Los nombres muertos, de Jesús Cañadas

Si me lo permiten, voy a comenzar con una pequeña “batallita” de fan. No me imagino lo que supone para un escritor dedicar un libro a uno de sus lectores. Sí entiendo mejor de la diferencia entre un simple garabato, más o menos parecido a una firma, y una palabras personalizadas. Sin embargo también tiene su atractivo una frase hecha que el escritor ha dejado y dejará en un porrón de libros cuando, de alguna manera, resume la parte de su narrativa que más te agrada. En este sentido recuerdo como si fuera ayer lo que Tim Powers escribió en mi edición de La fuerza de su mirada durante su visita a la Semana Negra en 2003:

This secret explanation. Cheers!

Es imposible condensar en menos palabras la peculiar manera de entender la Historia de Powers, una consecuencia de la acción de criaturas preternaturales, magia, oscuros complots… sobre personajes históricos más o menos cruciales. Teorías de la conspiración fruto de una imaginación enfermiza, de esa que no te importaría nada que estuviera detrás de los estúpidos enigmas regurgitados por Íker Jiménez y su tropa de freaks en Cuarto Milenio. Además, con ese cheers al final de la frase, captura la pasión de sus personajes por el alcohol.

Todo Powers en cuatro palabras.

Algo así podría poner Jesús Cañadas en las dedicatorias de ésta, su segunda novela. En Los nombres muertos se puede encontrar mucho de esa pasión por la historia dentro de la Historia y las explicaciones endiabladas. Aunque en este caso particular, su historia entre más a fondo en el campo de la ficción, la pirueta metaliteraria y la literatura pulp.

Los nombres muertos cuenta la búsqueda del Necronomicón por parte Howard Phillips Lovecraft, Frank Belknap Long y Robert Ervin Howard. Tal es la importancia de estos escritores que toda la novela es un canto de amor hacia ellos y a la tradición de la que formaban parte a través de una aventura que jamás tuvieron; esa peripecia que sólo pudieron disfrutar a través de sus creaciones o de sus lecturas. También supone un pequeño quite al olvido artístico que padecieron en vida y que contrasta con el éxito de Lovecraft y Howard décadas después de su triste muerte.

De la terna protagonista, el personaje más conseguido es Lovecraft. Cañadas lo retrata en todo su afectado esplendor, fiel a ese modo de hablar de alguien apalancado en el siglo XVII, propio de quien se ha criado en una biblioteca y apenas ha socializado. Su discurso engolado, su visión extrema del mundo, su dependiente relación con sus tías, su inquisitiva personalidad. Todo está ahí. En comparación, Long me parece menos conseguido aunque resulta entrañable en sus debilidades y su rol; un tipo con continuos ataques de pánico llamado a jugar el papel de mediador entre el lector y todas las situaciones extrañas. Mucho más simple en su construcción es Howard, transformado en demasiadas ocasiones en alivio cómico o de acción. Lo mismo se puede decir de la mayoría del reparto de personajes, ficticios o reales, que los acompañan.

La estructura de su viaje pertenece al clado “narraciones tire del hilo”; una fórmula en cuatro pasos: 1. Llegada a un emplazamiento para indagar en la prueba que tienen entre manos; 2. Encuentro con el personaje X que profundiza en su conocimiento; 3. Conflicto con las fuerzas del caos; 4. Control de daños, recapitulación… y paso a 1. Un hilo modelado por dos aspectos. Más o menos se aborda la historia oficial del Necronomicón en orden cronológico inverso, siguiendo su pista hasta llegar a Damasco, la ciudad de su “creador” Abdul Al-Hazred. Y en las diversas localizaciones se van atravesando los lugares habituales de las historias de Lovecraft y sus epígonos: bibliotecas, museos, cementerios, sanatorios mentales, pueblos al borde de mares indómitos, osarios y santuarios mancillados por el mal.

El ritmo al cual se suceden los enigmas y la aparición de personajes clave durante las primeras 300 páginas está muy medido. La ambientación fluctúa entre lo distendido y lo denso mientras Cañadas juega con habilidad con la atmósfera, especialmente en los momentos más ominosos; unos pasajes en los cuales lo elementos preternaturales parecen acechar a sus protagonistas, el tiempo se detiene y el miedo y los adjetivos se acumulan. Esa sensación se acentúa con un cambio a un narrador en primera persona en la figura del propio Lovecraft, cuya imaginación desbocada realza y deforma todas las percepciones. Este trabajo queda ligeramente comprometido por varias situaciones humorísticas que no sientan nada bien al tono de la historia. El punto más chocante en mi caso llegó con una ridícula subasta en el Museo Británico en la cual se multiplica por mil el número de figurantes reales (Hitchcock, Tolkien, Chaplin, Dalí, Peter Lorre…) y tiene lugar una grotesca puja por el Necronomicón.

Tras esas primeras 300 páginas, a mitad de las correrías del grupo por Berlín, he comenzado a notar fatiga en el relato. Un cansancio creciente cuando se llega al cabo del infierno en Portugal y a una Damasco en cuarentena por una misteriosa enfermedad. 600 páginas son muchas y la repetición del esqueleto narrativo no ha ayudado a mantener mi interés. Asimismo, la resolución del argumento se demora sin que apenas se aporte nada esencialmente nuevo. Una pena porque el final urdido por Cañadas raya a un gran nivel, con una sorprendente conclusión repleta de significado.

También, llegados a este punto, se produce una variación en la estructura que ha contribuido a sacarme un poco más de ella. Hasta ese momento el orden cronológico de los capítulos era unívoco. Sin embargo, tras el clímax berlinés, se produce una pequeña traslación temporal y la historia se escinde en dos secuencias desplegadas en paralelo a pesar de ocurrir con un par de meses de diferencia. Un pequeño desbarajuste innecesario, contradictorio con el resto de la estructura de la novela.

Analizando las muchas otras reseñas aparecidas hasta hoy, mi opinión queda en franca minoría. Aun así tengo que reiterarme en esta idea: con 200 páginas menos, una localización y media más breve, más condensada y con un tono más medido, Los nombres muertos habría sido sido equiparable a los libros de Félix Palma, su referente más cercano entre la literatura hecha en España. Tal y como nos ha llegado, tenemos que conformarnos con una historia extendida más de lo conveniente y con fluctuaciones rítmicas, tonales, estructurales o de carácter. Un irregular canto de amor a unos autores y una forma de entender la literatura que tarda más de lo debido en llegar a sus geniales 50 últimas páginas.

Los nombres muertos (Random House Mondadori, Fantascy, 2013)
Rústica. 576 pp. 18.90 €
Ficha en La tercera fundación

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