Ni siquiera los muertos, de Juan Gómez Bárcena

Ni siquiera los muertosHace un par de meses leí la Guía del usuario para el nuevo milenio, el libro en el que J. G. Ballard recopiló una parte de sus artículos y reseñas para periódicos y revistas. Además de todo lo que aporta para sus lectores, Ballard saca a colación una serie de cuestiones sobre la escritura de ciencia ficción, con un protagonismo especial de cómo una creación basada en fórmulas puede arruinar el potencial de un género; la amenaza de constreñirlo a una estructura cerrada que agota su capacidad expresiva y marchita las ideas a comunicar. Obviamente es un tema sujeto a discusión, pero no me interesa tanto entrar en él desde la vertiente de los excesos formales como desde la exploración de los cauces estéticos y los vínculos entre forma y fondo. Una perspectiva que me lleva a valorar mucho ciertas obras como Ni siquiera los muertos. La última novela de Juan Gómez Bárcena y un notable caso práctico de cómo abrir vías alejadas de los cauces principales de la narrativa literaria.

Juan de Toñanes es un veterano de la conquista de México que mantiene una posada en la zona de Puebla junto a su mujer. Bueno, lo de mantenerla cae en el terreno del eufemismo; ella hace toda la labor mientras Juan se dedica a mirarla y avivar el fuego. Una noche recibe la visita de dos hombres del virrey con una propuesta: ir tras un indio llamado como él. Como descubrirá más adelante, el indio Juan ha cometido actos contra el Imperio y su Fe; el más grave, traducir la Biblia para utilizarla en sus predicaciones entre unos nativos en trámite de ser diezmados por una pandemia (un acontecimiento que cercenó la vida del 80% de la población indígena). En lo que podría haber sido una historia de carretera, el castellano parte siguiendo el rastro del hereje por el Camino Real de Tierra Adentro. Sin embargo, Gómez Bárcena se mete en un berejenal de otro calibre: plasmar los últimos 500 años de México desde la idea de la Historia como proceso.

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Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera

Señales que precederán al fin del mundoDel año que viví en McAllen, Texas, no sólo me llevé un montón de experiencias y recuerdos. En aquellos doce meses a la orilla del Río Grande me empapé de todo lo que significa vivir en una zona tampón. El hecho de que en cualquier viaje a Corpus Christi o San Antonio debiera atravesar el puesto de Falfurrias, un paso de frontera interior, ya define la excepcionalidad de un lugar que pertenece a EE.UU. desde el final de la guerra mexicano-estadounidense de 1848. No es ya que el 97% de la población sea originaria de la región, apellidos como González, Garza, Ramírez o Suárez sean dominantes, y haya multitud de referencias a la Colonia de Nuevo Santander, una curiosa carambola para este nacido en La Montaña. Tras casi 200 años la cultura mexicana mantiene su arraigo, no sólo por el tránsito de los emigrantes hacia el resto de EE.UU. y Canadá. La comida, la música, las costumbres asociadas al tiempo libre, el uso del español y sus giros hermanados con los de México, los vínculos arraigados entre ambos lados de la frontera… mantienen una identidad, con ligeras disonancias, claramente reconocible y fascinantemente similar a la recogida en este Señales que precederán al fin del mundo.

Desde la primera palabra Yuri Herrera pone de manifiesto esa naturaleza a través del uso del lenguaje. Para abordar la escritura se abastece de toda la jerga, modismos y coloquialismos imprescindibles para retratar un lugar narrativo fronterizo, esencial para entender a los personajes y sus respectivas historias personales. Este arsenal lingüístico además imprime a su relato de una atractiva ambigüedad que deja un conjunto de detalles abiertos a interpretación, comenzando con el propio escenario donde acontece su argumento. Aunque existe alguna pista que contribuye a situar la acción (la mina de plata bajo la ciudad donde se inicia), Señales que precederán al fin del mundo carece de referencias geográficas. Esa ausencia de marcas permite extrapolar la peripecia a otros lugares, impulsada por temas que van más allá del paisaje a los dos lados de la divisoria entre EE.UU. y México. Sin embargo esta universalidad tampoco es óbice para apreciar la soberbia caracterización de los vínculos entre ambos países.

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El cártel, de Don Winslow

El cártel, de Don WinslowEl premio RBA de novela criminal roza el esperpento. Basta mirar su palmarés para observar su tendencia a premiar a escritores de relumbrón, cabe pensar con vistas a rentabilizar los 125000€ del galardón. Una cantidad exagerada para los estándares del mercado español, ahora mismo a priori apenas recuperables si te llamas Planeta y tienes un premio que se compra como se compra la lotería de Navidad o las flores por un aniversario. Por costumbre. Philip Kerr, Patricia Cornwell o Michael Connelly son algunos de los sorprendentes “agraciados”, en una lista que parece una especie de Dream Team de la novela criminal de comienzos del siglo XXI, sin espacio para un Chris Laettner de la vida. En este contexto no se hace extraño ver cómo para la edición de 2015 atrajeron al redil a Don Wilson, el autor de la celebrada El poder del perro. Lo realmente llamativo está en la novela agenciada para la ocasión: la continuación de su magnum opus. Una sorpresa que apenas debe llegar a los pies de la de su anterior editor en España Penguin Random House.

El poder del perro era un todo cerrado con un planteamiento, una presentación de personajes, una evolución, un marco temporal amplio y una estructura determinada que conducía a un desenlace sin discusión. Se sostiene como una obra completa. El cártel es una continuación en toda regla; parte necesariamente de aquellos personajes y sucesos para comenzar a construir su historia. De hecho Winslow jamás trata de minimizarlo: la situación donde se hayan sus dos factótum, el monarca del narco Adam Barrera y el justiciero de la DEA Art Keller, no se entiende sin haber leído El poder del perro. Una secuencia en la que El cártel tiene las de perder.

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Los minutos negros, de Martín Solares

Los minutos negrosUno de los recuerdos grabados en mi memoria tras mi año en Texas fue la situación que atraviesa México debido al narcotráfico; es obvio, desde la perspectiva al norte del Río Grande. Muchos de mis compañeros de High School, varios alumnos, el encargado del Ministerio de Educación… me trasladaron la siguiente cantinela: no atravesar la frontera por los pasos situados al sur del país. Entre sus argumentos se repetía la palabra secuestro, y del vocabulario utilizado para relatar anécdotas me he traído “para atrás» términos como balacera o corbata colombiana. O anécdotas tremendas como la que, con un tono quedo, me relató uno de mis güercos del período 3/4 A sobre la muerte de su primo y un par “badis” al saltarse un control militar cerca de Reynosa. Pero no es cuestión de ponerse apocalíptico. Había bastante gente que atravesaba habitualmente “los puentes”. Normal cuando se tiene familia en el norte de México, un “rancho», amigos… Aunque el miedo campa por sus respetos de la mano de una idea recurrente: cualquier tiempo pasado fue mejor. Un hecho inapelable cuando hablamos de la violencia, pero que ya no está tan claro cuando el tema pasa a ser la corrupción política o policial.

Los minutos negros es una novela negra escrita hace casi una década y construida mediante el diálogo entre dos épocas: el México de comienzos del siglo XXI, ya deformado por la presencia del narco, y el de los años 70, con un nivel de violencia bajo mínimos. La conexión entre ambos escenarios, que en el fondo son el mismo, se establece mediante unos truculentos asesinatos acaecidos a finales de dicha década e investigados por un periodista asesinado al comienzo de la novela. Un crimen asignado a “Macetón” Cabrera, agente de la policía en una ciudad ficticia en la costa del Golfo de México, probablemente en el estado de Tamaulipas.

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