Ciertos libros se me atragantan y termino enemistado, con ellos y sus autores. En C hay muestras de ello (¡hola, Kim Stanley Robinson!), y algo así me sucedió con Connie Willis y Por no mencionar al perro. Después de disfrutar de varios cuentos, las dos novelas cortas incluidas en Remake y sufrir (en el mejor sentido de la palabra) con El día del juicio final, tropecé con el premio Hugo de 1999; una comedia muy alargada que abandoné antes de terminar. Así, otros libros suyos se quedaron en la estantería y… hasta hoy. Mi deuda más evidente con Willis era Oveja mansa. Sobre todo porque cerraba la lista de mejores novelas de ciencia ficción realizada por un grupo de críticos capitaneado por Julián Díez para La Factoría de Ideas. Supongo que veinte años más tarde ya estaba maduro para deshacerme de estas líneas rojas y apreciarla. Además Willis pone de su parte con una extensión muy ajustada a su contenido para urdir una comedia alocada a la mayor gloria de clásicos del cine como Sucedió una noche, Primera plana o La fiera de mi niña.
Oveja mansa se centra en una serie de ideas alineadas con su argumento y su estructura: concretamente la investigación en entornos dependientes de la financiación privada en dos campos a priori sin conexión: las modas, sus posibles orígenes y cómo gobiernan nuestras vidas; y la teoría del caos. Ambos ejes se convierten en parte fundamental del propio relato, algo particularmente visible en el último ámbito. Toda la trama se construye como un caso práctico de la teoría del caos. Willis convierte las relaciones humanas y sus consecuencias en un atractor narrativo; uno de los escasos ejemplos que tenemos de ciencia convertida en algo más que un elemento del argumento. Además hay una parte especulativa sobre las modas que postulan Oveja mansa como una novela de ciencia ficción.








Siempre me ha resultado curiosa una opinión muy extendida sobre la figura de Michael Moorcock, me refiero a esa imagen de “Moorcock el garbancero”, un tipo capaz de escribirse en dos días una novela sobre torturados antihéroes albinos (que detestaba), para pagar las enormes deudas generadas por la revista New Worlds gracias a su pésima gestión financiera. Sin embargo, y sin negar que pudiera haberse ganado a pulso cierta reputación, la influencia de Moorcock en la ciencia ficción resulta capital; carismático y entusiasta, fue capaz de convencer y animar a diversos autores británicos (y más tarde norteamericanos) para embarcarse en la misión de demoler y transformar la ciencia ficción anglosajona que predominaba en aquella época de mediados/finales de los años cincuenta del s.XX, es decir, una serie de narraciones escritas de la forma más funcional posible, al margen de la modernidad literaria y cultural de su tiempo, en las que héroes positivistas superaban una serie de obstáculos para reafirmar la idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y si no, ya lo arreglaremos gracias a la tecnología (generalización injusta quizá, aunque cuando uno es joven y se rebela contra sus mayores no suele reparar en matices). El resultado fue un movimiento literario conocido como New Wave y su órgano propagandístico, la revista New Worlds, una publicación de papel cochambroso que comenzó distribuyéndose junto a revistas porno, y que, guiada por un afán destructivo y plagado de episodios psicóticos, consumo de drogas, obligaciones familiares desatendidas, acreedores violentos, frustraciones sexuales, caradura sin límites y estrecheces financieras, fue el inicio de un largo camino que, desbrozado por autoras y autores posteriores, ha acabado por convertir a la ciencia ficción en un género lo suficientemente elástico como para albergar todo tipo de inquietudes e intereses temáticos y estéticos, completamente normalizado e integrado tanto en