Exhalación, de Ted Chiang

ExhalaciónLa segunda colección de Ted Chiang podría calificarse como el libro más esperado de la década. No tanto para el grueso del público (la primera edición de La historia de tu vida tardó en agotarse bastantes años), como por los lectores de aquella, su primera obra. Un libro versátil que abría las puertas a un universo conceptual fascinante, enfocado desde una mirada que convertía cada pieza en una labor de orfebrería. De alguna manera, una consecuencia de la propia singularidad de Ted Chiang en el mundo de la literatura, que ya había convertido la publicación de las últimas de aquellas historias en un acontecimiento. Tres lustros han pasado desde entonces y Chiang ha reforzado esa excepcionalidad sobre la cuál se fundamenta su carrera. Ese evento detrás de la publicación de cada nuevo texto se extiende ahora con la traducción de Exhalación, sin caer en el mal de este tipo de colecciones-obra completa: la presencia de abundante grasa y tejido insustancial alrededor del material más pertinente. Como adelanto, no me ha permitido recuperar el sentimiento extático de La historia de tu vida. Y aunque puede explicar una parte, mi envejecimiento no lo es todo en esta ligera decepción.

El texto más extenso de Exhalación es «El ciclo de vida de los elementos de software«, una novela corta ya traducida en 2012 dentro del primer Terra Nova. Entonces me estrellé contra ella y su pretensión de narrativizar una especulación mediante un trabajo sobre los personajes y sus historias impropio de ese vuelo especulativo. Ahora he tenido mejor suerte, no porque haya conseguido librarme de aquel amargor. Siempre interesado por la creación de la identidad, Chiang se entusiasma por el proceso de maduración de unas IAs diferentes a las tradicionales en la ciencia ficción; infantiles, inocentes e incapaces de cumplir con las necesidades de un mercado que choca contra su escasa usabilidad y su absoluta dependencia de sus dueños. En sus más de 100 páginas se enhebran dos décadas de problemas logísticos y de continuos esfuerzos por mantener el progreso de tres de estas IAs por parte de sus dos dueños. Chiang no parte de la nada y se inspira en la vida comercial de multitud de gadgets y juegos masivos de internet, discontinuados por sus productoras para ser mantenidos por sus usuarios en la unidad de cuidados intensivos. Pero ahí está también su disciplinada imaginación a la hora de plantear la posible evolución para conseguir la cuadratura entre pervivencia y rentabilidad. Explora las cuestiones éticas sobre los derechos de estas extrañas criaturas y su capacidad para ejercer la libertad mientras establece un continuo símil con la maternidad/paternidad, los sacrificios, éxitos, renuncias y el coste personal aparejados.

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El futuro visto desde 1998

Planeta Humano 36Hace unas semanas presenté un texto sobre la Worldcon de 1998 que preparé por encargo de la revista Planeta Humano, pero no fue el único que surgió de ese viaje. Además de conseguir varios contenidos publicados en Gigamesh en números sucesivos (desde una entrevista con John Clute hasta el premio Hugo al mejor cuento concedido en esa convención, «Vamos a bebernos un pescado», de Bill Johnson), hice preguntas concretas a unos cuantos autores sobre el futuro de la humanidad. Después, las trasladé también a varios escritores españoles, y el resultado apareció en el número 11 de Planeta Humano, el correspondiente a enero de 1999.

 


 

«Entramos en una era de incalculables novedades». Robert Silverberg, uno de los más notables escritores de ciencia ficción, lo explica con claridad: «El mundo del 3000 será tan distinto al nuestro que alguien a quien de repente enviáramos allí sólo podría preguntarse en qué planeta se encontraba». La evolución del ser humano en los próximos mil años puede alcanzar cotas difícilmente predecibles, que otro escritor, James Stevens-Arce, planteaba con un sencillo ejemplo: «Mi abuela vivió la invención de la bombilla y el viaje a la Luna. Y se calcula que el conocimiento humano se duplica cada dos años. Es imposible intuir hacia dónde vamos a partir de esos supuestos».

Es tal la velocidad de los cambios, que se puede llegar a plantear incluso si en el año 3000 existirá una civilización. Al respecto hay división de opiniones entre escritores españoles, más pesimistas, y anglosajones, mucho más optimistas. Así, César Mallorquí cree que el desarrollo de la bioingeniería permite que cualquier estado o incluso un particular pueda producir enfermedades epidémicas atroces. «Este es el peligro real. Un 90 por ciento de la población autóctona americana murió a consecuencia de las enfermedades importadas por los conquistadores».

El optimismo de los escritores anglosajones, en cambio, se sustenta en la capacidad de la especie humana para adaptarse a circunstancias difíciles y sobrevivir. Como explica Connie Willis, una escritora centrada en los cambios sociales, «la estupidez cobra todos los días nuevas formas y es cada vez más fuerte, pero ya llevamos siglos derrotándola y podemos seguir haciéndolo». El inglés Stephen Baxter, de sólida base científica, también está convencido de que «el futuro inmediato será el momento más difícil, porque en él deberemos enfrentarnos al fin a todos los problemas conocidos: agotamiento de recursos, polución, superpoblación…. Pero creo que tenemos un futuro real por delante una vez superemos este mal momento».

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La situación de la ciencia ficción a fin de siglo a través de una Worldcon

Planeta Humano 7He sido una persona bastante afortunada con mi trabajo: soñé ser periodista y tuve una carrera llena de satisfacciones. Se terminó, por una serie de factores que sería prolijo explicar, pero tuve la oportunidad de acumular muchas vivencias estupendas. Y colaboré con muchos medios.

Al que guardo más cariño no es aquel en que me leyó más gente, en el que estuve más tiempo o me reportó más dinero. Fue un proyecto modesto en medios pero muy ambicioso en objetivos llamado Planeta Humano. Entre 1998 y 2001 publicó casi cincuenta números con la idea de ofrecer historias positivas, originales, pero no ñoñas; su eslogan era «Para los que creen que sí se puede hacer algo». Y todo al modo de las grandes revistas estadounidenses: textos exhaustivos, material fotográfico de calidad. Es la única publicación para la que he trabajado que tenía una productora: una persona encargada de organizar los viajes, hacer los contactos necesarios y hasta concertar citas, de forma que el periodista tenía una orientación clara de lo que el medio quería que cubriera y se ahorraba complicarse con temas logísticos.

No llegué a estar meses con un reportaje, como Gay Talese siguiendo a Frank Sinatra o Tom Wolfe con los surferos de California en ocasiones que devinieron en legendarias para mi profesión, pero sí es el único medio que me envío a preparar una historia durante varios días, a veces más de una semana. Conservo la colección completa de la revista y está llena de historias estupendas, muchas de ellas adelantadas a su tiempo, con colaboradores extraordinarios (José Saramago, José Luis Cuerda, Dominique Lapierre, José Luis Sampedro, Eduard Punset, José Carlos Somoza…) y bastantes de los mejores fotoperiodistas del momento. He encontrado varios rincones en la web en que antiguos lectores recuerdan Planeta Humano con la misma intensa simpatía que siento yo. Incluso mencionan alguno de mis textos de forma específica, como el que hice en el primer número sobre la única comunidad en que conviven israelíes y palestinos en igualdad, con los niños compartiendo escuela. Está sobre una colina entre Tel-Aviv y Jerusalén y se llama Neve Shalom/Wahat al-Salaam, sigue existiendo hasta hoy por lo que sé.

La razón por la que no habrán oído hablar de esta revista es que no tuvo buena distribución, al tratarse de un medio independiente. La mantuvo un tiempo un mecenas muy ilusionado con ella, un tipo encantador que intentó por todos los medios cumplir el sueño de hacer algo distinto a todo lo que había en los kioscos españoles, pero al cabo del tiempo y varios intentos que no terminaron de funcionar (cambios de diseño, regalos promocionales…), no aparecieron vías alternativas de financiación y cerró.

El hecho es que les propuse ir a una Worldcon, y aceptaron. Fue a la de 1998, en Baltimore, que tuvo a C. J. Cherryh como invitada de honor y en la que Joe Haldeman ganó el Hugo a la mejor novela por Paz interminable. También hubo un pequeño acto, escondido, a una hora poco concurrida, y al que acudí por casualidad. Se proyectaron veinte minutos de previa de una peliculita rodada en Australia, de directores desconocidos y protagonizada por una estrella entonces de capa caída, pero que terminaría por hacer historia: Matrix.

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