Halloween. La muerte sale de fiesta, de David J. Skal

HalloweenEn este compendio de seis artículos, David Skal desmonta Halloween para recontar la celebración desde varias facetas. Quizás el menos estimulante sea el más previsible: el origen y la evolución de la festividad y sus elementos más conocidos hasta comienzos del siglo XXI (el libro se publicó originalmente en el año 2002, aunque la edición de Es Pop se basa en una reedición de 2016). En ese primer capítulo, Skal disecciona el Frankenstein cultural órgano a órgano; ya sea desde sus iconos instaurados en el imaginario colectivo por la literatura, la ilustración o la televisión, ya desde su manifestación más contemporánea; un constructo erigido entre la voluntad de domesticar su carácter pagano y una serie de cuestiones crematísticas que ponen de relieve el éxito del capitalismo a la hora de modelar cualquier expresión social.

Sin ánimo de ser exhaustivo, Skal dosifica la historia de sus imágenes más características: la calabaza, los disfraces o el canto de «trastada o aguinaldo», una costumbre nacida de la necesidad de terminar con las gamberradas que los más jóvenes perpetraban este día y que en alguna ocasión llegaron a causar actos de guerrilla urbana guiados por un auténtico frenesí destructor. Incorpora anécdotas ciertamente atractivas, caso de cómo la viuda de Houdini se sirvió de la muerte de su marido para desenmascarar a todos los espiritistas que intentaron contactar con él, al precio de hacerme un par de pasajes un tanto pesados al centrarse en iconos que me importan más bien poco, caso de las manzanas o todo lo que rodea a las brujas. Motivo por el cuál he leído con una cierta distancia el segundo artículo, «La tetilla de la bruja», sobre la fiesta, el culto al demonio y el auge del wiccanismo.

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Algunos apuntes sobre Stranger Things y el papel de la mujer en la ficción de horror

Stranger Things

Tengo que reconocerlo: mis hijos y yo lo pasamos genial viendo Stranger Things. La serie de los hermanos Duffer para Netflix nos encantó exactamente por las razones por las que fue diseñada para encantarnos: a mí por la nostalgia ochentera, a mis hijos por todo lo demás. Lo cual es digno de celebrarse, creo: comprobar que la (calculada) honestidad de la propuesta, totalmente libre de ironía, y ese sentido de maravilla más emocional que visual calan todavía en las mentes de los chavales a pesar de las miles de horas quemadas ante Hora de aventuras y la PS4.

Podemos lamentarnos por la falta de originalidad —el límite entre el homenaje mitificador y el refrito comercial es difuso—, pero lo cierto es que la fórmula narrativa de Spielberg sigue funcionando treinta años después. Vaya si funciona. Ahora bien, la naïveté que rezuman los personajes también se le exige al espectador para pasar por alto unos cuantos disparates de guión; pero recordemos que las películas de Spielberg nunca estuvieron dirigidas a cuarentones sino a chavales de la misma edad que los Goonies, y en aquel entonces lo único que pedíamos era una buena aventura.

La (aparente) ingenuidad del relato no evita que nos hagamos algunas preguntas sobre el contenido ideológico de la serie. Que lo hay, por supuesto. El envoltorio retro facilita de hecho la identificación de algunos valores tan estadounidenses como conservadores: por ejemplo, la idea de que el Estado está detrás de todas las grandes conspiraciones contra los ciudadanos y de que cada uno debe aprender a defender a su familia y a sí mismo. La navidad. La familia. El sheriff. La pequeña comunidad donde nunca ocurre nada malo. Etcétera.

Pero hay un aspecto en el que me interesa fijarme por encima de todo eso, y tiene que ver con el papel de la mujer y los estereotipos sexuales.

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