Hawksbill Station, de Robert Silverberg

Hawksbill StationAtribuirle el mérito de la originalidad a una novela (o a cualquier obra de la creatividad humana), es delicado, siempre, por lo relativo que es y porque la originalidad en sí misma no tiene por qué ser ni mejor ni peor que su contrario. Pero bueno, da un poco lo mismo: qué buena idea tuvo Robert Silverberg en Hawksbill Station (Estación Hawksbill), qué novela tan bien pensada, y sobre qué idea tan original se construye. Es sencillo: Silverberg convirtió nuestro pasado geológico en un futuro desolador para los personajes. La estación Hawksbill del título es una condena: como en la sociedad futura de la novela ya no creen en la pena de muerte, los funcionarios inventan el viaje en el tiempo unidireccional, enfocado al pasado, para usarlo como alfombra bajo la que esconder con prisa las vergüenzas propias. Es decir: construyen la estación Hawksbill, situada mil millones de años en el pasado, para enviar a los acusados de rebelión a una era en la que la Tierra era sólo roca pelada y humedad. Así el Estado se protege del pensamiento crítico. En la novela el tiempo es espacio, lugar inmóvil.

Silverberg ya situó una de las claves de A través de un billón de años, alucinante novela donde las haya, en un pasado tan lejano que es alienígena. El efecto es casi más fascinante que imaginar el futuro porque modifica todo el tiempo posterior, como si la base temporal, al cambiar, cambiase con ella todo lo que iría después. En otras palabras: cuando leemos una historia ambientada en el año no sé cuántos mil, nos fascinan las visiones del futuro que la imaginación del autor o la autora ha parido, pero cuando lo que se reimagina es el pasado más remoto, vemos un mundo virginal y virtualmente alienígena, que, a su vez, reconfigura todo el chorro temporal posterior que nos es conocido. Es toda la línea evolutiva del tiempo lo que cambia.

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Antes de que se enfríe el café, de Toshikazu Kawaguchi

Antes de que se enfríe el caféToda la familiaridad que tengo con la ciencia ficción japonesa en el manga o en las películas se convierte en desconocimiento cuando pasamos a hablar de la literaria: un poco de Murakami, los cuentos de Japón especulativo, un par de relatos sueltos por ahí… Un bagaje desequilibrado en el que resulta complicado de encajar Antes de que se enfríe el café. Este fix-up de cuatro relatos se sostiene sobre una progresión argumental supeditada a la sobriedad en el fondo y en la forma. Su autor, Toshikazu Kawaguchi, trabaja una uniformidad del lugar narrativo que, con lo metódico de la estructura y la fidelidad a unas normas inquebrantables, refuerza su uso del viaje en el tiempo. En una alineación casi perfecta, este recurso supone para sus personajes una vía de escape de un presente lleno de incertidumbre y una serie de hábitos y costumbres que condicionan y constriñen sus relaciones.

Ese refugio se articula en Funiculi Funicula, un pequeño café de Tokio donde se puede viajar en el tiempo. Sin embargo, este acontecimiento termina como un suceso marginal: las reglas que rigen el desplazamiento temporal limitan tanto las posibilidades que prácticamente nadie se interesa por él. El local apenas tiene visitantes y ya en la primera historia tenemos a todos los protagonistas entre sus cuatro paredes. Esta suma de personajes recurrentes encerrados en un escenario fijo, unidos por un proceso inflexible, crea un marco teatral acrecentado por el formato de la propia narración. No sólo los cuatro relatos se enfocan igual. Kawaguchi encadena secuencias que conducen a un desenlace donde se vinculan las emociones de los viajeros de manera inequívoca.

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Porvenir, de Iban Zaldua

PorvenirHace una década Iban Zaldua tuvo una cierta repercusión en la órbita de la ciencia ficción española gracias a las traducciones de la divertida sátira Si Sabino viviría y esta colección de relatos. Un variado conjunto de ficciones caracterizado por acoger desde el realismo más social hasta una ciencia ficción heterodoxa, pasando por el fantástico de manual. Y aunque su principal valor reside en esa versatilidad, una diversidad de formas y temáticas que desencadena una nueva sorpresa al pasar a la siguiente pieza, pronto se atisban tres o cuatro características que conforman la columna vertebral del libro, premio Euskadi de Literatura en el año 2006.

La primera seña de identidad de Porvenir está en cómo Zaldua presenta el terrorismo de ETA y su influencia. Entre los protagonistas de varios cuentos encontramos víctimas de la acción de la banda y familiares de miembros que padecen las consecuencias de la vida de sus hijos e hijas o de la política de dispersión. Por ejemplo, en “Lo único que cambia” plantea un relato epistolar entre una madre y su hija, en prisión. La dureza de la separación, el día a día de los familiares de terroristas da un giro cuando, a través de una escuela de escritura a la que acude la madre, se introduce un elemento fantástico. El desenlace muestra de manera efectiva cómo Zaldua se sirve de las convenciones de esas temáticas emergentes en cada pieza para adaptarlas a sus intereses, alineándolas con los deseos explícitos e implícitos de sus personajes. En ocasiones bastante retorcidos.

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Parentesco, de Octavia E. Butler

ParentescoLas novelas de viajes en el tiempo constituyen un género en sí mismo. Si alguien desea refrescar su variedad, Francisco Javier Esteban y Enric Quílez se trabajaron un extenso artículo-guía sobre sus diferentes alternativas para Cyberdark. Una de las “familias” con más predicamento es la prospección histórica; el desplazamiento a un momento concreto del pasado para explorar ciertos hechos, desarrollar un relato genérico de época, desvelar algún secreto familiar… A esta vertiente pertenecerían desde El libro del día del juicio final, la emotiva memoria del impacto de la peste negra en la Inglaterra de la baja edad media, hasta el drama romántico de Forastera y sus sucesivas continuaciones. Narraciones que apuestan por extensas descripciones histórica y de personajes mientras tejen una intrincada tela de araña de sentimientos orientada a conectar con la empatía del lector. Parentesco, de Octavia Butler, se puede encuadrar en este tipo de ficción, aunque su tratamiento se antoja oblicuo al aplicado por Connie Willis y Diana Gabaldón en sus novelas. Mucho más concreto, agudo y violento.

Dana y Kevin residen en California a finales de los años 70. Esta pareja multirracial se mantiene gracias a trabajos mal pagados mientras alienta el sueño compartido de convertirse en escritores profesionales. De improviso ella viaja en el tiempo y el espacio hasta el estado de Maryland a comienzos del XIX. Allí se encuentra con Rufus Weylin, un antepasado suyo, hijo del terrateniente de una plantación, que la invoca de manera involuntaria al estar en riesgo de muerte. Parentesco relata cada una de sus estancias en un país siglo y medio en su pasado. Unos EE.UU. que poco se parecen a los que le ha tocado vivir, aunque los vínculos entre ambos se hacen evidentes.

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Las luminosas, de Lauren Beukes

Las luminosasEn el Chicago de la gran depresión, Harper Curtis encuentra una casa encantada que le permite viajar en el tiempo. Impulsado por una fuerza más allá de su comprensión, este tipo violento y marginal se desplaza por determinados momentos de las décadas posteriores. Se encuentra con una artista de variedades, una comunista arrinconada en plena caza de brujas, una trabajadora negra de la industria bélica de la Segunda Guerra Mundial… Chicas que, a sus ojos, desprenden una luz irresistible: las luminosas. Estas mujeres pertenecientes a minorías de diversa índole, en varios casos alienadas por la sociedad de su época, se convierten en víctimas de un asesino en serie que, crimen tras crimen, refina sus métodos y progresa en su nivel de sadismo. Kirby es la única superviviente a uno de sus ataques. Años después entra a trabajar como becaria en el Chicago Sun-Times con la intención de documentarse sobre crímenes salvajes para localizar a su brutal agresor. Es el comienzo de una búsqueda quimérica porque… ¿cuál es la probabilidad de descubrir a alguien capaz de viajar en el tiempo?

En Las luminosas, Lauren Beukes exhibe su pericia a la hora de construir un thriller. Imprime un ritmo vibrante a partir de capítulos breves y una narración fragmentada entre los viajes en el tiempo de Harper a la caza de sus víctimas y los otros personajes por los que mueve el foco del narrador: fundamentalmente Kirby y Dan, su jefe. Cada salto entre las diferentes localizaciones temporales de cada capítulo, apuntada con una fecha al inicio de cada uno de ellos, alimenta el misterio a medida que se suceden acontecimientos en los que los efectos llegan a preceder a las causas.

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22/11/63, de Stephen King

22/11/63El asesinato de JFK en Dallas, el 22 de Noviembre de 1963, es uno de los fulcros de la historia de EEUU del siglo pasado. Sobre el suceso se han escrito miles de libros, no ya desde el campo de la (supuesta) no-ficción. Novelistas como Don DeLillo (Libra) o James Elroy (América, Seis de los grandes) lo han utilizado como punto de partida o final para indagar en las causas, radiografiar algunos de sus participantes desde el mundo de la ficción o plasmar una visión de su país en los momentos previos a ese punto de inflexión. King, un adolescente en aquel momento, también lo ha convertido en el motivo central de esta novela. Un proyecto de larga gestación, prácticamente desde su inicio como escritor en la década de los 70. Sin embargo no pudo llevarlo a buen puerto hasta bien avanzado este siglo, cuando pudo dedicarle la ingente labor de documentación que demandaba.

La novela, larga, muy muy larga, arranca con un tutorial de 200 páginas durante las cuales su narrador, Jake Epping, se introduce con el lector en los entresijos del viaje en el tiempo tal y como King lo ha concebido. A través de un conocido, Epping descubre una pequeña grieta que le permite viajar a un día concreto de 1958: la madriguera de conejo. El regreso al presente mediante esa singularidad se realiza siempre dos minutos después de haber partido, cualquier materia transportada en ambos sentidos se conserva, iniciar un nuevo viaje a 1958 pone a cero los cambios introducidos en la anterior ocasión… El funcionamiento de la discontinuidad parece definido para eliminar cualquier posible paradoja. King no está interesado en contar una historia de viajes en el tiempo más.

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La mujer del viajero en el tiempo, de Audrey Niffenegger

La mujer del viajero en el tiempo

La mujer del viajero en el tiempo

A veces, cualquier género literario parece caer en una serie de tópicos que, en cierta forma, obstaculizan su evolución posterior. Y la ciencia ficción, por supuesto, no es una excepción. Valga como ejemplo dos temas: las historias de amor y los viajes en el tiempo.

Parece que escribir una historia de amor en clave de ciencia ficción es algo imposible. Que se sepa solo dos autores lo han conseguido con aplauso unánime de crítica y público: Philiph José Farmer con Los amantes y George R. R. Martin con Muerte de la luz. Claro que algunos lectores y críticos han argumentado que lo realmente notable de estas historias son otros aspectos como los rasgos sociológicos y xenobiológicos implicados en los mundos de ambas novelas.

Por otro lado, y desde que Wells creó este sub-género y Heinlein lo acabó de remachar en los 50, no se podía escribir más sobre viajes en el tiempo sin caer en la falta de originalidad, sin narrar algo que sonaba ha ya contado.

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