Hace dos años preparamos en el colegio una serie de actividades de sensibilización relacionadas con la crisis de refugiados. Su punto álgido fue la construcción de un campamento en el polideportivo al cual cada clase tenía que aportar una tienda de campaña donde dormirían una serie de refugiados acogidos por cada grupo. Estos se eligieron para representar a una población, colectivo… a través de sus historias personales. Entre las posibilidades que encontraron mis alumnos se decantaron por el testimonio de dos mujeres salvadoreñas. Habían llegado a España amenazadas por la violencia de las maras. La actividad resultó bastante fructífera y permitió rascar más allá de la superficie de estas situaciones. Sin embargo me quedé con ganas de profundizar, algo que Libros del KO medio solucionó unos meses más tarde al publicar este Carta desde Zacatraz donde el periodista Roberto Valencia aborda una cuestión que devora Guatemala, Honduras y El Salvador.
De todos los enfoques posibles, Valencia apuesta por centrarse en un individuo para mostrar el complejo panorama detrás de estos grupos criminales y da el protagonismo de Carta desde Zacatraz a una única persona: Gustavo Adolfo Parada Morales, El Directo; uno de los mareros más conocidos de El Salvador, cuya vida expuesta al detalle funciona como epítome de sus acciones. Esta decisión, la de analizar el todo a partir de un pequeño engranaje, puede resultar frustrante para quien aspire a una visión más global, centrada en aspectos eminentemente políticos, económicos o sociales. Sin embargo, servirse de una vida y todos sus detalles como lienzo para presentar un panorama más complejo, dota al libro de una perspectiva muy humana y una concreción que se hubiera perdido de otra manera.








Corrían los locos años ochenta y en la gran casa común de la ciencia ficción norteamericana las aguas bajaban revueltas entre las nuevas generaciones. Los bárbaros del cyberpunk habían irrumpido en el género con sus bromas de empollones, sus círculos de amigotes y unas ganas irreprimibles de meterse con todo el mundo, cayendo en gracia a crítica y público y conquistando hasta el último rincón del género. ¿Todo? ¡No! Una aldea de irreductibles humanistas resistían ahora y siempre al invasor; Kim Stanley Robinson, John Kessel, Orson Scott Card o Connie Willis, una caterva de escritores surgidos a principios de los ochenta que se negaban a darle un acabado de cuero negro y cromo brillante a sus futuros en los que, desde una óptica socialdemócrata o mormona, ofrecían una alternativa al callejón sin salida que encarnaba el nihilismo cyberpunk y sus Grandes Verdades Muy Jodidas Sobre Este Puto Mundo De Mierda. Esta alternativa humanista, heredera de Simak o Bradbury, recuperaría la esperanza en el futuro cimentada en las virtudes intrínsecas del espíritu humano, sus cuitas y sus cosas. Un pre-hopepunk, si gustan de tirarse el pisto en plan “bueh, esto ya lo descubrí yo en el 86”. Y es que está visto que los ochenta no se han ido ni se irán nunca.