Del año que viví en McAllen, Texas, no sólo me llevé un montón de experiencias y recuerdos. En aquellos doce meses a la orilla del Río Grande me empapé de todo lo que significa vivir en una zona tampón. El hecho de que en cualquier viaje a Corpus Christi o San Antonio debiera atravesar el puesto de Falfurrias, un paso de frontera interior, ya define la excepcionalidad de un lugar que pertenece a EE.UU. desde el final de la guerra mexicano-estadounidense de 1848. No es ya que el 97% de la población sea originaria de la región, apellidos como González, Garza, Ramírez o Suárez sean dominantes, y haya multitud de referencias a la Colonia de Nuevo Santander, una curiosa carambola para este nacido en La Montaña. Tras casi 200 años la cultura mexicana mantiene su arraigo, no sólo por el tránsito de los emigrantes hacia el resto de EE.UU. y Canadá. La comida, la música, las costumbres asociadas al tiempo libre, el uso del español y sus giros hermanados con los de México, los vínculos arraigados entre ambos lados de la frontera… mantienen una identidad, con ligeras disonancias, claramente reconocible y fascinantemente similar a la recogida en este Señales que precederán al fin del mundo.
Desde la primera palabra Yuri Herrera pone de manifiesto esa naturaleza a través del uso del lenguaje. Para abordar la escritura se abastece de toda la jerga, modismos y coloquialismos imprescindibles para retratar un lugar narrativo fronterizo, esencial para entender a los personajes y sus respectivas historias personales. Este arsenal lingüístico además imprime a su relato de una atractiva ambigüedad que deja un conjunto de detalles abiertos a interpretación, comenzando con el propio escenario donde acontece su argumento. Aunque existe alguna pista que contribuye a situar la acción (la mina de plata bajo la ciudad donde se inicia), Señales que precederán al fin del mundo carece de referencias geográficas. Esa ausencia de marcas permite extrapolar la peripecia a otros lugares, impulsada por temas que van más allá del paisaje a los dos lados de la divisoria entre EE.UU. y México. Sin embargo esta universalidad tampoco es óbice para apreciar la soberbia caracterización de los vínculos entre ambos países.

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