El archivo de atrocidades, de Charles Stross

Poco se imaginaba el bueno de H.G. Wells que la parábola socialista escenificada por los morlocks y los eloi que el escritor inglés presentaba en su clásico La máquina del tiempo, acabaría convirtiéndose en metáfora de uno de los conflictos laborales más crudos y despiadados de nuestra contemporaneidad; la guerra soterrada que transcurre en las oficinas de todo el mundo entre los ingenieros y técnicos de IT, popularmente conocidos como “los informáticos”, y todos los demás. Así que por un lado tenemos a los eloi, los de contabilidad, ventas o marketing, que consideran a los trabajadores de IT poco más que un mal necesario, quejicas y rezongones a la hora de colaborar o solucionar entuertos, siempre presentando irritantes objeciones expresadas con una condescendencia apenas reprimida en el mejor de los casos. Y por otro lado los morlocks, los sufridos trabajadores de IT, atrincherados en el rincón más apartado de la planta baja, presas de un complejo de superioridad técnica e intelectual, pero cuyos conocimientos de cómo funciona la realidad de las cosas informáticas no son valorados en absoluto. Esclavos de horarios demenciales, sufren el desprecio y la incompetencia de los eloi quienes, atrapados aún en el pensamiento mágico en lo que a tecnologías de la información respecta, solicitan características imposibles de implementar en los sistemas, no se molestan en leer los putos correos de seguridad y encima imponen una serie de procedimientos y directrices administrativas absurdas que complican cada vez más el trabajo. Y mientras, se consuelan a la hora de comer; “ay, el día que hagamos huelga se lía, vaya si se lía…”

Más o menos basándose en esta caricatura, Charles Stross ha construido su El archivo de atrocidades (primer libro de la serie Expedientes de la Lavandería), una comedia pulp de ciencia ficción que aúna las novelas de espías, los Mitos de Cthulhu y la fantasía consolatoria para morlocks. El núcleo de la historia lo conforma la Lavandería, la venerable agencia secreta británica de un mundo alternativo en el que la demonología y la magia están íntimamente integradas en las matemáticas, y de ahí, a la informática o la física, entre otras disciplinas. Es decir, que una formulación o una aplicación práctica de las matemáticas puede emplearse para realizar conjuros, invocar demonios o criaturas lovecraftianas (irónicamente, claro, los mostros de los relatos de Lovecraft negaban el racionalismo), abrir puertas a universos paralelos, etcétera. En estos universos habitan criaturas primigenias que amenazan al nuestro, ya sea siguiendo su enigmática agenda, o siendo utilizados por grupúsculos terroristas como armas baratas pero peligrosísimas e incontrolables, amenazas todas ellas a las que la Lavandería ha de enfrentarse al estilo de unos mundanos hombres de negro que hubiesen sido imaginados por John Le Carré. La historia arranca cuando un informático de esta agencia, Robert Howard (¡ding!), harto de desperdiciar su talento y sus conocimientos científico-mágicos aplicando parches de seguridad en los servidores y reiniciando equipos de contables y administrativos, solicita un traslado a un puesto “de campo”, lejos de la opresora tiranía burócrata de la arpía de su supervisora. Pero claro, las ambiciones se pagan y sus aspiraciones laborales le acabarán enredando en una peripecia de nazismo esotérico y entidades lovecraftianas que parece salida de la primera miniserie de Hellboy de Mike Mignola (ojo, la que guionizaba nada menos que John Byrne), en la que, por supuesto, salvará al mundo, se quedará con la chica y, lo mejor de todo, se librará de su jefa.

Entiendo que a mucha gente le haya divertido mucho El archivo de atrocidades, al fin y al cabo está lleno de cosas que, a priori, deberían molar; nazis de otra dimensión, aborrecibles mostros de pesadilla y alambicados chistes gruesos, pero a mí no me ha funcionado en absoluto. Sobre todo, por el estilo humorístico de Stross, que parece un cruce entre el nerdismo exacerbado de Neal Stephenson (el hombre que se marcó varios nerd man yells at cloud que me hicieron abandonar Criptonomicón, como aquella página de regañina a los medios de comunicación que escribían sobre las “autopistas de la información”, cuando no son autopistas, coño, que tienen forma de red, joder, que no tenéis ni puta idea), mezclado con el humor barroco-macarra del Warren Ellis de Transmetropolitan (aún recuerdo chispeantes diálogos como, cito de memoria, “que se te corra dentro debe sentirse como una lluvia de guano en el cérvix”). Un tono humorístico entre provocador, sarcástico y cínico, forzadamente pasado de rosca, como de empollón haciéndose el tipo duro, y que goza de cierta tradición entre escritores de ciencia ficción como Harlan Ellison, Norman Spinrad, John Varley o, que Dios me perdone, Peter Watts. Lo que nos hace gracia o no es algo enormemente subjetivo y, en mi caso, se me hace muy cuesta arriba este sentido del humor porque carece de toda espontaneidad y naturalidad en su afán de provocar, y en el peor de los casos (un Mark Millar, por poner) parece una pose destinada a crear una imagen de marca. Pero aunque Robert Howard resulta más llevadero que su primo lejano, Spider Jerusalem (el protagonista de Transmetropolitan), me ha dado la impresión de que Stross se esfuerza demasiado en resultar gracioso. Valgan como ejemplos de este afán esa necesaria aclaración sobre los coffe shops de Ámsterdam, que en realidad no son cafeterías de las de tomar café (guiño-guiño, codazo-codazo), o ese tirar de tópicos para agradar al respetable más nerdo, como cuando describe el ambiente de un restaurante de modernos al que sólo le falta un chiste sobre la carta de gin-tonics para resultar redondo.

Así que, entrando ya en el desarrollo, resulta difícil para quien no conecte con este tipo de humor avanzar por las primeras ciento cincuenta páginas (de un total de doscientas ochenta) de El archivo de atrocidades, un larguísimo planteamiento en el que Stross se centra sobre todo en la antes mencionada caricatura del mundo de la oficina (gubernamental en este caso) y su obsesión con la burocracia, presentando, por medio de la exageración no especialmente graciosa, clichés como el pesado de contabilidad que no sabe hacer hojas de cálculo o cosas normales del funcionamiento de las empresas, como las auditorías, los procedimientos o los cursos de castigo, perdón, reciclaje, que oprimen burocráticamente el talento de Howard, lo que perjudicaría gravemente la resolución de los casos si no fuese porque su ingenio siempre aparece en el momento justo en que lo necesita la narración. A lo que tampoco ayuda la espesa tecnojerga científico-mágica que emplea Stross, también con propósito humorístico en muchos casos, pero vedada a los no iniciados (yo). Aunque Stross tiene la delicadeza de explicar para los de letras las parrafadas “técnicas” de forma sutil para que no resulte repetitivo, a la larga resulta complicado para el lego vadear unos párrafos que pueden resultar agotadores. He de reconocer sin embargo, que el último tercio El archivo..., cuando entramos realmente en harina visitando uno de esos amenazantes universos alternativos, la narración mejora notablemente en un remedo de Aliens y La Cosa, donde al fin hace presencia la acción, el suspense y el sense of wonder pulpero, y donde el humor queda un poco a un lado salvo en el único chiste del libro que me ha hecho gracia; alargar durante seis páginas el clímax de la narración, la desconexión de un explosivo atómico, a base de explicar de forma pormenorizada cómo funciona y se desconecta una bomba de plutonio en uno de los diálogos más empollones de la Historia.

Finalmente señalar que aunque el que esto firma es un señor mayor criado y educado en el recio heteropatriarcado español de principios de los setenta, el pésimo tratamiento de los personajes femeninos me ha llamado mucho la atención. Básicamente Stross presenta tres estereotipos; i) la locadelcoño, es decir, la novia de Howard que para más inri le es infiel, ii) las charos, su supervisora y la jefa de recursos humanos que le odian y putean con los procedimientos malditos (menos mal que la sana camaradería masculina que reina en la Lavandería le salva el culo en más de una ocasión), y iii) la madredetushijos, Mo, damisela en apuros y novia ideal del morlock, una escultural pelirroja “clásica” puestísima en ciencias esotéricas que centra la otra subtrama de la historia; ser agradecido recipiente de los requiebros de Howard. La aparición de una mujer detective en el relato que complementa el volumen, “La jungla de cemento”, apunta a la progresiva incorporación de personajes femeninos más curraos en las siguientes historias de la serie, pero que las mujeres de El archivo de atrocidades sean clichés que parecen salidos de un hilo de ingenieros en forocoches, me han llevado a pensar que, en realidad, quizá la novela sea la parodia de una fantasía consolatoria y su protagonista, un Mary Sue de coña. O a lo mejor no, Bob Howard no es un personaje caricaturesco o entrañablemente detestable como suele ocurrir en las sátiras británicas y Stross se toma en serio y con respeto su relación con Mo. Así que vaya usted a saber, ¡todo es posible en el contemporáneo laberinto de espejos irónico-posmo-pop, amigos!.

El archivo de atrocidades es una obra muy habitual en la ciencia ficción, un artefacto de nicho para iniciados en el que resulta imprescindible conocer sus códigos para ser disfrutado. En este caso, si no entras en el juego de la revisión pulp irónica y/o el humor retorcido, ya sea por incompatibilidad, cansancio o simple desinterés, es muy posible que no te funcione, como me ha ocurrido a mí. Más que nada porque aparte de eso, no hay mucho más.

El archivo de atrocidades – Los expedientes de la Lavandería /1, de Charles Stross (The Atrocity Archives Book One. Golden Gryphon Press, 2004)
Insólita Editorial, 2017. Traducción de Blanca Rodríguez y Antonio Rivas.
Rústica con solapas. 416 pp. 22,95€
Ficha en la web de la editorial

4 pensamientos en “El archivo de atrocidades, de Charles Stross

  1. Empatizo bastante con lo que has sentido.

    Como aparte de describir quién es Howard el propósito no es tanto contarte mundo sino describir los entresijos de la Lavandería, toda esa sucesión de tareas para introducir al narrador en su tejido más profundo se me han hecho muy cuesta arriba. Burocracia, jerarquía, promociones, aspiraciones… me parecen serie Z en la liga del pulp. Tampoco soy muy fan de las tecnodiscusiones rollo hagamos una tortilla sin romper la cáscara del huevo, aunque quizás por mi deformación lo de mezclar a lo loco taumaturgia, teoría de la información, termodinámica y matemáticas me cuaja mejor.

    De esta manera se entiende que la novela me gane cuando, por fin, atraviesa el portal y visita una dimensión al borde de la muerte térmica llena de nazis muertos en un castillo donde ha sucedido algo macabro. No es que la investigación esté exenta de eso que antes abundaba en la novela, como la obsesión maniquea en ciertos detalles. Pero por fin te da lo que, a priori, prometía y donde creo Stross funciona mejor: aventura alocada entre lo esotérico y lo tecnofílico. De ahí mi decepción con la novela corta que cierra el libro, una vuelta al rollo burocrático con sus humoradas más o menos entonadas.

    Lo que me ha llamado la atención es que mi mujer la leyó antes y, aunque le costó mucho entrar, ella, que no tiene los códigos de los que hablas, la acabó disfrutando. Posiblemente nuestra incomprensión sea también fruto de algún tipo de defecto genético. O mera afectación gafapastafari.

  2. Jajajajaja, joer, tu mujer me ha hundido la conclusión de la reseña, ¡me retiro!

    Es que el tema burocrático es lo que más le interesa a Stross y no sé, a mí me ha parecido un rollazo y eso que lo he vivido muchísimo en el curro. Obsesión que le perjudica en el aspecto pulpero; el desarrollo de esta novela es como si “Depredador” hubiese sido una comedia de pasillos sobre la burocracia militar que tienen que soportar los mercenarios, con chistes sobre munición caducada y mandos de treinta años que nunca han pegado un tiro dando órdenes a curtidos soldados, y ya al final un ratillo en la selva pegándose con el bicho. Lo bueno de este desarrollo es que con el tramo final de acción te olvidas de lo mucho que te has aburrido antes.

    Sobre la soledad en la valoración de esta novela, pues después de poner mal media docena de novedades que han gustado a todo el mundo menos a mí, sólo puedo encogerme de hombros; no tengo ni puta idea. En mi caso, aunque reconozco que soy un esnob asqueroso escogiendo lecturas, supongo que se debe a una educación o bagaje de lecturas un poco trastornada que generan una sensibilidad rarita, ni mejor ni peor que la del resto del público, diferente nada más.

  3. En las opiniones sobre las novedades de los últimos tiempos, a poco que escarbes te darás cuenta de que proceden, el 90% de las veces, de personas que, de una manera u otra, están relacionadas con el autor, la editorial y demás beneficiarios del libro (traductor, corrector, tendero, anunciante, impresor…). Ahora mismo es difícil encontrar en internet una opinión independiente. Si te vale de algo, Alfonso, yo me fío más de tu opinión, como lector objetivo, que de esas catorce.

    • Gracias por el voto de confianza 🙂 Pero, aparte de lo que comentas, yo sí tengo la impresión (impresión nada más, puedo estar muy equivocado) que hay un cambio no sé si generacional en la forma de entender el fantástico y que muchos aficionados no conocen o no aprecian lecturas que para mí han sido claves en mi vida lectora y viceversa, que yo no entiendo lo que triunfa ahora o me parece que ya fue superado en su momento. Pero bueno, ley de vida, no tiene más importancia.

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