Hace unos cuantos años que Elia Barceló logró salir del nicho donde nos movemos un puñado de frikis. Prueba de su llegada a un público más amplio son las numerosas ediciones de sus novelas, viejas y nuevas, donde su nombre aparece más grande que el propio título. Elia ha conseguido que la gente que acude a librerías asocie su nombre a calidad y entretenimiento y no le importe tanto el título o el argumento.
¿O quizá sí le importe? Igualmente, es habitual encontrar en las librerías sus novelas juveniles. Esa franja de edad donde la fantasía y, en menor medida, la ciencia ficción aún es vista como aceptable por los padres que buscan una cosa con páginas para sacar los ojos de sus hijos de la tablet o el teléfono. Sin embargo, las obras puramente de género orientadas a un público adulto, aquellas con las que la autora se bregó en sus inicios, apenas son recuperadas en los mencionados nichos de aficionados nostálgicos por editoriales con ambición pero no demasiados recursos. Consecuencias naturales o Sagrada han visto nuevas publicaciones en los últimos años sin más recorrido que el habitual de otros lanzamientos de ciencia ficción destinada al circuito del fandom. El mundo de Yarek es otra de estas historias que, incluso con el mencionado éxito, no ha disfrutado de una segunda juventud en forma de reedición moderna. De hecho, sería más correcto decir tercera juventud dado que a la primera edición de mediados los noventa le siguió otra una década más tarde.






Siempre me ha resultado curiosa una opinión muy extendida sobre la figura de Michael Moorcock, me refiero a esa imagen de “Moorcock el garbancero”, un tipo capaz de escribirse en dos días una novela sobre torturados antihéroes albinos (que detestaba), para pagar las enormes deudas generadas por la revista New Worlds gracias a su pésima gestión financiera. Sin embargo, y sin negar que pudiera haberse ganado a pulso cierta reputación, la influencia de Moorcock en la ciencia ficción resulta capital; carismático y entusiasta, fue capaz de convencer y animar a diversos autores británicos (y más tarde norteamericanos) para embarcarse en la misión de demoler y transformar la ciencia ficción anglosajona que predominaba en aquella época de mediados/finales de los años cincuenta del s.XX, es decir, una serie de narraciones escritas de la forma más funcional posible, al margen de la modernidad literaria y cultural de su tiempo, en las que héroes positivistas superaban una serie de obstáculos para reafirmar la idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y si no, ya lo arreglaremos gracias a la tecnología (generalización injusta quizá, aunque cuando uno es joven y se rebela contra sus mayores no suele reparar en matices). El resultado fue un movimiento literario conocido como New Wave y su órgano propagandístico, la revista New Worlds, una publicación de papel cochambroso que comenzó distribuyéndose junto a revistas porno, y que, guiada por un afán destructivo y plagado de episodios psicóticos, consumo de drogas, obligaciones familiares desatendidas, acreedores violentos, frustraciones sexuales, caradura sin límites y estrecheces financieras, fue el inicio de un largo camino que, desbrozado por autoras y autores posteriores, ha acabado por convertir a la ciencia ficción en un género lo suficientemente elástico como para albergar todo tipo de inquietudes e intereses temáticos y estéticos, completamente normalizado e integrado tanto en 
