Cero es la cuarta novela de La biblioteca de Carfax que comentamos en C y después de su lectura, independientemente de la valoración sobre el texto, prevalece la reafirmación de la necesidad de un proyecto editorial así. No sólo por el criterio detrás de la selección de títulos o, en sintonía con ese carácter, cuidar el libro como producto. Lejos de dejarse llevar por la urgencia de la novedad y la expectación de lo que se habla ahora en anglosajonia o la esfera influencer, en el catálogo se mantiene no sólo un envidiable equilibrio entre novelas y colecciones de relatos. También es evidente en una personalidad que no hace ascos a recuperar obras de hace décadas, olvidadas por la ausencia de un espacio para publicarlas en España o el miedo a comerse la tirada completa ante textos de encaje complicado. Tal es el caso de Cero, novela de Kathe Koja aparecida hace tres décadas que Ismael Martínez Biurrun recomendaba encendidamente en “De la nueva carne a la nueva naturaleza” y que me ha seducido tanto como a él.
Esta sensación tiene algo, mucho, de malsano. El lugar en el que Koja encierra a sus personajes durante casi 300 páginas y donde se desarrolla el acto crucial de sus vidas bascula entre lo enfermizo y lo sórdido. Es difícil encontrar un resquicio de felicidad, optimismo, esperanza en el relato de Nicholas, el narrador, un empleado de blockbuster alienado en una existencia anodina y una relación de dependencia con Nakota, una bailarina de striptease. La disfuncionalidad de ese vínculo se acrecienta con la aparición en su domicilio del agujero, una no-entidad que sirve de portal a otra realidad. Nakota lo explora arrojando a su interior objetos, pequeños seres vivos y una cámara para observar su interior. Toda este proceso reactiva una relación que parecía terminal y que trasciende a un nuevo nivel cuando Nicholas atraviesa el agujero involuntariamente con su mano.




Corrían los locos años ochenta y en la gran casa común de la ciencia ficción norteamericana las aguas bajaban revueltas entre las nuevas generaciones. Los bárbaros del cyberpunk habían irrumpido en el género con sus bromas de empollones, sus círculos de amigotes y unas ganas irreprimibles de meterse con todo el mundo, cayendo en gracia a crítica y público y conquistando hasta el último rincón del género. ¿Todo? ¡No! Una aldea de irreductibles humanistas resistían ahora y siempre al invasor; Kim Stanley Robinson, John Kessel, Orson Scott Card o Connie Willis, una caterva de escritores surgidos a principios de los ochenta que se negaban a darle un acabado de cuero negro y cromo brillante a sus futuros en los que, desde una óptica socialdemócrata o mormona, ofrecían una alternativa al callejón sin salida que encarnaba el nihilismo cyberpunk y sus Grandes Verdades Muy Jodidas Sobre Este Puto Mundo De Mierda. Esta alternativa humanista, heredera de Simak o Bradbury, recuperaría la esperanza en el futuro cimentada en las virtudes intrínsecas del espíritu humano, sus cuitas y sus cosas. Un pre-hopepunk, si gustan de tirarse el pisto en plan “bueh, esto ya lo descubrí yo en el 86”. Y es que está visto que los ochenta no se han ido ni se irán nunca.
Nueve años antes de la publicación original de Sirio llegaba a las librerías inglesas 
