Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick

Una mirada a la oscuridadEn 2005 la revista Gigamesh le dedicó un número a Philip K. Dick. Entre material de calado, caso de un ensayo de Damien Broderick sobre sus conexiones con el movimiento transrealista o una completísima bibliografía elaborada por el añorado Juan Carlos Planells, se incluía un Hit-Parade donde 12 lectores poníamos nota a sus novelas. La mejor valorada fue Una mirada a la oscuridad. Confirmaba una condición que se ha ganado como obra más sólida de su carrera, uno de los inexcusables lugares de paso para conocer a Dick con Tiempo desarticulado, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, UbikFluyan mis lágrimas, dijo el policía. De hecho se puede considerar como uno de los grandes compendios de sus inquietudes. Aunque no llega a abarcar la totalidad de las cuestiones que lo interesaron durante sus tres décadas de escritura profesional, la mayoría quedaron adosadas a una narración que funciona como semblanza de la vida de un drogodependiente en la California de los 70.

Su protagonista, Fred, actúa de agente infiltrado entre adictos a la sustancia D. Esta droga aniquila la personalidad de quienes la consumen en un proceso que, en su caso, le ha llevado a disociarse del personaje a través del cuál ejerce encubierto: Bob Arctor. Esto es algo evidente desde el segundo capítulo cuando Dick borda uno de esos momentos tan “suyos” durante los cuales quiebra el sentido de la realidad: mientras Fred expone en una conferencia su infiltración y cómo un dispositivo permite cambiar su aspecto hasta el punto que nadie puede reconocerlo, Bob Arctor se materializa en el relato y da su opinión despectiva de la audiencia desde su perspectiva de adicto a la sustancia D. Esta dislocación, por el momento oculta para Fred, sus compañeros y superiores, se hace más evidente cuando desarticular a Arctor se convierte en el objetivo principal de su misión. El policía no es consciente que esa persona a la que observa por las cámaras de vigilancia y cuyas andanzas documenta con todo detalle resulta ser él mismo.

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Fracasando por placer (XXVII): Nueva Dimensión 114, ed. Dronte, julio de 1979

Nueva Dimensión 114

Para leer un ND que no tenga ya archisabido tengo que rebuscar un poco, lo que también es agradable. Recuerdo que este número tardé en localizarlo algo más que otros, y para entonces ya había leído dos de los cuentos incluidos, que tuvieron alguna fama, y había criado algún prejuicio sobre la novela corta principal, que en los correos de números sucesivos todo el mundo puso a caer de un burro.

El contenido por el que es recordado este número concreto es uno con una historia bien conocida, «Gu Ta Gutarrk», de Magdalena Mouján Otaño. En breve (porque esta historia la conoce todo el mundo), iba a publicarse en el número 14 de Nueva Dimensión, allá en el proceloso fin de los sesenta, pero las autoridades (en concreto el ministerio que dirigía Manuel Fraga, más tarde antecesor de Pablo Casado en otros cargos) ordenaron el secuestro preventivo de la revista. El perverso mecanismo de la censura franquista consistía no en leerse previamente cada contenido, sino en que los editores supieran que si algo no les gustaba, se sacaban de la venta todos los ejemplares y se ocasionaban pérdidas económicas mucho más dolorosas que cualquier sanción.

No sé en detalle cómo, pero ND consiguió hacerse con los ejemplares y sustituir cuadernillos para que donde estaba el relato hubiera un cómic. El tropiezo creó cierta escandalera en el fandom internacional y estuvo a punto de llevarse a la revista por delante. Se dice que algún ejemplar original sobrevivió (el que tengo en mi colección no es uno de ellos). Ya en 1979, cien números después, Domingo Santos decidió darse el homenaje de repescar el cuento, al hilo de los nuevos tiempos. Fue bien recibido y se incluyó en la antología sobre ciencia ficción latinoamericana que apareció en Super Ficción de Martínez Roca, donde yo lo leí.

En resumen, el cuento va sobre vascos. Vascos como gente totalmente aparte de los demás, no ya españoles, sino de la raza humana, según se nos explica ya en la primera página. Es graciosillo, está escrito con modismos localistas y construcciones oracionales inversas de esas tan de Bilbao, por una señora argentina que los debió oír a su familia teniendo en cuenta sus apellidos (el primer redactor jefe que tuve se apellidaba Otaño, un vasco recio de sentido del humor demoledor y entrañable recuerdo). Pero tiene mal aguantar cincuenta años después de que se escribiera originalmente.

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Los (otros) 10 mejores libros de ciencia ficción del siglo XXI

Amazon Zon Zon

Ya lo he contado alguna vez. Cuando limpio el kippel de mi ordenador, cosa que hago de Pascuas a Ramos, me suelo encontrar con textos jugosos que guardé en su día y que al poco desaparecieron de mi memoria. Pues bien, el olvido del artículo que finalmente ha dado origen a este texto es un caso especial. Su lectura provocó que me viera obligado a escribir instantáneamente una suerte de reflexión personal, casi un manifiesto con carácter contestatario. Lo acabé abandonando por no meterme en guerras absurdas en un momento en el que andaba bajo de ánimo por asuntos de índole personal. Al reencontrarme con él, casi un año después, he creído que contenía los suficientes puntos de interés y utilidad como para someterlo a una reelaboración. Aunque, para ofender al menor número de lectores posible, he eliminado las partes más polémicas.

Bajo el título “Los 10 mejores libros de ciencia ficción del siglo XXI”, el diario El Confidencial publícó en julio de 2020 una lista de recomendaciones literarias que les invito a leer antes de continuar. Aunque el artículo se encontraba dentro de la sección de Cultura, el contenido parecía elaborado con un espíritu claramente comercial, sospecha corroborada por la presencia de la palabra Amazon al principio del epígrafe. El caso es que encontré muchos puntos de interés en ese artículo, más que por las recomendaciones en sí, porque identifiqué en él algunas de las cosas que me habían estado rondando la cabeza durante los últimos años, pues hacía hincapié en una actitud del aficionado que se ha ido agudizando de manera notable en estos últimos años.

En realidad, a pesar del rimbonbante título del artículo, al que dan ganas de añadir entre paréntesis un evidente “hasta el momento”, esta lista recomienda diez libros que en España han sido o bien publicados por primera vez o bien reeditados en formatos más lujosos exclusivamente -y esto es lo reseñable- en sólo una de las décadas del siglo XXI, la segunda para ser concretos. La sensación de que se buscaron publicaciones recientes, fueran novedad o reedición, es inequívoca. De hecho, si uno coteja la lista con los libros presentes en la sección de ciencia ficción de cualquier librería importante, parece una wishlist de novedades de los últimos años que poder adquirir en el acto.

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Gabriel revisitado, de Domingo Santos

Gabriel revisitadoLa muerte de Domingo Santos fue un gran mazazo para el sector más añejo del fandom. Su papel como escritor, traductor, editor y aficionado fue transformadora: no se puede entender la ciencia ficción en España sin su figura. Alfonso Merelo ya le dedicó un sentido obituario en esta web. Servidor, sobre todo, siente una admiración descomunal por su trabajo como editor. Su peso a la hora de seleccionar los títulos en Ultramar, Martínez Roca Superficción, la primera etapa de Acervo, Cronos o Júcar Etiqueta Futura, y su labor de década y media al timón de Nueva Dimensión son elocuentes; para fijar el concepto de ciencia ficción literaria de varias generaciones de lectores y para elevar unos estándares de publicación paupérrimos. Sin embargo, nunca he sentido el mismo cariño por el Domingo Santos escritor. De los diferentes libros suyos que he leído, apenas guardo un recuerdo positivo de Hacedor de mundos, y no sé si hoy, treinta años después de leerla, mantendría mi juicio. Ya conté un poco en mi reseña de Crónicas de la Tierra y del espacio mi distancia con su literatura. Algo que no ha cambiado al leer Gabriel revisitado.

La Gabriel original apareció en 1962. Gabriel revisitado es su reescritura publicada en 2004 por Juanjo Aroz en Espiral Ciencia Ficción. Este logro, ser quien recuperara una novela clave de la ciencia ficción española, habla de la importancia de Aroz entre finales de los 90 y principios de los 00, un período particularmente hostil para los escritores en España. Tres de sus libros ganaron el premio Ignotus a la mejor novela en años consecutivos y en su colección tuvieron cabida Rodolfo Martínez, Eduardo Vaquerizo, José Antonio Suárez o Juan Antonio Fernández Madrigal. Posteriormente Gabriel revisitado fue reeditada en la última colección de quiosco que Planeta dedicó a la ciencia ficción. Más recientemente, ha pasado a formar parte de los clásicos de la ciencia ficción españolal disponibles gracias a Sportula.

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Breve pincelada (VI) sobre los cuentos de Robert Sheckley

Robert SheckleyEstamos ante un caudal de cuentos cortantes. Cuentos sin pulir, arenosos, recién excavados de una tierra húmeda y cienciaficcionesca (y por tanto verdosa y palpitante), una tierra que podríamos imaginar trufada de insectos alienígenas, de la que emergerían, con el tiempo, estos cuentos, estas redondeces escritas en un inglés rápido y duro. Cuentos bravucones y desacomplejados. ¿Cómo? ¿Una demostración? Sí, cómo no, aquí va un muestrario:

La espora que, paciente, viaja por el espacio exterior hasta dejarse seducir por los dulces aromas de la Tierra, para desesperación de la humanidad. Los ejércitos que se enfrentan suicidándose. Unas máquinas voladoras programadas para evitar asesinatos no se convierten, contra todo pronóstico, en el baluarte de la paz que tendrían que haber sido. La voz descorporeizada que oye un tipo en su cabeza, y cómo a partir de ahí se desmorona todo.

Los de Robert Sheckley son cuentos alejados de prestigiosas sofisticaciones literarias. La carga cienciaficcionesca estalla en nuestra cara, imprevisible e indisimulada, desde las primeras frases de cada cuento. No hay complejas teorías filosóficas ni ingenuas predicciones sobre el futuro de la tecnología, tampoco hay múltiples capas de lectura ni cruce de voces narrativas ni narradores infidentes, no hay posmodernidades: aquí lo que hay es el incorregible asalto de lo cienciaficcionesco en nuestra cotidianeidad lectora o, por decirlo como Harold Bloom en Cómo leer y por qué, en nuestra paranoia lectora. Una aturdidora carga cienciaficcionesca nos espera en cada cuento, un asombro luminoso en medio de nuestras lecturas rutinarias y funcionales. Robert Sheckley propagó con maestría el placer de lo cienciaficcionesco por lo puramente cienciaficcionesco. En la Enciclopedia de ciencia ficción no dudan en calificar Untouched by Human Hands, su pimer libro de cuentos, como uno de los mejores debuts de la historia del género. Ahí es nada.

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Fracasando por placer (XXVI): Películas pendientes del siglo XXI (2)

The Ugly Swans

Continúo con mi repaso a las películas de ciencia ficción del siglo XXI, pero solamente las que no he visto, para poder llegar a un artículo final que haga balance de estas décadas. Siguiendo el espíritu de estos artículos, es pues un referido de mis caprichos, que con suerte servirá para orientar alguien. Es posible que haya una entrega más, porque veo que aún me faltan películas de cierto renombre o mínimo culto, pero creo que no pasaré de ahí y luego llegará el turno del balance.

The Ugly SwamsLos cisnes feos, Konstantin Lopushansky, 2006 (cauces irregulares).

Lopushansky, el Tarkovski menor, nos ofrece aquí un Stalker menor, cosa que se va percibiendo a lo largo del metraje y se confirma con la escena final, un largo plano secuencia que recuerda directamente al de su antecesora. Está basada en otra novela de los hermanos Strugatski con problemas con la censura, menos conocida, en la que existe una zona de acceso restringido, aunque con características distintas: en ella habitan unos extraños seres, no se sabe si extraterrestres o mutantes, que además han atraído a un grupo de niños que muestran capacidades superlativas. El gobierno quiere exterminarlos, pero no acabo de entender dónde estaba la crítica al totalitarismo (al menos, por lo reproducido en esta película; no he leído el libro) que llevó a la publicación en samizdat y etcétera. El film llama la atención sobre todo por su fotografía prácticamente monocroma: dentro de la zona restringida, todo es en blanco, negro y rojo, y llueve sin parar; fuera es azul o sepia. El recurso es algo forzado, pero Lopushansky le saca partido expresivo. El regusto que deja la película es un poco hueco; ni es divertida, por supuesto (¿alguien podía esperarlo?), ni me deja un mensaje claro o escenas especialmente memorables desde un punto de vista visual, pese a su eficacia.

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La chica oculta y otros relatos, de Ken Liu

La chica oculta y otros relatosKen Liu se ha convertido en uno de los autores más queridos y que más entusiasmo levanta entre los aficionados a la literatura fantástica. No es fácil encontrar críticas desfavorables a los libros que ha publicado. Su primera recopilación de relatos, El zoo de papel y otros relatos, provocó sobre todo elogios en las webs dedicadas al género fantástico y mereció el premio Locus a la mejor antología en 2017. ¿Cuál es el secreto para despertar tanto entusiasmo? ¿Un estilo sencillo y cercano que cala en el lector? ¿Unos argumentos rompedores? ¿Un punto de vista diferente al occidental? ¿O tal vez sea su habilidad para emocionar al lector? No lo supe entonces y ahora, después de leer La chica oculta y otros relatos, sigo sin tenerlo claro. Los relatos de ambos libros son perfectamente intercambiables, no detecto diferencias apreciables entre unos y otros ni en forma ni en contenido, si acaso puede que haya más ciencia ficción en este último.  A los que quedaron encantados con El zoo de papel no les defraudará La chica oculta y muchos de los comentarios que se escribieron para uno podrían servir para el otro. Pero no todo ha permanecido inalterado en este tiempo, yo no soy el mismo y Liu tiene su parte de culpa.

El primer relato del libro, “Días de fantasmas”, ha bastado para traer de regreso la misma apatía que sentí hace tres años cuando llegué a la mitad de El zoo de papel. Coincidió la lectura con un septiembre extremadamente caluroso que acrecentó aún más mi desgana. Eran demasiados relatos, quince en total y más de quinientas páginas. Cuando lo terminé me sentí como si me hubiera dado un atracón de merengues y de yemas de Ávila. Lo había olvidado por completo pero mi organismo, que tiene mejor memoria, sí se acordaba y ha puesto todo tipo de trabas fisiológicas para evitar que se repitiera el empacho. Así que puedo decir que Liu me cambió, aunque no en la manera en que cabría esperar. Pero volvamos al primer relato del libro que seguramente interesará más que los trastornos de mi metabolismo. Su argumento gira alrededor de unas monedas antiguas de bronce de la dinastía Zhou que han ido pasando de una generación a otra hasta acabar en un remoto planeta al que los humanos se han adaptado para sobrevivir. Se trata de una historia que transcurre en varias épocas y que sirve a Liu para poner en valor la diversidad. Es puro Liu, y en él podemos encontrar muchos de los elementos que caracterizan sus relatos: grandes dosis de sentimentalismo, asiáticos discriminados por razón de su raza, utilización profusa de las cursivas y una trama concebida con la clara finalidad de transmitir un mensaje.

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Voces en la ribera del mundo, de Diana P. Morales

Voces en la ribera del mundoHay mucha ambición detrás de Voces en la ribera del mundo. A través de una miríada de personajes y enfoques, Diana P. Morales aborda una serie de relatos entrelazados para levantar un calidoscopio de situaciones de ciencia ficción: diferentes apocalipsis, la colonización de otros planetas con sus respectivos primeros contactos y multitud de cuestiones relevantes para nuestro presente. La tarea de integración detrás de su escritura y el vértigo inducido por la suma de narraciones dotan a Voces en la ribera del mundo de una enorme riqueza. Se experimenta desde una reinvención y un descubrimiento constantes.

El primero de esos relatos es “Mi existencia no ha sido en vano”, la piedra angular sobre la cual Morales introduce la estructura del resto del libro. En una primera sección, “Un descubrimiento en Sshotz”, un narrador omnisciente cuenta cómo unos alienígenas observan el paso de una nave espacial en las proximidades de su planeta y su voluntad por comunicarse. A las pocas páginas cambia a una primera persona con el punto de vista del piloto de esa nave, el vehículo del contexto desde el cual aparece la exploración espacial: encontrar una alternativa a una Tierra moribunda. La caracterización de este cosmonauta, Hidalgo, ya exhibe los problemas de los psicólogos de ese futuro cercano para encontrar profesionales a la altura de los retos del viaje espacial; un poco en la línea de las tripulaciones de la Prometheus o la Covenant. Una extravagancia acentuada cuando se presenta a la cultura extraterrestre con la que nuestro emprendedor se da de bruces y para los que termina convertido en una deidad. En el tramo final su planeta materno se convierte en objeto de peregrinación para algunos de ellos que, al aterrizar, salen a una Tierra cubierta por un gélido invierno ¿nuclear?

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Pinceladas (V): Mariana Enriquez y las desapariciones, “Súbenos a casa”, de James Tiptree, Jr., y “Jeffty tiene cinco años”, de Harlan Ellison

Nuestra parte de nocheLa verdad es que no tengo ni idea de si Mariana Enriquez habrá leído o no el artículo “Argentina y los muertos sin adiós”, de Rafael Sánchez Ferlosio, pero, si no, creo que su lectura podría ser un abrazo en el tiempo, un reconocimiento ‘sincero y espontáneo’[1] entre afinidades y pensamientos parecidos. Porque si, como dice Nadal Suau, es cierto que los desaparecidos son una “recurrencia enriqueziana”, entonces, al leer el artículo, vería Enriquez que Ferlosio también trataba de entender cómo afecta la desaparición al que se queda, la paradoja de saber y no saber si alguien vive, en el más bonito artículo que se haya escrito en prensa impresa. Vería que Ferlosio trataba de entender la confusión en la que se queda el quedado cuando el ido se va sin despedirse. De lo necesaria, para los primeros pasos de la reparación emocional, que es la linde de la despedida, de lo reconfortante que es saber que al menos has podido decir adiós. Y así como Ferlosio trató de entender qué consecuencias tiene la desaparición, de racionalizar sus mecanismos y el porqué de sus efectos lacerantes, Enriquez ha ahondado en las desapariciones en sí, en las circunstancias y en las consecuencias metafóricas que desgarran al que se queda, y le añade literatura y metafísica oscura en Nuestra parte de noche: en la novela se convocan también esas zonas intermedias, de existencia ambigua, como se describe en el artículo, y así la escritura de Enriquez y la de Ferlosio, complementarias, conforman un mapa de significados de la desaparición. De Mariana Enriquez hay un cuento-perfección –“La hostería”– que ya exploraba la herencia histórica de las desapariciones. Para que entendamos algo, aunque sea poco.

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An American Story, de Christopher Priest

An American StoryTenía serios prejuicios sobre An American Story. Su sinopsis invitaba a pensar que la conspiranoia se había apoderado de Christopher Priest y había escrito una novela sostenida sobre las especulaciones más extravagantes de lo ocurrido el 11S. Desde luego, resulta innegable que su argumento se apoya en algunos hechos incongruentes acaecidos aquel día; una serie de circunstancias apenas cubiertas u obviadas por la versión oficial. Sin embargo, su presencia obedece a un propósito más elaborado que apuntalar otro relato. En su gusto por explorar los márgenes más incómodos de nuestra realidad, Priest recupera el guante con el que escribió La separación, su novela de 2002 en la cual el extravagante vuelo de Rudolph Hess al Reino Unido en 1941 conduce a la firma de la paz separada con la Alemania Nazi y pone los cimientos de un escenario problemático: la Segunda Guerra Mundial toma un curso diferente, al que conocemos… y al de los horrores de un mundo dominado por el fascismo tradicional en las ucronías. Al mismo tiempo, An American Story es la novela de Priest más asequible para el gran público desde Experiencias Extremas, S.A y la más explícitamente contemporánea, por sus ideas fuerza, por la manera de abordarlas y por una escritura más directa de lo habitual. En multitud de detalles se asemeja a un thriller de expositor de tienda de aeropuerto.

Su narrador, Ben Matson, es un periodista que en los atentados del 11S perdió a la mujer de la que estaba enamorado, Lil. A lo largo de 20 años va y vuelve sobre ellos por su imposibilidad de clausurar el trauma: jamás se encontró su cadáver. Además, al conversar con Oliver Viklund, el exmarido de Lil del que estaba en trámite de separarse, sus palabras no coinciden con lo que él vivió. Asimismo anda por ahí un matemático ruso al que entrevistó a mediados de los 90 y al que regresa un poco por esas extrañas casualidades que tapizan las novelas de Priest. Estos mecanismos entre el azar y lo inevitable imbuyen al lector en una secuencia en la que se suceden el presente (un futuro cercano a unos meses vista) y los años posteriores al 11S. Un poco por la lógica interna de la evocación de Matson (algo despierta un recuerdo que se desarrolla a continuación), pero, sobre todo, como mecanismo para mantener la intriga y dosificar unas revelaciones convergentes que, todo sea dicho, tampoco resultan tan sorprendentes en su mayoría. Alrededor de esa cadena figura una realidad no moldeada por los hechos sino por su interpretación. Una idea que se explicita a través de una elaboración sociológica, el Teorema de Thomas, que va y viene en el testimonio de la mano de ese matemático ruso que bien podría haberse apellidado McGuffin.

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