“¿Qué es lo que pasa cuando vemos algo blanco?”, le preguntó Annelise a Fernanda sin esperar respuesta. “Que sabemos que se va a manchar”
Este brevísimo fragmento resume como pocos el leit motiv de Mandíbula, una siniestra novela en la que Mónica Ojeda escarba en las inseguridades y miedos de la adolescencia. Esos años de certezas resquebrajádonse y de nuevos valores abriéndose paso, impulsados por una educación que actúa por varias vías. El resultado conduce a una abracadabrante xenogénesis desencadenada por un entorno ciego, insensible a las consecuencias de su acción sobre esa personalidad extremadamente plástica. Este terreno, ya de por sí atractivo, viene en Mandíbula acompañado de una característica que imprime un jugoso amargor: cómo el relato se apoya en lo cotidiano para acariciar el horror cósmico, sin llegar a penetrar en los transitados caminos de lo preternatural y lo ominoso. Unos adjetivos que, de tan manoseados, han perdido resonancia y parte de su sentido.
Ya desde su estructura, Ojeda se muestra perspicaz. Huye del relato cronológico para acudir a una sucesión de textos enhebrados con ingenio. Las entrevistas de una joven con su psicólogo, breves diálogos entre dos adolescentes, un ensayo escrito por una alumna… se integran entre una terna de narraciones más convencionales. En la primera, en una cabaña perdida en las afueras de una ciudad ecuatoriana, una estudiante ha sido atada a una silla por su profesora. En las otros dos se rememoran las historias que propician ese trágico acontecimiento: la de Clara, la profesora de literatura que sufrió un asalto unos meses antes y ha terminado perpetrando un acto semejante; y la de Fernanda y sus compañeras de un colegio del Opus, entregadas a las exploraciones habituales de su edad sin complejos, con amplias exhibiciones de falta de empatía y desprecio por cualquier autoridad.
Confieso que cometí el error de ver El exorcista, la cinta seminal del subgénero de posesiones y familias amenazadas por entes diabólicos infernales, ya con veintimuchos y en plan listillo, así que he de reconocer que el relato de unos señores mayores fuertemente armados con rosarios, cruces, agua bendita y el Tubular Bells, enfrentándose a las gamberradas de un demonio que parecía un secundario de Desmadre a la americana o Los incorregibles albóndigas, no sólo no me impresionó demasiado, sino que además acabó por hacerme reír, convencido de que, muy probablemente, la película había sido generosamente financiada por el Vaticano. Visto ahora con la distancia y la serenidad de espíritu que da la vejez, es muy probable que la intención de William Friedkin fuese presentar de forma irónica el venerable relato que alimenta este subgénero; el de la autoridad divina y solar metiendo en vereda al impulso sexual femenino, libre y torrencial, que, sin la pertinente represión, amenazaría con sumir en el caos y la anarquía el orden social. Y es que si el género de terror anglosajón es, en general, y con excepciones, conservador en lo ideológico, este subgénero de posesiones, heredero moderno de la literatura gótica, es ya el epítome de los valores de la Iglesia y la reacción norteamericana; familias de bien amenazadas por demonios del averno que intentan subvertir el sagrado orden áureo familiar a base de tacos, gruñidos de death metal, chorreones de sangre menstrual y vómitos de colores. Algo que debió llamar la atención de Paul Tremblay, a quien imagino lanzándose a escribir