Fracasando por placer (XXIX): Gigamesh

Revista Gigamesh, la cabecera

No, no recuerdo con mucho detalle las cosas que escribí hace veinticinco años o más. Lo he constatado en los últimos meses con la preparación de un libro recopilatorio de parte de mis ensayos en el género. Porque, aparte, tengo el problema de haber escrito mucho. Más que Balzac, posiblemente, aunque mencionar esa comparación pueda dar lugar a equívocos sobre mi autoestima: hablo de cantidad, no de calidad. También es cierto que para ello he tenido a la mecanografía como aliada; escribo muy, muy rápido, participé en alguna ocasión en concursos con mecanógrafos profesionales, con resultados meritorios. Hubo épocas en las que firmaba cinco notas al día por término medio para una agencia extranjera, y luego me ponía a escribir críticas o ensayos sobre cf. En un Roland Garros, el que ganaron en categoría masculina Sergi Bruguera, en femenina Arantxa Sánchez Vicario y en junior Roberto Carretero, llegué a producir siete páginas enteras de periódico. Recuerdo el dato y que una de ellas fue la contraportada, con los festejos en la embajada de los Campos Elíseos. Por supuesto, ni la menor idea de lo que escribí. Ahora mismo ni siquiera me acuerdo de quiénes fueron los rivales de los españoles en esas finales (acabo de buscarlo: Alberto Berasategui y Mary Pierce, la odiosa franco-yanqui).

A la vez que me anotaba ese tipo de hazañitas estériles, dirigía una revista de ciencia ficción en una ciudad en la que al principio no vivía. Aunque me vienen a la memoria generalidades y anécdotas de la época, tenía la vaga sensación de que había perdido la noción de muchas de las cosas que escribí ahí, incluso de los relatos que escogí publicar. Hice un repaso hace unos días y, en efecto, me sería posible releer algunos números sin más que un recuerdo superficial de su elaboración, pese a haber supervisado cada coma. Aunque esa era la intención de este texto, ofrecer una valoración honesta de mi trabajo de entonces con la perspectiva de los años, como se verá más adelante no va a poder cumplirse.

A estas alturas, creo que puedo permitirme compartir algunos recuerdos. He sido una persona que cumplió buena parte de sus sueños, eso no puedo quitármelo nadie. A los 25 años empecé a dirigir una revista de ciencia ficción, una de las cosas que más deseaba en el mundo, porque eran mi máximo objeto de veneración. Seguramente ya habrá quedado claro a quien haya seguido estos artículos. Fue una combinación de factores realmente curiosa la que me puso al frente de Gigamesh.

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Ciudad de heridas, de Miguel Córdoba

Ciudad de heridasLa noche en que los perros de Gran Salto empiezan a atacar a sus habitantes, la policía investiga sobre el terreno la muerte de la familia del escritor Damián Mustieles, probablemente a sus manos. Y mientras los detectives recorren la casa, se topan con una serie de extraños acontecimientos. Si cierran la puerta de la habitación donde yacen los cuerpos de sus hijos se escuchan sus voces, y al abrirla de nuevo se encuentran sus cadáveres en una posición diferente. Y el manuscrito en el que estaba trabajando termina teletransportado a casa de un antiguo amigo de adolescencia donde otra escritora, Gabriela Flanagan, se ha refugiado junto a un grupo de escolares. Flanagan, desvelada, inicia la lectura del texto de Mustieles, de un nítido componente autobiográfico. Comienza durante su juventud cuando, junto a tres amigos, encontró unos papeles que anunciaban lo que les deparaba el futuro junto al cadáver de un hombre con chistera y abrigo raído. Folio a folio descubre otros recovecos de una vida atormentada, con diversos episodios de locura, una incontrolable dependencia del alcohol y los ansiolíticos, el apoyo y sufrimiento de su mujer y una carrera profesional en la que destaca una novela que está protagonizada por una escritora también llamada Gabriela. Este cabalgamiento entre planos narrativos, de ficción dentro de algo pretendidamente real donde se encuentran ecos de una base ficcional, es la base de Ciudad de heridas, la primera novela de Miguel Córdoba publicada por El Transbordador. Un narración construido sobre múltiples capas que alientan una serie de lecturas, literarias y metaliterarias, que pueden quedar en cuestión según se vaya avanzando a través de ellas camino de la comprensión.

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Subculturas. El colonizador y los paganos

Slugs

Els ulls passats per aigua / i tornats a posar.
(Los ojos pasados por agua / y vueltos a poner).
Gabriel Ventura

 

Cuando se menciona la subcultura, nada: todo el mundo como si oyera llover. Pocas reacciones despierta lo que ya se preconcibe como algo torpe, como algo irrelevante, y las pocas veces que periodistas y críticos toman la palabra por una obra subcultural es para analizarla en tanto que cosa menor, para interpretarla en un contexto de creatividad renqueante que no puede producir más que obras fallidas, y así pasar, impacientes, a otros asuntos de mayor interés periodístico. El carácter residual de la subcultura parece inevitable. Por eso, a veces, creo que hay que redefinir la palabra hasta que pierda esa acepción peyorativa que tiene; y otras, en cambio, creo que ya está bien que exista una corriente de obras y autores subterránea, ajena a los fastos de la cultura oficial, aislada en su madriguera, pariendo títulos despreciados por no respetar las normas de representación y pensamiento habituales. No deja de ser estimulante, ese desequilibrio.

Si la condición subcultural es vocacional e intencionada, bien: puede ser liberadora y puede que, en las anchuras de sus cauces, encontremos una irreverencia y una libertad que inspiren. Pero si la marginación está impuesta por prejuicios y el poder de los medios, mal: lo subcultural es entonces un terreno disuasorio, de asfixia de la creatividad. Es la consecuencia de un abuso de poder, y todo lo que salga de ahí, de esa intolerancia asumida, estará sentenciado. Ese terreno se convierte, así, en un entorno endogámico y encogido, de autoindulgencia y rencor (se pueden dar estas pasiones como reacción al desprecio institucional, no las menciono como rasgos distintivos ni privativos de la subcultura). No se trata de envidiar las plataformas de la cultura oficial, sino de erigir otras, paralelas, sin el activo rechazo de los medios y la intelligentsia de siempre. Se trata de coexistir entre líneas horizontales.

La subcultura no es el único espacio reservado para quienes no se pliegan ante determinadas exigencias de guion, pero sí está compuesto exclusivamente por quienes no se pliegan. De la subcultura nace lo friki, lo contracultural, lo underground (en etiqueta ya francamente desusada), y cada matiz que aportan esas subdivisiones retrotrae a esa actitud, tan propia de la subcultura, de rechazo a la norma.

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Baxter, de Ken Greenhall

BaxterEl título de esta novela, en español y en inglés (Hell Hound), puede conducir a equívocos. El perro en el centro de la excelente ilustración de Rafael Martín para la cubierta es el motor de su argumento y el único personaje cuya historia se relata en primera persona. Sin embargo, hay a su alrededor toda una serie personas que reciben una atención equivalente. En la práctica, esa equidad convierte Baxter en una novela coral que se beneficia del protagonismo compartido. De hecho, me ayudó a olvidarme de mi mayor tensión al leerlo: a pesar de mis amplias tragaderas para asumir el pacto de ficción, con Baxter me he estrellado con la voz y el tono que Ken Greenhall utiliza para modelar los pensamientos del perro. Una decisión que puede poner en cuestión la suspensión de incredulidad durante toda la lectura.

El primer capítulo no se esconde. En tres páginas Baxter revela su cansancio por las rutinas impuestas por su dueña, una señora entrada en años. Las experimenta como opuestas a lo que entiende por vida. Sus expectativas parecen más afines a las de un joven matrimonio al que espía desde la ventana. Con esto en mente organiza el asesinato de la anciana sin que nadie pueda sospechar de él, y ser adoptado por la pareja. Esta treintena de páginas marcan la estructura del resto del libro: se abre un nuevo escenario en el cual Baxter pasa de la ilusión a la frustración y desencadena una nueva secuencia de acontecimientos que le abren un nuevo planteamiento…

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Los hermanos Vonnegut. Ciencia y ficción en La casa de la magia, de Ginger Strand

Los hermanos VonnegutAsociar Kurt Vonnegut, la Segunda Guerra Mundial y el bombardeo de Dresde es todo uno. Basta conocer un poco su icónico Matadero cinco para ser consciente de la relevancia de este suceso pesadillesco, en su vida y su literatura. Mucho menos conocida es la influencia de su empleo en el servicio de prensa de General Electric. Un desempeño que ocupó a finales de la década de los 40 gracias a la recomendación de su hermano Bernard. Bernard, químico graduado en el MIT, fue contratado por la empresa fundada por Edison para incorporarse al Laboratorio de Investigación de su sede de Schenectady. Bajo la dirección del Nobel Irving Langmuir se convirtió en parte fundamental del proyecto Cirro, una investigación sobre cómo modificar el tiempo atmosférico. Primero a la hora de producir lluvia y modificar el curso de las tormentas y después alterando el clima a gran escala. En los albores de la Guerra Fría, la idea atrajo la atención de unas Fuerzas Armadas de EE.UU. como posible alternativa a la carrera nuclear.

Los hermanos Vonnegut. Ciencia y ficción en La casa de la magia es la biografía de este período en el que Bernard trabajó para General Electric y se llevó a Kurt a Schenectady para proporcionarle una estabilidad laboral hasta ese momento desconocida. Ginger Strand se acerca a sus vidas desde un relato con una estructura casi novelesca: narra en paralelo sus vivencias en Schenectady a través de secuencias de tres o cuatro páginas que sincroniza y encaja en sendos arcos dramáticos. El de Kurt unido a un trabajo aceptado para mantener a su familia mientras buscaba la manera de ganarse las lentejas como escritor; y el de Bernard relacionado con la erosión del sueño de quien comienza a hacer Ciencia por el hecho de hacer Ciencia y choca con la instrumentalización corporativa y la militar.

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Pereda Cebú, de José Luis Moreno-Ruiz

Pereda CebúLa Atenas del norte. Así se refería a sí mismo el mundillo cultural de Santander durante la postguerra. Un caldo de cultivo en el cual se movieron Gerardo Diego, José Luis Hidalgo o Manuel Arce y surgieron o se afianzaron un puñado de iniciativas de diversa entidad, alguna de las cuales ha perdurado hasta la actualidad, caso del embrión de la editorial Santillana (y el grupo PRISA) o la UIMP. Y no había un asomo de humor en la mención. La seriedad detrás del nombre, vista desde estas alturas del siglo XXI, permite todo tipo de valoraciones, de lo más mesurado a lo más… burlesco. Sin embargo, también invita a una cierta comprensión dado el erial en el que Franco convirtió España. Y de ese provincianismo endogámico donde la sección cultural empieza y termina dentro de los límites de la región o, para qué negarlo, la capital de la provincia. La expresión parece haber caído en desuso y un poco en el olvido, pero ciertos modos y comportamientos son inasequibles al paso del tiempo. Sobre ellos arroja José Luis Moreno-Ruiz todo su ácido en Pereda Cebú, una comedia extravagante entre el costumbrismo y la ciencia ficción.

Sí, digo bien ciencia ficción. Aunque su uso podría calificarse de anecdótico, sin el novum que articula la trama sería imposible la sátira y, a través de ella, la deformación de la Cantabria cultural ideadas por Moreno-Ruiz. En este caso, la clonación de José María de Pereda iniciada por una sociedad secreta de entusiastas de La Montaña y su alumbramiento por un vientre de alquiler. Este suceso se conecta con la carrera del protagonista, José Álvarez. Periodista y poeta, Álvarez acepta ser el padre putativo de la criatura cuando el director del diario regional para el que trabaja le propone ascender en el organigrama del medio hasta convertirse en el director de un nuevo suplemento. Un “flamante” dinamizador de la faceta cultural Cantabria con sus estudios sobre figuras locales, canciones montañesas, deportes autóctonos… Ambas facetas, la de padre y la de periodista, se sazonan con los detalles de su turbulenta vida personal, enfrascado en diversas aventuras extramaritales en la que destaca su turbulenta relación con una compañera de trabajo.

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Revolución, de Juan Francisco Ferré

RevoluciónLa transformación de los barrios tradicionales en comunidades dormitorio, con esa edificación más horizontal que vertical, y los procesos de gentrificación de grandes áreas urbanas son dos de las cuestiones esenciales para entender el sentimiento de pertenencia a la llamada clase media. Esa entelequia donde, desde los discursos periodístico y político, casarían tanto los que rondan los 20000 euros brutos al año como los que ingresan más de 60000. Su auge ha sido terreno abonado a cambios sociales e individuales cuyo interés para los escritores de ciencia ficción en España suele aparecer mitigado por las elecciones a la hora de ficcionalizar las pulsiones de nuestros presente. A diferencia de los autores de terror, que sí han explorado este paisaje desde sus recursos estéticos (David Jasso, Santiago Eximeno), el influjo de lo apocalíptico ha sido tan decisivo que el “deseo” de ver arder el mundo ha eclipsado cualquier otra consideración. Aun así se puede encontrar ejemplos incisivos como la recomendable Un minuto antes de la oscuridad, el atractivo espejo donde Ismael Martínez Biurrun capturaba algunos de los colapsos cotidianos de la perpetua crisis social, económica y personal de la última década. O esa distopía de la renuncia que es Mañana cruzaremos el Ganges, de Ekaitz Ortega.

¿Y qué se puede decir de ese futuro de los próximos cinco minutos? Hace un par de años escribía aquí sobre Factbook en la que Diego Sánchez Aguilar desentrañaba las tensiones de esta España post 15M con un vigor digno de una narración más atractiva. Unos meses más tarde nos llegaba este Revolución, de Juan Francisco Ferré, cuyo uso de elementos prospectivos en gran parte de su extensión es tan exiguo como alguna de las últimas novelas de J. G. Ballard. Su novum quedaría básicamente reducido a la creación de una Universidad y todas las infraestructuras necesarias para su funcionamiento alejada de las grandes urbes, en medio de la España vaciada. Un aislamiento para facilitar a los profesores sus labores investigadora y docente, además de otras cuestiones.

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El marciano, de Andy Weir, y Marte, según Drew Goddard y Ridley Scott

Marte

Recupero –adecentado para C–, un antiguo texto sobre la adaptación al cine de El marciano, de Andy Weir, aprovechando que se publica la traducción al castellano de Project Hail Mary, su nueva novela. Parafraseando al Rodrigo Fresán de El fondo del cielo, cuando matizaba que la suya no era una novela de ciencia ficción sino con ciencia ficción, podemos decir que Marte no es una historia sobre el planeta rojo, sobre sus características y potencialidades, sino ubicada en Marte. Nada más. De ciencia ficción tiene poco.

Es tanto el rigor, tanta la ciencia que desprenden las páginas de la novela, que lo imaginado no es un descabellado salto al vacío sino los siguientes pasos, muy documentados, de lo que la ciencia actual permitiría. Weir estudió la realidad de nuestro tiempo, el estado de las ciencias duras, llegó hasta el límite mismo de lo posible, y dio sólo un pasito más. Con eso y, sobre todo, con el sorprendente talento que tiene para la recreación literaria de la personalidad humana, consiguió una de las mejores novelas de ciencia ficción dura de lo que llevamos de siglo.

Artemisa, su siguiente novela (auténticamente soporífera), se centraba demasiado en los supuestos enigmas de una trama de contrabando y sabotaje, de corrupción y crímenes, que no acababa de funcionar: era aburrida y las páginas avanzaban sin gracia, salvo, otra vez, por la imantadora personalidad de su personaje principal, Jazz, que era carismática y chispeante. Weir dio un paso más en sus atrevimientos imaginativos, y así como en su ópera prima, como digo, se empapó de la última ciencia puntera y dio el siguiente paso lógico, autorizado por el conocimiento, respaldado por la empírica ciencia de sus estudios, para orquestar su situación de supervivencia en Marte, en Artemisa se atrevió a crear una sociedad lunar, dando así un buen salto imaginativo con respecto a la realidad contrastable.

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Gótico, de Silvia Moreno-García

GóticoHay muchas cosas que Silvia Moreno-García hace bien en Gótico. La más relevante la sugiere el propio título: ofrece un relato gótico en toda su amplitud. Desarrolla un argumento con una fuerte componente romántica a través de unos personajes y un lugar narrativo que remiten a un imaginario clásico, a los que Moreno-García aporta un cariz contemporáneo que tarda un poco en ganar momentum. De hecho, esta historia de una joven que acude a socorrer a su prima, Catalina, casada con un hombre de origen inglés perteneciente a una familia de rancio abolengo muy venida a menos, quizás sea el mayor disuasor para acercarse a Gótico. Lo atractivo, y lo que me ha llevado a disfrutar de su lectura, es lo que ocurre en los entresijos del arquetipo; la tarea de recreación y resignificación de los elementos que componen la narración, comenzando por el misterio en las entrañas de High Place, la inevitable mansión escenario de la novela.

Cuando la protagonista, Noemí Taboada, llega hasta la pequeña ciudad donde se encuentra el edificio, Moreno-García enfatiza su alejamiento del resto del país donde se encuentra. Por las reglas que operan en su interior, su aislamiento físico en un paisaje montañoso sin infraestructuras dignas de tal nombre, y su traumática historia para la población local. La casa fue levantada sobre una mina de plata explotada por los españoles que vivió un nuevo proceso de colonización cuando una familia británica, los Doyle, se hizo con ella a mediados del siglo XIX. Esta repetición de la jugada, con su abuso de los nativos, es la que cobra relevancia cuando se comenta la extraña plaga padecida durante el Porfiriato, que exterminó a la práctica totalidad de los trabajadores, y la ruina económica ocasionada por la Revolución, y un turbulento suceso familiar cuyos detalles tardan en conocerse. Los Doyle intentan paliar la situación a través del matrimonio del heredero, Virgil, con Catalina, aunque esta aqueja una enfermedad que lleva a Noemí hasta allí; a averiguar qué ocurre con su prima y, necesariamente, resolver el enigma de detrás de High Place.

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Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso

Esta noche arderá el cieloDos de las cosas que siempre encontramos cuando leemos ensayos sobre ciencia ficción, casi como requisito indispensable para su existencia, son: primero, una historia del género, y, segundo, una (titubeante) definición del género. También existe la vertiente historicista del segundo requisito: historiar las distintas, y cambiantes, definiciones que ha tenido la ciencia ficción. Es inevitable. Abramos el libro que abramos, si habla de ciencia ficción, tendremos esos capítulos garantizados. Con Esta noche arderá el cielo, de Emilio Bueso, estamos ante un reto interpretativo que puede obligarnos a recurrir a esas reflexiones que los ensayistas del género han ido sembrando, puntuales, en sus libros: ¿es o no es ciencia ficción? ¿Será terror? ¿Fantasía macabra? Cada uno lo tiene claro a su manera.

Yo digo ciencia ficción, sin duda. Es tan buena que me gustaría adjudicársela al género como prueba de que está cogiendo forma, de que empieza a alzar el vuelo en nuestro idioma. En parte. Pero no sólo: el escenario de la novela es tan postapocalíptico como el de una novela que, esta sí, NO es del género pero coquetea con él: me refiero a Intemperie, de Jesús Carrasco. Bueso está a la altura. Bueso ha dibujado los bosques inhóspitos del Norte de Canadá –escenario original, silvestre, cautivador, “no por real menos imaginario y mitológico”, por decirlo con palabras ferlosianas– como un terreno devorado en el que sólo sobreviven animalillos perdidos, gente desorientada, locos. Son tierras arrasadas, deshumanizadas. Como abandonadas por todo. En este sentido, también se puede considerar directamente apocalíptica, como hace Elia Barceló.

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