Rojo sobre negro, de Isabel del Río

Rojo sobre negroRojo sobre negro es una novela juvenil sobre secretos familiares y su descubrimiento que funciona mejor cuando la fórmula deja atrás la indefinición de su primera mitad. La cotidianidad de una joven, Carrie, con unos gustos alejados de los del rebaño y una habilidad, entrar en negro, que la separa todavía más del resto del alumnado del instituto al que acude. Allí es acosada por un grupito de compañeras que la llevan al punto de utilizar su poder en público, con unas consecuencias dramáticas. En un ejercicio de control de daños, sus progenitores la empaquetan en un vuelo a Londres hacia casa de su tío donde, alejada del maremagnum en que se ha convertido su vida, profundizará en su capacidad y ese legado desconocido del cual le han mantenido alejada por su propia “seguridad”.

Las primeras setenta páginas no me parecen la mejor llamada para cualquier lector interesado en la fantasía oscura, joven o no. Ese carácter estereotipado (el lugar narrativo carece de marcas identificativas) y la acumulación de sitios comunes dejan toda la personalidad a las referencias a la cultura popular y la cita de canciones; dos recursos a los cuales Isabel del Río acude con frecuencia que, por sí solos, no contribuyen a crear escenario y apenas potencian las emociones de los personajes. Funciona mejor la llamada del mundo secundario al cual Carrie se ve empujada cuando es perseguida por el grupo de acosadoras y al cual queda irremediablemente conectada con la catatonia de una de ellas. Es ahí donde Rojo sobre negro empieza a definir su idiosincrasia. Las relaciones familiares se descomponen por el peso de una serie de secretos que se han mantenido alejados de Carrie y la dejan desprotegida. La no asunción de las responsabilidades, el ocultamiento deliberado del bagaje familiar, el funcionamiento de una realidad con la que va a tener que vérselas sí o sí no detienen una iniciación irreversible, enlazada a través de los peligros de nuestra cotidianidad y esa realidad paralela que Carrie va a conocer mediante otros guías.

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Mierdificación, de Cory Doctorow

MierdificaciónEn el año 2008 Facebook era una ventana abierta a personas a las que hacía tiempo que no veía, sobre todo amigos que habían emigrado de Cantabria. Ante la ausencia de contacto cotidiano, servía de simulación de vínculo a través de un foro muy básico. Recuerdo lo que suponía cada evolución del interfaz. Llegado cierto momento, en general empeoraba la experiencia, no solo porque te forzara a habituarte a otra disposición de elementos. Hacía desaparecer funcionalidades para incluir otras nuevas a las que no veías el sentido. Aquí había bastante de renuencia al cambio pero también la imposición de una serie de cuestiones (publicidad creciente; contenido ajeno al que deseabas ver), vendidas como una necesidad para mantener la interacción y mejorar la información recibida. Detrás de todo se hacía evidente una mercantilización/manipulación del usuario hasta niveles difíciles de prever, hasta que no hubo manera de ocultarlas. Campañas de desinformación, socavamiento de los valores democráticos, promoción del odio o, en algunos países como Myanmar, el genocidio. Esta secuencia es una de las que Cory Doctorow disecciona en Mierdificación, una descripción pormenorizada de la degradación a la que ha estado sometida internet en los últimos tres lustros.

El inicio del libro es elocuente. A partir de cuatro empresas (Meta, Amazon, Apple y el iPhone y Twitter/X), Doctorow secuencia la degeneración de sus productos estrella en tres pasos: bueno para los usuarios, bueno para los clientes comerciales, un gigantesco montón de mierda. Una puesta en situación en apenas una decena de páginas por caso que delimita un patrón extensible a otras iniciativas en un cuadro que pone de manifiesto el sabotaje de características esenciales en los cimientos de Internet. La interoperabilidad de los sistemas informáticos; la neutralidad de la red; la privacidad de los usuarios están amenazadas por una voracidad de una serie de corporaciones que explotan todos los mecanismos disponibles para mantener a las vacas a ordeñar (usuarios, clientes) dentro de ecosistemas cerrados con el objeto de convertirse en monopolios y maximizar sus beneficios.

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Si Sabino viviría, de Iban Zaldua

Si Sabino viviríaIban Zaldua es conocido sobre todo por los relatos que ha publicado en euskera y se han traducido al castellano los últimos cuarenta años. Disfruté bastante de Porvenir y Biodiscografías. Del primero, Premio Euskadi de Literatura en 2006, tengo reseña aquí. Quizás por eso lo recuerdo mejor. Abría la puerta a una sucesión de marcos perturbadores: el terrorismo, el problema de la vivienda, el retorno a momentos transformadores de una vida… En ellos es fácil ver aquel presente de principios de siglo desde el que estaban escritos pero también se pueden encontrar trazas del nuestro. Además del tema, los personajes, el escenario, de un cuento al siguiente cambiaba el tratamiento; el costumbrismo daba paso a una historia de terror, un relato de viajes en el tiempo o una proyección distópica. Si Sabino viviría es una novela aparecida un año antes que Porvenir y participa de esa variabilidad desde una construcción narrativa diferente. Por su extensión pero, sobre todo, por su poética: la sátira desbocada.

El humor me funciona mejor en formatos breves. Cuando la extensión sobrepasa las cien páginas demasiadas veces la pólvora se moja. Si Sabino viviría tiene alrededor de 250. Sin embargo, ese recelo se volatilizó en cuanto comenzaron a pasar las páginas y las desventuras de su protagonista, Cosmic Josemi, en su viaje para recuperar el cuerpo de Sabino Arana. Porque, sí, el título tiene que ver con El Fundador. Sus restos quedaron por error (o sabotaje) en el vertedero postapocalíptico en que se ha convertido la Tierra y el Tecno Buru Batzar desea recuperarlo antes de que desaparezcan o, peor, terminen en manos de los agentes del planeta Tauro. El futuro de Nuevo Euzkadi depende de ello.

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Recuerdo de Ian Watson a partir de “Pájaros lentos”

Ian Watson y Cristina Macía presentando Putas de Babilonia en la Librería Gil

Tengo debilidad por los cuentos de ciencia ficción que se centran en una idea y te golpean con ella desde una faceta emocional. Sin ir más lejos, tres de mis relatos favoritos (“Otros días, otros ojos“, de Bob Shaw, “Nieve“, de John Crowley, y “16 de junio en Anna’s“, de Kristine Kathryn Rusch) conectan el sentimiento de pérdida con dispositivos que permiten recuperar el pasado desde esa melancolía devastadora de quien sabe que los mejores días de su vida no regresarán por mucho que la tecnología te facilite recuperarlos. Aunque no he leído muchos cuentos suyos (probablemente haya leído más novelas), las historias de Ian Watson se sostenían sobre otro eje: el poder acumulativo de un caudal de ideas lanzado sobre un lector, en general sin tiempo para digerirlas del todo, muchas veces forzado a macerarse en ellas mientras le llegaba otra nueva. Y otra. Y otra. Esa encadenamiento, a veces rayando lo vertiginoso, terminaba fraguando un conjunto congruente… si le dabas tiempo y espacio a que cuajara. En la línea de sus mejores novelas traducidas (sobre todo Incrustados, El kit Jonás, Embajada alienígena y Visitantes milagrosos) tiene un relato magnífico que consigue emocionarme a pesar de estar construido desde esa misma base, no en 200 páginas sino en poco más de 20. “Pájaros lentos”.

Publicado en el número 100 de la colección Super Ficción, cuando Alejo Cuervo recibió el timón de las colecciones de Martínez Roca, fue recuperado en la revista Solaris donde un equipo capitaneado por Julián Díez (Alberto Cairo, Cristóbal García-Castejon, Luis García Prado, Santiago L. Moreno, Javier Romero y Juan Manuel Santiago) seleccionó sus 100 mejores cuentos de la ciencia ficción (traducida). Lo he releído la semana pasada a modo de homenaje después de conocer su fallecimiento, y ver qué tal reconectaba con una historia que me produjo una profunda impresión.

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Desperdigados por el mundo, de Yōko Tawada

Desperdigados por el mundoYōko Tawada vive en Alemania desde principios de los 80. Esta condición de emigrante separada de sus raíces ha quedado impresa en sus novelas de una u otra manera. Memorias de una osa polar se sostenía sobre el extrañamiento de sus protagonistas, osos polares entre humanos, forzados a desplazarse por un entorno social, geográfico, idiomático ajeno. Esa alienación también estaba en la base de El emisario, la segunda novela traducida por Anagrama. A través de sus protagonistas, un abuelo y su nieto residentes en un Japón separado del mundo, se emplazaban multitud de cuestiones fundamentales en su país natal pero también de esta Europa de principios de siglo XXI. La caída de la natalidad, el alejamiento de los padres del cuidado de sus hijos, el odio a lo diferente, la cancelación del futuro, se trataban sin que sus personajes llegaran a explotar por ese cuadro, viviéndolo entre la contención y la disociación. Ahora nos llega Desperdigados por el mundo, primer libro de una trilogía que parece construida para profundizar en estas vías dándole la vuelta al planteamiento de El emisario. Ahora es Japón el que ha “desaparecido”, tragado por las aguas del Océano Pacífico.

Construida como una sucesión de narraciones encadenadas, la primera recoge el testimonio de Knut, un joven investigador en lingüística que, mientras ve la tele, queda fascinado por la historia de Hiruko. Como si fuera una trasunta de Tawada, esta joven llegó a Europa para terminar sus estudios pero quedó sin posibilidad de regresar a su archipiélago natal. Desde entonces sobrevive como cuenta cuentos y ha desarrollado un idioma propio, una síntesis de las lenguas escandinavas; la excusa perfecta de Knut para conocerla. En uno de sus encuentros, ella manifiesta su deseo de encontrar algún compatriota y conversar en su lengua materna. Este objetivo les llevará a desplazarse hasta Tréveris, al Festival Umami. ¿Qué mejor sitio para encontrar algún superviviente al hundimiento de Japón?

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Dos décadas del blog antes conocido como C, el hijo de Cyberdark. Ahora, simplemente…

El primer logo

Con el ajetreo de este marzo que termina mañana no encontraba tiempo para escribir una celebración de las dos décadas de C. Un aniversario que, si nos atenemos a las fechas del primer dominio que ocupó, se cumplió el veinticinco de marzo. Porque corría el año 2006 cuando apareció este anuncio; un texto escrito por una persona en la que ya apenas me reconozco por mucho que algunas facetas de la vida permanezcan. Era una etapa de una afición más activa, de asistencia a HispaCones y Semanas Negras (y encuentros en Valdeavellano), colaboración con otros medios, escritura casi diaria en un blog y planes para organizar todo tipo de actividades en Santander que podrían haber culminado con una EuroCon para 2016. No, no me he venido arriba. Hay un vídeo de una presentación que hice junto a Carmen Pila de este proyecto al Ayuntamiento de Santander en 2009… que fue borrado como se borran estas cosas en la actualidad, sin prestar atención a la memoria.

La terrible treintena es lo que tiene.

Pero ahora ya estoy en los cincuenta, y el panorama ha cambiado. Mismamente, la entonces boyante blogsfera a estas alturas del siglo XXI se asemeja a un yermo plagado de lápidas y grandes socavones donde antes había yacimientos de conocimiento, borrados por esas disfuncionalidades de internet asociadas a la falta de mantenimiento y el comportamiento de los nuevos dueños del cercado. Y me he dado cuenta que jamás había escrito sobre su origen. Así que voy a aprovechar la efeméride para dejarlo negro sobre blanco, tal y como lo recuerdo (mentira más, mentira menos), para que al menos una vez pueda aparecer en el Internet Archive por si acaso este sitio se va por el sumidero. Y después voy a dar mis dos céntimos sobre por qué me merece la pena seguir con el esfuerzo en esa lucha perpetua contra otras formas de ocio, la pereza y las nuevas costumbres de la red de redes.

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Víbora, de Andrzej Sapkowski

VíboraDespués de dos sagas tan extensas y complejas como las de Geralt de Rivia (1990-1999) y Las guerras husitas (2002-2006), se entiende que Andrzej Sapkowski escribiera Víbora. Una novela mucho más breve y, en apariencia, sencilla, que se puede despachar en un par de blurbs: “un relato antibélico en la invasión soviética de Afganistán” o “el drama de un soldado atrapado en una guerra en la que no desea luchar”. No le estaría haciendo justicia. En poco más de 170 páginas, el escritor polaco se las apaña para introducir una serie de capas que la convierten en algo más que una historia de pelotón soviético asediado en un puesto aislado en lo peor del conflicto afgano. Aunque la base de la novela sea esa.

A mediados de los años 80, el pelotón de Pavel Levart se ve atrapado en una emboscada. La inexperiencia, el hastío, la lucha por la supervivencia llevan hasta el límite la instrucción recibida y la pertenencia al grupo. La mezcla entre soldados profesionales, reemplazos y condenados por motivos políticos es el caldo de cultivo para comportamientos equivalentes a los vistos en las historias más cruentas de la participación de EE.UU. en la guerra de Vietnam. El sentimiento de alienación de Levart se acrecienta cuando es destinado a un nuevo puesto. Una llamada lo conduce hacia una garganta para encontrarse con la serpiente que le pone en contacto con las visiones de soldados que experimentaron en sus carnes sus mismos fracasos, la sumisión a unas órdenes que no tienen nada que ver con sus vidas, la desesperación de verse atrapado sin posibilidad de escape. Otros extranjeros que llegaron al país como parte de las invasiones británica y helénica, eslabones de una cadena de extrañamiento enfatizada por esta faceta onírico-fantástica.

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Y mañana serán clones, de John Varley

Y mañana serán clonesDe todos los escritores de ciencia ficción que surgieron en los 70 y han caído un poco en el olvido, John Varley es quizás el que más me duele. Sus excelentes relatos recopilados en La persistencia de la visión y Blue Champgane desaparecieron de la conversación años ha. Otro tanto de lo mismo ha pasado con sus novelas, la mayoría de las cuales tuvieron la extraña suerte de contar con reediciones (Y mañana serán clones, La playa de acero, El globo de oro, Titán). Y creo que merecería otra suerte. Es uno de los escritores que mejor representa el neoclasicismo al que se arrojó la ciencia ficción después del auge de la new wave. En su obra fue capaz de equilibrar el universo interior de sus personajes y elaboradas construcciones sociales con la grandeza de las ideas de, sobre todo, un escenario memorable: los ocho mundos. Un futuro en el cual la humanidad ha sido expulsada de la Tierra y ha necesitado adaptarse al resto de planetas/satélites del sistema solar, con una serie de alteraciones que están en la base de muchas de las historias a su alrededor.

Algunos de los mejores cuentos de Varley (“El fantasma de Kansas”, “Blue Champagne”) ocurren en este universo, pero al igual que sucede con los relatos de cf de George R. R. Martin es en el terreno de la novela donde mejor se desarrolló esta idea de mundo construido. En España se han publicado tres de las cuatro que emplazó en Los ocho mundos, siendo Y mañana serán clones la primera. Un título de lo más curioso: el original es The Ophiuchi Hotline, algo así como “La línea caliente/directa de Ofiuco”. La constelación desde donde lo que queda de la humanidad está recibiendo información fragmentada sobre la amenaza que la ha desplazado de la Tierra, tecnología biológica que facilita todo tipo de modificaciones… Supongo que al editor de Pomaire le debió parecer demasiado estigmatizador (o incomprensible) la connotación sexual y prefirió pautar más su lectura hacia la historia de clones, cambiando el foco hacia otra de sus cuestiones primordiales. Y en este caso no puedo decir que me parezca equivocado.

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Dan Simmons, In Memorian

Dam Simmons

El 21 de febrero falleció Dan Simmons. Cuando se conoció la noticia el pasado viernes 27, en la mayoría de los mensajes de pésame, pena, postureo, que vi en Bluesky se imponían dos líneas de recuerdo. La primera, la obligada referencia a Los cantos de Hyperion, el motivo central por el que se convirtió en uno de los autores clave de la ciencia ficción de finales del siglo pasado. La segunda, la deriva ideológica de sus últimos años, cuyo punto de inflexión puede situarse en el 11S y que dejó en las redes sociales mensajes como el que vertió contra Greta Thunberg después de su aparición en la cumbre climática de Nueva York en 2019. Los artículos que han ido apareciendo alternan esta segunda veta con los datos biográficos, siempre socorridos a la hora de contextualizar y llenar página. Para recordarlo aquí en C, fardar que algo lo he leído y validar el sentido de mantener un blog en los tiempos de las IAs, he preferido centrarme en un par de alternativas que enmarcan su manera de afrontar la escritura y por qué merece la pena recuperarlo a estas alturas del siglo XXI, casi 20 años después de la publicación del último libro que tuvo una acogida acorde a su popularidad: El Terror.

Esta alusión no es casual. El primer argumento tiene que ver con esta novela sobre la expedición Franklin y su desaparición mientras buscaba el paso del noroeste. En el momento de publicarse, 2007, todo eran especulaciones alrededor del final de los barcos, muchas de ellas razonables pero con un halo enigmático que convertían el suceso en un atractor para buscadores de misterios. Simmons entró fuerte en el asunto tramando su historia a la manera de las novelas de aventuras clásicas, algo a lo que volvería en The Abominable. Y a ese drama en una de las últimas fronteras, incorporó un elemento fantástico que con cada aparición reafirma cómo la ficción no realista puede acercarse a una experiencia vital de una manera más subyugante que la realista o la no ficción.

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Escamas de luz, de Benjanun Sriduangkaew

Escamas de luzEntre los múltiples palabros que se han popularizado a la hora de vocear nuevas obras, uno de los más fascinantes es el de retelling. Como si hasta ahora no hubiéramos encontrado en castellano la manera de definir Grendel como un Beowulf contado desde el punto de vista de El monstruo, Fuera de onda hubiera pasado bajo el radar como actualización de Emma a un instituto estadounidense, nos hubiera costado encontrar calificativo para ese recontar La Iliada que fue IliónRetelling esto, retelling lo otro, con lo bonito que es servirse de verbos que ya existen como los utilizados, trasladar, reinterpretar, para contar lo que hacen novelas como Escamas de luz. La tailandesa Benjanun Sriduangkaew toma una serie de leyendas clásicas chinas y les da la vuelta a la luz de conflictos contemporáneos. Además sitúa una parte de ella, “La leyenda de la serpiente blanca“, en un presente destinado a potenciar esa resignificación y arraigar su pertinencia.

Esta última parte es importante porque es posible que se llegue a Escamas de luz confundido. En mi caso, esperaba una novela y me di de bruces con una sucesión de cuatro historias. Las tres primeras son cuentos encadenados que dan pie a la novela corta que ocupa la segunda mitad del libro y lleva el mismo título. Esa terna de relatos mitológicos reinterpretan todo lo que tiene ver con las vidas de Chang’e y Houyi, el Arquero divino, aunque la primera, “Los cuervos: su puerta del dragón” parte de un cuento previo: el matrimonio entre Xihe y Dijun, dos deidades que dieron a luz a diez soles; nueve de los cuales fueron eliminados por Houyi.

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