Fracasando por placer (XVI): Selecciones de pequeñas obras maestras Géminis 6. Ed. Géminis, 1968.

Geminis CF

El reciente artículo del propietario de esta casa acerca de una antología de Robert F. Young me abrió la curiosidad por leer «Little Dog Gone», el único cuento con el que consiguió ser finalista del Hugo. Cuando me disponía a ello en inglés, descargando el enlace a un pdf que un amable lector había remitido en los comentarios, se me ocurrió hacer una búsqueda por si estaba en castellano; en particular, porque no me resulta cómodo del todo leer revistas en la tablet, soy así de viejuno. Y en efecto, había una versión, pero también estaba ahí una de las peores noticias posibles: la traducción era de F. Sesén, un nombre que despierta en mí escalofríos, llanto y crujir de dientes.

Como el volumen en cuestión estaba literalmente al alcance de mi mano, la estiré. Y tras leer unas líneas no pude dejarlo; es lo que tienen los confinamientos, que uno se aferra a cualquier pasarratos. Una vez terminado el cuento, me dije: creo que no he leído esta antología. A ver el resto. Es el tipo de caprichos por el que sí hago esta sección irrelevante en vez de leerme las últimas novedades, que fue una obligación que afronté muchos años y ahora no me apetece casi nada. Prefiero que me recomienden, pero encuentro que prácticamente sólo aquí en C hay consejos fiables que no son de amigos que se deben favores o quieren procurárselos, con lo que me pierdo muchas cosas.

Sesén tradujo el relato como «El perrido», porque a lo largo de su carrera profesional hizo cosas mucho peores y tampoco pasó nada. Sin embargo, la versión esta vez resulta legible, lo que me animó a seguir leyendo. Es uno de esos cuentos amables de Young, con elementos «cultos» para lo que es el género, en el que un actor fracasado se reinventa vagabundeando por esos planetas de Dios con una suerte de Lucy Lawless (la de Xena, la princesa guerrera) que se encuentra en un tugurio, así como un perro extraterrestre que se teletransporta. Una muy típica historia de redención, con los bien dosificados detalles emotivos propios del autor, pero que se cae a cachos de convencional en su escenario espacial «far west» y la caracterización muy obvia de los personajes. Sin embargo, entiendo la razón por la que el cuento llamó la atención: el final es realmente inesperado y conmovedor. No es uno de los cinco mejores cuentos de Young que he leído, pero la conclusión es que tampoco puedo darme por decepcionado. El Hugo lo ganó a la postre una cosa de los Dorsai de Gordon Dickson, con lo cual tampoco habría sido raro que se lo dieran. Si bien ese mismo año se publicó algún que otro cuento con mayores méritos, caso de «Playa terminal», de Ballard (ese autor que dibujó nuestro presente y que jamás fue ni siquiera finalista del Hugo), «El hombre en el puente», de Aldiss, o «El collar de Semley», de Le Guin.

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Ecos postapocalípticos

Barcelona vacía

Haciendo memoria, me doy cuenta de la gran cantidad de libros de literatura postapocalíptica que he leído en los últimos años. No es nada extraño, se trata de uno de los subgéneros de la ciencia ficción que más me gustan. Además, su presencia en las librerías de todo el mundo ha sido apabullante durante las dos últimas décadas, imposible de resistir. Ahora que el confinamiento comienza a estar en el recuerdo, me ha parecido interesante hacer un somero comentario sobre los últimos libros de este subgénero que pasaron por mis manos. No quiero cansar a nadie, así que solo van a ser tres; no deseo hacer una lista de grandes recomendaciones, que ya se han visto demasiadas en los grandes medios, sino significar brevemente la poca conciliación que suele darse entre la ficción literaria y la realidad. Aunque, para qué voy a mentir, estas lecturas son apetecibles sin necesidad de utilizar subterfugios, por sí mismas. Confieso que soy un lector más bien de contraste, de los que prefieren leer aventuras en los mares del sur durante el invierno y relatos polares en verano, pero creo que la excepcionalidad de la situación que vivimos durante cien días y que aún sufre gran parte del planeta bien merece saltarse la norma, y que, por pura catarsis o por identificación escapista, también es sugerente leer ahora historias enmarcadas en escenarios tan singulares (y fascinantes si logramos abstraernos de lo trágico) como el que se ha extendido los últimos meses más allá de nuestras ventanas y hacia el futuro. Lo cierto es que jamás ha habido una atmósfera más propicia para sumergirse en este tipo de lecturas. Los libros son La ciudad, poco después, de Pat Murphy; La muerte de la hierba, de John Christopher y La sequía, de J. G. Ballard.

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Las trampas del relato breve

RegresoTomo, como ejemplo de esas trampas que nos deja a veces la escritura, un cuento de Theodore Sturgeon, y por tanto como la excepción de una obra, como la puntual bajada de atención ante unos retos invisibles, y no como la norma. Menos conocido que Philip K. Dick o Ray Bradbury, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke (por citar las luminarias de siempre), Theodore Sturgeon, como cuentista y novelista, ocupa un lugar destacado dentro del género. Fuera de él, no. Qué tiene que ocurrir para que esto cambie es algo que aún no sé. Un primer paso podría haber sido el hecho de que Kurt Vonnegut lo tuviera siempre como uno de sus referentes confesos, y de que su ubicuo personaje Kilgore Trout estuviera inspirado en él, pero por algún motivo no fue así. Nuevas traducciones en ediciones bonitas, reseñas positivas en los principales suplementos, escritores de renombre confesando su secreta admiración por su obra seguramente serían una solución eficaz. Pero quién sabe.

De todos modos, y reconocimiento público aparte, yendo al título de esta entrada, he encontrado en el cuento “Special Aptitude”/”Espacial aptitud”, del libro A Way Home / Regreso (1955) algunos detalles que nunca había visto en sus otros escritos, que afean el conjunto del texto. Estamos a punto de entrar en el siglo XXIV y el narrador del cuento confiesa que su voto para “El hombre del siglo” irá para el capitán de la nave que le llevó, sesenta años atrás, a recoger minerales a Venus. Miembros de expediciones anteriores habían descubierto que estos minerales eran el mejor combustible para la Tierra, el más ecológico y barato, y también, cómo no, descubrieron que Venus estaba habitada por unos seres humanoides pero horribles. (Como decir “horribles” es como no decir nada, aclaro que, al decirlo, me refiero a que tienen escamas verdes, son muchos más altos que los seres humanos y que de sus colmillos cuelgan densas ristras de babas opacas). De ahí la presencia de militares en la expedición que rememora el narrador. Hasta aquí todo bien.

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Breve Historia de la ciencia ficción, de Luis E. Íñigo Fernández

Breve historia de la ciencia ficciónInquieta un poco ver la cantidad de libros que ha escrito Luis E. Íñigo Fernández sobre España. Tanto, que casi parece que quiera competir con Sánchez Dragó. Pero el caso es que Fernández, aparte de sobre España, ha escrito, o publicó a finales de 2017, una Historia de la ciencia ficción. ¿Una más? No exactamente: esta Breve Historia de la ciencia ficción es de las –aún a día de hoy– pocas incursiones –¡es que necesitamos más, queremos más!– del ensayismo literario español en la ciencia ficción. El libro forma parte de esta colección de obras divulgativas que comparten el mismo inicio de título: “Breve Historia de…”, ideada por la editorial Nowtilus hace ya algunos años. No siempre, como es el caso que nos ocupa, son tan breves. Cuando aparece un ensayo sobre ciencia ficción escrito directamente en castellano, tenemos motivos, por la infrecuencia con la que aparecen, para estar contentos y agradecidos. Más si aportan alguna novedad, como es el caso.

Fernández hace un repaso meticuloso a los textos arcanos de la protociencia ficción. Las Historias del género siempre tienden a mirar con muy buenos ojos a los precursores, a los pioneros de nuestro imaginario actual, viendo ciencia ficción donde hay fantasía o folklore, cuando, en general, los antecedentes suelen serlo por accidente, más que por voluntad. El repaso sirve para que el lector se haga una composición de lugar muy completa, para que identifique el caldo de cultivo del que surge la ciencia ficción tal como la entendemos hoy. Se atreve, también, con una definición propia, ponderada, del género, después de sentenciar que la ciencia ficción es, “ante todo, especulación”; su definición es larga y la dejo para los curiosos, pero citaré un fragmento inesperado: “la ciencia ficción es arte y, como todos los tipos de arte, tiene como origen y como destinatario al ser humano, y como intención última conmover su espíritu”. Siempre es muy escurridizo tratar de definir la ciencia ficción, y requiere un gran esfuerzo pensarla en su totalidad, pero Fernández se aparta aquí de la definición objetiva, académica, que suele aparecer en la crítica de ciencia ficción, y aporta esta visión más sentimental y verdadera.

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Fracasando por placer (XV): Antología de novelas de Anticipación XIX. Ediciones Acervo, 1973

Antología de novelas de anticipación

Acervo fue durante una década larga el referente principal del comprador de libros de ciencia ficción en España. El fichaje de Domingo Santos como asesor/traductor llevó a que esta pequeña editorial barcelonesa, que empezó con la publicación de antologías, pasara a publicar novelas de cf: títulos tan significativos en la historia del género como Dune, Todos sobre Zanzíbar o La luna es una cruel amante, en sus primeras traducciones.

La positiva experiencia de las antologías caras, de la que ya hablé hace unos meses, le había enseñado a Acervo que podía correr el riesgo de publicar volúmenes gruesos y caros en tapa dura. Se convirtieron durante un tiempo en una suerte de santo grial de los aficionados. Cuando yo, con quince años, fui por primera vez a una librería del centro de Madrid a buscar libros de cf (hasta entonces, me alimentaba de la biblioteca y de los Bruguera o Ultramar que llegaban a los kioscos del barrio), quedé fascinado por esos gruesos volúmenes de precios inalcanzables, cercanos a las mil pesetas; los autores de los que había leído cuentos sueltos que me habían fascinado (Niven, Brunner, Dick) tenían novelas enteras a las que algún día quizá podría llegar a acceder, como a las de Asimov o Clarke. En la posguerra, según nos transmitió el cine español de los noventa, se entró en la madurez viéndole los pechos por una rendija del pajar a Maribel Verdú; yo creo que uno de mis momentos de acceso a la edad adulta en los ochenta fue acariciar, con la sensación de que jamás podrían llegar a ser míos, aquellos librotes cuyo diseño hoy me parece tan tosco y entonces encontré el súmmum de la sofisticación.

La relación de Acervo y Domingo Santos se fue deteriorando por impagos y detalles feos numerosos; al parecer, la señora Ana María Perales, que quedó dueña del lugar, era una dictadora de tomo y lomo. Luego llevó esa teoría a campos más prácticos dedicándose a la publicación de textos de veteranos nazis o simpatizantes, notablemente el militar-aventurero Otto Skorzeny. En cf, una vez que se marchó Santos, se limitaron a comprar lo que salía como lo más vendido en las listas de Locus. Pero la progresiva mala distribución, unas portadas que ya iban más allá de lo feo para adentrarse en lo grotesco y el desinterés por entonces del lector español por la fantasía hizo que autores como Stephen Donaldson, Terry Brooks o Anne McCaffrey, de grandes ventas fuera, nunca terminaran de cuajar aquí. El que sean bastante malos (bueno, démosle un aprobado a McCaffrey) igual también tuvo que ver. Pero otros muchos escritores malos han arraigado, así que quién sabe.

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Nación Vacuna, de Fernanda García Lao

Nación VacunaA poco que se bucee en C, es fácil averiguar qué editoriales me resultan más interesantes. Una de las que acumula comentarios de un par de años para acá es Candaya. Me atrae la doble línea en la que está explorando el terror (Mónica Ojeda, Solange Rodríguez) o el territorio entre la distopía y lo apocalíptico. Es cierto, ambas satisfacen una demanda del mercado que, en el segundo caso, lleva una década con sobreabundancia de títulos. Sin embargo esta pequeña editorial catalana se caracteriza por dar cabida a visiones genuinas, casi siempre alejadas de las recetas del thriller todoterreno. Entre los libros aparecidos este tortuoso 2020 solo he podido leer Nación Vacuna, y apenas la veo unos pasos por detrás de la categoría “recomendable sin temor a duda alguna” (Mandíbula). He disfrutado y sufrido con la manera mediante la cual Fernanda García Lao se distancia de los interruptores dominantes a la hora de caracterizar una distopía, la represión y/o la rebelión, para zambullirse en un operador más excepcional: la depresión.

Nación Vacuna recoge el testimonio del funcionario Jacinto Cifuentes. En primera persona y en presente, Cifuentes desnuda el sometimiento a la Junta militar de su país, una Argentina anonimizada. Esa entrega cobra cuerpo a través de su participación en un proyecto demencial: la colonización de las islas M. después de que el triunfo se convirtiera en tragedia; las tropas invasoras sucumbieron a una enfermedad dejada por su enemigo a modo de “recompensa”. Los primeros capítulos se detienen en el proceso en el cual una serie de mujeres atraviesan una serie de tests y análisis psicológicos para determinar quiénes viajarán hasta las M. Como una vacuna biológica para el mal pero, también, con la misión de transformarse en las madres de una nueva generación de habitantes. Este artefacto sustancia la megalomanía de la dictadura y, a la postre, la entrega del resto de una ciudadanía transfigurada en el ganado ideal. Su vida es servidumbre prácticamente sin fisuras.

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La ciudad y las estrellas, de Arthur C. Clarke

La ciudad y las estrellasAún conservo un papelito lleno de dobleces con un puñado de títulos extraídos de las listas de Barceló y Pringle para peinar las librerías. Entre ellos estaba La ciudad y las estrellas, novela que no pude conseguir hasta los tiempos de Cyberdark (2002 o 2003). El ejemplar de Nebulae Segunda Época acumuló polvo en la estantería esperando su oportunidad… una década. Un día me puse a leerlo y con la conjunción de mi exquisitez y mi creciente presbicia ya no estaba para tal esfuerzo. Lo reemplacé por la entonces reciente edición de Alamut, con una nueva traducción y un breve estudio de Julián Díez, y ahí se quedó hasta hace unas semanas, cuando el confinamiento me ha empujado hacia un puñado de clásicos. No tantos como me hubiera gustado. La coyuntura tampoco ha supuesto más tiempo de lectura por todo lo asociado al nuevo purgatorio del profesorado: sacar adelante un alumnado y unas familias entrenados en modelos presenciales. Pero ese es otro asunto.

Desde luego, llegar a este libro con 45 tacos y bastantes imaginarias a las espaldas no parecen las mejores condiciones. Más cuando me cuesta apreciar al Clarke novelista: son sus peores textos los que prevalecen en mi recuerdo. Tampoco puedo decir que las primeras páginas de La ciudad y las estrellas me hayan ablandado la mirada. En las correrías del joven Alvin por las calles y edificios de Diaspar no podía dejar de ver una versión juvenil de Titus Groan pasada por un rotoscopio con prisas. Donde en Peake observo un trazo detallado, barroco, repleto de personajes matizados, en Clarke veo un despertar a la realidad menos sugerente, en un entorno y con unos personajes más acartonados.

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Hija de Legbara, de Nalo Hopkinson

Hija de LegbaraPasó mucho tiempo desde que Hija de Legbara llegara a mis manos hasta que me animé a hincarle el diente. Su autora, la jamaicana Nalo Hopkinson, ganó el premio John W. Campbell (ahora renombrado Astounding) a la mejor escritora novel en 1999, año de publicación original de la obra. La novela fue, además, galardonada con el Locus. Y, por si eso fuera poco, las (escasas) referencias que me habían llegado de ella eran buenas. Sin embargo, uno de mis muchos defectos es que tiendo a juzgar los libros por su portada. La de este en cuestión (los colores llamativos, la composición, esa gigantesca cara demoniaca flotando en el cielo con aspecto de estar a punto de ponerse a lanzar rayos por los ojos) gritaba “no me leas” a pleno pulmón, y eso que el autor de la ilustración, Juan Alberto Hernández, es responsable de varias de las cubiertas más potentes y sugestivas que he visto en los últimos años.

Otra cosa que tampoco me llamaba en absoluto la atención era el título. Me sorprendió comprobar después que el libro se llama originalmente en inglés Brown Girl in the Ring (como la canción de Boney M. que, si habéis escuchado alguna vez, oiréis en vuestra cabeza sin remedio a partir de este momento y durante lo que queda de día) y que Hija de Legbara es, de hecho, un pequeño destripe similar al que perpetraron los que decidieron comercializar en España Rose Mary’s Baby como La semilla del diablo.

Pero todo esto es peccata minuta. Si me estoy extendiendo tanto en el “envoltorio” de esta obra situada a caballo entre la ciencia ficción, la fantasía y el terror, es únicamente para evitar que aquellos que compartan mis gustos y prejuicios librescos dejen sin leer esta novela, como yo misma estuve a punto de hacer. Porque Hija de Legbara es una historia divertidísima y refrescante, bien rematada, con personajes sólidos (el mismísimo Junot Díaz alaba, en el blurb de la contraportada —y con razón— los personajes femeninos de Hopkinson) y una ambientación fascinante. Los diálogos están escritos de forma que reflejan la dicción caribeña de los personajes, lo que planteaba a la edición en español un reto añadido del que las traductoras (Arrate Hidalgo Sánchez y Maielis González Fernández) consiguen salir airosas: la lectura es muy fluida y los diálogos, en particular, son una delicia.

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La brigada de luz, de Kameron Hurley

La brigada de luzHace tres meses escribía sobre Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, y la esmerada labor de Stuart Turton sobre su trama; una novela trazada en una pared, situando una línea temporal de varios metros de largo con una pléyade de personajes y sucesos conectados por una multitud de hilos para marcar el curso de una narración plagada de saltos adelante y atrás para dar forma a un particular continuo espacio-tiempo. Ahora mismo no se me ocurre mejor imagen para comenzar a escribir sobre La brigada de luz, la última novela traducida de Kameron Hurley. Supongo que para alejarme en un primer momento (después será inevitable) del gran lugar común a la hora de referenciarla: Tropas del espacio y la ciencia ficción militarista estadounidense. El recurso al viaje temporal se encuentra tan impreso en su ADN que en esta reseña voy a romper el tabú de entrar en temas de argumento más allá de lo superficial. Avisados quedan si tienen intención de saltar al siguiente párrafo.

Porque además de hablar de Tropas del espacio, La guerra interminable y La vieja guardia, hay otras historias de Robert Heinlein que merece la pena encuadrar en la reseña: Puerta al verano, “Por sus propios medios” y, sobremanera, “Todos vosotros zombis”. La brigada de luz se constituye como un gigantesca secuencia causal en la que el narrador termina atrapado. En principio condenado a experimentar una serie de sucesos desperdigados en el tiempo y en el espacio para, llegado un grado de comprensión, convertirse en el motor de sus decisiones en un momento donde la frontera entre predestinación y libre albedrío termina difuminándose. Este aparente giro no solo no supone un recurso injustificado sino que se realimenta con la historia bélica hasta el punto de convertirse en parte sustancial del novum de la historia.

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Dudo Errante, de Russell Hoban

Dudo ErranteDudo Errante, de Russell Hoban, rebosa tantas ideas, transpira tanta imagen, que no cuesta mucho encontrarle pasadizos con obras anteriores como El señor de las moscas, o con textos muy posteriores, como las novelas del nunca demasiado citado Rafael Pinedo. Considerada la obra maestra de Hoban, Dudo Errante nos traslada a un mundo dos mil años en el futuro, el 4 mil de nuestra era, en el que lo único que queda de nosotros como especie, como migaja identificable, son nuestros errores, nuestra necedad y nuestra violencia. No es, de todos modos, una novela de argumento; es una novela de atmósfera, de fogonazos visuales y, sobre todo, de lenguaje. No en un sentido intelectualoide en el que Hoban despliegue sus tesis o ideas; ‘de lenguaje’ porque aquí el lenguaje es la realidad. Las palabras de ese mundo futuro son como cascotes de un edificio en ruinas; nos servirían para saber que ese edificio cayó, pero no para reconstruirlo. Lo que David Pringle llamó “una historia sencilla, copiosamente enriquecida por ingeniosos juegos de palabras y toques de misticismo”, se quedó, me temo, muy corto.

El grado de primitivismo en el que chapotean, ahora, en el 4 mil y pico, estos humanos asilvestrados y babeantes, es tal que el canibalismo y la neosuperchería campan a sus anchas. Lo que queda de la humanidad es, a la humanidad original, lo que ese lenguaje deteriorado de Dudo Errante es al lenguaje pre-devastación nuclear. No es Hoban suponiendo lo que sería el habla involucionada de los supervivientes postapocalípticos: es Dudo, el personaje, el que escribe y por tanto el que se despliega con total naturalidad en ese lenguaje, en esa nueva normalidad que reina en su día, y así nos llega más hondamente el calado de su fracaso. El lenguaje es un mundo en sí mismo (en esta novela), y Dudo Errante es, también, su lenguaje. Un sistema cerrado, autoconclusivo, de referentes atroces; es una parte más del mundo roto; un lenguaje pulverizado por las explosiones atómicas de hace dos mil años, y así, como herramienta de conocimiento de la realidad y de autodesarrollo, se demuestra roma e ineficaz. Pero también y por otra parte es un lenguaje que aún contiene visibles rastros de belleza: “(…) se tratava simplemente de su aullido i de la negrura del perro en el sonido de la lluuia gris al caer”. Así escribe Dudo. No en inglés sino en postapocalíptico.

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