El mesías de Dune, de Frank Herbert

El mesías de DuneEsto ya me había pasado otras dos veces. La primera, tras leer Dune, allá en los ochenta. La segunda, tras releerlo para escribir un prólogo que ya recuperé en esta misma web. Ver la reciente entrega final de la adaptación cinematográfica de Denis Villeneuve me ha hecho emprender el tercer y definitivo intento con El mesías de Dune, la continuación de la novela seminal que se anuncia que el cineasta canadiense va a llevar al cine.

Unos instantes para poner en situación, aunque creo que ya he contado esto unas cuantas veces. Realmente me gusta Dune. Tanto la novela como esta última adaptación. No voy a entrar en si es una machirulada o si es el ejemplo postrero y definitivo del mito hoy indudablemente casposo del «salvador blanco»: es una historia que está bien por sí misma y que si se publicara originalmente ahora se percibiría en parte superada, pero es que se escribió hace sesenta años. Me niego a juzgar contenidos por partes del argumento que chirrían con la perspectiva actual, obviando los valores puramente artísticos. O la diversión. O eso tan difícil de definir (y posiblemente reprobable si lo juzgamos con según que parámetros) que es la épica. En términos artísticos, de producto cultural, me funciona. La película, que es una adaptación notablemente fiel y espectacular como pocas, la disfruto en consecuencia.

Sin embargo, mi experiencia con Frank Herbert ha sido terrible, terrible. Ya he relatado en numerosas ocasiones que con Estrella flagelada aprendí, a los 18 años, a dejar libros a la mitad, algo que en realidad debo agradecerle bastante. Apenas conseguí terminar otro par de sus rollos. El estilo de Herbert es monocorde: generalmente solemne, por no decir pomposo, repleto de sutilezas y recovecos que más bien son puñetitas difíciles de seguir (las famosas fintas dentro de las fintas que yo creo que nadie entiende del todo aparte de él), con un gusto por la grandilocuencia que raramente se justifica en lo relatado. Apenas tiene relatos que sirvan para congraciarme con él. Hay que agradecer especialmente a Villeneuve que haya introducido en esta segunda parte un par de momentos de leve ironía, curiosamente centrados en el personaje de Stilgar, que como fanático religioso parecería el menos indicado, pero Javier Bardem resuelve el compromiso con solvencia.

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El amante de vidrio, de Félix J. Palma

El amante de vidrioDurante muchos años una de las ideas dominantes en el fandom de ciencia ficción español fue el de leer a alguno de sus autores fuera de sus muros; romper el limitado techo de cristal dentro del cuál vivían y alcanzar al “gran público”. Vías para lograrlo sobre todo hubo una: el tránsito a través de la literatura juvenil; un sendero empujado por la participación en premios entonces excelentemente dotados y que permitió a César Mallorquí o Elia Barceló iniciar una escritura más o menos profesional donde consiguieron asentarse. El camino que trabajó Félix J. Palma fue opuesto. Aunque hubo una intentona (La hormiga que quiso se astronauta), se centró en perfeccionar aquello que había cultivado fundamentalmente: el relato. Hasta el punto que, durante la década de los 2000, se convirtió en un autor de cuentos magistral, ganador de diversos certámenes. Un incitador de todo tipo de emociones (melancolía, humor, sentimiento de pérdida) a través de narraciones de construcción intachable. Contradicciones que tiene la literatura, el éxito comercial no le llegó hasta que ganó el premio Ateneo de Sevilla con un tochaco como El mapa del tiempo, pero esa es otra historia.

En su evolución, hubo aspectos que Palma pulió. El más ostensible su tránsito de unas descripciones recargadas hacia una redacción más contenida. A pesar de su pulcritud, y la brillantez de las imágenes, subsumía los textos en un flujo denso y, a ratos, pesado, que, una vez fue capaz de aligerar, ganó filo sin sacrificar su capacidad para evocar lugares, sentimientos, ideas. Sobre esta transición hablan colecciones como El vigilante de la salamandra o Los arácnidos, sobremanera cuando se comparan con algunas de sus obras de finales de los 90. La más paradigmática sería este El amante de vidrio. Aunque, paradójicamente, el estilo está aquí a ratos justificado: sus dos protagonistas son holopoetas y el libro estaría formado por los “textos” que ambos componen; sobre todo uno de ellos, Olenos Krise, que inicia el libro contando el fallecimiento de Dorian, su maestro.

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Cuna de gato, de Kurt Vonnegut

CatsCraddleAparte de alguna alusión suelta a su obra, esto es lo primero que escribo sobre Kurt Vonnegut. No sé por qué no lo había hecho antes, si es uno de mis autores favoritos. Hace años, unos cuantos ya, leí casi toda su obra, y algunos de sus libros siguen estando entre los que más me gustan y mejor recuerdo. He releído Cuna de gato (Cat’s Cradle) precisamente porque no lo era –no era de los que más recordaba, quiero decir– y ha habido suerte –esta vez como tantas otras– con la relectura. Y lo primero que hay que aclarar para empezar a entender la novela, o eso creo, es que ‘cat’s cradle ’ es ese juego para dos personas en el que uno tiende las manos como quien da la mano, pero no una sino las dos, la una mirando a la otra, y se coloca la cuerda para que forme un lazo entre las manos, y no recuerdo exactamente cómo era pero la cuerda se hacía una línea doble, es decir, le dabas dos vueltas y un tramo de la cuerda quedaba cerca del pulgar y la muñeca y el otro quedaba más cerca de la punta de los dedos, y entonces la otra persona tiraba de esas cuerdas de dentro afuera y se formaban rombos, triángulos y formas geométricas que era lo que en el juego infantil se llamaba cuna de gato.

Contranavideña novela sin pretenderlo, las menciones a las fiestas y al imaginario y espíritu de estas fechas queda desactivado, vaciado de significado en la grisura de la ficticia ciudad de Ilium, descrita básicamente como lo peor del mundo. En este panorama el narrador empieza a componer los primeros compases de su historia, de su búsqueda del así llamado padre de la bomba atómica. Es Navidad y lo que preocupa aquí es el inminente fin de todo.

El peregrinaje del protagonista que nos pide –como nos pidió en su día Ismael– que le llamemos por su nombre, le lleva a entrevistar a los hijos (hechos polvo emocionalmente), de uno de los responsables de la bomba atómica, y eso le lleva a ir de un sitio a otro hasta llegar, al final, a la república de San Lorenzo, país inventado del Caribe pero reflejo evidente de la colección de repúblicas bananeras que dejó diseminadas por ahí el imperio económico que todos sabemos. El narrador –este Jonah que va en busca de sus entrevistados– está escribiendo un libro llamado The Day the World Ended, y de ahí el objeto de su estudio. De entre lo que va recopilando hay información también sobre Bokonon, figura religiosa, casi mitológica en ese mundo de absurdo y desesperanza, cuyas enseñanzas están alejadas del cristianismo igual que la paráfrasis se aleja de las palabras que modifica.

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Fuck Data, de Max Power

Fuck DataLos juegos con narradores que no son lo que parecen o son mucho más de lo que parecen, o contadores de historias que anidan relatos dentro de relatos hasta revelarse ellos mismos como ficciones creadas por otro, acostumbran a iniciarse en la primera página y quitarse la careta más adelante. No recuerdo un caso donde el acto de enmascarar su naturaleza se llevara a la propia cubierta del libro, ni se descubriera qué se va a leer en el texto de la cubierta trasera. Supongo que este es uno de los motivos que han llevado a una novela cuyo perfil se ajustaría a Anagrama, Alfaguara, Periférica, Candaya o, por qué no, el sello Laberinto de Minotauro a Sonámbulos, una pequeña editorial de Granada. A pesar de ciertas debilidades y excesos, Fuck Data depara una lectura fecunda; entre el relato de crecimiento y el ensayo narrativo, captura el tiempo en el que vivimos, se nutre de sus incertidumbres y problemáticas, y establece un diálogo entre realidad y representación desde un espíritu agitador. Comenzando con su escritura a manos de una inteligencia artificial.

Max Power es un profesor que abandonó a su familia en Badajoz para viajar a Japón y unirse a Fuck Data. Esta organización terrorista golpea a las corporaciones y gobiernos del mundo socavando la información que circula por internet. En este mundo de los próximos cinco minutos resulta imposible conocer nada a través de la red; horarios de los trenes, noticias de cualquier diario, el setlist de un concierto… todo está sujeto a alteraciones que convierten la más mínima certeza en un concepto de otra época. El hijo de Max Power, llamado Max Power, abandona Badajoz y se presenta en Madrid con lo puesto. Allí planea refugiarse con su tío, para más señas escritor, y encontrar el rumbo en una vida que parece haber descarrilado.

Fuck Data se cuenta mediante las transcripciones del testimonio de Max Power junior. Relata su llegada a la capital, el día a día con su tío y la mujer de este, recuerdos fragmentarios de sus años de universidad… El ejercicio de rememoración queda íntimamente conectado con el acto de grabar sus memorias, su vida en un presente asediado por la incertidumbre y su origen; un intento de lograr una inteligencia artificial que pueda pasar por humano. Estamos ante la recreación de un ente que ha recibido los recuerdos y el ARN de su “padre” y está en proceso de integrar todo ello para afianzar las diferentes capas de su personalidad. La gracia es que en esa secuencia de diferentes pasados en confluencia se suceden situaciones extrañas. Por ejemplo, Max pasa su primera noche en Madrid en un hotel donde un director de éxito está de promoción entre diversos medios de comunicación. El joven termina en la habitación de las entrevistas sin tener ni idea de quién es su interlocutor. La conversación entre ambos es un diálogo de besugos a imagen y semejanza de las conversaciones con uno de aquellos bots de hace un cuarto de siglo que pretendía superar un test de Turing.

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Los empleados, de Olga Ravn

Los empleados, de Olga RavnQué ganas tenía de echarle el guante a Los empleados, de la escritora danesa Olga Ravn. Qué prometedor es el argumento con el que la editorial (ni más ni menos que Anagrama, esa que nunca defrauda) nos tienta en la contraportada: «extraños sucesos» empiezan a ocurrir en una nave espacial después de que ciertos «objetos» encontrados en un planeta inexplorado sean subidos a bordo y causen efectos inesperados en los humanos, nacidos y fabricados, que integran la tripulación. Al comprador indeciso se le deja caer, además, que el texto es «una reflexión sobre el sistema de trabajo, la explotación laboral, el control, las relaciones sociales y los roles sexuales». O sea: crítica social, marchamo de calidad y un punto de partida quizá no demasiado original, pero sin duda intrigante. ¿A quién no le va a gustar un imperio romano del siglo primero?

Ravn escribe muy bien: conjura imágenes de una fuerza tremenda (oh, esas pesadillas tripofóbicas) y es capaz como pocos de evocar experiencias sensoriales (gusto, tacto, olfato) a través de las palabras. Los empleados, sin embargo, ha resultado ser una decepción, quizá porque la danesa (a quien la pequeña biografía de la solapa presenta como «poeta y novelista», así por este orden) tiene mejor mano con la lírica que con la narración de historias. Yo solo sé que la novela se me caía de las manos por su vaguedad argumental y la ausencia de personajes, especialmente durante el primer tramo (más adelante la cosa mejorará ligeramente hasta desembocar en un lánguido final), y si pude llegar a terminarla sin excesivo esfuerzo fue —la longitud reducida también ayudó— gracias a su prosa suculenta y fascinante.

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Herejía contra el ciberespacio o los destinos del desertor, de Malú Huacuja del Toro

Herejía contra el ciberespacioDescubrí este libro por completo azar en una Re-Read de la Gran Vía de Barcelona. Me llamó la atención el título, esta Herejía contra el ciberespacio, y entre eso y mi total desconocimiento de la autora –Malú Huacuja del Toro– empecé a curiosear por ahí.

Herejía contra el ciberespacio es una novela de estructura tan episódica que parece un libro de cuentos (o son cuentos tan ligados entre sí que parecen una novela). Hay ejemplos de Angélica Gorodischer y Arthur C. Clarke de libros parecidos, de maridajes afines, o sea que no es la estricta novedad lo que marca este libro. Y es todo tan ‘cíber’ que casi se podría calificar de cyberpunk (o postcyberpunk). No es que haya leído muchos libros así, con esta estructura que es una cosa y su contraria, pero veo que es un tipo de libro que me gusta, aunque le vea alguna limitación: la fusión entre novela y libro de cuentos es creativa, pero el resultado global lo veo lastrado, lo veo con menos posibilidades de lo que pudiera parecer cuando empiezas la lectura.

Tanto los libros de Clarke y Gorodischer como este de Malú Huacuja del Toro que les asocio, tienen, a mi parecer, el mismo problema (si que es lo queremos llamar así): todo acaba siendo un poco lo mismo. Las aventuras del protagonista se dan siempre en el mismo marco y el elemento sorpresivo es siempre el mismo, o, como mínimo, muy muy parecido. Cambia el escenario y el reparto de personajes, pero sólo eso: la gracia o la chispa del cuento es que siempre hay una gracia o una chispa con la consiguiente reacción que provoca entre los personajes circundantes y en ti, también, que lees, y cuento tras cuento, capítulo tras capítulo, ves siempre el mismo fenómeno y la misma concatenación de eventos que llevan a una sorpresa o discurso crítico que da razón de ser al cuento. La escenificación es la misma. Todo está estructurado para que converja hacia un mismo tono, hacia una misma manera e intención, y el orden en el que ocurren las cosas lleva siempre a la misma conclusión. Siguen unos pocos pasos para contar siempre la misma historia, esos cuentos-capítulo.

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Contra la distopía. La cara B de un género de masas, de Francisco Martorell Campos

En septiembre de 2022 el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 publicó un anuncio bajo la etiqueta #BastaDeDistopías.

Básicamente, se alineaba con la corriente que propugna un cambio de paradigma en las historias de futuro cercano a través de buscar ficciones con un sesgo más positivo; huir del fatalismo para, además, plantear alternativas inspiradoras a un sistema socioeconómico predominante, el capitalismo, cuya aplicación se percibe como una amenaza para el futuro. Mi recepción fue recelosa. Más allá del eslogan, me costaba ver los argumentos de una propuesta así, un poco como me ocurrió con la defensa del llamado hopepunk. Muchos de los libros que se defienden dentro de esta corriente me parecen tremendamente conservadores, cuando no abiertamente reaccionarios. El hecho es que he tenido que esperar unos años para poder encontrar una defensa con sustancia de esta línea de pensamiento; o, más bien, llegar a media línea en su argumentario. Su autor, Francisco Martorell Campos, cuenta con otro libro pendiente de reedición, Soñar de otro modo, en el cual complementa la base de Contra la distopía.

En este ensayo, Martorell Campos problematiza la idoneidad de la distopía como cuestionamiento del presente. Esa prevalencia en la ciencia ficción de los últimos quince años cuya relevancia se puede extender hacia atrás en el tiempo más atrás de 1984, Un mundo feliz y Nosotros. Su manera de atacar a esta censura de problemas políticos, sociales, económicos contemporáneos se estructura en tres partes bien delimitadas. La primera, “Distopiland”, cartografía el arraigo de las distopías en la actualidad literaria a partir de un repaso a su prevalencia desde la historiografía. La segunda, “La distopía retratada”, es quizás la que mejor puede servir para todas aquellas personas que, involuntariamente o voluntariamente, tengan confundido su uso: define meticulosamente sus características, alejándola de otras temáticas de la ciencia ficción con la que suele confundirse, caso de lo postapocalíptico. Además lanza los perros de la guerra contra la idea arraigada de que su base ideológica puede ser progresista. Finalmente, en “Distopía: La cara B” concreta una decena de críticas que desnudan obras específicas.

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La naranja mecánica, de Anthony Burgess

La naranja mecánicaLeí La naranja mecánica hace veinticinco años. Apenas conocía la historia por la adaptación de Stanley Kubrick y me encontré con una lectura apasionante por dos motivos, el primero explícito en la película: esa manera de condensar las diferentes violencias a las que nos podemos ver sometidos. La individual, que es la que ejerce su protagonista, Alex, desde su primera página; verbal, física, contra todos sin importar su posible apego. Y la sistémica, aplicada sobre su persona desde una miríada de estamentos: esas fuerzas del orden sin cortapisas al ejercer su labor; las estructuras de poder político, sin ningún respeto ante los derechos de las personas; las instituciones de castigo y reinserción, entornos donde la presión se acumula y las reacciones entre los sometidos a su supervisión se aceleran…

La segunda razón no es exclusiva del libro, pero sí me parece más elocuente en sus páginas: el nadsat. Esa neolengua ideada por Burgess para enfatizar el total desapego por las convenciones de Alex, un alarde creativo que ha contribuido a mantener el carácter atemporal del texto. Sí que requiere un esfuerzo como la mejor ciencia ficción donde se reformula el lenguaje para subrayar el salto generacional, la xenogénesis dentro de la comunidad, un cambio en el tejido social. Pero a poco que fluyan los significados por el contexto o con alguna consulta al glosario en cuya versión al castellano colaboró el propio Burgess, es fácil sumergirse en la novela… siempre que se tenga estómago para soportar los excesos. Desde sus primeras páginas el autor de El reino de los réprobos trama una congoja que puede suponer una barrera.

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La ciencia ficción es un caleidoscopio verbal

Imágenes de cf

Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma
Cernuda

Una de las ventajas de leer ciencia ficción, si queremos verlo así, es que estás menos solo. Esto pasa con todo tipo de lecturas, claro, porque todas acaban siendo un lienzo de imágenes entrelazadas que puedes recordar. Pero con la ciencia ficción es un poco distinto. Un poco mejor.

El caleidoscopio verbal que es nuestro género se queda retenido en la memoria a la espera del disparador que lo haga florecer. Y el imaginario asociado está tan alejado de lo que nos rodea en nuestro día a día que es, en general, la propia ciencia ficción la que hará de acicate para que se activen sus bobinas verdeazuladas como en un cine. Como el cine que en el fondo son. Así, leer es un disparador de la memoria. Con otro tipo de lecturas puede suceder lo mismo pero la ciencia ficción, aunque tenga tanto y tanto subgénero, tiene en común la deformación de la realidad, y cada una de sus particularidades, cada deformación individuada, te puede retrotraer a otra.

Esa es, seguramente, la diferencia principal con el otro tipo de lecturas. Podemos leer alguna novela que quiera reflejar lo que llamamos realidad, y sus descripciones, limpias como espejos, nos podrán recordar muchas cosas. Pero evocarán tanto, tanta cosa diferente, que no las asociaremos a las otras literaturas de las que puedan venir. Con la ciencia ficción, en cambio, sí: está más acotada porque una descripción remitirá siempre a otra descripción perteneciente al género. Ese límite hace que los recuerdos sean ilimitados; entre la narrativa así llamada realista, que tiene menos límites porque lo incluye casi todo, nos perdemos, y la capacidad asociativa, por tanto, merma.

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Otros días, otros ojos, de Bob Shaw

Otros días, otros ojosOtros días, otros ojos, publicado en 1972, es uno de esos libros de ciencia ficción que pivotan en torno a una buena idea, en este caso la del cristal lento, pero que no se quedan sólo en ella. Antes de entrar en harina he de confesar que, seguramente debido a la nostalgia, me suena mejor cómo lo tradujeron en Mundos desconocidos, aquella maravillosa colección de la Marvel en formato magazine presentada aquí en los Relatos Salvajes de la editorial Vértice, años 70 del siglo pasado, que la de vidrio lento con la que se lo cita siempre en el libro de Martínez Roca, y que es esa la razón por la que me voy a referir a él de la primera forma en la que lo leí. En aquellos cómics sólo se llegaba a adaptar el concepto que da vida al novum de esta novela, un tipo de vidrio que la luz tarda más tiempo del usual en atravesar. La naturaleza de ese efecto se encuentra en la extraña configuración del cristal, en cuyos laberintos atómicos los fotones se pierden durante minutos, días o incluso años, y no en su grosor, como cupiera pensar. Los cómics utilizaron la figura del cristal lento para, en palabras de Roy Thomas, enmarcar la narración, como enlace e introducción a una serie de cuentos de varios autores, entre los que se encontraba el propio Bob Shaw, aunque sólo uno de ellos, “Luz de otros días”, coincidiera con lo relatado en el libro. Sin embargo, el uso de aquella idea ya daba muestra de lo potente que era la propuesta y sus implicaciones.

La novela, de apenas 160 páginas, está construida como una colección de relatos, aunque no se trata de un fix-up, como erróneamente se cita en algunos sitios. Consta de una trama episódica, en la que el protagonista, el empresario descubridor del cristal lento, va resolviendo diversos casos detectivescos que tienen que ver con ese objeto, y de tres relatos intercalados que, aunque utilizan el motivo central, son independientes. La creación de esos tres relatos, publicados en revistas en 1966, 1967 y 1972 es previa a la de la trama que alimenta la novela, así que se puede decir que es esta última la que, curiosamente, complementa a aquellos. El tercer cuento, titulado “Una cúpula de vidrio multicolor”, es el de menor calidad, pues presenta un giro final algo efectista. El segundo es magnífico y versa sobre la frialdad de la ley, el peso de la moralidad en relación con los hechos y la necesidad del conocimiento de la verdad, y lleva el título de “El peso de la prueba”. El primero, precisamente el mencionado “Luz de otros días“, en el que Shaw presentó por primera vez el concepto del cristal lento, es extraordinario. No en vano, a punto estuvo de alzarse en 1967 con varios de los grandes premios de la ciencia ficción. Enfrenta el hastío conyugal con el abismo que deja la pérdida haciendo uso de una de las implicaciones de los efectos del cristal, y deja una desazón interior difícil de explicar.

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