WALL·E

WALL·E

WALL·E

El cine prospectivo o incluso el de pura ciencia ficción ha producido un mayor caudal de buenas películas del que la crítica académica está dispuesta a reconocerle. Es un abanico amplio: joyas escondidas como el falso documental postatómico The War Game, películas comerciales con sorprendentes elementos ambiciosos como Nivel 13, modestas series B de connotaciones épicas como El increíble hombre menguante, o incluso éxitos de moda con muchas ínfulas y algunos aciertos como Matrix. Sin embargo, todas estas citadas, y otra treintena larga –desde Aelita hasta El truco final, pasando por Ultimátum a la Tierra, El planeta de los simios, Soylent Green o El show de Truman– son películas, a mi juicio, de un segundo peldaño: bien por una imaginería chocante a la que hoy resulta difícil abstraerse, bien por falta de convicción en los elementos especulativos planteados, por debilidades propias de una producción escasa de medios, por incoherencias argumentales, o por varias de esas razones combinadas. En suma, a mí me salen sólo siete obras maestras casi impecables, siete películas en las que los defectos son escasos o quedan sepultados por cualidades de mayor jerarquía. Son, por orden de producción, Metrópolis, La invasión de los ladrones de cuerpos, 2001, Alien, Blade Runner, Brazil y Gattaca.

Comparten diversas cualidades: por ejemplo, su temática de carácter, efectivamente, antes prospectivo y alegórico que lúdico o especulativo en el plano científico. En ellas, el uso de la imaginería de la cf es una herramienta con la que se fuerza una situación límite para reflexionar en torno a las preocupaciones de la sociedad de su tiempo. También coinciden en la influencia de su imaginería visual, que ha contribuido a forjar la imagen del futuro en la cultura occidental, mucho más que los éxitos de taquilla: para casi cualquier espectador, las naves espaciales futuras verosímiles se parecen mentalmente más a la Nostromo que al Halcón milenario, por citar sólo un ejemplo. Y todo ello sin desdeñar, por supuesto, la calidad intrínseca de cada uno de esos filmes.

Este verano se ha estrenado una película que, al igual que estas obras memorables, habla antes que nada de nuestro presente, proyectándolo a través del espejo deformado de la ciencia ficción hacia un futuro escenario improbable, pero en esencia creíble, o al menos digno de una reflexión. Se trata, también, de una película técnicamente revolucionaria, que vale la pena contemplar en pantalla grande mientras sea posible hacerlo. Hablo de WALL·E, el último trabajo de la productora de dibujos animados Pixar.

Es curioso que al escribir este textito tenga el temor de que existan prejuicios por parte de lectores de esta web, aficionados en muchos casos a un género tan dañado a su vez por los prejuicios como la ciencia ficción. Pero sí, me imagino que habrá entre mis lectores quienes no hayan reparado en este título por la sencilla razón de que se trata de un film de animación por ordenador. Mi propósito es tan sólo el de conseguir que superen ese prejuicio mientras estén a tiempo, que corran a sentarse ante la pantalla para gozar de las mejores emociones que produce nuestro género en su vertiente prospectiva: fascinación, extrañeza, emoción y, como postre, motivos para una mirada crítica sobre nuestro propio entorno.

En la línea de anteriores trabajos de Pixar –en particular, la notabilísima Ratatouille del pasado año–, son muy reducidas las concesiones al público infantil al que, por marketing, buscan las películas animadas. La carrera de esta compañía es, hasta ahora, deslumbrante; pero estas dos últimas obras ascienden a un nivel superior, perfeccionando un doble lenguaje totalmente nuevo que permite el completo disfrute del relato por parte del público adulto, sin resultar excesivamente complejo para el infantil, y sin emplear para ello el recurso más inmediato, el de la parodia, como se hace con acierto –aunque con menores ambiciones­– por ejemplo en la serie Shrek.

0288WallE2.jpgContar en acción con estos creadores ahora mismo es como disfrutar de un Hitchcock, un Kubrick o un John Ford en plenitud: se trata de genios en el pináculo de su talento, totalmente liberados para actuar a sus anchas merced a su propio éxito, y entregados a la elaboración de códigos nuevos que sean capaces de actuar como vehículo de su creatividad. WALL·E es, por ejemplo, una película muda durante casi la mitad de su metraje; difícilmente cabe imaginar una apuesta menos comercial, y difícilmente habrían conseguido los responsables de la cinta mayor eficacia en sus propósitos con el recurso de la palabra –aunque ésta se use con acierto, para un ambientación similar, en los mejores instantes de la reciente Soy leyenda, por lo demás horrorosamente fallida–.

El robot que da título a la cinta es el último basurero de la Tierra, entregado a una labor aparentemente sin sentido. La creación de los descomunales escenarios en que desarrolla su trabajo será la primera y contundente llamada al sentido de la maravilla del espectador. La soledad del personaje, reflejada en detalles cotidianos de ingenuidad exquisita, le humaniza casi de inmediato.

WALL.E entrará luego de forma involuntaria en contacto con los restos de la civilización humana. La descripción de la Tierra anegada por la basura supone una extrapolación dramática, aunque en parte predecible, sobre el derroche medioambiental. Pero la película alcanza otro nivel con el retrato que se hace de los supervivientes humanos, herederos de la clase social acomodada capaz de pagarse un billete para salvarse de la ecocatástrofe, para progresivamente haber degenerado sobre los mismos defectos de conformismo y vacuidad que consumen hoy a la sociedad estadounidense. Lo que se cuenta aquí no es una pesadilla más o menos bizarra: es una visión prospectiva ácida y brillante a partir del pensamiento y la forma de vida de buena parte de los ciudadnos occidentales medios. Desafortunadamente, no se profundiza en exceso: pero el espectador atento advertirá detalles muy significativos en los minutos que el metraje concede a la descripción de esa sociedad.

Al margen de estas pinceladas argumentales, es inevitable citar los otros aciertos que se van sumando y que no se circunscriben al aspecto técnico, que es sobresaliente en cada minuto de metraje. Tenemos el romance al borde del sentimentalismo, pero dosificado con maestría; los homenajes a diferentes clásicos del género, sin servilismo; las pinceladas de humor, en particular las que rodean a la clínica de robots desequilibrados; o un final quizá edulcorado, visto lo visto, y que contradice las normas tácitas del distopismo al que se asoma el relato con una evolución improbable –un tanto, por qué no decirlo, de dibujo animado- de los personajes humanos, pero que transmite un optimismo enérgico que resulta de agradecer.

La película paga los peajes destinados al público infantil no sólo con esa conclusión o con la falta de desarrollo de los elementos distópicos, sino eludiendo ciertos aspectos oscuros del relato que no llegan a mostrarse. Pero, tal vez, WALL·E no habría podido ser de no ser así, con lo que sólo cabe acatar. Y disfrutar. Y salir del cine pensando si realmente tendríamos el brío necesario para un nuevo comienzo como el planteado en la película a partir de una situación similar. O si, en realidad, preferimos quedarnos con las visiones de la cf tradicional, los cantos al heroísmo y a unas visiones que ya no son de futuro, sino propias de una realidad paralela convencional creada por el género de ciencia ficción. Unas visiones que no cuentan, a estas alturas, con ningún viso de verosimilitud, característica supuestamente fundacional de la ciencia ficción, pero que hoy han quedado convertidas en un conjunto de convencionalismos autosuficientes.

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