Algo que contrastaba con la trama que era de lo más vulgar. Bonito por fuera y vacío por dentro. Me enojó tanto que después no he vuelto leer más que algún relato suelto de Gibson.

    • Yo creo que ese «lirismo decadente» que mencionas es uno de sus puntos fuertes. A veces tenemos reacciones así con las lecturas, sí. Nos desagrada un libro y ya extendemos ese rechazo al resto de su obra. Gesto comprensible, en el fondo.

  4. Me alegra que finalmente entraras en razón 🙂

    Yo es que era de Gibson desde que Neuromante me dejara completamente alucinado. Por supuesto esta antología cayó en cuanto salió, y a pesar de un par de relatos algo meh (estos un poco chungos sobre el morbo de traicioneras vampiresas cyberpunk; «Quemando a cromo» y «Hotel New Rose»), tiene alguna joyita que son precisamente los que se alejan del tópico cyberpunk y las que abundan en la cf desde un tono extremadamente lírico y poético, que creo que es la mayor fuerza de Gibson. Por supuesto, la maravillosa «Regiones apartadas» (no sé donde leí que después de Neuromante, Gibson proyectaba escribir una «del espacio», QUÉ PUTA LÁSTIMA), y la tristona «El mercado de invierno». Ah, y reivindicar también «Combate aéreo», cuya lección moral he recordado muchas veces a lo largo de mi vida, lo verdaderamente importante no es ganar, es tener con quien celebrar.

    • ¡Ojalá! Esa «del espacio» sería una maravilla. Sí, uno no se espera imaginarios así en alguien como Gibson. Como Dick. Una space opera pura y dura de él (que igual tiene una y ahora no caigo). No los asociamos a esos entornos.

  5. Para mí, tiene mayor calidad que la propia Mirrorshades, a pesar del papel fundamental de esta última. «El continuo de Gernsback», que ambas antologías comparten, está, seguramente, entre los cinco mejores cuentos que ha dado la ciencia ficción.

    • ¡Qué gran alegría ver lo que dices de «El continuo de Gernsback»! Sí, estoy de acuerdo. Está ahí con otros cuentos casi perfectos como el muy citado (pero realmente impresionante) «No tengo boca y necesito gritar», de Harlan Ellison, y, no sé, un puñadito más, como, por añadir uno nada al azar, «The Man Who Walked Home», de Tiptree (sobre el que preparo un texto para C), que es una de las mejores visiones que se han dado sobre lo postapocalíptico. Además, qué bien escribe Gibson. Qué escritura.

    • Es verdad, Mirrorshades no es muy allá, la antología cyberpunk estaría entre Quemando cromo y Crystal Express. Heatseeker de John Shirley me gustó bastante cuando la leí durante una estancia en UK allá por el 95, pero como también cogí el síndrome de las vacas locas, ya casi no la recuerdo.

    • Mario, yo ahí añadiría el que quizás sea el mejor: «Los que se alejan de Omelas», de LeGuin. Y Alfonso, no sé si has llegado a leer la trilogía Eclipse. Me quedé con unas ganas locas de que la publicaran en castellano. City come a-walking, sin embargo, no me llamaba mucho.

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