Subte, de Rafael Pinedo

Subte

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La finalización de la lectura de Subte trae consigo una inmensa tristeza. Por el contenido de la lectura en sí, pero principalmente por la evidencia de que ya no habrá más obras de Rafael Pinedo que llevarse a los ojos. Para bien o para mal, si Pinedo pasa a la posteridad será como escritor de culto, esa etiqueta con la que se designa a aquellos autores que poseen algo especial, que para unos pocos rozan la genialidad y aún así nunca llegarán a gozar de una fama global. Subte supone un más difícil todavía en la escasa obra del escritor nacido en Buenos Aires. Consta de apenas 90 páginas, pero en ellas pervive el ánima y el estilo que tanta fascinación provocaban en sus dos novelas anteriores.

La trama de esta novela es, debido a su breve extensión, apenas episódica, y sin embargo, una vez concluída su lectura, se tiene la sensación de haber presenciado (y vivido, ese es el gran haber del autor) una jornada larga y terriblemente intensa. Proc, la protagonista absoluta de la historia, es una adolescente en avanzado estado de gestación. Perseguida por perros salvajes a través de los túneles del metro, se ve obligada a bajar por un hueco a oscuras a un nivel inferior. Allí se encuentra con la tribu de “los ciegos”, así calificados por vivir en una completa oscuridad. Tras hacer amistad con Ish, una de sus miembros, intenta escapar de vuelta a la superficie, pero los dolores del inminente parto dificultan la huida.

Aunque las herramientas narrativas empleadas por Pinedo son las mismas que en las anteriores novelas (oraciones cortas, puntos y aparte continuos, escasez de adjetivos, concisión absoluta) y el contenido reincide en la misma temática, se puede decir que, a pesar de su menor extensión, quizás sea ésta la novela más intensa del argentino y en la que la peripecia presenta una mayor ortodoxia. La aventura de Proc guarda puntos en común con otras grandes obras de la ciencia ficción. Su estancia entre los ciegos del submundo, especialmente en aquellos pasajes en los que se propone el contacto físico como medio especial de comunicación, retrotrae a los momentos más significativos de La persistencia de la visión, uno de los mejores relatos escritos por John Varley. La historia en su conjunto coincide en la propuesta del escenario y en el tono de aventura con La nave estelar, uno de los clásicos indiscutibles de Brian Aldiss.

De hecho, si en un ejercicio de imaginación sustituyéramos los subterráneos por un entorno más tecnificado, Subte podría pasar perfectamente por un relato de nave generacional, un subgénero clásico de la ciencia ficción en el que los protagonistas a menudo han involucionado hasta su condición más básica. La diferencia con esas obras la marca, además de la localización, el estilo con el que Pinedo elabora su historia. La voz narrativa es semejante a la que sustenta las dos novelas anteriores. Llana, honesta, desprovista de enjuciamientos, se mantiene fiel a la obligación que el bonaerense se marcó desde el primer libro, la de mostrar más que contar. Sólo en una ocasión se rompe esa neutralidad, un único párrafo en el capítulo VI en el que la voz se vuelve introspectiva y asume la primera persona creando un escalofriante contraste entre el cruel mundo exterior y la inocencia que se adivina en ese espacio interior.

Más allá de sus propias bondades como obra independiente, Subte ofrece otros focos de interés, principalmente en su condición como “una de las partes”. Es el punto final a la trilogía en la que Pinedo convierte lo que él llamaba el “fin de la cultura” en herramienta de estudio. “La cultura se desmigaja y las migas se pudren por el suelo”, decía el escritor, y aseguraba que una profundización en nuestro ritos y normas sociales ponía al descubierto un mundo ridículo, conformado sobre estructuras absurdas. Todos los nexos comunes a las tres novelas conducen a la misma idea, aunque si se pone la suficiente atención en sus respectivas peripecias resulta evidente una cierta evolución de signo positivo, una mínima pero perceptible deriva hacia el optimismo.

En una ficticia disposición cronológica de la serie, Subte ocuparía el segundo lugar. La civilización se muestra ausente en las tres novelas, pero la barbarie no se ha adueñado de la especie humana con igual intensidad. Frío muestra la caída de un solo individuo en ella, mientras se adivina el fin de la civilización tras los muros; Plop supone la más descarnada conclusión, un futuro desnudo en el que de la sociedad sólo quedan las normas de supervivencia y la superstición; en Subte se ha perdido el eco de la civilización, pero aún hay vestigios de humanidad en algunos de sus individuos. Si los protagonistas de las dos anteriores novelas perdían la vida por y para el rito, Proc, sin embargo, evita el cumplimiento estricto de sus leyes recurriendo a una artimaña.

Es cierto que en los tres libros el dogma es quebrado por el instinto, pero en las dos primeras obras es algo que ocurre involuntariamente y que no trae más cambio al individuo que la muerte. Plop se apoya en la ambición y el ansia de poder para llegar a lo más alto, pero su ruptura con la norma social es castigada con el enterramiento; la protagonista de Frío subvierte el rito religioso desde su sexualidad, pero no es un acto deliberado, sino procedente de su ignorancia. Proc, sin embargo, decide desde la pura volición plegar el dogma para salirse con la suya. En esta novela, la naturaleza, representada además por el instinto maternal, un valor que posee una mejor imagen que la ambición y la sexualidad, consigue una pequeña victoria sobre la necesidad humana de crear y obedecer ritos sociales. Quizás el final de Proc le parezca aberrante al lector, pero es, al fin y al cabo, el que ella desea tener, y marca un posible cambio futuro en el devenir de su tribu.

Subte marca un cambio quizás pequeño pero perceptible en una trilogía ya mítica. Tras la conclusión de las dos anteriores novelas, en sus respectivos universos sólo cabe ir a peor, pues el rito se convalida con la muerte de ambos protagonistas. Sin embargo, al final de esta nouvelle, tanto la decisión de Proc como la posterior aceptación de los miembros de su tribu sugieren que el mundo de “los sordos”, como es conocida por los otros la tribu de la superficie, está preparado para aceptar el cambio. El mensaje sigue siendo fiel a la idea con la que Pinedo escribió su serie. Tras la cultura humana no hay nada; nada salvo los instintos más primarios. Pero al menos la capacidad para el cambio, algo que en las anteriores novelas no existía, aquí sí está presente.

En tan pocas páginas no se puede lograr más. A pesar de su escasa longitud, Subte mantiene la exigencia de ésta extraordinaria “Trilogía de la devastación”. Los merecimientos alcanzados por Rafael Pinedo en una obra tan escasa constituyen para mí una suerte de misterio, una demostración poderosa de lo grande y enigmática que es la creación literaria. He aquí un autor con un estilo diferente a lo que la literatura latinoamericana estipula. ¿Y qué hay de su propia circunstancia? El caos, la desgracia de todo un país murmurando en sus oídos al comienzo de su obra y la tragedia personal golpeándole en su ultimación. Tres novelas y tres cuentos, no hay más. Unas obras completas que caben en un volumen de apenas 400 páginas, pero que son historia de la ciencia ficción escrita en castellano. Sería bueno que alguien hiciera justicia.

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