Como soy un tipo gris y poco dado a la originalidad, uno de mis finales preferidos es el de Soy leyenda. En las últimas páginas de su novela más conocida Richard Matheson le daba la vuelta a la imagen del noble en su castillo, el depravado terror de sus súbditos, al mostrar a su protagonista como un residuo atávico reacio a dejar su ciudad en mano de sus legítimos herederos. El reaccionario derrotado por una sociedad nueva a pesar de sus denodados esfuerzos por evitarlo. En una de esas insólitas asociaciones que surgen durante cualquier lectura, recordé esa escena a las pocas páginas de haber comenzado Siempre hemos vivido en el castillo. Justo cuando Mary Katherine Blackwood (Merricat) sale a hacer unos recados por el pueblo situado en la zona rural de Nueva Inglaterra y se da de bruces con la extrañeza de sus vecinos. Es el bicho raro que despierta todo tipo de murmuraciones a su paso. En sí no es una respuesta que pille de improviso; la narración en primera persona por parte de Merricat ya había puesto sobre la mesa su peculiar manera de ver el mundo y la distancia entre ella y, se podría llegar a decir, el resto de la humanidad. Sin embargo durante ese paseo somos mucho más conscientes de la perplejidad con la que se observa a alguien que, a priori, quedó anclada en el pasado. Y de una hostilidad que amenaza con rebosar los límites dentro de los cuales se ha mantenido hasta el momento.
Merricat vive junto a su hermana Constance y su tío Julian en una casa señorial. Los tres son los restos de una familia diezmada unos años atrás durante una cena donde alguien puso cianuro en el azúcar. Apenas las dos hermanas se salvaron mientras Julian quedó postrado en una silla de ruedas. Constance se encarga de la actividad diaria de la casa. Julian redacta una y otra vez pasajes de sus memorias, atrapado por un pasado donde ya no distingue lo que ocurrió de lo que ha recreado a base de recontarse a sí mismo su historia. Merricat mantiene menos obligaciones: hace recados, pequeñas labores y se ve como el ángel protector de ambos. Sin haber asistido a la escuela, sin contacto con otros niños durante su infancia, ha desarrollado una visión del mundo singular. El pensamiento mágico domina su conducta y utiliza todo tipo de totems que sitúa en lugares “clave” con la misión de mantener las amenazas fuera de la casa. Ve como indeseable la presencia de cualquier persona ajena. Así que cuando su primo Charles llega hasta la casa, con unas intenciones entre turbias y aviesas, se ponen en marcha una serie de resortes con unas consecuencias sobrecogedoras.
Aprovechando que Planeta tiene prevista su publicación en castellano para este próximo octubre, es un buen momento como cualquier otro para recomendar Parasyte, un manga de terror, ciencia ficción y unos cuantos géneros más, que fue serializado desde 1988 a 1995 en la revista para jóvenes adultos Afternoon, y que ha vuelto a gozar de cierta popularidad gracias a una adaptación al anime y otra a imagen real, ambas estrenadas en el 2014. No es de extrañar este redescubrimiento, Parasyte, el manga original, es uno de los tebeos más adictivos que he tenido el placer de echarme al rostro. Y que además no se extiende demasiado, ocho volúmenes en la edición norteamericana de Kodansha del 2011, para una historia perfectamente cerrada que no se estira artificialmente y que siempre va al grano.
Como lectores habituales de la página y por tanto personas con criterio y buena memoria, recordarán que la última reseña que publiqué en C fue un desvarío plagado de ditirambos acerca de