Qué difícil es ser dios, de Arkadi y Boris Strugatski

Qué difícil es ser diosApenas recordaba nada de Qué difícil es ser dios y lo poco que se mantenía en mi memoria no podría asegurar si venía de ella o de su adaptación al cine: El poder de un dios; una extrañísima coproducción europea que me dejó bastante flipado hace un cuarto de siglo (¡glubs!). En su discontinuada apuesta por recuperar las novelas más significativas de los hermanos Strugatski, Gigamesh la reeditó hace cuatro años y he aprovechado un reciente viaje en tren para releerla. Un placer éste, el de las relecturas, que debiera prodigar más a menudo. Entre los detalles más evidentes que había olvidado está su aire a folletín decimonónico. La tenía como una aventura más próxima a la fantasía medieval, cuando claramente su base es una historia de capa y espada con sus conspiraciones y sus villanos de opereta. Además esta vez he entendido mejor el primer capítulo, un vistazo al pasado de sus personajes cuya carga alegórica sólo queda expuesta cuando se llega a las últimas páginas.

Don Rumata de Estor es un aristócrata en la corte de Arkanar. De cara a sus iguales y el resto de habitantes del reino es un caballero con tintes legendarios; un titán en la lucha cuerpo a cuerpo que se comporta de manera orgullosa y prepotente. Pero esta faceta es una fachada; un artificio bajo el cual esconde su verdadera cara. Rumata proviene de otro planeta, la Tierra, desde donde ha sido enviado para observar el desarrollo social de sus diferentes reinos. Vive como alguien de su posición mientras es testigo de todo lo que ocurre a su alrededor, transmitiéndolo a través de un pequeño dispositivo de observación. A su vez intenta influir en la vida de ciertas personas con las que se relaciona sin forzar demasiado el principio de no intervención bajo el cuál debiera guiarse. Una regla que lo pondrá bajo una enorme tensión cuando Don Reba, el sátrapa que actúa como primer ministro, inicia un pogromo contra médicos, artistas, pensadores…

Me ha llamado la atención cómo esa atrasada sociedad jerarquizada, oprimida por un poder omnímodo, sirve como vehículo para expresar los temores que desde una perspectiva occidental se le suponen a la sociedad soviética en la que vivieron los Strugatski. La persecución de los intelectuales por el miedo a que puedan desestabilizar el reino; el pánico a manifestarse en público por las delaciones; el uso de la tortura como mecanismo para obtener confesiones; la incomprensión ante un poder absoluto que en su manera caprichosa de ser ejercido acrecienta el espanto que despierta… Supongo que todo ello quedó enmascarado tras la monarquía absolutista con fuerte presencia de la Iglesia que gobierna Arkanar, un incuestionable reflejo de la Rusia zarista, y la nebulosa Tierra de la que provienen los observadores; la utopía comunista que ha trascendido los diferentes procesos históricos por los cuales todavía debe atravesar el planeta sujeto a estudio. Sin embargo tal y como se ve en Rumata, y en otros observadores, esa perfección se vive de manera contradictoria. Durante su convivencia se han despertado sentimientos y opiniones que parecen ajenos a alguien que haya alcanzado ningún cénit. Ahí están el miedo a que las personas que pueden canalizar el cambio hacia las siguientes etapas sociales sean eliminadas o el miedo a perder personas cercanas por las que siente un afecto genuino. Estas tensiones ponen a prueba su control físico y mental; su condición de “superhombre” entre criaturas más atrasadas que no tienen ni idea de con quién están jugando.

El poder de un diosAdemás de la crítica social, abunda el humor. Son especialmente divertidos los momentos durante los cuales Rumata interpreta su papel de noble afectado y finge entregarse a los “placeres” de su casta aun cuando gran parte de ellos le repugnan; sus “semejantes” se comportan de manera estúpida, abusan de sus sirvientes, no se lavan, hieden…Y él participa de ese ambiente como si fuera uno más. No duda en exhibir ese carácter voluble que se le presupone y pone bajo el punto de mira de Don Reba a su propia amante al utilizar una artimaña para aparentar que mantienen una relación con ella.

También es cierto que detrás de la aventura y el rico subtexto hay pasajes innecesariamente confusos, en parte porque esta es una de esas ahora extrañas novelas que te cuenta en menos de 200 páginas lo que otras necesitan el doble o el triple de extensión. Termina habiendo demasiados nombres sobre la mesa, cuesta recordar quién es casa uno, y tiene tres o cuatro pasajes complicados de desentrañar que hubieran necesitado un poco más de calma en su desarrollo. Por otro lado, tiene su gracia compararla con Inversiones, la novela de Iain M. Banks que 30 años más tarde reescribiera Qué difícil es ser dios en clave de La Cultura; la utopía comunista cuyos agentes de Contacto, a su manera, emulan a Rumata con otras sociedades “atrasadas”.

La edición de Gigamesh, traducida directamente del ruso por Justo E. Vasco y Raquel Marqués, incluye una nota final de Boris Strugatski que arroja luz sobre la génesis de Qué difícil es ser dios y sobre lo que suponía ser escritor en lo más crudo de la dictadura soviética. Entre otros detalles, revela la convulsa época durante la cual se gestó, comienzo de los años 60 del siglo pasado, en pleno debate sobre si el arte abstracto podía cultivarse en la utopía socialista. Una diatriba que terminó afectando al mundo de los escritores de ciencia ficción soviéticos en una convulsa reunión de la sección de ciencia ficción de la Asociación de Escritores de Moscú.

Supongo que en breve veremos en esta colección Picnic extraterrestre, la otra gran novela de los hermanos Strugatski que, si no me equivoco, todavía no cuenta con traducción directa del ruso al español. Otro título que no me importará releer.

Qué difícil es ser dios (Gigamesh, col. Gigamesh Breve nº2, 2011)
Trudno byt bogom (1964)
Traducción: Justo E. Vasco y Raquel Marqués
Rústica. 191pp. 16 €
Ficha en la web de La tercera fundación

6 pensamientos en “Qué difícil es ser dios, de Arkadi y Boris Strugatski

    • Se me ha adelantado Julián. La vi en el último Sitges: es una de las películas más indescriptibles y radicales que he visto en toda mi vida. Probablemente sea la mejor representación de una mentalidad medieval en la historia del cine, y por eso precisamente se hace tan larga, aburrida e irracional. Ese es precisamente su sentido.

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