La ciencia ficción es un caleidoscopio verbal

Imágenes de cf

Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma
Cernuda

Una de las ventajas de leer ciencia ficción, si queremos verlo así, es que estás menos solo. Esto pasa con todo tipo de lecturas, claro, porque todas acaban siendo un lienzo de imágenes entrelazadas que puedes recordar. Pero con la ciencia ficción es un poco distinto. Un poco mejor.

El caleidoscopio verbal que es nuestro género se queda retenido en la memoria a la espera del disparador que lo haga florecer. Y el imaginario asociado está tan alejado de lo que nos rodea en nuestro día a día que es, en general, la propia ciencia ficción la que hará de acicate para que se activen sus bobinas verdeazuladas como en un cine. Como el cine que en el fondo son. Así, leer es un disparador de la memoria. Con otro tipo de lecturas puede suceder lo mismo pero la ciencia ficción, aunque tenga tanto y tanto subgénero, tiene en común la deformación de la realidad, y cada una de sus particularidades, cada deformación individuada, te puede retrotraer a otra.

Esa es, seguramente, la diferencia principal con el otro tipo de lecturas. Podemos leer alguna novela que quiera reflejar lo que llamamos realidad, y sus descripciones, limpias como espejos, nos podrán recordar muchas cosas. Pero evocarán tanto, tanta cosa diferente, que no las asociaremos a las otras literaturas de las que puedan venir. Con la ciencia ficción, en cambio, sí: está más acotada porque una descripción remitirá siempre a otra descripción perteneciente al género. Ese límite hace que los recuerdos sean ilimitados; entre la narrativa así llamada realista, que tiene menos límites porque lo incluye casi todo, nos perdemos, y la capacidad asociativa, por tanto, merma.

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Otros días, otros ojos, de Bob Shaw

Otros días, otros ojosOtros días, otros ojos, publicado en 1972, es uno de esos libros de ciencia ficción que pivotan en torno a una buena idea, en este caso la del cristal lento, pero que no se quedan sólo en ella. Antes de entrar en harina he de confesar que, seguramente debido a la nostalgia, me suena mejor cómo lo tradujeron en Mundos desconocidos, aquella maravillosa colección de la Marvel en formato magazine presentada aquí en los Relatos Salvajes de la editorial Vértice, años 70 del siglo pasado, que la de vidrio lento con la que se lo cita siempre en el libro de Martínez Roca, y que es esa la razón por la que me voy a referir a él de la primera forma en la que lo leí. En aquellos cómics sólo se llegaba a adaptar el concepto que da vida al novum de esta novela, un tipo de vidrio que la luz tarda más tiempo del usual en atravesar. La naturaleza de ese efecto se encuentra en la extraña configuración del cristal, en cuyos laberintos atómicos los fotones se pierden durante minutos, días o incluso años, y no en su grosor, como cupiera pensar. Los cómics utilizaron la figura del cristal lento para, en palabras de Roy Thomas, enmarcar la narración, como enlace e introducción a una serie de cuentos de varios autores, entre los que se encontraba el propio Bob Shaw, aunque sólo uno de ellos, “Luz de otros días”, coincidiera con lo relatado en el libro. Sin embargo, el uso de aquella idea ya daba muestra de lo potente que era la propuesta y sus implicaciones.

La novela, de apenas 160 páginas, está construida como una colección de relatos, aunque no se trata de un fix-up, como erróneamente se cita en algunos sitios. Consta de una trama episódica, en la que el protagonista, el empresario descubridor del cristal lento, va resolviendo diversos casos detectivescos que tienen que ver con ese objeto, y de tres relatos intercalados que, aunque utilizan el motivo central, son independientes. La creación de esos tres relatos, publicados en revistas en 1966, 1967 y 1972 es previa a la de la trama que alimenta la novela, así que se puede decir que es esta última la que, curiosamente, complementa a aquellos. El tercer cuento, titulado “Una cúpula de vidrio multicolor”, es el de menor calidad, pues presenta un giro final algo efectista. El segundo es magnífico y versa sobre la frialdad de la ley, el peso de la moralidad en relación con los hechos y la necesidad del conocimiento de la verdad, y lleva el título de “El peso de la prueba”. El primero, precisamente el mencionado “Luz de otros días“, en el que Shaw presentó por primera vez el concepto del cristal lento, es extraordinario. No en vano, a punto estuvo de alzarse en 1967 con varios de los grandes premios de la ciencia ficción. Enfrenta el hastío conyugal con el abismo que deja la pérdida haciendo uso de una de las implicaciones de los efectos del cristal, y deja una desazón interior difícil de explicar.

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La Bomba increíble, de Pedro Salinas

La bomba increíbleCon la idea de leerme anualmente un clásico de la ciencia ficción española, para este Clásico o polvoriento aguardaba en cola La nave, de Tomás Salvador. Sin embargo, se me cruzó un ejemplar de La Bomba increíble a buen precio; una novela de Pedro Salinas bastante recomendada por Fernando Ángel Moreno cuando le conocí hace veinte años. Y aquí estoy, habiéndome leído un texto de lo más curioso escrito por uno de los poetas del exilio más relevantes. Salvando las distancias, es primo hermano de las fábulas escritas veinte años antes por Karel Čapek en las que se entrecruzaban la crítica social y la historia de artefacto (La krakatita, La fábrica de absoluto), con menos humor y un acusado carácter antiutópico.

Ya el primer capítulo supone un adelanto del tono del libro. Tiene lugar en el Museo de la paz, un espacio consagrado a enraizar un espíritu bélico sin el cual la paz se afirma un imposible. Entre sus muros se encuentran todo tipo de armas apiladas bajo máximas que harían retorcerse de placer a los columnistas de El Mundo: “Hay paces más destructoras que la guerra”, “Hombre, soy de paz, pero no al extremo de confundir la paz con la opresión”… Allí aparece una bomba extraña que produce la muerte de la primera persona en percatarse de su existencia, Nicasio Entrambasaguas; el disparo de salida hacia un recorrido por los estamentos de esta tecnocracia regida por una casta de científicos. Salinas se emplea a caracterizar sus inconsistencias y excesos en capítulos más o menos atractivos en función del interés por el tema a tratar. Mi predilecto es su apuesta por la democracia participativa para un mayor arraigo de sus decisiones lo que implica el amaño de cada referendo a través de un elegante sistema de pucherazos. Su efectividad se pone a prueba en una consulta sobre qué hacer con La Bomba. Aunque no se hace mención del país en cuestión, van surgiendo costumbres tan nuestras como confiarse en la infalibilidad de las manipulaciones realizadas para darse de bruces con la cruda realidad.

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A Choice of Gods, de Clifford D. Simak

A Choice Of GodsBusco, curioseado, en las dos enciclopedias de ciencia ficción que por suerte tengo en casa, y en la de Clute y Nicholls, bien, pero en la de George Mann descubro que le dedican un total de cero páginas a Clifford D. Simak. ¿Cómo puede ser? Busco varias veces por si me equivoco pero el orden alfabético facilita la tarea y aclara cualquier duda que pueda haber. Nada. No está. No lo entiendo.

Bueno. ¡Pues qué le vamos a hacer!

Me fastidia haber dicho ya que a quien más se parece Simak es a Miguel Delibes y, en inglés, a John Steinbeck, porque repetirlo ahora ya no tiene gracia y menos aún la validez de la novedad, pero leyendo A Choice of Gods me reitero: la ciencia ficción rural tuvo a su gran, a su mejor escritor, en Simak. La premisa de la novela recuerda a otros libros suyos (lo que no es tan raro), y a uno, impresionante, de Doris Piserchia: en la Tierra sólo quedan los restos de una humanidad huida a las estrellas, sin que sepamos cómo huyeron ni por qué. Eso y la tecnología, causante directa e indirecta de tanto desastre, son temas ya explorados por el autor (pienso en Herencia de estrellas, por ejemplo), pero lo que vemos ahora son las distintas mentalidades de la gente que se ha quedado. Simak pone el acento en cómo evoluciona la gente en ese mundo más que en la gente huida. Y más que gente huida, es gente que desapareció un día y se fue sin más a las estrellas (rareza que se explica más adelante en la novela y sobre la que no digo nada para no estropear posibles, potenciales lecturas).

Los robots en la novela han desarrollado una especie de religiosidad, y los humanos, los pocos que quedan, han vuelto a una relación pretecnológica con la naturaleza. Más respetuosa y clemente. La dicotomía es clara pero no entre humano y robot sino entre humano ido y humano quedado en Tierra. El que se queda, se queda por miedo o por devoción a un planeta envejecido. Y todos los humanos idos tienen ese llamado, esa profunda llamada de lo salvaje, por usar unas conocidas palabras de London. También los robots.

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Tú, el inmortal, de Roger Zelazny

Tú, el InmortalA fin de participar de forma original y útil en esta recuperación crítica de clásicos de noviembre, consulté al amable responsable de esta web si había algún autor notable que nunca hubiera sido reseñada en ella. Me dijo, entre otros, que Roger Zelazny. Entonces me tomé un momento para salir al patio a blasfemar brevemente contra el destino, con mis puños alzados clamando justicia a un dios cruel que nos contempla indiferente, y luego me recompuse para seguir con mi vida cotidiana.

Quiero decir: hoy hay mequetrefes que se creen importantes porque han sido finalistas del Hugo (¡o del Ignotus!). Este caballero ganó seis, el primero con 29 años. Fue un estilista notable, junto a Samuel Delany, el motor más elegante del cambio del género hacia la madurez literaria en los años sesenta. Combinó elementos como la psicología y la mitología con otras influencias de todo tipo, insertas en escenarios y nociones plenamente cienciaficcioneras, con osadía y acierto. Murió sin cumplir los sesenta, de un cáncer de riñón que hizo que escribiera muy poco en sus últimos años. Su muerte se produjo hace menos de tres décadas, y si hoy preguntan en una librería española, sólo hay un título de toda su obra que aparezca como disponible a la venta. Ni siquiera están en catálogo ediciones de la popular serie de fantasía de Ámbar. Esto de un señor del que figuras actuales como Neil Gaiman o Andrzej Sapkowski dicen que fue el mejor autor del género.

En la ironía definitiva, Tú, el inmortal, justo esa única novela en catálogo en español, le reportó su primer Hugo en 1966 en un ex aequo con otra que ha tenido algo más de fortuna, digámoslo así, en el recuerdo: Dune, de Frank Herbert. Si a cualquier lector un poco espabilado del género le hubieran preguntado en 1966 qué suponía ese empate, habría señalado que se trataba de una especie de compromiso entre el pasado y el futuro del género. Dune, descomunal, brillante a su extraña e irrepetible forma (tan irrepetible que el propio Herbert jamás escribió ni de lejos algo de calidad similar pese a usar cansinamente los mismos manierismos) era una vigorosa actualización del space opera, aggiornada con detalles contemporáneos como la presencia de drogas o un trasfondo reflexivo sobre el debate descolonizador. Era una evolución. En cambio, Zelazny, sin cumplir los treinta, representaba la ruptura con una novela breve, desenfadada, narrada cuidadosamente, tan repleta de recovecos como de escenas de acción bien descritas.

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La 7éptima víctima, de Robert Sheckley

La 7éptima víctimaSeguí con mucho interés la lista de recomendaciones de compra de segunda mano que los compañeros fueron dejando este año en C con motivo del Día del Libro. La mayoría de mi biblioteca, cuyo contenido numérico se mide en cuatro cifras, procede de ese mercado. A poco que se piense, y más allá del posible ahorro económico, esta circunstancia es, hasta cierto punto, lógica. O lo era antes de la devoción por la novedad y el actual desaprecio por el pasado. Cuando te aficionas a la lectura, sobre todo en un género como el de la ciencia ficción, lo razonable es mirar hacia el inmenso océano de obras anteriores ya reconocidas y no hacia la incógnita que supone lo nuevo, un melón aún sin abrir. Para lo reciente uno ha de agarrarse a las opiniones cercanas, sujetas a particularidades, y también a la crítica, presuntamente objetiva pero siempre bajo sospecha. Sin embargo, los libros con décadas a sus espaldas no sirven a necesidades de venta y ya han acumulado el suficiente respaldo o rechazo como para que la elección sea bastante segura. En resumen, si quiero pescar lo que me gusta, el mejor caladero está en el pasado, y se da la triste circunstancia de que gran parte de ese tipo de material está descatalogado, por lo que su búsqueda conduce siempre al mercado de segunda mano.

He de añadir que la propia busca de antiguallas es una actividad que siempre he considerado como un valor intrínseco –que no añadido– del libro físico. El medio digital sólo puede darte eso en forma de sucedáneo. Mis libros me proporcionan placer no sólo por su contenido, sino también por lo que ha rodeado la adquisición de cada uno de ellos, a cuyo precio incluyo el disfrute de todo lo aparejado a su encuentro. Cuando los miro en las estanterías tengo también presentes, además de su medida narrativa, todos esos domingos recorriendo el rastro madrileño y los rastrillos de otras geografías: los sábados de la Cuesta de Moyano y las librerías de viejo, el mercadillo de Puertollano, la Feria de ocasión de Logroño, las tiendas del centro de A Coruña o las librerías de Urueña. Allá donde voy siempre hay libros (o cómics), y mi encuentro con ellos es parte del viaje. Admito que también me he dejado arrastrar por estos tiempos, y desde hace pocos años, aunque no sea lo mismo, huelgo las tardes buscando en las aplicaciones de compraventa on line. Así que, entre unas cosas y otras, algo de experiencia he ido acumulando, lo cual me da, incluso, para ofrecer consejos.

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China Montaña Zhang, de Maureen F. McHugh

China Montaña ZhangYa es complicado afianzar un proyecto editorial en un mercado de lectores minúsculo aunque lo quieras nutrir desde las traducciones de esos nombres que copan los premios de ciencia ficción, fantasía o terror, las listas de ventas del año pasado y las recomendaciones de los influencers que-hay-que-seguir. Así que te puedes imaginar la quimera cuando tu catálogo se sostiene sobre títulos menores de autores caídos en desgracia, rarezas de las que apenas unos pocos han leído algún elogio o novelas de (muchos) años atrás sin demasiado caché. No contento con eso, le añades una serie de extras: los empaquetas bajo cubiertas horrendas; pones en circulación ediciones, por ser fino, muy mejorables; reservas tu mejor título para el estertor final de la lista de lanzamientos… Este cúmulo de avatares se juntaron hace quince años cuando Libros del atril se lanzó a publicar ciencia ficción y algo de fantasía en una colección ya olvidada: Ómicron. Vista con la perspectiva de los lustros, hay libros cuya publicación tenía un cierto sentido. Ahí estaba la nueva historia de fantasía de Lois McMaster Bujold, una novela de ciencia ficción del autor de El coloso en llamas, un Geoff Ryman con un par de premios menores… Pero se hizo todo tan mal que cualquier título que mereciera un cierto recorrido fue devorado por las pésimas decisiones editoriales. Si quitamos de la lista Spin, la víctima más evidente del despropósito fue China Montaña Zhang.

Escrita por Maureen F. McHugh a principios de los años 90, China Montaña Zhang tardó quince años en ser traducida. Un retraso entendible cuando su posible publicación se dio de bruces con la crisis editorial de mediados de los 90, aquella que nos dejó con apenas dos colecciones especializadas (Minotauro y Nova). Dadas sus cualidades era muy difícil que encontrara acomodo. A pesar del tiempo transcurrido, merece la pena recuperarla: treinta años más tarde mantiene su contundencia como carga de profundidad contra, primero, la China comunista en su reformulación capitalista y, segundo, las inequidades de los propios EE.UU. Algo en sí mismo nada contradictorio. Aunque pueda parecer que surja de la fobia a la competencia asiática de finales de los 80 y principios de los 90, McHugh es rotunda en su tesis: por muchas diferencias superficiales entre dos regímenes políticos, los resultados para los que se encuentran lejos de sus núcleos de poder son, en muchos casos, los mismos. Y se puede sobrevivir y tensar el sistema desde dentro, adaptándose sin negarse a uno mismo.

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Herederos del caos, de Adrian Tchaikovsky

Herederos del caosA pesar de los peros, disfruté bastante de la lectura de Herederos del tiempo. Una space opera que recuperaba los escenarios de elevación, aquellas historias tan populares durante la década de los 80 del siglo pasado en las cuales una especie se topa con sus creadores, se desata un enfrentamiento o colaboran para plantar cara a una civilización más avanzada. Adrian Tchaikovsky planteaba el primer escenario: el relato de una especie empujada en su evolución por una humanidad que, miles de años más tarde, se las veía con unos descendientes insospechados en su deseo por hacerse con un planeta. Una aventura espacial afinada en el flujo del relato y un extrañamiento bajo mínimos desde el momento en el que cualquier asomo de dificultad en la comprensión quedaba obliterado por un narrador omnisciente hiperexplicativo, hasta grados a mi modo de ver innecesarios. Herederos del tiempo tenía un final más o menos cerrado con una escena que daba pie a una continuación en la forma de una misión de exploración; los protagonistas de esta Herederos del caos.

Tchaikovsky mantiene algunas constantes mientras introduce variables desde algo más que el argumento. De lo primero, lo más reseñable es su estructura dividida en dos secciones entrelazadas; primero, se desarrolla durante una decena de capítulos la acción de un lugar narrativo para después saltar a otro para relatar la segunda, de alguna manera vinculada. En Herederos del caos lo relevante en este esquema no es el espacio sino el tiempo: las dos secuencias ocurren en el mismo sistema solar, con una miles, cientos, decenas de años de diferencia. De esta manera la historia progresa alrededor de plantear misterios, enigmas que más o menos tendrán su resolución en la otra mientras se dejan interrogantes sin resolver que empujan la novela hacia su clímax.

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Redshirts, de John Scalzi

RedshirtsReedita Minotauro la aclamada y multipremiada Redshirts, de John Scalzi, y voy yo y me digo que mira qué excusa tan ad hoc para leer una historia a la que ya me había acercado en otro formato, la versión en audiolibro narrada por Will Wheaton (intérprete, como todo el mundo sabe, de «una de las cosas más abofeteables» que Julián Díez ha visto jamás en una pantalla). Error. El audiolibro me pareció simpático sin más: entretenidillo aunque intrascendente, un poco largo y con demasiado ruido para tan pocas nueces, pero nada grave. En su formato de papel, sin embargo, Redshirts me ha sentado mucho peor, ya no sé si porque el buen hacer de Wheaton compensaba las limitaciones literarias de Scalzi, porque el audiolibro me permitía hacer otras tareas a la vez que seguía la trama (ergo menos sensación de estar perdiendo el tiempo en una historia con regusto al chiste de la fiesta del corcho) o porque, simplemente, Redshirts no es, por su propia naturaleza (una novela ligera que se sostiene sobre una única ocurrencia ingeniosa) el tipo de texto al que le sientan bien las relecturas.

El título hace referencia a los «camisas rojas» de Star Trek, el término con el que los conocedores de la franquicia se refieren a los extras que intervienen en ciertos episodios y cuyo función es, básicamente, morir en las misiones de desembarco. Estos tripulantes, que en la serie suelen carecer de trasfondo y relevancia, son los protagonistas de la historia de Scalzi… que además los hace conscientes de su macabro destino y del papel que realmente juegan en la nave.

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El arte de TOKYO GENSO. Visiones de un Japón inusitado

El arte de Tokyo Genso

Cuando era joven me gustaba practicar con un par de amigos un pequeño juego intelectual. Siempre me refería a él con el nombre de ejercicios de imaginación y consistía en cambiar alguno de los parámetros visuales de la realidad, o de cómo la percibíamos, para ver lo que salía y divertirnos con el resultado. Recuerdo una tarde concreta en la que, sentado con un amigo en un banco, frente a uno de los primeros grandes centros comerciales, le reté a imaginar qué veríamos si invisibilizábamos los muros, las paredes y todos los elementos sólidos que constituían la enorme construcción, dejando visibles sólo a los seres humanos. El resultado nos mostraba a la gente paseando en el vacío, subiendo y bajando en diagonal por el aire o parados mientras intercambiaban observaciones sobre algo que contemplaban en la nada. Propuse ir más allá y eliminar la opacidad de todo, incluida la ropa, para dejar a la vista sólo a las personas. Bajo esta nueva perspectiva, soslayando el asunto banal de los sexos, el conjunto era fascinante: todos parecían ridículos.

Muchos caminaban con las manos pegadas a la parte exterior de los muslos, algunos de ellos con los dedos extendidos, otros con los puños apretados. Un acto intrascendente como el de comerse un helado parecía absurdo. Una mujer acalorada giraba una de sus muñecas a pocos centímetros de su cara. Un paseante acercaba dos dedos estirados a su boca y luego soplaba tres largos segundos. Todos ellos realizaban gestos vacíos, más ridículos aún debido a la desnudez. Aquel simple cambio en un solo parámetro, el visual, delataba el sinsentido de nuestras acciones cotidianas cuando las despojábamos de una finalidad humana. Sacar conclusiones acercaba aquella práctica a los postulados del teatro del absurdo, pero lo que a mí me interesaba de verdad era la propia visión distinta de una realidad que, por conocida, encontraba aburrida. Lo divertido del cambio residía en la posibilidad de acceder a una fisonomía de la existencia inusitada y sumergirse en aquella sensación de extrañamiento.

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