No temas a la parca, de Stephen Graham Jones

No temas a la parcaHe demorado la lectura de No temas a la parca tras la pequeña decepción de Mi corazón es una motosierra; una novela alejada de las cualidades de El único indio bueno, demasiado sostenida en su primera mitad sobre la ironía de uno de sus dos narradores. Este tono terminó por cargarme hasta el punto que, a pesar de la corrección del rumbo, dejó mi valoración en un simple bien. De ahí mi recelo, realimentado con sus propios fantasmas (esa extensión generosa, la promesa de repetir coordenadas de Mi corazón es una motosierra). Sin embargo, desde sus primeras páginas Jones acierta a imprimir su propia identidad a No temas a la parca. Un slasher apenas sin inclusiones de otro tipo que parece escrito para leerse en tiempo real.

Toda la novela transcurre en el mismo lugar narrativo, Proofrock, (el pueblo, el lago, la urbanización en construcción, el bosque) durante una noche invernal con tormenta de nieve. Un asesino en serie, Molino Oscuro Sur, ha escapado del furgón que lo estaba transportando y se ensaña con una serie de adolescentes que habían sobrevivido a la matanza al final de Mi corazón es una motosierra. De entre las víctimas de aquella aciaga proyección de Tiburón sobre el lago un cuatro de julio surgen también quienes dan un paso al frente para encontrarlo y terminar con él; sobre todo Letha Mondragón y Jade Daniels. La primera, ahora madre de un bebé, se ve obligada a recomponer la relación con Jade por la vía rápida ya que reaparece en su vida con la irrupción de Molino Oscuro Sur. Mientras, esta tiene que quitarse el sambenito del calvario judicial de los últimos años, sin llegar a librarse de las sospechas sobre su implicación en la masacre, en particular la muerte de su padre. Jade ha llevado a “normalizar” su comportamiento, alejándose de esa interpretación de su vida en clave de cultura popular. Hasta que los cadáveres empiezan a aparecer. A lo grande.

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Soy lo que me persigue. El terror como ficción del trauma, de Ismael Martínez Biurrun y Carlos Pitillas Salva

Soy lo que me persigueLa mayoría de los libros que analizan un género suelen afrontarlo desde una perspectiva bien personal, bien académica, ajustándose sobre todo a cualidades narrativas, ideológicas, estructurales. En Soy lo que me persigue, Ismael Martínez Biurrun y Carlos Pitillas Salva no descartan esta base y, según avanzan las páginas, incrementan el acercamiento clásico al terror. Sin embargo, en su mayor parte se aproximan desde una herramienta utilizada en escasas ocasiones: la psicología. Algo insinuado con el subtítulo que acompaña al libro, El terror como ficción del trauma, pero que llega a tener una profundidad que cuesta anticipar. Esta propuesta rinde buenos frutos e ilumina nuevos recovecos de una poética bastante estudiada, sobre todo desde su reflejo de los acontecimientos históricos y sociales o su manera de despertar y alentar emociones de diversa índole.

En la primera parte del libro Martínez Biurrun y Pitillas Salva asientan las bases psicológicas del trauma. Lo inician con su equiparación con una fractura de Ronnie Janoff-Bulman, pasan por Freud, y llegan al meollo con el psicoanális de Lacan. Quizás la parte que más me ha costado aprehender por el uso de una nomenclatura (lo real, lo imaginario, lo simbólico) que tengo demasiado arraigada desde otros campos. Para proporcionar un asidero y una brújula al lector, cada concepto teórico se acompaña con su manifestación en el mundo de la ficción y cómo en el cine y la literatura han puesto de manifiesto cada una de estos aspectos. Así, por ejemplo, la mencionada ruptura les permite hablar del fenómeno de El doble o de las identidades diversas a través de películas como Enemy o La mitad oscura, o del cuestionamiento del yo como realidad sólida en La maldición de Hill House o La casa de hojas. Esa manera característica de dejar al espectador/lector inerme ante las atrocidades de las cuales puede ser capaz el ser humano, emergencias de un pasado olvidado y nunca dejado atrás, sucesos imposibles de conceptualizar… Todos los elementos habituales del terror desnudan sus significados y aportan claridad desde la psicología, siempre de la mano de los mejores ejemplos, en un equilibrio muy medido. Lo formal y sus representaciones se suceden con continuidad sin que ninguna de las dos partes monopolicen más de la cuenta un capítulo.

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