El nacimiento del ciberpunk. Influencias internas (2 de 4)

Neuromante

En cuanto a los materiales de ciencia ficción que utiliza, la literatura ciberpunk no es, en cierto modo, original. La mayoría de sus conceptos proviene de una cf clásica actualizada, adaptada a su presente y pasada por el tamiz de la posmodernidad. Neuromante no inventa nada, o tal vez sí lo hace, precisamente, a la manera posmoderna, la misma que a lo largo de este siglo XXI ha trufado el mercado del arte con reinterpretaciones, resignificaciones, remakes y reboots. La novela de Gibson, y el ciberpunk en general, proponen una mezcla de géneros y tropos que une elementos dispares y reutiliza viejos conceptos, abordados en conjunto desde una nueva perspectiva. Dada la enorme herencia que recoge el nuevo subgénero, no es difícil encontrar la impronta de autores y obras precedentes, que proceden de diversos nichos.

Dime Detective MagazineEl repaso al cúmulo de influencias que concentra Neuromante ha de comenzar, sin embargo, por un género distinto. Es necesario viajar de nuevo a la época de las revistas pulp, y más concretamente a cabeceras como Black Mask o Dime Detective Magazine. De la mano de autores como Dassiel Hammet primero y Raymond Chandler después, la novela hard boiled se sofisticó, añadiendo elementos morales, crítica social y un alcance que, terminada la II Guerra Mundial, gracias a la Série Noire de Gallimard, le ganaría el respeto de la literatura general, lo cual la ciencia ficción siempre envidió. De ahí procede uno de los elementos más atractivos con los que cuenta la novela de Gibson, su tono noir. La misión de Case, la oscuridad del entorno urbano en el que se mueve, la violencia y la narrativa realista con la que se describe ese futuro próximo se corresponden con la novela negra. Incluso la tecnojerga y las referencias coloquiales a las drogas de diseño, que aportan ese aroma tan peculiar a la narración, son un eco del slang utilizado en muchos de sus relatos. La naturaleza marginal del protagonista, fuera de la legalidad, sitúa la narración en los terrenos de la crook-story, el subgénero que puso en duda el maniqueísmo dentro de la novela criminal, lo cual es normal teniendo en cuenta el carácter punk de gran parte de sus narraciones.

Dentro del territorio de la ciencia ficción, cuando se buscan influencias del pasado en una obra o corriente presuntamente original siempre se acaba dando con la monumental figura de Alfred Bester. En los años 50, el escritor norteamericano concibió en sólo dos novelas, El hombre demolido (1952) y Las estrellas mi destino (1956), gran parte de las ideas que años más tarde explotarían como nuevas las siguientes generaciones de escritores. Gracias a la fuerza desenfrenada que empuja sus tramas, estas dos obras han soportado bien el paso del tiempo. En ellas, especialmente en la primera, se pueden encontrar tanto el origen de la corporatocracia que impera en las sociedades del ciberpunk, dirigidas por todopoderosas multinacionales que deciden el destino de los ciudadanos, como el marginalismo que determina la composición y fisonomía de sus ciudades. Los Tessier-Ashpool de Gibson proceden de los D’Courtney o los Presteign besterianos, familias cuyo poder empresarial hace que estén por encima del sistema. Las tramas policíacas de estas novelas, la arquitectura de sus ciudades y la tecnología cercana, parca en lo futurista, también han marcado el imaginario ciberpunk.

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El nacimiento del ciberpunk (1 de 4)

Confundimos con videncia
del futuro la capacidad de reconocer
la extrañeza de la actualidad.

William Gibson

Neuromante se publicó por primera vez el 1 de julio del año 1984, una cifra significativa para la ciencia ficción. Dada la magnitud del éxito e influencia que tuvo la novela, auténtica biblia del ciberpunk, sorprende el hecho de que en origen fuera un libro de encargo. Entre 1981 y 1983, William Gibson había escrito varios cuentos para la revista Omni. A Terry Carr, el reputado antólogo y ensayista, le gustaron, y le pidió a Gibson que formara parte de un proyecto que tenía entre manos. Tiempo atrás, Carr había sido el responsable de la primera serie de la colección Ace Science Fiction Specials, un portento del que salió un buen puñado de premios mayores de la ciencia ficción. Ahora iba a iniciar una tercera entrega en la que pretendía publicar sólo primeras novelas de autores emergentes que estuvieran destacando gracias a sus relatos. En ella iban a aparecer escritores como Kim Stanley Robinson, Lucius Shepard y Howard Waldrop, y Carr quería contar también con él. Gibson aceptó y empleó dieciocho meses en escribir Neuromante en su vieja Hermes 2000, manteniendo en la historia el tono y el trasfondo de sus cuentos, principalmente “Johnny Mnemonic” y “Quemando Cromo”, e incluso algunos de los lugares y personajes incluidos en ellos. La novela, una vez publicada, se convirtió en la piedra angular de una pequeña revolución.

Neuromante es considerada uno de los hitos del género, y es debido en gran parte a sus valores literarios. La apariencia de originalidad que supuran sus páginas, la sensación de estar leyendo algo nuevo y fresco proviene, en primera instancia, de la fascinante prosa de Gibson. El lector tiene la impresión de estar asistiendo a un presente a pocos minutos de distancia, un indefinible presentefuturo. Eso se debe, en parte, a la mezcla de elementos llamativos e innovadores: la parafernalia cibernética, los contornos urbanos oscuros, las drogas, el ciberespacio. Pero su impacto proviene, principalmente, del particular estilo narrativo, fresco, ágil como el de la novela negra pero detallista en las descripciones, en muchas de las cuales Gibson sustituye los nombres de los objetos por los de marcas bien reconocibles, parámetros reconocidos por el lector, aferrados a su presente pero que ya entonces comenzaban a sonar a futuro. Por sus valores literarios, la obra cuenta con una calidad incontestable, pero la enorme trascendencia de Neuromante procede de su condición de obra seminal del ciberpunk, a la par un movimiento y un subgénero de la ciencia ficción que, cuarenta años después de su nacimiento, impregna la atmósfera cultural y social de nuestros días.

Si repasamos el pasado con atención, veremos que Neuromante fue el núcleo de un fenómeno irrepetible, único en la literatura de ciencia ficción. Dentro del amplio acervo del género, a día de hoy supera en influencia y alcance a todas las pequeñas revoluciones, pasadas y presentes, que se han dado a lo largo de su historia. El ciberpunk generó un movimiento de escritores y aficionados, creó escuela en lo literario y anticipó el camino de nuestra sociedad mejor que ningún otro subgénero, respondiendo a un momento de cambio en el progreso de la humanidad tal como había hecho la propia ciencia ficción en sus orígenes. Si ésta surgió como reacción intelectual a la revolución industrial, el ciberpunk se gesta como respuesta a un nuevo cambio de paradigma en la historia de la humanidad, a un futuro abierto por los primeros pasos de la revolución informática que comenzaba a transformar el mundo. En resonancia con la definición que hizo Isaac Asimov de la ciencia ficción, podría decirse que el ciberpunk buscó en sus ficciones, más que ninguna otra corriente, la respuesta humana a los cambios tecnológicos de su tiempo.

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¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison

¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!En la reconstrucción de su catálogo de clásicos, Minotauro nos ha pillado por sorpresa con la inclusión de Harry Harrison. El guionista de buena parte de las historias de Flash Gordon entre los 50 y los 60, es sobre todo recordado como un artesano de la ciencia ficción a caballo entre la acción y el humor (la grandísima Bill, Héroe Galáctico y La rata de acero inoxidable). Sin embargo, el título con el cual figura en la mayor parte de guías de lectura es ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, adaptada al cine en 1973 por Richard Fleischer en Cuando el destino nos alcance. El guión de Stanley R. Greenberg incorporaba una serie de cuestiones que desplazaban su argumento original de la base de Harrison y, desde un giro efectista introducido para conseguir la venta a la MGM, lograban una película memorable. Sin embargo, aunque lo más recordado no aparece en la novela, esta mantiene una serie de valores que la hacen atractiva medio siglo después de su escritura, aun cuando su escenario ha sido superado.

Publicada en 1966, ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! surge del caldo de cultivo del cual habían crecido relatos como “Bilenio“, de Ballard, o “Hacia el anochecer“, de Silverberg, mientras se adelantaba a novelas como Todos sobre Zanzíbar o El mundo interior. Ese miedo a que la explosión demográfica llevara a una superpoblación que agotara los recursos planetarios y abocara a un futuro apocalíptico en el cual el ecosistema planetario colapsara y la lucha por los recursos destruyera el tejido social. Harrison incardinaba la cuestión en un argumento de novela negra, con sus protagonistas viéndose obligados a sobrevivir en los márgenes de un mundo corrupto, resiliente a cualquier intento de cambio. Una visión tremendamente pesimista que recorre el texto de principio a fin.

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Lengua materna, de Suzette Haden Elgin

Lengua maternaLa revolución conservadora de principios de los 80 suele caracterizarse a partir del auge desregulador y el desmontaje del estado del bienestar iniciados en el Reino Unido por Margaret Tatcher. Este cambio de concepción económica que se extendió por Europa y Norteamérica, tuvo en EE.UU. una vertiente que suele olvidarse a pesar de su huella en la esfera cultural: la reacción hacia la segunda ola de feminismo. La transformación desatada tras la llegada de Reagan al poder tuvo efectos visibles en el cambio de marea respecto a los derechos de la mujer, capitalizados por el bloqueo del partido republicano de la enmienda de igualdad de derechos que pretendía incorporarse a la constitución y que continúa abandonada en una cuneta medio siglo más tarde. Este contexto explica la aparición de El cuento de la criada que, como prácticamente toda la ciencia ficción, lejos de obedecer a dinámicas predictivas se sustenta en acciones en la sociedad de su época. Un año antes de la publicación de la novela de Margaret Atwood, Suzette Haden Elgin (pseudónimo de Patricia Anne Suzette Wilkins) publicaba Lengua materna, con obvios puntos comunes con El cuento de la criada e inicio de una trilogía de la que sólo los dos primeros libros cuentan con traducción.

Si en el libro de Margaret Atwood la anulación de los derechos llegaba a través de unas necesidades reproductivas vinculadas a una faceta religiosa fundamentalista, Haden Elgin une su opresión a (unas supuestas) habilidades para la traducción y la interpretación. Así, en este futuro a 200 años vista, el 50% de la población vive supeditada a la otra mitad alrededor de una visión cercana a la de la Antigua Roma. Las mujeres están esposadas a unos maridos que desempeñan un papel similar al pater familias: hacen y deshacen a voluntad dentro de una unidad familiar de tamaño variable. Esto se plasma a través de la familias dedicadas a la comunicación con especies alienígenas, un negocio sobre el cual descansa el peso económico y el progreso tecnológico de esta sociedad futura. La clave de la traducción se fía a niños que se ponen en contacto con los alienígenas durante sus primeros años para adquirir su lengua como su lengua materna. De esa manera podrán dominarla de manera más eficiente en las comunicaciones que se establezcan en los años siguientes. Posteriormente las jóvenes que han participado en ese contacto serán utilizadas para alumbrar a las nuevas generaciones de intérpretes y criarles, antes de pasar a su retiro.

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El ascenso de Senlin, de Josiah Bancroft

El ascenso de SenlinTodavía me sigue sorprendiendo que haya libros que alcancen la fama sin el respaldo de una editorial que los promocione. Además los escritores que optan por este sistema de publicación suelen ser completos desconocidos, lo que convierte fenómenos como El marciano, de Andy Weir, en auténticos milagros. Me estoy refiriendo a los libros autopublicados. Pero para que un prodigio de este tipo se produzca tiene que haber siempre un primer lector, alguien que libre de prejuicios y que sin más información que la que proporciona la sinopsis se anime a leer la novela. Supongo que hubo un tiempo en que yo también era así de atrevido. Tenía que serlo para entrar en las librerías y escoger un libro sin apenas saber nada de él, salvo lo que decía en la contraportada, y comprármelo solamente porque era de ciencia ficción y me gustaba el título o la portada. Ahora, antes de decidirme a leer algo de un autor extraño leo reseñas, críticas, tengo en cuenta la editorial que lo publica y a veces incluso prefiero esperar un tiempo para no dejarme contagiar por el entusiasmo que ha provocado en las redes sociales.

Este rollo entre trivial y melancólico viene a cuento de que El ascenso de Senlin fue en un primer momento un libro autopublicado. Gran parte de su éxito se debió a que ganó en 2016 el SPFBO (Self-Published Fantasy Blog-Off), un premio concedido a libros autopublicados dirigido por Mark Lawrence. A pesar de las reservas iniciales con las que lo comencé he de reconocer que poco a poco la historia me fue atrapando, y más tarde, cuando llegué a la parte final, me sentí como si me hubieran transportado a la sala de un cine en mitad de la proyección de una película de piratas. Aclaro que los piratas sólo aparecen al término del libro y que en lugar de surcar los mares vuelan en zepelines y en grandes globos aerostáticos, lo que tampoco está mal.

El protagonista de la novela, al contrario de lo que con frecuencia suele suceder en el género fantástico más actual, no ha padecido una infancia tristísima ni ha sido maltratado por la vida. Senlin es un sensato director de escuela, un tipo timorato no exento de mojigatería, confiado en exceso y con unos principios morales muy firmes. Su única debilidad parece ser la atracción que siente por la Torre de Babel, la cual, por otra parte, tiene muy poco que ver con la que se menciona en la Biblia, aquella por la que Nuestro Señor, haciendo alarde de su gran sentido común así como de su inclinación por lo dramático, castigó a los habitantes de Mesopotamia a hablar idiomas diferentes condenándolos como consecuencia de ello a no entenderse. De ella Joshia Bancroft sólo ha tomado el nombre.

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The Mandalorian o los rezagados del imperio

The Mandalorian

Decir que The Mandalorian reúne los talentos y los imaginarios del western y la ciencia ficción no es decir mucho, la verdad. Decir que logra encajar bien las idiosincrasias, a priori tan opuestas, de esos dos géneros, realmente no añade mucho a lo que hay que decir sobre la serie. Y no es que ‘haya’ que decir nada, pero las capas de ficción que se van añadiendo a un universo cerrado o, como mínimo, tan identificable y autosuficiente como el de Star Wars, tienen el problema de estar condicionadas por el argumento central, por la historia mayor en la que se entreveran. La historia tiene que encajar en otra, ya sea para continuarla o matizarla, y ahí está el verdadero reto. Al fin y al cabo, Jon Favreau, el creador de la serie, ya había jugado a unir los géneros en (la no muy buena) Cowboys & Aliens, o sea que eso no es nada nuevo.

A Jon Favreau hay que reconocerle que se ha atrevido con proyectos no muy seductores, y que ha cumplido donde no era fácil cumplir. ¿Una secuela de Jumanji? Pues sí: Zathura era Jumanji en el espacio y funcionaba la mar de bien. ¿Otra película navideña más pero con Will Ferrell y las cansinas muecas de Will Ferrell? Pues también: Elf, que ya tiene veinte años, es recordada hoy con cariño. La película tenía su consistencia y aportaba algo de frescura al azucarado submundo temático al que pertenece. ¿Grandes producciones Marvel? Claro que sí: sus enérgicas aportaciones a su universo (que no son santo de mi devoción), también son notables, como lo ha sido su osadía de reinterpretar clásicos Disney en cine de imagen real. Pero la aportación clave de Favreau a la cultura de nuestro tiempo es, queda claro, The Mandalorian.

Igual que Star Trek y las series que se van sumando a su universo (no sólo pienso en Lower Decks o Discovery sino, también, y tanto o más que en estas, en películas como Galaxy Quest o en la serie The Orville), The Mandalorian ya viene de antemano predefinida por las coordenadas a las que se adscribe, con todas las reticencias y adhesiones que eso puede provocar en el público. Es una serie Star Wars, por decirlo así, y enfrentarse a eso no es fácil porque expandir algo que ya existe y con la fuerza con la que existe, es un reto: todos te mirarán con recelo. Favreau parece que, como decía antes, encuentra sus mayores talentos (más que en la interpretación, sin duda) cuando se adentra en universos ajenos para aportar su propia visión de las cosas. Su creatividad mejora cuando se apoya en obras de terceros.

La serie transcurre después de los hechos de El Retorno del Jedi: el mandaloriano, el Din Djarin interpretado por un Pedro Pascal al que (casi) no le vemos la cara, se rebela contra sus contratistas –ya al inicio de la serie– y el mundo por el que se mueve es el residuo libertino y desestructurado de un imperio que ya fue. En ese contexto empieza todo, y vemos al cazarrecompensas encariñándose por sorpresa con ese encargo conocido comúnmente como bebé Yoda pero cuyo nombre aprendemos más tarde. Ese es el punto de partida. Una desobediencia. Una apuesta por la ternura entre las ruinas (vivas) del imperio.

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Matter, de Iain M. Banks

En 2008, ocho años después de la publicación de Look to Winward, apareció en el mercado editorial Matter, la octava novela de la serie de la Cultura. Preguntado en algunas entrevistas por las razones de esta larga pausa en la celebrada serie de anarquistas utópicos del espacio, Iain Banks ofrecía una serie de prosaicos motivos que se pueden resumir en “la vida es eso que pasa mientras andas ocupado en otros planes”. Que había estado muy liado con el proyecto de un libro sobre el whisky escocés que no llegó a ver la luz, que la redacción de The Algebraist, un tocho de considerable tamaño y exhaustivo worldbuilding, le había ocupado demasiado tiempo y que, para acabar de rematar, su matrimonio había atravesado una grave crisis, circunstancia que no le ayudó precisamente a encontrar el ánimo necesario para escribir. Y cuando en esas mismas entrevistas alguien le preguntaba si es que ya se había cansado de la Cultura, Banks declaraba que en absoluto, que precisamente le divertía muchísimo escribir sobre su más famosa creación, y que en Matter había disfrutado enormemente mostrando al detalle los entresijos de Circunstancias Especiales, ampliando todavía más el alcance galáctico de la serie y analizando las interacciones de las especies extraterrestres que entretejen la compleja jerarquía cósmica de su universo, una ambición que juega un poco en su contra como veremos más adelante.

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Fracasando por placer (XLV): Volúmenes de relatos completos

Relatos Completos

Una de las causas por las que esta sección ha quedado en hiato es que en los últimos tiempos he variado mis hábitos de lectura de relatos cortos. La razón fue una reorganización de mi biblioteca. La cantidad de veces que escojo libros por motivos totalmente circunstanciales y ajenas al texto (que me apetezca un formato determinado; el número de páginas según lo que tengo previsto leer en un viaje; que no me entre uno más de una colección que llena un estante y quiera despachar alguno para que los demás encajen; simplemente que esté a mano) no es algo muy erudito, pero no deja de ser una realidad.

En general, organizo mis libros por colecciones, por motivos prácticos de tamaño de los estantes, y sólo excepcionalmente dedico rincones a temas concretos. Sin embargo, decidí hacer algo para movilizar mis tomos de cuentos completos, que tenía muertos de risa desperdigados por distintos rincones. La razón estuvo en una súbita nota de realismo en mi visión del futuro (no hablo de la muerte, que también): nunca me voy a leer un tomo de 800 páginas de cuentos de F. Scott Fitzgerald a machamartillo, un relato detrás de otro, hasta dejarlo leído y ponerlo después en algún lugar poco accesible para dar paso a otros libros con mejores perspectivas de lectura. Por añadidura, estos volúmenes se abren frecuentemente con relatos primerizos y se suelen cerrar con otros repetitivos, derivativos o incluso chocheantes. Todo esto es una obviedad, pero por algún motivo no lo había trasferido a términos organizativos, y una vez ocurrió me vi empujado a un cambio de tratamiento de esos tochos: lo aconsejable era tenerlos a mano y picotear. Señalar a lápiz en el índice qué cuentos cuyo título podía no recordar ya quedaban despachados (preferiblemente con algún indicador si me parecían especialmente buenos) y asumir que esos libros siempre estarían por ahí, a mano y como un refugio ocasional.

Con las revistas y antologías es posible agarrar una y terminarla, pero por mucho que te guste Chejov, los cuatro tochos de Páginas de Espuma con todos sus relatos no se los puede empapuzar uno de principio a fin ni siquiera como proyecto de años, porque al cabo de las primeras mil páginas empiezas a tomar compulsivamente arenques y vodka mientras añoras la calidez del roce de la rodilla de Tatiana junto a aquel samovar. Sin embargo, acudir a Chejov de vez en cuando, ay, amigos y amigas lectores y lectoras, eso es algo que cualquier persona con un mínimo de sensibilidad agradece en extremo. O aunque no se haga, qué tranquilizador y hermoso es saber que puede hacerse.

Si cabe decir algo así de Chejov, que al fin y al cabo es quizá el más sensible y empático de los narradores de todos los tiempos, ¿qué decir de nuestra alegre muchachada cienciaficcionera? ¿Realmente se ha leído alguien del tirón los cinco tomos de los Cuentos Completos de Philip K. Dick y ha vivido para contarlo conservando la condición de persona cuerda y razonable? Porque hablo no ya de sumergirse durante cientos de páginas en una paranoia dickiana, sino en una sucesión de distintas paranoias dickianas, cada una con sus propias leyes y pautas.

Y ya que menciono a Dick, él es obviamente uno de los autores presentes en mi nuevo y accesible estante de obras completas. ¿Quiénes son los otros escritores del género que han conseguido el reconocimiento que supone una publicación intensiva así? ¿Cuántos valen la pena por su obra en conjunto o cuáles nada más que firmaron algunos buenos relatos dentro de un volumen con un montón de páginas de completismo injustificado? Me limito a un rápido repaso por orden alfabético de las opciones disponibles en español, que por supuesto son bastante más reducidas que en inglés.

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Las huellas del sol, de Walter Tevis

Las huellas del solCuánto puede cambiar una misma voz. Walter Tevis, en Sinsonte, consiguió una novela redonda, sorprendente, llena de momentos memorables, con un sentido de la maravilla cruzado por la necesidad de transmitir sus esperanzas y sus miedos a través de nuestro caleidoscopio verbal, y creó un personaje –el dulce robot Spofforth– que es de lo mejor que se ha escrito jamás. La ciudad de Nueva York y todo el territorio, de hecho, por el que se desplegaba la novela, estaba viva y enriquecida por ese imaginario de ciencia ficción, por esa distorsión de la realidad que hablaba de nuestra soledad y de nuestra prepotencia. También de nuestra necedad.

Luego lees la posterior Las huellas del sol y te preguntas, como digo, cuánto puede cambiar una voz. Ya no sólo la consistencia de una novela, que esté mejor o peor lograda, sino eso tan difícil de identificar como los motivos que hacen que un texto de alguien que no conoces personalmente te genere antipatía o simpatía. Aquella era tierna; esta no. Aquella, Sinsonte, era una novela de consistencia infrecuente, osada, una novela de personajes muy bien dibujados; esta, desmadejada, tiene un personaje protagonista –el narrador– pícaro y no muy agradable (aunque esto no es un demérito del autor, es simplemente el natural carácter del personaje), con sus obsesiones y delirios de grandeza. Aquella tenía un recorrido y una evolución; esta tiene una mirada crítica indisimulada, frontal y poco sugerente. Y tiene, Las huellas del sol, una estructura bifronte y nada sorprende demasiado en el recorrido de sus planteamientos.

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Alice B. Sheldon, de Julie Phillips

Alice B. SheldonLa edición de este libro en España habla por sí misma de su calidad. Cuando apareció en 2007 la última publicación de James Tiptree, Jr. en solitario se había impreso 22 años antes. Y fue Circe, una editorial ajena a la ciencia ficción y especializada en biografías, quien la trajera a España en un catálogo donde figuran libros sobre la vida de Coco Chanel, Frida Khalo o Sylvia Plath. Poco más se puede añadir para enfatizar la importancia del texto en sí. Su publicación fue reconocida con la condición de finalista de los dos grandes premios del momento, el Ignotus y el Xatafi-Cyberdark. Lástima que no se llevara ninguno. Duele especialmente el segundo. El jurado que hizo la selección decidió poner por delante dos reediciones que cualquiera podría afrontar (bueno, la de Edhasa y Moorcock solo si tenías dinero a mansalva) en vez de un texto único que nadie más podría haber traducido y que deja al descubierto los procesos creativos de una escritora que marcó la ciencia ficción, de su época y la que se hizo después.

Julie Phillips contó con amplio material para relatar la vida de Alice “Allie” Bradley Sheldon. Además de medios fácilmente accesibles (documentos públicos, conversaciones con personas que la trataron), dispuso de sus diarios, sus notas y su amplia correspondencia con multitud de personalidades de distintos campos (psicología, literatura, aficionados). Esto le permitió contrastar sus recuerdos y sus ideas con un variado grupo de personas con la que se escribió, particularmente en la segunda mitad de su vida. También consultó el material escrito por su madre, Mary Bradley, escritora y, de nuevo, con un nutrido archivo de notas que alumbraban detalles íntimos de un vínculo muy estrecho. Con estas herramientas Phillips perfiló un sólido retrato de su vida de puertas hacia fuera e iluminó su interior como no siempre es posible sin penetrar más de la cuenta en el terreno de la interpretación. Algo particularmente necesario en la obra de una autora con abundantes relieves sobre los que tantas veces se pasa de puntillas para poder adecuarla a un discurso. Y esta es al parte donde esta biografía asentó su condición de obra maestra.

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