Ascensión, de Tom Perrotta

AscensiónNo me habría acercado a Ascensión si no fuera por The Leftovers, la serie escrita por Damon Lindelof para la HBO a partir de esta novela de Tom Perrotta. Un tenso relato polisémico con la religión y la búsqueda de sentido a las contrariedades de la vida como centro de su circo de tres pistas. Y si he seguido con él hasta prácticamente el final ha sido por encontrar alguna razón que explicara el por qué de su adaptación televisiva. Una pregunta para la cual apenas tengo una respuesta: partiendo de una idea magnífica, Lindelof tenía claro cómo conseguir tensión narrativa e imprimir angustia donde Perrotta sólo muestra un arsenal de carencias.

Desde sus primeras páginas Perrotta intenta escribir una historia a lo Stephen King con el pie apretando el freno, con una pequeña comunidad enfrentada a un acontecimiento sobrenatural que, supuestamente, debería liberar tensiones acumuladas durante años. El elemento fantástico está muy contenido, no hay la menor intención de explicar qué hay detrás, y todo se fía a describir la rutina cotidiana de sus personajes tras proporcionar dosis brutales de rohypnol; tanto que cualquier posible conflicto expuesto exhibe la intensidad de un perezoso en pleno ataque de furia.

Sigue leyendo

El laberinto de la Luna, de Algis Budrys

El laberinto de la lunaEl laberinto de la Luna pertenece a uno de los subgéneros más atractivos de la ciencia ficción, al menos para mí: el de “hemos encontrado un sitio extraterrestre que ni idea de cómo va”. Más concretamente, a la línea “y, además, ojito que da calambre”. El ejemplo más conocido de esta temática es sin duda Picnic extraterrestre, la obra maestra de los Strugatski, y otras novelas memorables al respecto son Pórtico, de Frederik Pohl, o El hombre en el laberinto, de Robert Silverberg. Hay sentido de la maravilla en dosis puras tanto en el concepto de lo incognoscible de una inteligencia extraterrestre como en la ejecución del tema por parte de estos maestros.

Budrys pasó por allí antes. Esta novela es de 1960, y resulta tremendamente moderna en cuanto a su esquema y conclusión. No habrá las lamentables concesiones que Pohl llevó a cabo en las sucesivas continuaciones de Pórtico, los cada vez menos apreciables volúmenes de la Saga de los Heechees. Aquí tendremos un habitáculo extraterrestre (no un laberinto: los problemas en la traducción empiezan por el mismo título) cuyo misterio quedará abierto. Un lugar que se empeña en matar a la gente que entra en él de formas totalmente caprichosas.

Sigue leyendo

The Peripheral, de William Gibson

The PeripheralComo todo lector de bien, cuando supe que The Peripheral, la última novela de William Gibson, estaría ambientada en el FUTURO se me subió el hype por las nubes, babeando como un perro de Pavlov ante la palabrita mágica de marras. Resultaba además una decisión intrigante, si Gibson había abandonado la ciencia ficción en Mundo espejo porque ya resultaba innecesaria para analizar un mundo que ya parecía de cf, ¿qué le empujaba a especular sobre el futuro de nuevo? Pero sobre todo, lo que más me intrigaba era si Gibson recuperaría algo del crédito perdido con las dos últimas novelas del ciclo de Blue Ant. Confieso que, como persona que aún no se ha repuesto de la lectura de Neuromante hace ya más de veinticinco años, deseaba que así fuera. Lamentablemente, Gibson ha regresado al género con sus defectos y virtudes fuertemente acentuados y los últimos no han podido hacer que olvidara los primeros.

Sigue leyendo

La fuerza de su mirada, de Tim Powers

La fuerza de su miradaAunque Tim Powers parecía haber encontrado su fórmula con la escritura de novelas en las que mezclaba fantasía e Historia (Esencia oscura y el asedio de Viena por los turcos, Las puertas de Anubis y el Londres de comienzos del XIX, En costas extrañas y el Caribe de la piratería), no fue hasta la publicación de La fuerza de su mirada cuando marcó el máximo grado de integración entre ambas. Hasta entonces la Historia había sido simplemente el lugar donde situar esas ficciones; alocadas, sin buscar una conexión decisiva entre ambas salvo en momentos puntuales. Por contra, en La fuerza de su mirada los hechos históricos en todo momento se supeditan a la ficción fantástica hasta el punto que resulta imposible desligar ambas facetas; forman un todo inseparable con la voluntad de llevar al lector a la paranoia de preguntarse si los hechos no sucedieron tal y como los relata.

En el corazón de esta novela, que Gigamesh reeditó hace apenas tres meses con una nueva traducción, se encuentra lo más granado de la segunda generación de poetas románticos ingleses: John Keats, Percy Shelley y Lord Byron. Cada uno mantiene una particular relación con unas criaturas preternaturales, los nephilim, que potencian su aliento creativo mientras alimentan sus respectivas tragedias personales. Ciertos hechos oscuros de su pasado, la muerte de varios de sus familiares más cercanos o la extravagancia de su vida cotidiana se reinterpretan en clave fantástica a la vez que ganan unas dosis de fatalismo y de inevitabilidad que llegan a rozar lo enfermizo. Aunque no parece el fin principal de la narración, mediante estas musas de naturaleza vampírica Powers explora cómo el fuego creador puede tomar el timón de la vida de un autor, empujándolo a transgredir todo tipo de límites.

Sigue leyendo

El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano

El imperio de YegorovConfieso que soy seguidor del Premio Herralde de Novela. Cada año estoy atento a los ganadores y finalistas por si hay alguno de mi interés. Suele ser una fuente de sorpresas, es de los pocos premios grandes que todavía se permite arriesgar en sus elecciones y lo hace con buen criterio. En esta ocasión un buen amigo me hizo llegar el libro finalista de la última edición, El imperio de Yegorov, de Manuel Moyano. Tras leerlo en dos tardes puedo reafirmar mis ideas.

El imperio de Yegorov es una historia sobre el ansia de vivir eternamente y la corrupción del poder. Tras encontrar en un aislado ecosistema de Papua-Nueva Guinea la fórmula para no envejecer, una empresa decide comercializarla a estrellas de cine y personas poderosas. Es una fórmula tramposa, necesita tomarse constantemente o se fallecerá antes de una semana. Partiendo de esa base, nace el deseo por guardar el secreto, la sumisa y persistente necesidad de los clientes, el afán de poder y un análisis del sistema capitalista: ¿qué no estarían dispuestos a dar o hacer las personas más poderosas por alargar su vida?

Sigue leyendo

El nuevo escenario

Ciencia ficción en la UCMComo anunciaba Ismael Martínez Biurrun aquí mismo hace unas semanas, acudimos al Paraninfo de la Universidad Complutense, ante casi 200 alumnos y junto a varios profesores universitarios de distintas facultades, para debatir sobre el tema “Utopía, capitalismo, distopía, postapocalipsis: narrativa realista para la España actual” con Fernando Ángel Moreno como moderador. No creo que sea buena idea hacer una crónica de lo allí comentado (innecesario) ni posponer algunas reflexiones hasta articularlas como ensayito (excesivo), así que aquí van mis reflexiones sueltas sobre lo mucho comentado allí y sobre la (me da la impresión) creciente presencia de ciertos debates propios del género en el contexto de la sociedad civil y, en particular, en la universidad.

Tu utopía no es la mía

Mi desconfianza en el concepto de utopía lleva años creciendo pero es, ahora mismo, completa. Simplemente, no quiero someterme a la utopía de los demás. Ni creo que sea razonable pretender imponer la mía a otros. En mi mundo ideal, por decir sólo un par de cosas para explicar mi postura, todos viviríamos en comunidades pequeñas razonablemente autosuficientes, pero exploraríamos el espacio. Es obvio que hay gente, sin embargo, que adora vivir en grandes ciudades y que considera que enviar carísimas naves a explorar peñascos estériles es de dudosa utilidad. La utopía supone la imposición de ideales. Y por tanto no es buena idea, a grandes rasgos.

Un miembro destacado de Podemos envió desde Bruselas una pregunta esclarecedora para debatir en la mesa: ¿por qué no hay parlamentarismo en las utopías? La respuesta es sencilla: el utopista tiene claro lo que es mejor para los demás y cualquier debate posterior, como el que supone el parlamentarismo real (y no el que tenemos), resulta superfluo. La imposición de una utopía pasa por ciertos mecanismos (la elección con criterios cuestionables de una oligarquía de sabios o una reeducación de la población disconforme para ajustarse a la utopía escogida) que son inevitablemente sospechosos.

Todo ello arroja definitivamente luz sobre las razones por las que el género de ciencia ficción, por definición crítico, ha dedicado más tiempo a las distopías, mientras que las utopías parecen más ligadas a una literatura de compromiso político o ideológico directo.

Sigue leyendo

Ojos de lagarto, de BEF

Ojos de lagartoEl relato de frontera clásico ha perdido peso en la literatura de género; el progresivo conocimiento del mundo y la práctica desaparición de escenarios que se presten al encuentro con lo desconocido, lo misterioso, lo incierto, ajenos a lo que llamamos civilización, lo ha desplazado hacia otras fronteras: el espacio, lo sobrenatural, la fantasía… Sin embargo todavía surgen relatos situados en un entorno deudor de historias clásicas y que reivindican su arraigo, su vitalidad, su… pertinencia.

En Ojos de lagarto BEF nos ofrece un cóctel de pequeñas narraciones situadas a finales del siglo XIX y comienzos del XX enhebradas entorno a la posible existencia de animales antediluvianos. Primero en diversas localizaciones repartidas por varios continentes para, a mitad de novela, concentrarse en Mexicali, ciudad en la “raya” que separa México y EEUU. A través de capítulos muy breves, en su mayoría de entre una y cuatro páginas, esparcidos por el tiempo y el espacio, da forma a unos personajes que confluyen allí en la década de los años 20 del siglo pasado.

Sigue leyendo

A propósito de La Estrella de Ratner: la desprestigiada herencia de Voltaire y Swift

La estrella de RatnerBilly Twillig, un genio de las matemáticas de 14 años galardonado a tan temprana edad con el Nobel, es trasladado a una megaestructura apartada del ruido contemporáneo en la que trabaja el exquisito grupo de elegidos del Experimento de Campo Número Uno. ¿Y para qué una reunión de escogidos cerebros superespecializados, que trabaja y vive allí enclaustrada? Para lograr el Conocimiento. Con C mayúscula. En concreto, a Billy Twillig lo han llamado para que descifre un código de números en apariencia muy simple. La señal procede de algún lugar invisible cercano a la estrella de Ratner, y parece tratarse del primer contacto con una inteligencia alienígena. Esa es la excusa para, a lo largo de los 12 capítulos que conforman la primera parte, ir presentando de la mano del joven Billy a los diversos pobladores del Experimento de Campo Número Uno, científicos disfuncionales socialmente en el mejor de los casos y del todo idos en el peor. La segunda parte, como un juego musical de Preludio y Fuga, conduce a los elementos presentados en la primera -una riada de personajes, ideas e historias en las que prevalece el desconcierto y el sinsentido- hacia un desenlace coral y en bucle acorde con lo mostrado.

Han tenido que pasar 38 años para que La Estrella de Ratner conozca una primera edición en español. Si no fuera una novela del ya entronizado Don DeLillo, cabe preguntarse cuántos más habrían transcurrido hasta que hubiera visto la luz en la lengua de Cervantes, o si alguna editorial habría encargado una traducción. Tildada de espesa, extraña, enigmática, La Estrella de Ratner se ha convertido en una rara avis dentro de la producción del norteamericano. Y, es cierto, la novela exige, pero sobre todo obliga a romper con el estereotipo de novela realista contemporánea al que el lector de hoy está tan acostumbrado (asaltado constantemente por lo que se podría llamar el pienso editorial o, con menos finura, proteínas prensadas y ofrecidas en paquetes blandos similares a las de Snowpiercer).

Sigue leyendo

Recomendaciones lectoras para esta Navidad… o para cualquier otro momento

Ahora que estamos inmersos en esa pequeña bacanal del consumo llamada Navidad, alentada por las miles de listas con sugerencias para hacer regalos, no hemos podido resistirnos a poner nuestro pequeño granito de arena para contribuir a la recuperación económica. Hemos preguntado a siete aquilatados lectores (Elia Barceló, Gabriella Campbell, Eva Díaz Riobello, Julián Díez, Alfonso García, Santiago L. Moreno y Ekaitz Ortega) por tres libros para regalar, recibir, leer durante estas Navidades… o cualquier otro momento del año. Tres títulos que merezca la pena ser disfrutados independientemente de su género o su temática, la nacionalidad de su autor o la editorial en que estén publicados. El resultado son estas opciones de lectura, un listado en el cual la práctica totalidad de títulos están disponibles en papel o en formato electrónico. Esperamos que alguno de ellos sean un descubrimiento y podáis disfrutarlos en los próximos días, semanas, meses…

¡Feliz sol invicto!

Sigue leyendo

Paco Porrúa, In Memoriam

Paco Porrúa

No he conocido a tantas personas de las que se pueda decir sin asomo de duda que hicieron del mundo un lugar un poco mejor que si no hubieran estado por aquí. Paco Porrúa fue una de ellas.

Seguro que entre los que me lean habrá quienes no conozcan quién fue Paco Porrúa, fallecido esta semana. El fundador de la editorial Minotauro hace más de 60 años en Argentina y también editor de bastantes de los mejores escritores en lengua castellana mientras trabajaba para otras firmas. Una de las personas decisivas para entender la evolución de la literatura fantástica en nuestro idioma, durante décadas quizá el único valedor de la calidad literaria dentro del género en español.

Dado que le apreciaba y lamento mucho su muerte, quiero escribir un recuerdo personal. Traté a Paco con frecuencia durante los años que viví en Barcelona, a finales del milenio pasado. Él era el editor mítico de Minotauro, el hombre que había publicado Cien años de soledad y Rayuela. Pero me recibió en su oficina a mí, un periodista veinteañero que dirigía una pequeña revista de ciencia ficción, con total naturalidad. Ni siquiera creo que fueran decisivas la intercesión de Marcial Souto, que trabajaba con él, o de Alejo Cuervo, que siempre le ha admirado y con el que le visité por primera vez, creo que para darle un premio Gigamesh; mi impresión es que su naturaleza era intrínsecamente amable. Simplemente, Paco no tenía contacto con el mundillo del género porque no tenía tiempo; cuando más tarde le llegaron reconocimientos y premios, siempre los recibió con una socarronería en la que, con el tiempo, aprendí a reconocer una llamita de ilusión.

Sigue leyendo