Por qué me comí a padre, de Roy Lewis

Por qué me comí a padreLos últimos ejemplares regalados por Gigamesh en el día de la lectura suponen un pequeño catálogo de ciencia ficción breve con joyas como Bill, héroe galáctico o Qué difícil es ser dios. Sin embargo para 2017 la sorpresa vino acompañada con un cambio en el género; de los grandes autores de ciencia ficción a la recuperación de este Por qué me comí a padre. Una divertidísima sátira social escrita en 1963 por un Roy Lewis del que, creo, sólo había visto traducida otra novela en España: la ucronía en clave de comedia La verdadera historia del último rey socialista, traducida por Nora Muchnick hace más de dos décadas.

No es extraño que el blurb que acompaña al libro (“Es el libro más divertido que haya leído nunca…”) sea de Terry Pratchett. Por qué me comí a padre es un antecesor de su manera de enfocar la narración humorística y deformar no sólo una temática literaria concreta (el relato prehistórico, cuyo máximo exponente serían Los herederos de William Golding) sino alguna cuestión social relevante. En este sentido puede enclavarse en la tradición Swiftiana y, por lo tanto, se aleja de la visión Wellsiana de la ciencia ficción lo que, también, puede distanciar a lectores más interesados en este género tal y como ésta se entiende en la actualidad.

Lewis localiza su historia en la sabana africana, en algún momento del Pleistoceno, donde un grupo de homínidos está a punto de descubrir el fuego. En esta unidad familiar dominada por los machos destacan Edward, el padre y motor del cambio dentro del grupo; su hermano, Vania, adalid del tradicionalismo, siempre enfrentado a sus revolucionarias ideas; y los cuatro hijos de Edward, cada uno especializado en una faceta específica. Entre ellos figura el narrador de la historia, notario de los pasos cruciales, las sucesivas crisis a las cuáles se enfrentan y el episodio que desencadenó el final del libro, la clave para entender título.

Por qué me comí a padre está secuenciado en capítulos de cuatro o seis páginas que desarrollan diferentes situaciones: la llegada del fuego al grupo, alguna de las ventajas que aporta, el tedioso viaje hasta las entrañas de un volcán para recuperarlo cuando se apaga, el aprendizaje de su creación, otros avances colaterales, una catástrofe que está a punto de terminar con todos… En cada una de ellas Lewis se sirve del humor para deformar hechos cotidianos y despertar no sólo la sonrisa sino una reflexión acerca de los elementos clave sobre los cuáles se sostiene su novela.

El narrador y sus familiares son conscientes de su participación en una cadena de acontecimientos al que continuamente se refieren como si hubieran sido testigos de ella. Su visión geográfica, geológica, biológica, (pre)histórica coincide con la que se tenía a mediados del siglo XX. Este recurso ayuda a contextualizar cada suceso y desencadena una divertida mirada sobre el proceso histórico. Acoplada a esta sensación de inevitabilidad triunfante (no olvidemos, contado en pasado por uno de sus protagonistas), Lewis incorpora el debate dialéctico fundamental: la responsabilidad del progreso social, cómo se ejerce y quién debe beneficiarse de él. Una diatriba que, curiosamente, no se despierta desde donde parecía apuntar en un principio (Edward vs Vania) sino desde un amargo duelo generacional. Lewis siembra las semillas de discordia en ambos lados, con un padre ejerciendo un dominio sobre el grupo con el paternalismo opresor que uno esperaría en una sociedad de la época, y unos hijos apretados por un afán reaccionario y conservador que retuerce el conflicto más allá de la simpleza con la que parecía plantearse. Esta complejidad enmarcada en la engañosa sencillez de la novela corta es, junto a la deliciosa formulación de la sátira, lo que más me ha agradado de Por qué me comí a padre. Sin duda, una de las mejores incorporaciones a estos ejemplares promocionales regalados por Gigamesh cada 23 de Abril.

Por qué me comí a padre (Gigamesh, 2017)
What We Did to Father (1960)
Traducción: Raquel Marqués García
Rústica. 117pp.
Ficha en la web de La tercera fundación

4 pensamientos en “Por qué me comí a padre, de Roy Lewis

  1. Esta obra fue publicada por primera vez hace años en la colección Nueva Dimensión, en la extinta Dronte, con el título El fin del pleistoceno. Y sí, recuerdo que la hallé divertida pero poco más. Me pone a pensar, sin embargo, en esta manía de las editoriales a seguir reciclando tantas obras menores. Vamos, que si tantas ganas hay de editar libros pretéritos creo que aún hay para escoger de una lista de autores hasta la fecha tristemente inéditos; pienso, por poner un par de casos, en John Shirley y Kingsley Amis. En fin, supongo que uno de los principales criterios es el económico: debe de salir más barato echar mano de catálogos rancios apelando al olvido de publicaciones pasadas que adquirir y tramitar derechos para dar a conocer obras de más calado e interés.

    • Muchas gracias por comentar. Estoy bastante de acuerdo con la necesidad de apostar por autores incomprensiblemente poco o nada traducidos. Firmo donde sea por poder leer en castellano la trilogía de Eclipse de Shirley, por ejemplo. Pero como ya he expresado en varias ocasiones por aquí, sin perder de vista que hay ciertos títulos que merece la pena mantener en imprenta, revitalizando las traducciones cuando sea necesario. Sólo dos aclaraciones:

      + Este volumen se regaló a los compradores de algunas tiendas españolas durante el día de la lectura del año 2017. Una campaña promocional donde el beneficio, si llega a existir, no está en lo que comentas.
      + La primera edición en castellano que aparece documentada en La tercera fundación fue en una de las Antologías de Novelas de Anticipación de Acervo (1970) http://www.tercerafundacion.net/biblioteca/ver/libro/7803

      • Sí, quise referirme precisamente a esa no sé si decir tendencia pero sí práctica bastante regular de las editoriales, de seguir reciclando casi exclusivamente sin apostar por títulos inéditos. Coincido en la necesidad de, como bien dices, mantener en imprenta ciertas obras, y me parece recordar que ya lo habías comentado en alguna entrada pasada, pero no puedo menos que desear que también se hiciera atendiendo a traducciones actualizadas, y no a las pretéritas que todos nos conocemos.
        Ya, no sabía de esa primera publicación; me dejé llevar por el aire de antigüedad del ejemplar de Dronte que recuerdo y en donde conocí inicialmente el texto de Lewis.
        Ah, y lo de Shirley, creo que nunca sucederá, máxime cuando pienso en lo poco de él que está traducido (trabajos que, por lo que entiendo, tres fueron por encargo, como por ejemplo, la novelización de famosos videojuegos, y por ahí la extinta Factoría de Ideas se animó con otro, este último una de sus incursiones – me parece no muy afortunada – en el campo del terror), y cuya calidad, supongo, alejará ya no digamos a editores, sino a los propios lectores. Es decir, siento que ha tenido una pésima carta de presentación en nuestro idioma. Una breve anécdota para el tema: hace años vi que la editorial Neverland Ediciones planeaba publicar una de las obras de Shirley de entre las que se consideran las más sólidas de él, me refiero a Silicon Embrace, que anunciaban con el título de El abrazo de silicio; había sinopsis y hasta fecha de aparición en la página web. Finalmente nunca salió, incluso escribí a los editores -y, oh, sorpresa, me contestaron-, quienes me respondieron, muy amablemente, que simplemente habían abandonado el proyecto, aunque sin aclarar razones (que supongo que tampoco tenían que darme). Así que parece que seguirá en el reino del olvido y la indiferencia. Eso sí, su relato Zona libre, en la antología Mirrorshades (hablando de obras que deben seguir en los activos) que seguro has de conocer, es, desde mi humilde enfoque, una breve pero potente joya que muestra el John Shirley de sus mejores trabajos, esos que hizo por amor al arte, es decir, la trilogía Eclipse que mencionas, y que yo también anhelo verla disponible en español algún día, por remoto e improbable que éste sea. Y alguna vez lo intenté en inglés, pero sí que tiene su grado de dificultad la obra, vamos, que no es para nada Dan Brown.
        Ni hablar, soñar no cuesta nada y la esperanza muere al final, así que ha seguir soñando. Un saludo.

  2. Pues la de Dronte la tengo, pero lo de Acervo no lo sabía, y lo he tenido en la mano. Somos bastantes los que a lo largo de los años hemos pedido la edición de Eclipse. Desgraciadamente, a estas alturas del must novedoso, no creo que le interese a ningún editor algo tan antiguo.

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