¿Qué tienen en común el manual de seguridad de una retroexcavadora y La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. Le Guin? La argentina Samanta Schweblin utiliza extractos de ambos textos como citas introductorias a su Kentukis (Literatura Random House), y eso dice mucho acerca de las tripas de la novela. Por un lado (“Antes de encender el dispositivo, verifique que todos los hombres estén resguardados de sus partes peligrosas”) nos habla sobre el aparato bruto, desnudo. La tecnología es neutra, impersonal y fría; puede resultar útil, pero también peligrosa, dependiendo del uso que le demos. Por otro (“¿Nos contará usted de los otros mundos allá entre las estrellas, de los otros hombres, de las otras vidas?”), nos evoca la curiosidad innata del ser humano, el romanticismo, la pátina de fascinación con la que a menudo revestimos las vidas de aquellos a los que no conocemos. Y esta dualidad es precisamente el eje central de Kentukis.
Los “kentukis” del título son unos dispositivos con forma de muñeco, controlados a distancia por un usuario, que hacen furor en todo el mundo. Una persona puede escoger entre comprar un “kentuki” para tenerlo en casa a modo de animal de compañía o adquirir un código que le permitirá controlar a un “kentuki” vía online. La conexión se realiza al azar en el momento en el que un muñeco y un código son activados, por lo que ni amo ni mascota tienen posibilidad de saber de antemano a quién se encontrarán al otro lado.
Reconozco que de un (largo) tiempo a esta parte, la avalancha de antiutopías, distopías o simples futuros chungos disfrazados de tales que aparecen por doquier, ya me resulta un pelín cansina, e incluso contrarrevolucionaria. Yo es que soy de la vieja guardia del Partido, de los que le tenían un poco de manía a Revolución en la granja de Orwell, no por sus méritos o deméritos literarios, sino por su carácter de cachiporra al servicio de los apologetas del vivimos en el mejor de los mundos posibles. Ya más en serio, es cierto que la naturaleza humana es profundamente imperfecta y jode casi todo lo que toca, que la cruda y sucia realidad se da de ostias con el prístino mundo de las ideas y que en teoría funciona hasta el comunismo. En teoría. Pero es que ha llegado un momento en el parece que tener convicciones políticas y aspirar a ponerlas en práctica equivale a convertirse en un tirano en potencia y que lo que se aleje un poquito del capitalismo tecnológico de mercado y la democracia liberal es camino seguro al Holocausto como mínimo. También me apena un poco que, por lo general, la ciencia ficción se afane mucho más en advertirnos de los peligros de poner en práctica las especulaciones político-filosóficas de burgueses ociosos, que en imaginar de forma más o menos rigurosa otros sistemas económicos, sociales y políticos viables y diferentes al que disfrutamos ahora. Y Kirinyaga viene a confirmarme esta pequeña frustración con el género.