El National Book Award de EE.UU. lleva dos años premiando historias con sólidas raíces fantásticas. A El ferrocarril subterráneo, bastante comentado en el territorio fandom, le sucedió en 2018 La canción de los vivos y los muertos, prácticamente inadvertida en la fandomsfera. Esta novela de Jesmyn Ward publicada por Sexto Piso es especialmente atractiva porque regresa a un lugar narrativo, Bois Sauvage, en el cual Ward ya había situado Quedan los huesos, ganadora del mismo galardón en 2011 y editada en su momento por Siruela. No sabía nada de su existencia y, cartesiano hasta las trancas, decidí leerla antes de La canción de los vivos y los muertos. Aunque no mantienen conexión, cuenta con dos argumentos de peso a su favor: el bagaje personal de la autora en los bayous del Mississippi donde se encuentra el Bois Sauvage y relatar el embate del Katrina sobre las comunidades afroamericanas.
Esch es una adolescente que quedó marcada con la muerte de su madre en su infancia, y vive bajo la influencia de esa ausencia y la pobreza en la que se ha criado. Sus hermanos mayores al menos han encontrado un asidero para afrontar el día a día. El primogénito, Skeetah, se vuelca en su pitbull, China, y en los cachorros que acaba de parir, poseído por el espíritu del cuento de la lechera; sacarlos adelante pueden suponer una venta de muchos cientos de dólares esenciales para la economía familiar. Randall, el segundo, destaca en el equipo de baloncesto del instituto y anhela una oportunidad en algún campus para atraer la atención de ojeadores universitarios. Sin embargo Esch no tiene mucho a lo que aferrarse. Abandonada junto a su hermano pequeño Junior al cuidado de un padre alcohólico, pulula por el Hoyo (la barriada donde vive, literalmente una depresión entre árboles, casas de madera desvencijadas, vehículos abandonados…) sin más propósito que satisfacer a adolescentes que se aprovechan de ella.
Tres lustros lleva Gigamesh regalando un volumen especial por el día del libro en determinadas tiendas. Desde 2003 hemos tenido adelantos, colecciones de relatos, novelas más o menos breves y
La atención concitada por 
Hacía tiempo que un libro de ciencia ficción no estimulaba tanto mi capacidad para la maravilla como (gran parte de) las últimas 200 páginas de
De la ciencia ficción se dice a menudo que es “la literatura de las ideas” y, ateniéndonos a este criterio,
En esa contienda de discursos y visiones sobre lo que es y lo que debería/podría ser la ciencia ficción, cotiza al alza la demanda de historias con una perspectiva optimista/positiva del escenario, de las relaciones entre los personajes y/o su desarrollo. Tras años de dominio del fin del mundo, el postapocalíptico o la distopía, se ha activado la demanda de narraciones que combatan ese pesimismo, no sé si sanadoras o terapéuticas. Sin embargo en esta búsqueda parece quedar fuera de cuestionamiento la realidad política, económica y casi diría social de nuestra civilización. El capitalismo se mantiene como ideología imperante y su presencia anega cualquier relato hasta el punto de construir un efectivo muro de contención que impide sobrepasarlo. Pensar en una sociedad libre de su influencia continúa fuera de la ecuación.
El supremacismo anglosajón de H. P. Lovecraft es un 

