Algunos apuntes sobre Stranger Things y el papel de la mujer en la ficción de horror

Stranger Things

Tengo que reconocerlo: mis hijos y yo lo pasamos genial viendo Stranger Things. La serie de los hermanos Duffer para Netflix nos encantó exactamente por las razones por las que fue diseñada para encantarnos: a mí por la nostalgia ochentera, a mis hijos por todo lo demás. Lo cual es digno de celebrarse, creo: comprobar que la (calculada) honestidad de la propuesta, totalmente libre de ironía, y ese sentido de maravilla más emocional que visual calan todavía en las mentes de los chavales a pesar de las miles de horas quemadas ante Hora de aventuras y la PS4.

Podemos lamentarnos por la falta de originalidad —el límite entre el homenaje mitificador y el refrito comercial es difuso—, pero lo cierto es que la fórmula narrativa de Spielberg sigue funcionando treinta años después. Vaya si funciona. Ahora bien, la naïveté que rezuman los personajes también se le exige al espectador para pasar por alto unos cuantos disparates de guión; pero recordemos que las películas de Spielberg nunca estuvieron dirigidas a cuarentones sino a chavales de la misma edad que los Goonies, y en aquel entonces lo único que pedíamos era una buena aventura.

La (aparente) ingenuidad del relato no evita que nos hagamos algunas preguntas sobre el contenido ideológico de la serie. Que lo hay, por supuesto. El envoltorio retro facilita de hecho la identificación de algunos valores tan estadounidenses como conservadores: por ejemplo, la idea de que el Estado está detrás de todas las grandes conspiraciones contra los ciudadanos y de que cada uno debe aprender a defender a su familia y a sí mismo. La navidad. La familia. El sheriff. La pequeña comunidad donde nunca ocurre nada malo. Etcétera.

Pero hay un aspecto en el que me interesa fijarme por encima de todo eso, y tiene que ver con el papel de la mujer y los estereotipos sexuales.

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Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes, de Richard Matheson

Los cuentos fantásticos completos de Richard Matheson

Disponer en España de un sello como Valdemar es una bendición. En su cuarto de siglo de historia no sólo se ha aupado a la posición de editorial de referencia en el género de terror. Lo ha logrado reuniendo dos facetas complicadas de sacar adelante: terror y clásicos. Basta mirar su catálogo para ser conscientes de esta proeza, no exenta de sus encontronazos con la terca realidad cuando se han alejado de esa línea, caso de la tristemente abortada colaboración con Es Pop o el parón de la colección de terror contemporánea Insomnia. Analizada desde otra óptica, si se establece una comparativa con otros géneros, su existencia también tiene algo de maldición. Cada anuncio de un nuevo título de su colección Gótica (o Frontera) pone de relieve el desolador vacío alrededor de la edición sistemática de clásicos en la fantasía y la ciencia ficción, una línea de publicación con escaso eco entre el público y una mayoría de editoriales entregadas a la celebración de la novedad y en cabalgar de ola de expectación en ola de expectación como si no hubiera mañana. En este contexto cobra especial importancia el catálogo de Gigamesh más allá de las obras más o menos completas de George R. R. Martin… del cual Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes es su última pieza. El segundo y último volumen de los cuentos fantásticos de Richard Matheson iniciada hace dos años con Nacido de hombre y mujer.

A priori, la división entre ambos tomos parece hecha con tiralíneas para conseguir dos libros de un número de páginas equivalente. Sin embargo en cuanto el lector comienza a pasarlas descubre cómo, aparte de una decisión cuantitativa o meramente cronológica, hay otros factores involucrados. Aquí se recogen cuentos publicados entre 1955 y 1970, quince años en los cuales el volumen de ficción breve escrita por Matheson se atemperó respecto al lustro anterior. En estos años el autor de Soy leyenda diversificó su actividad profesional y dedicó tiempo a otros campos que hasta entonces no había tocado: la novela, el cine, la televisión… De ese cambio dan fe la propia estructura de la mayoría donde gana peso un lenguaje menos descriptivo, más centrado en una narración reducida a la mínima expresión, o una emigración temática desde la ciencia ficción hacia el suspense y el terror.

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NOS4A2, de Joe Hill

nos4a2NOS4A2 es una novela larga, muy larga, y concentra sus rasgos más atractivos durante su primer tercio, justo a la hora de definir a sus dos personajes guía: la antiheroína Vic McQueen y su némesis Charles Manx. Manx recorre el país en su Rolls Royce Espectro en busca de niños aquejados de algún tipo de problema con sus padres. Su objetivo es “liberarlos” para conducirlos hasta Christmasland, una dimensión paralela donde espera sean felices por toda la eternidad. A su vez, Vic dispone de una bicicleta gracias a la cual puede conjurar un puente que le permite desplazarse a cualquier punto del país. Un poder que no entiende, utiliza de manera esporádica para encontrar objetos perdidos, y le causa efectos secundarios en la forma de un malestar directamente proporcional a su tiempo al otro lado del puente.

Joe Hill echa a rodar su historia como un LP triple tocado a 25 revoluciones por minuto. Tras un prólogo situado en 2008 donde presenta a Manx, sostiene NOS4A2 sobre la historia de Vic con muuuuucha calma. Esto le permite abordar su logro más notable: el relato de cómo una niña inocente se topa y convive con lo extraño, su relación con unos padres en conflicto y cómo todo ello modela su carácter. Es durante esa construcción, mientras Hill teje su carácter y sus circunstancias, cuando comienza a percibirse una atmósfera desasosegante alrededor de la pérdida de la inocencia y cómo descarrilan los sueños cuya mayor manifestación es la vida de Vic, a la que vemos madurar y padecer las secuelas de su infancia y adolescencia hasta convertirse en madre.

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Prayers to Broken Stones, de Dan Simmons

Prayers to Broken StonesSiempre me resultó curioso cómo, a comienzos de los 90, Dan Simmons se convirtió en una cierta garantía de ventas en España y su editorial, Ediciones B, no le dio la más mínima oportunidad al campo en el que había conseguido resultados más notables: el relato. Quizás la única colección con la que entonces contaba, Prayers to Broken Stones, ya hubiera visto traducida la mitad de su contenido; quizás imperó el miedo al desencuentro entre relatos y público; quizás influyera el asunto del elevado coste pagado por sus derechos, aireado por Miquel Barceló en una de sus entradas en su blog al comienzo de cada nuevo título de Nova Ciencia Ficción… Sea como fuere, un cuarto de siglo más tarde parece olvidado que, aparte de Hyperion y tochazos de más de 600 páginas, Simmons fue uno de los más reputados cuentistas de terror de la década de los 80.

Andaba temeroso de comprobar cómo me acercaba a varios de estos relatos con dos décadas más en el cuentakilómetros y varios galones de cinismo en el depósito. Historias con una cierta inclinación por lo macabro, capaces de hacer surgir el terror de situaciones cotidianas y con una afilada vena satírica, pero con espacio para narraciones más sensibles donde cada recodo rezuma sentimiento de pérdida. Tal es el caso del relato elegido para abrir Prayers to Broken Stones: “El río Estigia fluye corriente arriba”. El cuento con el cual Simmons impresionó a Harlan Ellison en un taller de escritura en Denver en 1981. Una carta de presentación difícilmente mejorable.

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El Rito, de Laird Barron

El Rito

En estos años de escribir crítica por internet así sin tener ni puta idea y a la buena de Dios, he descubierto que tengo una costumbre pelín inquietante y es que, a pesar de intentar mantener el máximo respeto posible por el autor o autora y su obra, hay novelas, tebeos y películas que poseen la virtud de ponerme de mal humor. Que nada más terminarlas y como poseído por el espíritu del dueño de la Mazmorra del Androide, siento el impulso irrefrenable de abalanzarme sobre el teclado para dejar muy clara mi imprescindible opinión en internet, ¡esto es una mierda, que lo sepa el mundo!. Lo inquietante, decía, es que me cuesta mucho más escribir sobre algo que me ha gustado que hacerlo sobre una obra que he odiado muy fuertemente. Este último caso resulta sencillísimo; poseído por el fuego purificador de la ira reprimida durante mi vida cotidiana, el odio fluye que da gusto, convirtiendo en ceniza los escrúpulos que intento mantener con otras obras que me han medio gustado o no me han convencido del todo. Vamos, una cosa ni medio normal en una persona sana mentalmente. Y no se ría, que sospecho que no soy el único.

Algo así me ha ocurrido con El Rito, de Laird Barron, un autor y una novela de terror muy influenciados por Lovecraft y de la que ya se ha hablado largo y tendido, casi siempre para bien. Se trata de la primera novela de Barron, un escritor especializado en relatos, con dos antologías ya publicadas, y del que había leído muchas cosas y todas buenas, así que le tenía bastantes ganas a esta novela, confiado en disfrutarla. Desgraciadamente no; me ha gustado poco, tirando a nada. Pero antes de empezar quisiera ofrecer mis disculpas al autor, su familia, los editores, el traductor, los de la imprenta, distribuidores, libreros y lectores a quienes les haya gustado mucho; si sois fans de El Rito parad aquí, porque me voy a despachar a gusto. Y voy a destripar la novela, ¡así que ojocuidao!

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El Rito, de Laird Barron

El rito de Laird BarronEl rito es la primera novela de Laird Barron después de una década publicando narrativa breve. Este tiempo dedicado a la escritura de relatos se deja notar en su estructura; está construida a partir de nueve capítulos que conforman cuatro historias interconectadas entre sí. Las dos más extensas comienzan en el tercer capítulo y se intercalan hasta el final en capítulos alternos para componer dos acciones en paralelo que suceden con 30 años de diferencia. En ambas somos testigos de cómo su protagonista, Donald (Don) Miller, se enfrenta al misterio que rodea a su esposa, Michelle. Una antropóloga de prestigio con un insólito gusto por hipótesis extravagantes como la Tierra hueca, con la que mantiene una relación basada en la pasión, el respeto y la independencia.

Michelle realiza viajes alrededor del mundo de los cuales Don tiene una información imprecisa. Barron las utiliza para sembrar semillas de sospecha. La más importante llega en el segundo capítulo, un viaje a México a finales de los años 50. Durante unos días de relax, Michelle recibe una llamada que la invita a acudir a unas excavaciones. Su ausencia desencadena el encuentro de Don con lo extraño, primero en un plano “real” a través de su cruce con unos personajes desconocidos con intereses vagos, y más adelante en un sorprendente giro sobrenatural. Son 40 páginas en las cuales se establecen las pautas de lo que será el resto de la novela, una historia coprotagonizada por una Michelle que como personaje es un gran interrogante, definida por sus ausencias y las consiguientes dudas de Don.

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D de Destructor, de Ramón Muñoz

D de Destructor

Una de mis muchas lagunas lectoras en cuanto a fantasía, ciencia ficción, terror, literatura fantástica en general, se refiere, es la de los autores españoles (aunque más lamentable aún es mi ratio de libros escritos por mujeres, actualmente se encuentra en un paupérrimo cinco sobre cincuenta reseñas escritas en total, de las cuales sólo una fue positiva). Desconozco la razón, quizá se trate de un mecanismo mental involuntario en mi anárquica forma de escoger lecturas, la asunción profunda a nivel inconsciente de la (falsa) premisa de que el fantástico es un género fundamentalmente anglosajón y qué mejor que ir al original. O es quizá envidia de que la misma persona que me precede en la cola del Mercadona abarrotado un sábado a las doce y media de la mañana pueda estar fabulando otros mundos mientras yo sólo llego a odiar muy fuertemente mi vida y las decisiones que me han llevado a ese preciso momento espaciotemporal. O mejor aún, como manda el tópico perezoso, todo crítico literario es un escritor frustrado y yo no iba a ser menos. Bueno, no del todo, aunque como casi toda persona muy lectora he intentado emular a mís ídolos, enseguida me di cuenta de que aquello no era lo mío, escribir un relato, una novela, es una cosa dificilísima completamente fuera de mi alcance.

Bueno, les largo todo este rollo en plan excusatio non petita, pero que sinceramente es algo que me reconcome, para celebrar que llego a las dos, DOS, reseñas de autores españoles en un sólo año. En este caso se trata de D de Destructor la antología de relatos de Ramón Muñoz que ha publicado Cyberdark en su colección de antologías de autores españoles. ¿Y por qué he escogido la antología de Ramón Muñoz?. Pues porque a finales de los noventa, en la revista Gigamesh, entre relato de Greg Egan y relato de Greg Egan, su cuento “Días de tormenta” me impactó muchísimo, un relato a la altura del mejor Lucius Shepard.

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Fantasma, de Laura Lee Bahr

FantasmaFantasma es el tipo de libro al que no habría llegado de no estar enchufado a twitter, goodreads y tres o cuatro blogs donde ha recibido excelentes calificativos. También, es la típica lectura de la cual habría disfrutado más de no haber conocido sus claves principales antes de su lectura y haberlas descubierto sobre la marcha. Sin embargo, prácticamente cada reseña que he leído sobre él, el texto de cubierta trasera o el propio prólogo explicitan con tal claridad su naturaleza que me han hurtado dicha posibilidad. Ahora mismo, a la hora de recomendarla, estoy en la disyuntiva de recaer en ese lugar común o intentar aproximarme a sus virtudes por caminos aledaños; más pedantes y menos concretos, supongo.

Fantasma es una narración llena de sentido e intención. Su autora, Laura Lee Bahr, utiliza las tres personas verbales para construir un discurso variado, ajustado al propósito de sus protagonistas. La primera la pone en acción Sarah, una supuesta (calificativo del que espero no abusar porque la novela abunda en posibilidades) fantasma víctima de un crimen poco claro. Su papel es el de cicerone, en especial cuando a través de la segunda persona interpela al lector, actual inquilino de su antiguo apartamento y enfrentado a todo tipo de enigmas: quién es ella, por qué se interesa por ti, qué le ocurrió, cuál era su relación con un periodista, Simon, el personaje al que seguimos a través de la tercera persona y con su propio vínculo con el lector.

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The Armageddon Rag, de George R. R. Martin

The Armageddon RagHace unos meses Jot Down dedicó una de sus entrevistas río a Alejo Cuervo, un idílico ejercicio de adoración al supremo líder del vicio y la subcultura. De ella me quedé con la desagradable noticia de la no publicación de The Armageddon Rag. Una novela durante varios años en la lista de próximos lanzamientos de Gigamesh y, a la postre, el gran fracaso de ventas de George R. R. Martin. Curiosamente, cuando se publicó en EEUU en 1983, tanto le cerró las puertas de las grandes editoriales como le abrió las de la televisión; un mundo donde trabajaría a lo largo de la década siguiente y moldearía su escritura hasta la que hemos visto en Canción de Hielo y Fuego. Además, ahora que por fin la he podido leer, también puedo decir que es su novela más personal.

Situada a inicios de la década de los 80, The Armageddon Rag Martin relata el periplo por EEUU de Sandy Blair, escritor y antiguo editor de la revista The Hedgehog; el reverso contracultural de The Rolling Stone hasta que Blair fue cesado de sus funciones y derivó hacia estándares más comerciales. Bloqueado en el folio 37 de su cuarta novela y enfrentado a una fecha de entrega imposible de cumplir, Blair ha aceptado escribir un artículo para su antigua revista sobre la muerte de Jamie Lynch, el promotor detrás de The Nazgûl, un grupo ficticio primo hermano de Led Zeppelin, Black Sabbath o Deep Purple que tuvo su funesto final a comienzos de la década de los 70 cuando su cantante, Patrick Henry Hobbins, fue asesinado por un francotirador en un macrofestival celebrado a las afueras de Albuquerque. Blair llega a Maine y descubre que Lynch fue eviscerado sobre un póster de The Nazgûl el día del aniversario de la muerte Hobbins. Esta conexión con la banda lo lleva a un viaje de costa a costa para hablar con el resto de miembros, averiguar los motivos del asesinato y, de paso, encontrarse a sí mismo.

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Mataré a vuestros muertos, de Daniel Ausente

Mataré a vuestros muertosLas cuatro damas, Los nombres muertos, las dos primeras novelas Holmesianas de Rodolfo Martínez, Infierno nevado, Profundo, El joven Lovecraft… durante los últimos lustros las obras de “inspiración” Lovecraftiana también han arraigado en España hasta el punto de constituir un género en sí mismo. Se podría llegar a pensar que, a imagen y semejanza de las historias de espada y brujería a lo Conan, el número de combinaciones entre sus elementos son limitadas y leídas un par leídas todas. Sin embargo el material de partida es tan maleable y tan fácil de adaptar a cualquier lugar del espacio y el tiempo, que siempre resulta atractivo acercarse a ver los nuevos enfoques. Tal es el caso de Mataré a vuestros muertos.

Desde su primera página, Daniel Ausente establece las pautas del escenario. Una Barcelona urbana heredera de la temática quinqui de los años 80: vida en las calles, pisos donde se trapichea con droga, fiestas clandestinas en locales clausurados… Es una geografía abonada para pandilleros, madres coraje, estudiantes… gente de barrio enfrentada a un mal que ha vuelto a tomar forma tras años de inactividad. Y, puntualmente, introduce breves flashes del pasado a través de pasajes en primera persona, fragmentos a través de los cuales penetran narradores que escapan a esa perspectiva general.

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