Los dioses muertos, de José Antonio Fideu

Los dioses muertosMe cuesta desterrar la impresión de que Los dioses muertos tiene un nítido carácter pulp. Su narrativa prima la aventura y la acción sobre unos personajes faltos de relieve; enfatiza algunos excesos de su escenario y un cierto color mientras rebaja su complejidad o las ideas sobre las que se sostiene. Sin embargo, la contención general que domina su desarrollo me ha terminado estrellando contra un relato plagado de estereotipos, más allá del superficial juego de reflejos con la mitología. Una base que ha rendido grandes historias en la ciencia ficción a cuya sombra me ha resultado complicado llegar a disfrutarla. La he sentido como una novela sobre raíles entre paisajes representados con una paleta demasiado anodina. Aunque durante 100 páginas mantuve la esperanza de que pudiera haber germinado con vigor.

En Los dioses muertos José Antonio Fideu plantea un futuro en el cual la Tierra ha revertido hacia un entorno mitológico. El orbe civilizado se identifica con la cultura griega y vive bajo la constante amenaza de los bárbaros. Regularmente, estos pueblos envían expediciones a traspasar las murallas que protegen a una agrupación de polis en perpetuo estado de alarma cuya supervivencia depende de su superioridad tecnológica y el favor de sus dioses. La descripción abunda en una construcción fiel a las fuentes clásicas, con una población entregada a adorar unas deidades cuyos favores empujan a sus héroes.

Su narrador, Cleón, sirve a las órdenes de Prometeo, el líder del ejército de los olímpicos; una celebridad al nivel de las estrellas del fútbol o de la música, elevado por sus iguales a una categoría mítica. Al inicio Cleón se manifiesta regularmente a través de su discurso, para terminar volatilizándose y reapareciendo muy ocasionalmente; bien para puntualizar su participación en las acciones de Prometeo, bien para anticipar algún hecho futuro e incrementar la intriga de lo que está por venir. Esta simplificación del narrador pone en cuestión su elección y se convierte en uno de los problemas más acuciantes de Los dioses muertos. La falta de unidad lleva a romper varias veces el desarrollo cronológico de manera extraña, para recontar cómo vio Cleón cierto acontecimiento desde la lejanía. Con el agravante que se llega a perder de vista quién y por qué cuenta la historia.

En la escritura, Fideu divide del texto en unidades de acción llamadas cantos; establece continuos guiños a los poemas épicos; enfatiza la importancia de la aristeia, ese combate singular destinado a reafirmar el carácter de los héroes enfrentados; y en muchas revelaciones apuesta por el diálogo, el recurso en el cual la acción se detiene para que el sabio de turno aclare la verdad detrás de un suceso, tradición… También, acude a una terminología clásica para referirse al mundo y los avances tecnológicos, lo que proporciona una agradable maridaje entre aspectos pasados y futuros, como ese vacío lleno de éter en el cual se mueven unas naves descritas como si fueran inmensos barcos de las guerras médicas.

Esta labor sobre el escenario se queda a mitad de camino cuando la imaginación se agota y el relato empieza a tambalearse. Nada hay esencialmente nuevo, ni a nivel de ideas, ni en lo que transmiten esas ideas, ni en la progresión dramática de un texto que se siente una reelaboración de historias leídas y releídas demasiadas veces. Nada alarmante si no lo sintiera además pesado Sería fácil reducir el argumento de Los dioses muertos al despertar de Neo en el primer Matrix y su enfrentamiento contra el sistema de las dos posteriores, corriendo en un servidor bajo una capa de la antigua Grecia. No estaría pecando de trivial.

José Antonio FideuQueda pues el disfrute de la peripecia, ese sentido del pulp del que escribía al comienzo y lo que esta pueda aportar. Hay diferentes momentos de acción, contados con brío y suficientes variaciones, pero la dimensión menor de unos personajes muy instrumentales, unos diálogos engoladillos al mismo nivel que el discurso, y la ausencia de filo en los sucesos no han ayudado a quebrar la gelidez de una aventura sin gracia. Aquí es posible que Fideu esté chocando con todas esas historias previas que marcan unas expectativas complicadas de satisfacer. La reelaboración de la mitología clásica y su relato me parece más profunda en El señor de la luz o Tú, el Inmortal, de Roger Zelazny. El alcance del escenario, la imaginación a la hora de engarzar elementos especulativos, es una anécdota puesta en la balanza junto a la parcialmente fallida Ilión/Olimpo, de Dan Simmons. Y en España al menos hemos tenido una síntesis más ambiciosa de estas historias de seres humanos enfrentados a deidades en las novelas de Tramórea. Tanto en La espada de fuego como, sobre todo, en El espíritu del mago, Javier Negrete lograba una reconstrucción más personal de diversas mitologías, con unas evidentes bases griegas.

Este desencuentro personal no quita un ápice de respeto para el trabajo detrás de El transbordador. Un proyecto que se está preocupando de dar cobertura a una serie de obras y autores como Fideu, necesitados de un lugar donde publicar que asegura al lector ediciones cuidadas a precios atractivos. Y en eso este título, que se puede leer en una edición electrónica por menos de seis euros, es un acicate. Más cuando tantos otros lectores lo parecen estar disfrutando sin paliativos.

Sí que, inasequible a mi ingenuidad, me continúa sorprendiendo la facilidad con la cual libros de pequeñas editoriales generan a su alrededor un cúmulo de reseñas encendidas y puntuaciones en Goodreads entre el 4 y el 5. Cómo grupos de lectores muchas veces vinculados emocionalmente con el proyecto editorial o con los autores contribuyen a la precaria mercadotecnia de estas iniciativas con unas puntuaciones y adjetivos que no dejan lugar a dudas del «nuevo mejor libro del año de la semana volando bajo el radar». Mi extrañeza no está con las calificaciones en sí o con el derecho de cada uno a emocionarse con una obra que le despierte tales emociones. Mi desazón remite al desprestigio de posiciones más moderadas a la hora de valorar con notas o, sobre todo, con palabras. Esa necesidad de moverse siempre en los números altos porque, si bajamos del 8, no recompensamos el trabajo que tenemos delante; como si todo debiera ser excepcional para justificar el tiempo y la atención invertida. Como si el «está bien» no fuera ya suficiente. Yo también he tenido mi cultivo de hypes no satisfechos. Pero no pasa nada por reconocer que en Netflix, HBO o Filmin también hay espacio para obras más normales alejadas de la ambrosía.

Los dioses muertos, de José Antonio Fideu (Ediciones El Transbordador, 2020)
eBook. 360pp. 5,90€
Ficha en la web de la editorial

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