En su primera novela, Miguel Martín Echarri imagina las calles de un Madrid en un futuro cercano muy próximo al de la década posterior a la Guerra Civil. La actividad diurna está bajo mínimos. Sus habitantes se guarecen de un aire tórrido y fétido en las entrañas de unos edificios en los cuales el aire acondicionado es un recuerdo de tiempos mejores. Dependen de una economía de subsistencia donde trenes, autobuses y coches son chatarra abandonada. Apenas sirven para poner un tenderete o freír un huevo sobre sus carrocerías. Decenas de correveidiles transitan la ciudad de extremo a extremo con mensajes para entregarlos por un módico precio. Los avejentados teléfonos y ordenadores acumulan polvo sin un enganche eléctrico donde poder cargarlos. Ésta es la España de Muerto el sol, un solar en la intersección entre el decrecimiento y las consecuencias del calentamiento global, primo hermano del visto en Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun, y relativamente cercano al de El sanador, aquella novela negra de Antti Tuomainen centrada en la búsqueda de un asesino en serie en un Helsinki preapocalíptico.
Sobre este escenario se presenta una historia criminal un tanto ambigua. Un grupo de hombres y mujeres buscan hacerse con la electricidad de una de las urbanizaciones de lujo de las afueras, enchufados a unas fuentes de energía renovables que les pertenecen por derecho de conquista. Su objetivo es conseguir una fuente de ingresos sin perder la vida en su empeño. La infraestructura está custodiada por un servicio de seguridad que aplica la ley como se hace en la Filipinas de Duterte o la MegaCity 1 del Juez Dredd.
He de confesar que en lo que a literatura fantástica se refiere, soy anglófilo de pro. Siempre he tenido debilidad por los escritores de las Islas Británicas, autores por cuyas cabezas bullía lo extraño y maravilloso, aderezado con una considerable carga de mala leche y humor cabrón, todo ello escondido bajo una fachada de buenas maneras, formalidad y stiff upper lips. Aparte de la insularidad geográfica y mental, o la falta de luz solar que obliga a pasar el día metido en casa leyendo o en el pub cavilando majaderías para pasar el rato, la teoría más convincente es que la culpa de todo la tiene la influencia de Stonehenge y los túmulos, crómlech y pedruscos neolíticos varios que abarrotan las Cinco Naciones como catalizadores del pasado druídico, mágico y esotérico que ni los romanos pudieron dominar del todo. La religión y las convenciones sociales no pueden reprimir completamente este océano arcano del subconsciente que por algún lado tiene que salir, ya sea por lo artístico o por lo criminal. La tradición es larga, desde Jonathan Swift hasta M. John Harrison pasando por Mary Shelley, Lewis Carroll, William Hope Hodgson, Arthur Machen, Robert Aickman o J.G. Ballard, los escritores de las Islas están muy piraos y por tanto, molan. Y dentro de esta venerable tradición de escritores iluminados entraría el escocés David Lindsay y su asombroso
Estoy convencido de que mi fascinación con el subgénero postapocalíptico proviene de una fobia social nunca superada. Quiero decir, si me preguntasen como me gustaría verme dentro de diez años, respondería que vagando por urbanizaciones abandonadas y piscinas vacías, consumiendo el contenido de latas que encontrara por ahí y sentándome a mirar los descampaos al atardecer en un estado de feliz suspensión de la consciencia, sin tener que soportar las tensiones de la vida cotidiana y el enorme estrés que me supone relacionarme con la gente y sus erráticos comportamientos a la hora de bajar del ALSA. Y de entre todos los postapocalípticos que he leído, que han sido unos cuantos, uno de los que me dejaron más tocado de la patata fue La Tierra permanece, pero por motivos completamente ajenos a mis enfermedades mentales.