¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison

¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!En la reconstrucción de su catálogo de clásicos, Minotauro nos ha pillado por sorpresa con la inclusión de Harry Harrison. El guionista de buena parte de las historias de Flash Gordon entre los 50 y los 60, es sobre todo recordado como un artesano de la ciencia ficción a caballo entre la acción y el humor (la grandísima Bill, Héroe Galáctico y La rata de acero inoxidable). Sin embargo, el título con el cual figura en la mayor parte de guías de lectura es ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, adaptada al cine en 1973 por Richard Fleischer en Cuando el destino nos alcance. El guión de Stanley R. Greenberg incorporaba una serie de cuestiones que desplazaban su argumento original de la base de Harrison y, desde un giro efectista, lograban una película memorable. Sin embargo, aunque lo más recordado no aparece en la novela, esta mantiene una serie de valores que la hacen atractiva medio siglo después de su escritura, aun cuando su escenario ha sido superado.

Publicada en 1966, ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! surge del caldo de cultivo del cual habían crecido relatos como “Bilenio“, de Ballard, o “Hacia el anochecer“, de Silverberg, mientras se adelantaba a novelas como Todos sobre Zanzíbar o El mundo interior. Ese miedo a que la explosión demográfica llevara a una superpoblación que agotara los recursos planetarios y abocara a un futuro apocalíptico en el cual el ecosistema planetario colapsara y la lucha por los recursos destruyera el tejido social. Harrison incardinaba la cuestión en un argumento de novela negra, con sus protagonistas viéndose obligados a sobrevivir en los márgenes de un mundo corrupto, resiliente a cualquier intento de cambio. Una visión tremendamente pesimista que recorre el texto de principio a fin.

¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! comienza en agosto de 1999 en una Nueva York con más de 35 millones de habitantes. Bajo un calor tórrido y la población sometida a un racionamiento que la obliga a hacer largas colas, Andrew Rusch hace horas extra para resolver el asesinato de O’Brian, un hampón que hacía su agosto con el estraperlo. El crimen fue cometido por un joven, Billy Chung, de manera fortuita cuando fue sorprendido tras entrar a robar en su casa. El miedo a que cambie el equilibrio de poder del bajo mundo lleva a una investigación concienzuda, que termina con Chung ocultándose para escapar de la acción de la policía. En sus pesquisas, Andrew conoce a Anna, la mujer de compañía que convivía con O’Brian. Ambos inician una relación y termina acogiéndola en su minúsculo apartamento compartido con Sol Kahn. La voz de un pragmatismo fundamental para la supervivencia en este escenario.

En la primera parte de las dos en que se divide, la más extensa, se detalla la debacle de una sociedad enfrentada a un hundimiento lento pero continuo, incapaz de tomar soluciones para evitarlo. Cualquier idea de bien común queda supeditada al plano individual, algo entendible en los vínculos entre los protagonistas y esa practicidad que impregna cualquier atisbo de buenos sentimientos, muy evidente en el acuerdo entre Andrew y Sol, una amistad fraguada sobre la necesidad de tener un lugar donde dormir, pero más soterrada en la relación entre Anna y Andrew. Bajo el afecto, en las diferentes contrariedades a las que se enfrentan, se vislumbran sospechas de las ventajas que cada uno obtiene de su convivencia con el otro.

Harry HarrisonLa segunda parte, bastante más breve, parece resentirse en comparación con Soylent Green / Cuando el futuro nos alcance. En ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! las galletas son apenas el engrudo que se consume para engañar al estómago y no un enigma que guía el argumento. El pesimismo se abre camino a través del argumento y, con los sucesivos reveses y sacrificios que se ven obligados a tomar, el sistema pone a cada uno en su lugar en un desenlace coherente con lo leído. La dimensión de los personajes es infinitesimal con la de un orden sistémico insensible a sus deseos y cualquier adaptación/negociación/cesión. Cuando el tema se pone serio apenas les queda regresar a sus puntos de partida; el precio por continuar viviendo un día más.

Hay otras ideas potentes, complementarias a la novela de John Brunner y el fix-up de Robert Silverberg que señalaba antes. Particularmente afiladas, como la presión contra las políticas de control de la natalidad por parte de grupos de presión religiosos o la ausencia de mecanismos de equidad que potencian la pobreza, la violencia, las fracturas de una sociedad incapaz de sobrevivir a estas grietas. A veces introducidas un poco a machaca martillo a través de diálogos socráticos o discursos de conferencia, pero siempre enclavados en el subtexto de una novela que se conserva fantástica a estas alturas del siglo XXI.

Sobre la edición de Minotauro, en vez de aprovechar para darle una nueva traducción, se ha apostado por recuperar la versión de José María Aroca que estaba en su primera edición en España, en 1976. Aunque he comprobado la corrección que se ha hecho sobre ella, todavía se mantienen detalles propios de aquellos tiempos como traducciones literales (Robo con fractura en vez de robo con fuerza) o el orden erróneo en las palabras de ciertas oraciones (a través de la abierta ventana), lo que me lleva a recomendar su edición exclusivamente al que no disponga de alguna de las anteriores.

¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison (Minotauro, Minotauro Esenciales 2024)
Make Room! Make Room! (1966)
Traducción: José María Aroca
Rústica. 320pp. 17,95€
Ficha en La tercera fundación

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