La primera vez que vi un fantasma, de Solange Rodríguez Pappe

La primera vez que vi un fantasmaIncluso aunque los cuentos recogidos en La primera vez que vi un fantasma pertenecieran a ese tipo de historias entretenidillas, pero familiares y trilladas, que te dejan con la sensación de haberlas oído antes en alguna parte, merecería la pena leer esta antología. Sí, así de bien escribe Solange Rodríguez Pappe (Ecuador, 1976). Su prosa tiene carácter y está dotada de una fuerza, una sutileza y una capacidad de evocación que la sitúan a medio camino entre la poesía y el puñetazo en la boca estómago. Pero, si el envase es excelente, el contenido no se queda, en este caso, atrás. Sus tramas te atrapan, juegan contigo, te mastican y te escupen para acabar dejándote, en la mayor parte de los casos, con el cuerpo del revés. O, por ir directamente al grano: La primera vez que vi un fantasma es una antología sobresaliente e inusual.

El libro está integrado por quince relatos, varios de los cuales no superan las dos páginas de extensión. Ni falta que les hace, gracias a la capacidad de su autora para hipnotizar al lector desde el primer párrafo y dotar de profundidad y voz propia a sus personajes con apenas un par de pinceladas. Aunque la mayor parte de sus historias tienen elementos que las podrían situar en el ámbito de la literatura de terror (también en el de la ciencia ficción, en el caso de un par de ellas), los cuentos de Rodríguez Pappe trascienden de alguna manera las fronteras del género, en el sentido de que no creo que el objetivo principal de sus narraciones sea causar inquietud, sino que esa sensación que provocan no es más que, por así decirlo, un efecto secundario del estilo de la autora. Salvo un par de relatos más “convencionales” (como «Un paseo de domingo», una historia cortísima con aroma a Shirley Jackson ambientado en unos grandes almacenes, o «El atanudos», un cuento confeccionado con escuadra y cartabón que recuerda al Stephen King de El umbral de la noche), el elemento terrorífico o perturbador es más bien atmosférico y a menudo («Funeral doméstico», «Conversación de los amantes») incluso difícil de determinar con precisión.

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Factbook. El libro de los hechos, de Diego Sánchez Aguilar

Factbook El libro de los hechosLas novelas que exploran las consecuencias de la crisis, las políticas de austeridad y la desregulación, las tensiones en una sociedad quebrada bajo el peso de la precariedad, se acumulan. Entre ellas gana presencia el 15M, un fenómeno entrelazado con todo lo anterior pero con entidad propia. La desafección hacia los partidos tradicionales, asociada a las dificultades del sistema del 78, afianza su protagonismo no sólo como caldo de cultivo para la distopía o lo preapocalíptico. El puente entre la política y las cuestiones económicas y sociales acrecienta su peso en ficciones donde el thriller y la acción no son los pilares fundamentales del argumento. Ése es el motivo por el cual Factbook me resultó a priori tan atractiva. Bucea en el antes y después de esa fecha icónica para alumbrar las entrañas de esta España en tránsito hacia su primer cuarto de siglo XXI.

En sus páginas, Diego Sánchez Aguilar se sirve de un lenguaje cercano a la literatura prospectiva y se desplaza por terrenos aledaños. Sin embargo se mantiene la mayor parte de su extensión en unos pagos más próximos al realismo de tintes sociales. Así, uno de los tres hilos que entrecruza en al estructura de Factbook cuenta cómo Gustavo, un guionista televisivo, está a la espera de ser congelado para, supuestamente, ser despertado en algún momento del futuro lejano. Encerrado en un cochambroso resort junto al Mar Menor, redacta sus recuerdos en un ejercicio de autoexploración necesario para iluminar cómo ha llegado hasta ese punto. Aunque no existe una certeza absoluta, capítulo tras capítulo queda patente su participación en una charada. Nadie va a «despertarles» del letargo ni a él ni al resto de «pacientes» porque cuando se les aplique el proceso morirán. El ritual enmascara un suicidio asistido, tolerado a modo de eutanasia como si el protagonista de «La ida» de Silverberg se hubiera cansado de su vida después de apenas cuatro décadas.

La existencia de una empresa así, la conformidad de la clientela, es una de las situaciones cercanas a la ciencia ficción presentes en Factbook. Equivalente al triunfo en unas elecciones generales, sin espacio para gobernar, de un partido surgido del 15M. No obstante el peso de estos elementos es mínimo, un McGuffin venial ideado para dar pie al inmisericorde repaso de la España de esta década, sin voluntad especuladora ni siquiera de los próximos 5 minutos. Como se observa en los fragmentos dedicados en Gustavo, son su adolescencia, sus estudios universitarios, la relación con su familia, su tiempo de diletante mantenido en la capital, el quid de un retrato dominado por un estado de ánimo entre el cinismo, el hedonismo y el narcisismo de quien medra y sale adelante sin preocuparse por lo que queda atrás.

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Mandíbula, de Mónica Ojeda

«¿Qué es lo que pasa cuando vemos algo blanco?», le preguntó Annelise a Fernanda sin esperar respuesta. «Que sabemos que se va a manchar»

MandíbulaEste brevísimo fragmento resume como pocos el leit motiv de Mandíbula, una siniestra novela en la que Mónica Ojeda escarba en las inseguridades y miedos de la adolescencia. Esos años de certezas resquebrajádonse y de nuevos valores abriéndose paso, impulsados por una educación que actúa por varias vías. El resultado conduce a una abracadabrante xenogénesis desencadenada por un entorno ciego, insensible a las consecuencias de su acción sobre esa personalidad extremadamente plástica. Este terreno, ya de por sí atractivo, viene en Mandíbula acompañado de una característica que imprime un jugoso amargor: cómo el relato se apoya en lo cotidiano para acariciar el horror cósmico, sin llegar a penetrar en los transitados caminos de lo preternatural y lo ominoso. Unos adjetivos que, de tan manoseados, han perdido resonancia y parte de su sentido.

Ya desde su estructura, Ojeda se muestra perspicaz. Huye del relato cronológico para acudir a una sucesión de textos enhebrados con ingenio. Las entrevistas de una joven con su psicólogo, breves diálogos entre dos adolescentes, un ensayo escrito por una alumna… se integran entre una terna de narraciones más convencionales. En la primera, en una cabaña perdida en las afueras de una ciudad ecuatoriana, una estudiante ha sido atada a una silla por su profesora. En las otros dos se rememoran las historias que propician ese trágico acontecimiento: la de Clara, la profesora de literatura que sufrió un asalto unos meses antes y ha terminado perpetrando un acto semejante; y la de Fernanda y sus compañeras de un colegio del Opus, entregadas a las exploraciones habituales de su edad sin complejos, con amplias exhibiciones de falta de empatía y desprecio por cualquier autoridad.

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