Snowpiercer, de Bong Joon-Ho

Snowpiercer

¡¡OJOCUIDAO!!  El texto que viene a continuación revela diversas claves de la trama, incluso el final de la misma, así que no siga adelante si no quiere que se la fastidie. Yo lo siento mucho, pero soy incapaz de reseñar una obra compleja como ésta sin tratar algo tan importante como es su conclusión. Si de todos modos quieren conocer mi opinión en dos palabras, se la doy; Snowpiercer mola. Ya si eso, vayan a verla y luego vuelvan aquí, a ver si le enriquezco la visión de la película o acaban por mandarme a la mierda.

A principios de los años noventa, se publicó en Francia el primer volumen de Le Transperceneige, un tebeo de Jean Marc Rochette y Jacques Lob, inspirado en una serie de novelas postapocalípticas de mucho frío, La Compagne des Glaces, de G. J. Arnaud. En él se planteaba un futuro lejano en el que una guerra atómica ha sumido el planeta en un eterno invierno nuclear que ha cubierto la Tierra de un espeso manto de nieve y hielo. Los supervivientes se han refugiado en un tren que circula sin descanso por las vías que aún permanecen operativas. Y en el interior de dicho tren se ha generado un microcosmos extremadamente jerarquizado, rígido e injusto, un reflejo de las sociedades humanas en general. En los vagones de la cola se pudren los desahuciados, olvidados por los habitantes de los vagones delanteros, donde las capas más acomodadas de la sociedad disfrutan de todas las comodidades sin remordimiento alguno, inconscientes de que esas diferencias sociales podrían arrastrarles al desastre.

Rochette y Lob narran la peripecia de uno de esos desahuciados, que tras huir de los vagones traseros y ser atrapado por la policía, acaba llegando a la locomotora donde descubre que el demiurgo de ése mundo en movimiento perpetuo es un científico loco obsesionado con su creación, que permanece encerrado en la locomotora, ajeno a todo, sirviendo devotamente, como un sacerdote, a la máquina que gobierna el universo. La verdad es que el tebeo me gustó mucho. A pesar de un dibujo sobrio (siendo generosos) la historia resultaba interesante y el concepto, aunque quizá poco sutil e implausible, si que era muy potente, demostrando la cualidad única de la ciencia ficción, que permite trabajar con metáforas muy bestias que otros géneros no admitirían. Por completar información y ahorrarles un par de búsquedas, el tebeo fue publicado en castellano con el título de Rompenieves en 2006 por la editorial Bang, con una rotulación mecánica horrible. Añadir para los francohablantes interesados, que existen dos partes más protagonizadas por otros personajes y dibujadas por otro artista, Bernard Legrand, que no han sido traducidas y que no he catado, pero de las que tampoco he leído críticas muy favorables.

Le Transperceneige

Así que cuando me enteré que el director coreano Bong Joon-Ho había realizado una adaptación de este tebeo, despertó muchísimo mi interés. Joon-Ho es un cineasta al que yo no le acababa de pillar el punto, pero que goza de gran prestigio entre críticos a los que respeto y admiro. He visto dos películas suyas; Memories of Murder (2003), la historia un policía de pueblo al que le calzan la investigación de los asesinatos de un serial-killer paleto, y no sólo tiene que enfrentarse a su propia incompetencia y al puto asesino, sino a todo un sistema corrupto e ineficaz. Película ésta que en su momento no entendí por su desconcertante sentido del humor, era como si Ibáñez hubiera publicado una novela gráfica de Mortadelo y Filemón investigando las torturas del franquismo pero sin prescindir del slapstick, los trompazos, los disfraces, los “¡merluzo!” y “¡batracio!” y los titulares de “La Bola”. Cosa que puesta así sobre el papel mola bastante, pero que me ha costado años entender. Y la otra es The Host (2006), una película de mostros, o kaijus, que se dice ahora, en la que una familia de gente pobre inmersa en una sociedad en proceso de fulgurante modernización que dejará atrás sin contemplaciones a todo el que no pueda, o no sepa, cabalgar la ola del progreso, se enfrenta a un monstruo surgido del descuido y la incompetencia de un profesor Bacterio moderno. La película empleaba los códigos del cine de monstruos de toda la vida para narrar la mundana lucha por la supervivencia de esa familia, ahora enfrentados al progreso que arrasa con todo encarnado en monstruo cabrón que ha secuestrado a la pequeña de la familia. Y de nuevo me quedé a cuadros ante los radicales cambios de tono que mezclaban acción desenfrenada con momentos terriblemente dramáticos y otros humorísticos. La más siguiente película de Bong Joon-Ho, Mother (2009), un thriller de misterio, no la he visto.

Ánimo, que ya termino con los preámbulos y vamos al grano. A la hora de adaptar Le Transperceneige, Joon-Ho, que también firma el guión junto a Kelly Masterson (Antes que el diablo sepa que has muerto, Sidney Lumet, 2007), ha tomado la mejor decisión posible, es decir, pasarse el original por el forro, conservar el poderoso planteamiento y algún elemento que otro, añadir lo que ha creído oportuno y llevarse el material a su terreno (a no ser que esté adaptando los dos tomos que no he leído, en cuyo caso miren fijamente un intenso foco de luz hasta perder el conocimiento y olviden el párrafo anterior). El resultado es una película que, como ocurría en The Host, es capaz de tejer varios niveles de lectura siendo estrictamente fiel a los códigos del blockbuster y el cine de acción. Snowpiercer arranca en los vagones de cola que, al contrario de lo que ocurría en el tebeo, no sólo son peso muerto, sino que son vampirizados por la decadente sociedad ferroviaria para revitalizarse periódicamente, enviando a las fuerzas del orden a secuestrar a los niños que alimentarán a la Sagrada Locomotora como pequeños esclavos. En este ambientazo Curtis (Chris Evans), el típico héroe masculino joven y blanco planea la rebelión alentado por Gilliam (John Hurt), un anciano gurú intelectual revolucionario. Y un día, Curtis, con la ayuda del ingeniero del tren, Noomgang (Song Kang-Ho, un actor fetiche de Joon-Ho), un drogadicto al que Curtis libera de una estrecha prisión para que vaya puenteando las puertas entre vagón y vagón, conduce a su pueblo en un sangriento éxodo, un ascenso desde los infiernos para pedirle cuentas por su aberrante creación a Dios (Ed Harris, que interpreta a Wilford, presidente de una todopoderosa corporación, ideólogo y creador del tren, un papel muy similar al que interpretaba en El Show de Truman). Ahí Joon-Ho triunfa claramente, porque no sólo se las arregla para plantear la eterna lucha de los de arriba y los de abajo, de Primer y Tercer Mundo, de la prosperidad de unos pocos que se sostiene sobre la miseria de muchos, de explotación y esclavitud bajo la maquinaria imparable de la Historia, sino que va todavía más allá, planteando una estructura existencial y metafísica de seres humanos atrapados por un sistema de valores inamovible, que mantenemos todavía porque somos incapaces siquiera de concebir que las cosas puedan ser de otro modo (gran añadido que tampoco aparecía en el tebeo y que refuerza la metáfora; el tren realiza siempre el mismo recorrido en un circuito cerrado, cada vuelta significa un año más para los pasajeros) manipulados por unos ídolos falsos que nosotros mismos hemos colocado ahí. La cruda realidad es que Dios y el Diablo trabajan juntos para esclavizarnos y no tiene sentido seguir remando, no tiene sentido huir, no tiene sentido rendirse, la única salida es destruir un sistema viciado e injusto aunque eso signifique sacrificarse en el intento. Y que otros, los más inocentes, los que nunca han conocido el mundo caduco, enfermo y por fin muerto que engendró el tren, puedan comenzar de nuevo desde la eterna blancura del paisaje nevado.

Así que me ha vuelto muy loco esta brutísima carga de profundidad, Joon-Ho ha colado una apología del anarquismo vestida de película comercial de acción, de explosiones, tiroteos improbables y hostias, que mantiene el ritmo a pesar de su larga duración, sin trascendencias de cartón piedra, ni gravedad impostada, apoyándose en una vigorosa y muy virguera dirección, en un estupendo diseño artístico (el interior de los vagones y el helado mundo exterior son una maravilla) y en el peculiar sentido del humor de Joon-Ho que aquí me ha funcionado muy bien, sobre todo en el loquísimo tramo central en el que se recorre la parte noble del tren. Los más pejigueros pueden reprocharle a Joon-Ho ciertas incoherencias de guión o acciones poco creíbles para hacer avanzar la trama, pero hace años que dejaron de importarme las minucias argumentales, no me arruinaron aquel despendolado engendro nihilista que era Prometheus y no me han arruinado esta estupenda y furiosa película que me ha vuelto a recordar porqué sigue mereciendo la pena darse cabezazos contra la ciencia ficción.

4 pensamientos en “Snowpiercer, de Bong Joon-Ho

  1. Comentario con tantos SPOILERs como la propia crítica…

    Ya que lo cuentas todo, mi momento epifánico llegó con el restaurante de sushi. Cómo los descastados, la puteada materia prima de la máquina de movimiento perpetuo, después de haber sido alimentada durante años con cucarachas, se topa con esa delicia absurdamente decadente. Ver al grupito de marras en plena pausa antes de la tempestad, en una escena que se salta cualquier tipo de consistencia (una más), y sin embargo con una potencia alegórica arrolladora, hizo que colapsaran las 17 neuronas de las que alardeo. A partir de ahí ya fui uno con Bong Joon-Ho.

    Y qué decir del final, con los huevos que le faltaron a Le Guin al contar “Los que se alejan de Omelas”. Gran relato, mejor metáfora de la sociedad occidental, pero tan conservador como las denuncias conceptuales de Máximo en El País. Y mira que yo pensaba que El Capi iba a auparse como nuevo demiurgo, con un programa de gobierno de la verdadera izquiera para terminar siendo una tercera vía de puro pragmatismo liberalsocialdemócrata. Pero el puñetazo al tablero es tan doloroso como vívido. No sé si esto me deja como un tanatomaníaco genocida, pero necesitaba una película que no solo nos dejara unos arañazos en la piel sino que diera unos cuentos directos al mentón y una buena ración de ganchos al estómago. Y esta lo hace.

  2. Jajaja, es que gran parte del sentido de la película está en el final. No sabría escribir un texto un poco apañado sin revelarlo de algún modo. Es que es muy complicado hacer reseñas, ¿eh?, se sufre mucho, jejjeje.

    Precisamente ayer comentaba Mrs K en twitter que el momento colegio era su favorito y yo añadía el momento sushi. Toda esa parte central, cuando llegan a los vagones “de lujo” es maravillosa por todo, por lo que dices, por el sentido del humor (el camarero sirviendo el sushi con total parsimonia a unos desharrapados sucios y malolientes), por la potencia simbólica y por lo bestia que es el asesinato de la Ministra, no me esperaba esa venganza a sangre fría.

    El tebeo acaba precisamente como dices tú, pero no para comenzar un nuevo régimen socialdemócrata con vistas a la integración de los más desfavorecidos en sociedad, sino que deja una sensación de fatalismo muy pesimista y, por eso mismo, es un callejón sin salida. La solución de la película, aparte de catárquica, es la más idealista, pero quizá la única salida posible; el problema no es quien dirige el tren, sino ¿qué cojones hacemos metidos en un tren dando vueltas como gilipollas incapaces de plantearnos que otra manera de organizarnos es posible? Es como si los habitantes de Omelas le hubieran pegado fuego al pueblo y sacado a la niñita de la cárcel, en vez de pirarse a no se sabe dónde a hacer no se sabe qué, en ese sentido Le Guin no se moja y la historia no es tan contundente como Snowpiercer.

    Por cierto, hay un hypeo con esta película de no te menees, ayer leí como cuatro o cinco reseñas poniéndola por las nubes, alguna muy muy buena. En un par de semanas empieza el “bueh, no es para tanto”.

  3. Y añadir que ése final tiene otra lecura; una estructura social y económica como la presentada en la película, está condenada a la destrucción.

  4. Pingback: High-Rise, de Ben Wheatley y Amy Jump | C

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