Razonables pasadizos

Forever War

A los parecidos razonables que a veces identificamos entre obras, Vicente Luis Mora los llamó, hace tiempo, pasadizos. Los hay entre Menos que cero, Contacto e Historias del Kronen. Estas novelas de Bret Easton Ellis, Dennis Cooper y José Ángel Mañas, respectivamente, tienen un aire parecido, como de lejano parentesco. Se escribieron con pocos años de diferencia y no creo, o nada nos puede hacer pensar, que los autores hablaran entre sí ni se conocieran. La explicación hay que buscarla en otra parte.

Una época, con todas sus manifestaciones sociales, temáticas, políticas, estéticas y ambientales, incide, o puede incidir, de maneras distintas en distintas personalidades. Pero, de la misma manera, puede también estimular o avivar los talentos de personalidades parecidas, de sensibilidades afines, e incidir en ellos de manera similar, y el resultado pueden ser textos que comparten algunos de sus rasgos constitutivos esenciales, como el enfoque de determinado tema, el tema en sí, los escenarios, el argumento o el punto de vista, y nada de esto, cuando ocurre, tiene por qué ser sospechoso ni desvirtuador.

En la ciencia ficción hay un caso paradigmático de estos parecidos inquietantes, de estos sorprendentes pero comprensibles pasadizos literarios. Me refiero a ese binomio formado por La guerra interminable, de Joe Haldeman, y El juego de Ender, de Orson Scott Card (a mi juicio bastante inferior en sus méritos que la novela de Haldeman). Estas novelas son hijas de la herida emocional, psíquica, social y (también) literaria que dejó en Estados Unidos la guerra de Vietnam (en la que Haldeman, por cierto, luchó en su juventud). Hay parecidos en sus novelas que se deben a su tiempo, al crisol político-social que les dio vida. Guerras, enemigos mayormente desconocidos, ignorancia de los motivos políticos que orquestan la guerra, etc. Los autores metabolizan un mismo momento histórico, desde perspectivas cercanas.

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La oportunidad detrás de lo raro y lo espeluznante

Welt am Draht

¿Alguien recuerda el seísmo en el mundillo aficionado cuando, tras la traducción de Nunca me abandones, se publicaron unas declaraciones de Kazuo Ishiguro negando que fuera ciencia ficción? Yo mismo escribí un fandomsplaining al reciente premio Nobel, de ese que empieza y termina en tu microburbuja de confianza y que, con el transcurrir de los años, te permite echarte unas risas; esa intensidad, esa pedantería. Quizá por la distancia y las canas, de un tiempo a esta parte miro con ternura los desgarros de vestiduras #FIAWOL cuando otro escritor se atreve a poner en duda que su nueva obra sea ciencia ficción, fantasía o terror teniendo elementos para ello, y la califica como distopía, ucronía, proyección deliverativa… Esa emanación de enojo socializado-“no tienes ni puta idea de lo que estás hablando. Ahora te explico lo que has escrito” sin importar los detalles que pueda haber detrás, como si siempre existiera una visión única del asunto y los matices fueran innecesarios. Total, ya no entran en esas dos frases que deben formar el mensaje. Como si términos como ciencia ficción, fantasía o terror fueran etiquetas con un nombre adecuado para catalogar todo lo que comúnmente sus aficionados situamos en su interior. Como si no hubiera problemas para calificar no ya obras que se mueven en la frontera, si no títulos abiertamente tenidos como tal y que hablan de historias alternativas, poderes mentales, futuros a cinco minutos vista…

En este sentido es una pena que aquella lectura tan certera sobre los “géneros que manchan” establecida por Julián Díez en su desaparecido blog, Soria de los palabras, se haya perdido. Exponía con elocuencia la tiranía de la ciencia ficción sobre cualquier otro género. Cómo, por poner un ejemplo, una historia de asesinos en serie repleta de escenas truculentas, persecuciones y suspense escrita desde un monólogo interior, por el simple hecho de que el psico-killer fuera el clon del narrador, se convierte en ciencia ficción. El terror, el thriller o el rollo criminal quedan automáticamente supeditados a esa etiqueta, sin importar el nivel de especulación.

Desde esta óptica se entiende por qué he disfrutado tanto de Lo raro y lo espeluznante. Una colección de ensayos en los cuales Mark Fisher se sirve de un puñado de obras, literarias, cinematográficas, musicales, para delimitar dos términos de recorrido crítico difuso: lo raro (weird) y lo espeluznante (eerie). Dos sensaciones de máxima trascendencia narrativa tal y como atestiguan la fascinación por el relato Lovecraftiano, la relevancia del extrañamiento en la literatura contemporánea, textos divulgativos como los que Ismael Martínez Biurrun ha escrito en esta web… Dominantes en una miríada de ocasiones, marcando de manera inapelable la recepción por parte del lector/espectador.

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Minotauro apuesta por el barbecho

Comunicado Premio MinotauroLa editorial Minotauro publicó el martes una nota de prensa anunciando un año en blanco en la trayectoria de su premio de novela; el primero desde su puesta de largo en aquel ya lejano 2004. En un texto escueto prometen retornar en 2019 con su actual colaboración con el Festival de Sitges intacta, sin especificar los motivos para saltarse su, hasta ahora, cita anual. No parece que este asunto haya despertado demasiada expectación. Un puñado de tweets prácticamente sin difusión, supongo que alguna mención en Facebook, unas líneas en La Vanguardia (¡y en Bolsamanía!)… El alcance queda apenas un poco por debajo de la repercusión lograda por los últimos fallos, escaso bagaje para un galardón que mantiene una dotación estimable (aunque comparado con los 18.000 euros de sus primeros años, empieza a plantear si merece la pena el esfuerzo) y garantiza una buena distribución. Más cuando lo comparas con el ruido y el debate alrededor de los Ignotus, cuya recompensa es una estuatilla de plasticote.

Desde la fandomsfera, con la visión de túnel característica del entorno ultra y la inevitable nostalgia de cualquier tiempo pasado fue la hostia, recuerdo la esperanza con que se recibieron los triunfos de León Arsenal, Rodolfo Martínez y Javier Negrete, acompañados de finalistas estimables: Carlos Gardini, Patricia Flores, Eduardo Vaquerizo, Rafael Marín… En su mayoría publicados a los pocos meses y acompañados de otras obras que habían corrido peor suerte. Fueron los años en los que Minotauro cambió el peso de su producción y se lanzó a imprimir textos en castellano como, literalmente, nunca había hecho. Es complicado afirmar que todos procedieran del certamen, pero queda fuera de cuestión su carácter dinamizador para la escritura de ciencia ficción, fantasía y terror en castellano. Ahí está también Leonís, de César Mallorquí, que Minotauro no tuvo arrestos de publicar por motivos muy cuestionables. Varias pequeñas editoriales como Espiral Ciencia Ficción, Equipo Sirius, el Grupo AJEC o Parnaso se nutrieron de ese impulso. Seguramente esa función de cantera prosigue; se siguen presentando un par de cientos de novelas todos los años.

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Clásico o polvoriento

¡Están vivos!

El acercamiento a la ciencia ficción de muchos medios generalistas con frecuencia se me antoja mohoso. Sirva de ejemplo la recomendación de títulos básicos de Kiko Llaneras en Jot Down apostando por una lista embadurnada en naftalina, sin resquicio a la más mínima sorpresa; no sólo entendida desde la actualidad sino desde una aproximación diferente a lo esperado/lo-que-debe-ser-porque-siempre-ha-sido-así. Esta atención al canon con la C de clásico y caballero mientras se olvidan las últimas tres décadas en las cuales la ciencia ficción se ha convertido en moneda común en las ficciones de cualquier tipo, contrasta con otros hechos difícilmente cuestionables.

Al poco de conocerse la muerte de Brian Aldiss me dio por comprobar en la tienda Cyberdark.net cuántas de sus obras continuaban en catálogo. El resultado no por esperado fue menos desolador: apenas aparecían Un mundo devastado y Enemigos del sistema, no precisamente entre lo más memorable de su bibliografía. Esta carestía se ha convertido en norma en un mercado donde, salvo excepciones muy contadas, los “clásicos” en reimpresión se reducen a unas decenas de títulos. Los nombres fuera de circulación son tan abracadabrantes como que algunos de los logros más destacables de la ciencia ficción de todos los tiempos, desde El libro del sol nuevo, de Gene Wolfe, a la obra de Octavia Butler, pasando por los relatos de Cordwainer Smith, James Tiptree, Jr. o Robert A. Heinlein, no sólo no están disponibles. Sin peli, serie de televisión o presidente de EE.UU. que les haga un blurb, ni se les espera. Queda el consuelo de las bibliotecas con fondo, la segunda mano, la lengua de Ursula K. Le Guin o medios alegales. Aunque en las librerías uno espera algo más que novedades.

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¿Qué ediciones de clásicos de la ciencia ficción queremos?

El hombre en el castilloHace un par de semanas Ekaitz Ortega escribía en su blog sobre cómo una serie de editoriales enfoca la reedición de libros más o menos clásicos. En su argumentación comparaba dos posturas: la actualización de los originales mediante nuevas traducciones frente a las ediciones recauchutadas con traducciones provenientes de tiempos y/editoriales menos cuidadosos. Su casus belli: la nueva edición de los tres libros del Universo Bas-Lag de China MIéville por parte de Ediciones B recuperando los textos publicados por La Factoría de Ideas. Un ejercicio que comparaba a sostener un edificio de lujo con vigas defectuosas.

Mientras leía sus palabras no podía dejar de pensar en una exaltación a la enésima potencia de esta actitud: cómo algunas editoriales reimprimen de manera incansable traducciones con muchas décadas a sus espaldas. Libros que prácticamente ya nadie reseña porque o no interesan o, si llegaron a ser leídos (supongo), lo fueron durante la adolescencia y, por tanto, no se observan bajo la lupa aplicada a títulos más contemporáneos. (Pequeñas) Vacas explotadas sin piedad cuyos rendimientos no se utilizan para subsanar una edición en muchos casos poco admisible a estas alturas del siglo XXI. Una idea sobre la que ya he escrito en varias ocasiones, realimentada por mi reciente relectura de El hombre en el castillo en la traducción de Manuel Figueroa para Minotauro.

Tal y como se puede comprobar en la ficha del libro en La Tercera Fundación, esta edición de 1974 es la única en castellano y ha sido utilizada desde entonces en multitud de ocasiones. Un mínimo escrutinio de las primeras páginas deja al descubierto un texto vetusto y mohoso, pobremente vertido al castellano en el cual perviven anécdotas como que al Golden Gate de San Francisco se le llame la Puerta de Oro. Con pasajes confusos donde se hace difícil precisar si ya estaban allí (la redacción original de Dick podía ser caótica, cosa de no contar con la colaboración de editores tal y como los entendemos hoy en día) o se han colado por el camino. Basta testar las traducciones más recientes de este autor para apreciar la diferencia.

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Sobre la “Nueva” guía de lectura, la negligencia editorial y la crítica ejercida como una labor de promoción

Con un par. Y todo el mundo asentía.Hace poco más de un año reseñaba por aquí El cura y los mandarines, de Gregorio Morán, un desastre de redacción que lejos de haber sido sometido por Akal a una corrección concienzuda fue publicado tal y como el autor lo había entregado con vistas a aprovechar la campaña de Navidad de 2014. Al precio de 29 euros el lector obtuvo un texto de naturaleza digresiva plagado de erratas, repeticiones… Un vergonzoso ejemplo de cómo algunos editores priman la venta sobre el acabado final que ocupa un lugar privilegiado en mi Olimpo de despropósitos editoriales. Una posición de la cual ha sido desplazado por esta Ciencia ficción. “Nueva” guía de lectura.

La estructura de este libro allana su lectura. Las partes en las cuales está dividido se sostienen de manera notable y permiten al lector familiarizarse con los contenidos. Quizás en determinados capítulos hay demasiados fragmentos tomados de otros textos, creándose una sensación de collage (parte de las recomendaciones de los libros de Nova de los últimos 30 años están fusiladas de las introducciones escritas por el propio Barceló, lo que contrasta con las provenientes de la guía de 1990, más breves y certeras, menos dadas a colarte blurbs). Pero Ciencia ficción. “Nueva” guía de lectura muestra la accesibilidad exigible a cualquier libro de divulgación de base. El resto es harina de otro costal. Como explicaba en la reseña, no me molestan las secciones prácticamente idénticas a las de la edición original, remendadas a base de añadir aquí y allá un par de títulos de los últimos años por aquello de maquillar el contenido. Más inaceptables me resultan innumerables detalles que con una mínima corrección/edición, asesorando al autor para corregir agujeros en su argumentación o paliar una redacción más propia de un blog, habrían acercado este ensayo a un acabado profesional. Se mire como se mire, no lo tiene.

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El sable láser de Rey: los cuentos siempre vuelven

Rey vs Kylo Ren

Hay veces en la ficción en las que un momento concreto hace de bisagra, y a partir de él nada es como antes. Ese instante de cambio puede ser un sacrificio, un acto de valentía o cobardía, o un segundo esclarecedor, de entendimiento, y vale tanto una acción como una palabra o una idea simple. Lo que debe tener de particular ese momento bisagra es la capacidad para romper el curso de lo que se está narrando, de manera que las cosas cambien o alteren sustancialmente la percepción tanto de situaciones como de personajes. Ese momento de claridad lo vive Emma cuando se da cuenta de que ella, tan listilla, tan celestina de mansión inglesa, está enamorada de Knightley como una colegiala. Le sucede a Neo cuando, en lugar de huir, se sacude el polvo e invita al agente Smith a que vaya a por él. Le ocurre a Gandalf al enfrentarse al Balrog en el puente de Minas Tirith. Lo tiene de aceptación Superman en Man of Steel cuando sale de entre la chatarra de Smallville, los soldados se apartan y le dejan pasar y el coronel Hardy anuncia que ese hombre no es su enemigo. Aparece en Sigfried cuando el héroe que no conoce el miedo, después de haber peleado contra un dragón como quien se come una salchicha frankfurt, se echa a temblar al ver por primera vez a Brunhilde. Da lo mismo que se trate de un criticado blockbuster o de un ambicioso festival escénico-musical de 15 horas, en esos momentos de anunciación aparece un personaje que adquiere consciencia de quién es, de su tiempo, de lo que sus acciones significan, un personaje que por decirlo de algún modo provoca un silencio entre los testigos invisibles. La resonancia que dentro de nosotros provoca ese silencio, y da lo mismo que suceda en un teatro de ópera, en una sala de cine o en el espacio reducido que es la página de una novela, explica en parte por qué leemos, vamos al cine y escuchamos música. No debe extrañar que, en esencia, reducidos a su forma más simple, esos personajes que conocen una transfiguración provengan de los cuentos infantiles; sobre todos los que cambian positivamente al protagonista y modifican para bien el curso de la historia, los que se convierten en emblemas, símbolos, figuras míticas. Ese momento lo conoce Rey en Star Wars 7 cuando se enfrenta a Kylo Ren y utiliza la Fuerza para empuñar el sable láser que hasta entonces ha rechazado.

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Todo esto ya ha pasado…

Libros, libros, librosUn día te da por fantasear, y piensas…

Piensas…

Piensas en montar una editorial dedicada a publicar ciencia ficción, fantasía y terror. Bien para traer a España cosas más o menos recientes, del palo de las recomendadas por Mariano Villarreal en esta lista, bien para traducir títulos más bien malditos, condenados al ostracismo porque el perfil de ventas de sus autores va parejo al tema de muchas de ellas; género deprimente, depresivo, pasado de moda, subversivo pero no en el sentido molón del término.

Sea cual fuere el material de partida, tienes una idea meridiana: la compra de los derechos será estrictamente legal. Con estos temas nadie va al juzgado, es algo demostrado. Pero conoces lo ocurrido con Pulp o Ícaro; en los tiempos de internet, los enteradillos y la competencia suspicaz, conseguir información y difundirla es tan sencillo como alto el peligro de la aventura. Ahora bien, mantenerte dentro de lo estrictamente legal implica poner en cuestión tu margen de beneficios y no facilita la competencia. Un riesgo que se puede mitigar. Existen nichos para ahorrar costes, especialmente… especialmente cuando hay traductores en juego.

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Los premios irrelevantes de un género obsoleto

Hugo AwardDoy por supuesto que quienes me lean conocen ya la polémica en torno a las candidaturas a los premios Hugo de este año, los considerados tradicionalmente como más relevantes en el campo de la literatura de ciencia ficción. Para no repetirme, remito a quienes aún no estén al corriente a las explicaciones brindadas de forma bastante completa en:

Bien, lo que me sorprende una vez más es que la mayor parte de los análisis que he leído sobre lo ocurrido se queden en lo superficial. Por descontado, resulta bastante molesto, y dañino, que unos premios con cierta trayectoria y prestigio caigan en manos de grupos organizados, sean una banda de simpatizantes de la Asociación del Rifle (los Rabid Puppies) o un grupo de añorantes de lo tiempos en que la cf era tan, tan chachi y supermaravillosa (los Sad Puppies). Sin embargo, creo que la equivocación están en considerar lo sucedido como enfermedad y no como síntoma. Porque los Hugo vienen pochos de tiempo atrás. Hace mucho que no son los galardones que una vez premiaron de forma consecutiva a Los propios dioses de Asimov, Cita con Rama de Clarke y Los desposeídos de Le Guin. Esto no es más que la constatación del desastre.

Recapitulemos.

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Si menguaras un poco tampoco valdría

Phineas y Ferb

La literatura y el cine de ciencia ficción se ven bajo otra luz cuando quien te dice lo que les parece es un niño de 9 años o un preadolescente de 12. Ya. Obvio. Quizá no tanto cuando escuchas sus conclusiones, y no porque sean llamativamente diferentes de las tuyas, sino porque no las esperas y obligan a que te replantees algunas opiniones.

Viven otra época. Los chicos de los que hablo están además en esa edad en la que mi generación dilató asombrada las pupilas cuando vio por primera vez Star Wars en una sala de cine (Nota 1: Explico esto porque hay que entender que para ellos la ciencia ficción no se divide en seria y escapista -menos aún se subdivide en ucronías, distopías, steampunk, cyberpunk y los otros dos mil millones de subgéneros-, sino en dos categorías claramente diferenciadas y fáciles de entender: la que mola y la que no mola.

Primero: viven otra época. Para ellos están chupados conceptos como los universos paralelos, la relatividad a la hora de percibir el tiempo, los clones, la inteligencia artificial o la realidad virtual, que tantos quebraderos de cabeza les han dado a otras generaciones (Nota 2: Boyero aún presume en El País, cuando valora despectivamente algunas pelis de ciencia ficción, de que no tiene pajolera idea de las cuestiones más pedestres de física; y aún gozamos de literatos de la vieja escuela para los que Cultura es sinónimo de Letras, intelectuales que pueden escribir una tesis doctoral sobre la simbología del parnasianismo, pero desconocen cuánto hidrógeno y oxígeno hay en una molécula de agua y se quedan tan anchos, ya que lo primero es -en este país- sinónimo de ilustración y lo segundo, metafísica para nerds). El pequeño se hartó de reír con el DVD de Phineas y Ferb: a través de la segunda dimensión sin necesidad de que le tuviéramos que dar explicaciones, y eso ocurrió a la tierna edad de 5 años. Pienso en la verborrea de ciencia ficción de un niño y luego en la generación de los Boyero, tan balbuceante cada vez que aparece una cuestión de física básica o química elemental dentro de cualquier forma de narrativa -y lo que esa limitación implica a la hora de emitir un juicio de valor con alegría dicharachera- y vuelvo a decir: definitivamente es otra época.

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