High-Rise, de Ben Wheatley y Amy Jump

High-Rise

El acontecimiento cinematográfico del 2016 que me tenía más culturalmente palote era sin duda alguna el estreno de High-Rise, la adaptación de Rascacielos de J.G. Ballard, novela culminación de la trilogía brutalista precedida por La isla de cemento y Crash. Digo acontecimiento porque los encargados de llevar Rascacielos a la pantalla grande serían el cineasta británico Ben Wheatley y su habitual guionista, Amy Jump, de quienes tengo en alta estima dos de sus películas; Kill List (2011), una extraña reelaboración en clave terrorífica del mito artúrico y el camino del héroe y, sobre todo, la magnífica, divertidísima, retorcida, inteligentísima, demoledora, graciosísima, y todos los -ísimos/as que le quieran añadir; Turistas (2012), que si no la han visto ya no sé que han estado haciendo con sus vidas.

Un tema recurrente en estas dos películas de Wheatley y Jump, y que a mí me resulta muy interesante, es el de esa Inglaterra pagana que bulle bajo la bucólica campiña y la flemática capa de barniz social, un concepto heredado de las películas de terror rural inglés (u horror-folk como se las denomina en este magnífico artículo) cuyo exponente más conocido sería El hombre de mimbre. Relatos que hablan sobre un mundo arcano de druidas y brujas, de pasiones y deseos terribles y salvajes, reprimido por el cristianismo, las convenciones, los ritos sociales y el hastío y absurdo de la vida moderna, y que ansía liberarse, como le ocurre a la memorable protagonista de Turistas. De aquí a los temas recurrentes del Ballard en general y Rascacielos en particular, esto es, las pasiones subconscientes que arden bajo la civilización occidental, un mundo bajo control, aséptico e ínsipido como un centro comercial, donde la única forma de libertad es abandonarnos a nuestras psicopatologías, sólo había un pequeño paso.

Así que el dúo Wheatley/Jump parecía una excelente elección para llevar Rascacielos al cine. Mi única duda radicaba en que fuesen capaces de llevar la novela a su terreno, de liberarse del enorme peso literario de Ballard y solventar el gran hándicap de adaptar una historia cuyos elementos clave tienen lugar en la cabeza de sus protagonistas. Y la verdad es que no lo consiguen del todo.

Como ya sabrán, porque aquí disfrutamos de un público de lectores selectos y cultivados, excelentes jinetes y mejores bailarines, Rascacielos narra la historia de Robert Laing, un psiquiatra que se muda a un edificio ultramoderno de lujo donde las clases sociales se organizan, cómo no, de arriba a abajo con el arquitecto constructor del complejo, Anthony Royal, residiendo en el ático como un Dios voyeur velando por su obra. Poco a poco, y a causa de pequeños y casi banales incidentes, el resentimiento y la violencia latente estallan y la convivencia en el edificio se asemeja a una versión adulta de El señor de las moscas; un sindiós de violencia y sexo a medida que los vecinos se entregan a sus deseos más profundos, una especie de regresión a lo primitivo y lo tribal pero en perverso, porque aquí lo que se manifiestan son los comportamientos salvajes de personas educadas que tuvieron infancias felices dando rienda suelta a los deseos reprimidos que acechan desde el cerebro de reptil. La película es respetuosa con este argumento, inclinándose en un principio hacia el argumento de la lucha de clases, al estilo de Snowpiercer, de Boon Jong-Ho. Aunque a diferencia de Snowpiercer, que opta por un enfoque contundente, el del blockbuster de acción, para descargar un mensaje radical, High-Rise se dispersa ramificándose en varias ideas muy interesantes pero que le privan de solidez y la sumen en un desarrollo narrativo demasiado errático y confuso. Está la mencionada lucha de clases, reflejo de una sociedad, la británica, tradicionalmente clasista y rígidamente jerarquizada, está ese espacio, el rascacielos como un Stonehenge moderno, construcción de carácter casi mágico y ancestral que favoreciera la liberación del subconsciente. Está ese arquitecto, como un Dios Solar que habita en ese remedo de campiña inglesa que ocupa gran parte del ático, y que deberá ser finalmente sacrificado por las bacantes, para que su sangre revitalice el nacimiento de la nueva era que el rascacielos ha alumbrado. Y están también las ideas de Ballard sobre las psicopatologías del subconsciente antes comentadas y representadas en esas extrañas alucinaciones/sueños/deseos reprimidos de Laing, o el comportamiento de Wilder, el documentalista de los pisos bajos cuyas ansias de ascenso social se transforman en brutalidad de macho alfa. Para acabar de aturullar, y en la línea del horror-folk, High-Rise es, además, una película muy inglesa que responde a un momento histórico, político y social muy concreto. Por ejemplo, me llamó la atención la dirección artística; ¿por qué molestarse en ambientar la película en los setenta cuando el argumento podría funcionar perfectamente con muebles del Ikea? Quizá la clave se halle en el pequeño discurso de Margaret Thatcher con el que finaliza el film y que ofrecería otra capa de significado; el rascacielos como metáfora de treinta años de democracia liberal del estado del bienestar, surgida a partir de la II Guerra Mundial en los países europeos más avanzados, y que, en el caso de Inglaterra, comenzó a desmoronarse a mediados-finales de los 70, época de publicación de la novela original. Derrumbe que finalizó con la llegada de Margaret Thatcher al poder dando a luz un nuevo orden económico, social e ideológico en el que apelará a los instintos más primitivos de los ciudadanos. Democracias liberales que no contaron con que los votantes, educados, protegidos y cultos, pero alienados de la élite gobernante, abrazarían un nuevo paradigma; se acabó la responsabilidad social, el bien común y el concepto del Estado como elemento compensatorio de las fuerzas del capital y el mercado, entramos en la era del egoísmo, el entretenimiento y el consumo desaforado, la satisfacción inmediata de un deseo que no se sacia nunca, la era del Rascacielos.

En resumidas cuentas, un cebollón temático importante que también se vierte sobre lo narrativo. Porque para acabar de arreglar el inmenso desconcierto que debe sufrir el espectador ocasional que se acerque a esta película, el tono varía constantemente (otra marca de la casa, y algo que también ocurría de forma muy bestia, pero menos caótica, en Kill List), desde la sátira de la lucha de clases y el humor negro muy retorcido, hasta el drama, la farsa sexual, el relato simbólico y la experiencia alucinada. Es como si la intención de Wheatley y Jump, tal y como afirma el arquitecto Royal en un momento de la película, fuese la de crear otro crisol atiborrado de ideas como el mismo Rascacielos, que conectara a nivel subconsciente con las plateas para liberarlas del paradigma político, social y económico surgido en los años de Thatcher y Reagan y que seguimos disfrutando en la actualidad. Realmente envidio a los espectadores que vayan a ver esta película sin tener ni idea de quién es Ballard ni hayan leído Rascacielos, que no sepan quienes son Wheatley o Jump, ni hayan visto ninguna de sus películas, ni nada de nada, y simplemente alucinen contemplando este artefacto mágico del caos, de ellos es el reino de los cielos.

High-Rise (Rascacielos). Gran Bretaña, 2015.
Dirección: Ben Wheatley
Guión: Ben Wheatley y Amy Jump (basada en la novela homónima de J.G. Ballard)
Reparto: Tom Hiddleston, Jeremy Irons, Sienna Miller, Luke Evans, Elizabeth Moss.
Color. V.O. 119 min.

3 pensamientos en “High-Rise, de Ben Wheatley y Amy Jump

  1. Uno quisiera tener la fuerza de voluntad para evitar ver ciertas cosas. En cuanto me enteré de que Wheatley iba a adaptar High-Rise no tuve más remedio que investigar su filmografía (resulta que ya hacía tiempo me lo había recomendado uno de mis colegas más friki-góticos, pero no le había hecho mucho caso).

    Turistas es divertida como una tarta de arándanos rellena de jugos gástricos de mosca recubierta de chocokrispis, aunque yo creo que me decanto por A Field in England, que ya muestra maneras lisérgicas, un estilo que es el que domina High-Rise por encima de todos los demás atributos, que los tiene. Para qué nos vamos a engañar, tal vez sea su mejor película hasta la fecha, que ya es decir mucho.

    Adaptar a Ballard siempre será complicado. El enfoque en este caso no sé si acierta del todo (con mis expectativas), pero es atrevido y no se arrepiente de la senda escogida, que no es algo que se pueda decir de todas las adaptaciones.

    Eché en falta más ‘presencia’ de la propia arquitectura del edificio. Y lo cierto es que Ballard en mi cabeza siempre discurre a paso lento, prácticamente a cámara lenta, pero claro, ¿quién tiene los santos de marcarse toda una peli a ese ritmo?

  2. No entiendo (y me duele) que no aprecies la grandeza del viaje iniciático de una mujer que arranca visitando el Museo de Lápices de Cumberland con un imbécil que ha conocido en internet y acaba convirtiéndose en una cruel bruja druídica.

    Pues no te creas, que tu idea de la cámara lenta estaría de puta madre para una adaptación de “Playa Terminal”, “Noticias del sol” o cualquiera de esos relatos de Ballard que tienen que ver con el tiempo deformado.

    Mi la adaptación ideal de Ballard sería con dos o tres actores vagando por unos chalets abandonados al borde del desierto, por supuesto con piscinas vacías, en el que apenas hubiese diálogo y fuésemos contemplando lentamente su retraímiento al espacio interior en forma de planos cada vez más largos y aburridos del horizonte desértico y los chalets calcinados por el sol, mientras les crece la barba y cada vez están más esqueléticos. Aunque una adaptación en cortometraje de cincuenta segundos de “Unidad de cuidados intensivos”, ahí a toda hostia en plan collage de youtubes tampoco estaría mal.

    • Jeje, no sé si me he expresado bien (la mosca me ha perdido). Turistas es la repanocha, con ese final que se ve venir pero no.
      A Field In England es más aburrida, de largo, y tal vez peor película, pero me “interesa” más. Va a ser que soy más de que me deslumbren con cuatro efectos chorra y tres truquitos de montaje 🙂

      Kill List y Down Terrace (que no recuerdo tan bien), me dieron bastante mal rollo por lo chungas que son. Me hace mucha gracia que en todas las pelis de Wheatly (menos en High-Rise) salga Michael Smiley haciendo esos papeles de tipo simpatiquísimo. 😉

      Que alguien tome nota y te contrate como “ideador”, “conceptualizer” o algo, ya, para hacer esas adaptaciones. Una serie de Vermilion Sands en ese plan sería como para mojar y mojar.

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