Fracasando por placer (XXXIX). Universo 3, ed. Terry Carr. Andrómeda, 1978

Universe 3

Ya he mencionado alguna vez por aquí el curioso fenómeno por el que, a partir de la segunda mitad de los años sesenta, el eje creativo de la ciencia ficción se trasladó de las revistas a las antologías anuales. Por lo que he leído, la razón principal fue que el formato libro permitía pagos algo superiores, y además la influencia seminal de Visiones peligrosas (aunque las antologías Orbit de Damon Knight empezaron a publicarse un año antes) había dejado sellado que la cf más arriesgada encontraba mejor acomodo en esos tomos que en las publicaciones mensuales, algo menos comprometidas, procedentes en todos los casos de 1950 o antes. También la idea es que los contenidos, con periodicidad anual, fueran más selectos: como he dicho muchas veces, una revista de la época como Astounding publicaba más de cien relatos al año, y la verdad, buenos no podían ser todos. Ni una cuarta parte.

De las diferentes series de antologías, la que cosechó más premios y dejó más poso fue Universe, dirigida por Terry Carr desde 1971 hasta su muerte en 1987, y no voy a insistir (ya lo hice en una entrega anterior) en lo muy baranda del género que fue Carr en ese periodo. La razón de retomar mis chapas con otro contenido suyo es que he conseguido, por fin, aleluya, uno de mis griales bibliográficos, la versión argentina de la tercera entrega de esas antologías, que no había llegado a ver físicamente jamás. Sí, me la podría haber comprado en inglés en cualquier momento, pero ¿dónde quedaría entonces toda la gustera del hallazgo?

La editorial Andrómeda era una de esas firmas pequeñas que en los setenta-ochenta publicaron cf puntera y de manera bastante correcta en Buenos Aires, pero cuya distribución en España fue errática o simplemente casual. Entre el material que tradujo estuvieron las tres primeras entregas de Universo, de las cuales sólo las dos primeras se siguen encontrando hoy con relativa facilidad en el mercado de segunda mano. Cuando Jorge Sánchez, su responsable, pasó a dirigir Adiax en España, publicó la cuarta y quinta entrega. Pero la tercera, que justo parece que fue el último título de cf publicado por Andrómeda… Ay, en mis ya cerca de cuarenta años de cacerías, incluyendo unos cuantos en los que pasaba por la Cuesta de Moyano y por la librería Gigamesh más que de manera mensual, ni siquiera la había visto físicamente, y eso es algo que puedo decir de muy pocas publicaciones de cf que me interesen. Hasta hace muy poco, y naturalmente, emprender la lectura era un impulso inmediato.

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Crónicas marcianas, de Ray Bradbury (Ediciones Cátedra)

Crónicas marcianasCrónicas marcianas es uno de los libros clave de la literatura de ciencia ficción. En palabras de Santiago L. Moreno

Quien lee Crónicas marcianas por primera vez se encuentra con un libro cautivador, lírico, repleto de momentos mágicos y también terroríficos. En todos sus cuentos se encuentra un Marte imposible, que procede más de la fantasía que de la ciencia ficción, más de la imaginación que de la realidad. No hay hecho tecnológico, sólo paisajes geográficos y humanos, bellos y fantasmagóricos, y nostalgia por un futuro que se basa en un pasado que ni siquiera existió. La lectura de Crónicas marcianas deja, por encima de todo, un retablo de seductoras imágenes. Las ciudades marcianas abandonadas, los veleros que navegan desiertos, los ecos nocturnos del pasado, los canales vacíos y una fuerte melancolía, el lado romántico de una norteamérica soñada. Paralelamente a su poder de fascinación, Crónicas marcianas representa un canto al pasado y a una ciencia ficción distinta, una visión del género disidente, a años luz de las frías ecuaciones, dada de lado durante lustros por el canon del discurso racionalista.

Aparte de todas estas cualidades, su composición captura un momento, la ciencia ficción de los años 40 tal y como derivaba del pulp, y ejerce de declaración de principios de un escritor que llevaba una década batallando por dar a conocer sus relatos.

La dimensión alcanzada por Bradbury a raíz de Crónicas marcianas resonó con tanta fuerza que en 1955 Francisco Porrúa compró los derechos de este y otros de sus libros (El hombre ilustrado primero, más tarde Fahrenheit 451, El vino del estío Las doradas manzanas del sol) para publicar su obra en castellano. El mismo Porrúa se encargaría de traducirlos con el seudónimo de Francisco Abelenda, en una labor esencial para entender la edición de fantasía y ciencia ficción en nuestra lengua. Fueron gran parte de los primeros cimientos de Minotauro, una sello que durante décadas marcó los estándares más elevados en la ciencia ficción en nuestra lengua.

De un tiempo a esta parte, cuando se hablaba de diversos aniversarios alrededor de Bradbury o al recordar su figura tras su muerte, unos pocos reclamamos una nueva traducción. Habían pasado suficientes generaciones como para pensar en una reinterpretación de su obra desde unos estándares actuales. Al final no ha sido Minotauro quien ha abordado esta tarea sino Cátedra y Letras populares. Esta decisión fue muy bien recibida cuando se anunció, no sólo por esto o el habitual estudio crítico. Después de unos años en los que Letras populares se había acomodado a traer, sobre todo, libros con derechos de edición baratos, cuando no gratuitos, sus responsables apostaban por un clásico que continúa teniendo ventas considerables. Una promesa ilusionante por lo que supone si consigue calar, especialmente en diversos grados relacionados con la Literatura. Es inevitable fantasear con qué otros títulos pueden verse en la colección con una nueva traducción y un estudio exhaustivo sobre el contenido. Sobre todo si se enmienda el gran handicap de, esta, su primera edición de Crónicas marcianas.

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El lunes empieza el sábado, Arkadi y Borís Strugatski

El lunes empieza el sábadoEscasos autores no anglosajones han sido capaces de mantener un cierto interés para las editoriales contemporáneas más allá de Stanislaw Lem. Apenas Karel Čapek y los hermanos Strugatski, estos últimos, sobre todo, por su vínculo con el culto a Stalker, pero también por el arraigo en el canon de una novela repleta de lecturas como Qué difícil es ser dios, dos veces adaptada al cine. El resto de títulos traducidos no han corrido la misma suerte. Sus cualidades no son tan atractivas y, además, su acercamiento a la ciencia ficción se realiza desde ámbitos más extraños para el público occidental, muy afín a historias distópicas, postapocalípticas, de novums en la línea iniciada por Mary Shelley, Julio Verne y H. G. Wells. La sátira de Jonathan Swift cuenta cada vez con menos adeptos y, en general, es peor aceptada más allá de un par de nombres que han conseguido ganarse el corazón del público. El lunes empieza el sábado se abre camino en esta veta, el primer handicap para el lector contemporáneo.

El segundo es su composición: un fix-up de tres relatos que parece un punto de partida para una serie más larga, sin progresión argumental. Su base nace de la experiencia de Borís como informático en un observatorio astronómico. De ahí proviene el Nuevo Instituto Científico de Adivinación y Sortilegios (NICASO), una organización que investiga todo tipo de conocimientos y tecnologías para mejorar cuestiones mundanas (la traducción, la supervisión de funciones, los transportes), grandes aspiraciones (la felicidad) o logros ajenos a nuestra experiencia (viajes en el tiempo, desplazamiento a mundos ficcionales). Esta institución imposible se presenta en la primera historia, “Revuelo entorno al sofá”, mediante un narrador ajeno a ella: un informático llega hasta el pueblo de Solovets tras recoger a dos autoestopistas. Allí pasa la noche y observa todo tipo de situaciones extrañas capitaneadas por una moneda de 5 kopecs que regresa a su bolsillo después de gastarla y un sofá que desaparece. Dos misterios cuya resolución introduce las características del NICASO y del tipo de historia especulativa que abordan los Strugatski en El lunes empieza el sábado.

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Fracasando por placer (XXXVIII): Star Trek, La Nueva Generación

Star Trek La Nueva Generación

Frente a la ingente cantidad de cf mediocre (siendo generoso) que he leído, tengo lagunas audiovisuales bastante notables. El mayor agujero es, sin duda, todo lo relacionado con el universo de Star Trek. Hasta hace cinco o seis años, apenas había visto tres o cuatro episodios salteados de distintas series, la primera película, el primer remake, poco más. Esto resulta especialmente extraño porque no le tengo ninguna manía en sí a la franquicia. Tan sólo nunca he conseguido que me interese. Siempre he dado por bueno ese vago concepto de que Star Trek representa un enfoque progresista, puesto que el telón de fondo es una suerte de utopía políticamente muy correcta. En cambio, Star Wars en el mejor de los casos puede considerarse como la lucha por imponer el despotismo ilustrado a cargo de una familia de elegidos, como aparente única alternativa viable al fascismo puro y duro: Guatemala o Guatepeor, en resumen. Pero me divierte, y lo que conocía de Star Trek no tanto.

El caso es que no llegué en el momento adecuado a Star Trek y luego fue un tren al que me era difícil incorporarme. Cuando hubo reposiciones en España yo era demasiado crío, por alguna razón no me enganché a las películas de los setenta y ochenta, y la estética de La Nueva Generación me resultaba insoportablemente naif cuando se estrenó. Era una época en la que ya habíamos tenido cf audiovisual del nivel de Blade Runner, Brazil o Aliens, y esa gente en pijama repartiendo buenas intenciones por el universo se me hacía cuesta arriba. Debí ver algún episodio de los primeros, cuando llegó por España, y tuve la impresión de que la probabilidad de que fuera una serie manifiestamente mala era alta. Una de mis ex parejas lo intentó con paciencia, pero lo poco que vi con ella no me dijo nada.Y ahí se quedó la cosa hasta hace seis o siete años.

No recuerdo muy bien por qué, empecé a ver con mi hija (por entonces con diez años) la serie original. La picoteamos ocasionalmente, sin compromiso, con interés decreciente por su parte tras un buen comienzo, hasta que se bajó del barco unos dos años después, cuando apenas nos quedaban diez episodios. Me vi ya solo las películas del grupo original, que me resultaron entrañables, y ahí quedó la cosa hasta poco antes de que comenzara la pandemia.

El proceso de ver La Nueva Generación partiendo absolutamente de cero, con escasísimas referencias previas por mi parte, lleva prolongándose desde entonces. A veces he visto tres episodios un día, luego han podido transcurrir dos meses largos sin ver ninguno. El ritmo se aceleró de forma natural, aunque tampoco entusiasta, en las cuarta y quinta temporadas, tanto porque inevitablemente vas tomando cariño a los personajes como porque, vamos a ser francos, mejora. No sé cuál será la opinión de los espectadores fieles, pero para mí la diferencia de tono entre las dos primeras temporadas y las posteriores es abismal. Por lo que me ha dicho gente que entiende, la entrada de un equipo en guión y producción con gente que luego ha tenido carreras interesantes, como Ronald D. Moore, Jeri Taylor y Brannon Braga, fue el motor de esa diferencia.

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Sobre Mastodonia, de Clifford D. Simak

MastodoniaNo hace mucho dije en estas páginas que Clifford D. Simak se parecía a Delibes y a Steinbeck, y sí, claro, sólo hay que leerles, pero la imaginería pastoral o rural de Simak no es sólo un escenario, un sugerente tapiz de fondo sobre el que contrasta, cienciaficcionesca, la historia o argumento principal. Ese tapiz es parte de una aleación final en la que la ciencia ficción y el campo se han entretejido hasta crear una tercera estética nueva. Vale. Pero leída, ahora, Mastodonia, la novela de 1976, veo que hay otro apunte que se puede hacer sobre la obra de Simak. Un apunte que se puede extraer de varias de sus novelas, no sólo de ésta –aclaro– y es el de que en la defensa de lo rural no sólo hay una crítica al capitalismo, sino que, además, en el caso de esta novela, lo que hay o hace Simak es fundir en sus páginas al capitalismo con su hermano siamés, el imperialismo, en un todo indesligable (como es indesligable el baile de la pareja que baila).

Veamos cómo lo hace.

Asistimos en la novela a la formación de ese ente de control y dominio que es toda empresa. Para resumir: en la Wisconsin más rural descubren los protagonistas unos pasajes en el tiempo (creados por Catface, el cauto extraterrestre de facciones gatunas, perdido desde hace siglos en la Tierra, esperando volver a casa). Y así es como Catface, que se comunica telepáticamente, les permite visitar el Cretáceo, y ahí es donde el resorte se dispara: el instinto humano por la depredación despierta, hambriento –como era de esperar–, al ver la oportunidad que les ofrece el pasado no para el estudio, claro, sino para lucrarse con la venta de viajes en el tiempo para cazar dinosaurios.

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El tercer mundo después del sol, selección de Rodrigo Bastidas Pérez

El tercer mundo después del solEste 2022 Minotauro ha reactivado la edición de obras originales en castellano a través del sello Laberinto. Entre los primeros volúmenes de la colección hay previstas cuatro novelasEl tercer mundo después del sol. Esta antología seleccionada por Rodrigo Bastidas Pérez supone un acercamiento a la escritura de ciencia ficción en Latinoamérica en la medida que esto resulta posible: en 250 páginas abarca la escritura en una veintena de países con más de 600 millones de personas. Esta limitación, la monumental tarea de cribado, es uno de los puntales del libro. A través de sus elecciones, Bastidas Pérez afianza las ideas enunciadas en su introducción, una serie de concomitancias que no constriñen la variedad del repertorio. El tercer mundo después del sol expone un panorama rico que invita a ampliarse en una exploración ya personal, bien de los escritores aquí presentados, bien de otros de sus países de origen.

Entre esas ideas compartidas destaca la elegida para abrir el libro. A diferencia de una ciencia ficción surgida de la fusión entre ilustración y romanticismo, en la cual la imaginación estuviera sostenida siempre sobre la idea de la ciencia alumbrada durante la modernidad, por diversos motivos expuestos por Bastidas Pérez, en la mayor parte de Latinoamérica existe una necesidad de conectarla con una serie de rasgos culturales cercenados durante la colonización hasta el punto de borrarlos casi por completo. Esta presencia de los pobladores previos a la llegada de los invasores de la península ibérica, sus religiones perdidas, los seres mitológicos de sus culturas y una magia enfrentada a los “alienígenas” del otro lado del océano es el sustrato de “La conquista mágica de América”, de Jorge Baradit. Una ucronía fantástica en la cual las fuerzas vivas sobrenaturales del Nuevo Continente plantan cara a los agentes místicos de dominación llegados desde Castilla. Esta variación del relato de sometimiento y exterminio funciona muy bien mientras ejerce su capacidad de asombro, en el fondo y en una forma donde se hace muy presente un vocabulario novedoso para mi, con la tradición ejerciendo el papel de la novedad, el impacto, el asombro. También pierde un poco de fuelle en las últimas páginas, agotada su sorpresa.

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La exégesis de Philip K. Dick

Philip K Dick Exegesis

Pocas veces se habrá visto una autoindagación tan exhaustiva en la propia obra como la que lleva a cabo Philip K. Dick en su Exégesis. Es –además de autocrítica literaria de primer orden e introspección filosófica– una fascinante e ilustrativa inmersión en los elementos que espolearon su escritura –lo que está detrás de su ciencia ficción es la realidad tal como la veía, aprendemos, desnuda de todo artificio– y así leer este libro de libros es un viaje a su mente, a su entendimiento lúcido de la vida. Libro torrencial, digresivo, omniabarcador, totalizante, sabio y tan sumamente cargado de pensamiento, de creatividad, de puro genio y de vida, que cuesta encontrar un único cauce por el que empezar a describir estas experiencias de lectura. Y si las menciono en plural es porque todo en la Exégesis es plural; hasta el mundo físico que rodea a su autor esconde otro mundo físico que rodea a su autor que le envía mensajes para que lo descifre y lo redibuje en sus imaginarios de ciencia ficción.

Esta exégesis contiene reflexión y autoanálisis, crítica literaria, filosofía, epistolario, tramos autobiográficos, el habitual sentido del humor de Dick: todo el corpus escriturario del autor, exacerbado. Dick descubre, con las visiones que tuvo en febrero y marzo de 1974 –novelizadas en Valis–, que todo lo aprendido o todo lo que se le reveló en aquellos momentos estaba ya contenido, sutilmente y sin que fuera consciente de ello, en su obra anterior. Es decir: esas visiones vinieron a confirmar lo que en él ya era intuición. Le sirvieron para romper con la representación pactada y espuria de la realidad, esa que nos viene impuesta a todos, y para ver lo que había –hay– detrás, y ponerlo por escrito en sus visiones de ciencia ficción. Le sirvió para ver que llevaba toda la vida intuyendo esas realidades metafísicas. Una inteligencia fuera de lo común, la de Dick, y una valentía especial, la suya, para poner todo eso por escrito. Ver más allá de las apariencias, ver en la luz el tránsito de la luz, está al alcance de pocos, y hacerlo te puede abocar a la soledad y a la incomprensión.

A lo que más se parece una buena parte del océano de estas páginas es a la poesía de san Juan de la Cruz. Porque así como san Juan de la Cruz tuvo experiencias místicas y, para entenderlas y representarlas, acudió al lenguaje profano, desplazó unas pocas, pertinentes palabras del entorno que les era natural y las reubicó en una nueva realidad metafísica, y creó, así, una imaginería distinta que, de repente, contenía un potencial significante capaz de descifrar y eternizar por escrito lo que vio, así también tuvo Dick sus propias visiones metafísicas (con las que reafirmó su entendimiento esencial de la vida) y, para representarlas, acudió al profano entorno de callejones y dependientes y residuos al que asistimos en su narrativa, y desde ahí se atrevió a deshojar la realidad y decir su corazón con palabras también profanas que aludían a lo que trasciende a ese entorno urbano y sucio, con un revestimiento de ciencia ficción, es decir, de doble profanidad, y lo hizo sin la necesidad de la prestigiante piel de un lenguaje codificado y ya preconcebido como intrínsecamente legítimo. Así san Juan de la Cruz y Philip K. Dick vieron lo que hay más allá de las apariencias, reinventaron la profanidad para decir esa realidad metafísica, y, de paso, dignificaron lo que se consideraba indigno. Que es una de las formas de la revolución.

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Mis otros cinco libros de ciencia ficción

Los últimos días he estado siguiendo con interés cada artículo de la serie “Mis cinco libros de ciencia ficción”. Si pienso en los títulos y autores que me fueron formando como lector del género, seguramente estén todos o casi todos ahí; la mayoría los leí hace un porrón de años y unos pocos siguen aún en la pila. Encuentro, sin embargo, que estos últimos también están aparcados en la montaña inacabable desde tiempos remotos… ¿por qué? Me pregunto si esto se debe a que el género no ha evolucionado lo suficiente, pero lo descarto de inmediato: rechazo creer que todo quedó definido en una horquilla temporal cuyo punto más próximo se encuentra hace 40 años.

Por lo general, he visto que casi todas las listas se basan en el criterio de “lo que más me impactó / marcó”, etc. Un planteamiento sujeto a muchos condicionantes y quizás capcioso ya que, en mi humilde opinión, lo que tiende a salir son siempre los clásicos, las obras con más recorrido, aquellas que han pasado el filtro de los años y cuyas imágenes se han convertido en referente. Hay algunas excepciones, por supuesto. He contado cinco o seis cosas publicadas en el siglo XXI. En este sentido, quizá el artículo de Adolfina García sea el que más se acerca a nuestros días. Ella, que se define como un garbanzo negro en el fandom, ha hecho una lista valiente.

Este artículo pretende ser una respuesta que huya de los vicios con los que me he topado en la serie. A su vez, se inspira en las mismas ideas, pues se trata de libros que me han marcado profundamente y que reafirman mi fe absoluta en el género. La diferencia es que todos ellos se publicaron en el pasado reciente, ninguno tiene más de quince años. Tampoco los ha seleccionado nadie hasta ahora (por mucho que me pese prescindir de cierta novela). Si se convertirán en futuros clásicos, no lo sé. Pongo en la mano en el fuego por alguno. Quiero mirar hacia delante, no hacia atrás; ni siquiera voy a mencionar a mis autores favoritos de todos los tiempos. Que habrá polémica, eso es seguro. Igual alguien hasta me llama tramposo. Pero no adelantemos acontecimientos, voy directamente al grano: sin ningún orden en particular, estos son mis otros cinco libros de ciencia ficción.

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Fracasando por placer (XXXVII): Ron Goulart

Ron Goulart

Se murió a comienzos de año Ron Goulart. Tenía 89 años, los había cumplido el día antes, estaba en una residencia. No he leído ningún libro suyo y no sabía gran cosa de él. Fue redactor publicitario antes de que su modesto éxito publicando a diestro y siniestro le permitiera convertirse en escritor a tiempo completo, con los sacrificios que eso conlleva si no consigues llegar a ser una estrella. Veo que tenía 180 libros publicados, porque hacía mucho material franquiciero, mucho refrito: tiene unas novelas que se firmó William Shatner pero escribió él, seis de Flash Gordon, siete de Vampirella, seis de una serie en la que Groucho Marx actúa como detective, la novelización de Cleopatra Jones, etcétera. Sólo tiene traducida al castellano la novelización de Capricornio Uno, sobre el guión original de Peter Hyams que dio visibilidad a la conspiranoia lunar. Se le consideraba un experto en general en la cultura popular, y escribió también ensayos.

Leo algunas curiosidades en el obituario de una cierta amplitud que le dedicó el New York Times, reproduzco una de ellas:

Una de las novelas de ciencia ficción más conocidas de Goulart fue After Things Fell Apart (1970), situada en 1995 después del colapso de los Estados Unidos. Cuenta la historia de un detective enviado a investigar los asesinatos cometidos por una organización lesbiana separatista radical llamada Mankill. Los escenarios de la obra incluyen Viena West, una recreación de la Viena de Freud; un motel dirigido por el FBI; y el Festival de Jazz Mecánico de Monterey, que muestra música de pinballs y lavadoras. La novela fue nominada al premio Edgar de la Mystery Writers of America y fue el primero de los cinco libros de una serie llamada “América Fragmentada”, que escribió a lo largo de las siguientes décadas.

La razón por la que decidí escribir sobre él no está ligado a todo esto, que no sabía o no recordaba (sí tengo Capricornio Uno en alguna parte). Es porque el de Ron Goulart era uno de esos nombres poco notorios de la fauna de las revistas de cf que a mí me hacía dar el visto bueno a un ejemplar. Las revistas estadounidenses suelen destacar el título de un contenido en portada (por lo general el más largo o el del autor más conocido, en alguna ocasión un texto que quieren destacar por su calidad), y luego los nombres sueltos de otros escritores destacados del número. No he conseguido dar con ninguna revista en la que el material de Goulart sea considerado el principal, el que merece que se cite su título en portada. Pero su nombre está en incontables ocasiones entre los secundarios. También hay alguna en la que figuran únicamente los nombres en orden de teórica relevancia: he encontrado un The Magazine of Fantasy & Science Fiction que reza simplemente, sin títulos: “Isaac Asimov. Ron Goulart. Wilson Tucker. Evelyn E. Smith”. Y yo, cuando veo una revista así, pienso durante un microsegundo: “Ah, Goulart, bien”. En ese caso, además, “ah, Wilston Tucker y Evelyn Smith. Pero qué bien”. Buenos rellenos. Quizá historias de calidad incluso, sorpresas bienvenidas. No serán contenidos vacíos producidos en el seno de un taller literario, eso fijo. Tendrán un argumento suficiente, estarán bien escritas. Goulart era calificado como camaleónico, quizá como un chiste sobre una de sus series más conocidas, y esa era también mi impresión: si bien una suerte de distopía humorística de baja intensidad era su sello más frecuente, podías encontrarte cualquier cosa en los textos firmados por él, y como mínimo sería profesional y tendría una idea curiosa sobre la que sostenerse.

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Mis cinco libros de ciencia ficción (y 9)

PórticoMe resulta casi imposible seleccionar los cinco mejores libros de ciencia ficción. No se trata solo de que son demasiadas las que subirían al pódium, sino que mi visión actual de lo que es la calidad de una obra literaria es tan compleja y tan dependiente de lo contextual, de lo efímero, que me parece falaz cualquier posición absoluta.

Por este motivo, me he planteado más algo que tenga que ver con mi visión del género. La ciencia ficción para mí debe siempre impactar. Perdón… IMPACTAR.

Me gusta que en este impacto interaccionen dos ideas: una serie de inquietudes humanas socio-políticas, psicológicas, culturales que me hagan leer dos veces lo que acabo de descubrir y, por otra parte, el juego con lo sublime, a ser posible relacionado con lo anterior.

Lo formal importa en todo ello, claro.

Por «sublime» entiendo esa sensación de desbordamiento relacionada con dimensiones (físicas, en general) que superen las expectativas humanas habituales.

Todo ello debe ser plausible científicamente en mi cabeza, no necesariamente en mi realidad actual. Es decir, basta con que se me sugiera que lo que se me describe no tiene origen mágico ni divino en el sentido metafísico habitual del término para que lo sienta como plausible. Comparto, por cierto, con Nacho Illarregui mi hastío ya casi insoportable con todos los que buscan predicciones o augurios en la cf como si el género fuera un oráculo para tontos en vez de un juego ficcional con el presente.

Claro… En este sentido, actualmente mis obras favoritas de cf quizás sean las apariciones de Galactus en los comics Marvel, la trilogía de precuelas de Star Wars, el videojuego Mass Effect o el manga Moonlight Mile, porque además los últimos años he aprendido a valorar la space opera y centro en ella casi todas mis lecturas como jamás había hecho en el pasado. Pero esto va de literatura.

Por todo ello, he decidido rememorar cinco obras que me impactaran mucho, más que ninguna en esa misma época, cuando las leí y que las ondas de ese impacto me lleguen hasta hoy.

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