Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantes, de Richard Matheson

Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantesNo recuerdo ya cuántos años hemos esperado para ver este libro a la venta. Por lo menos seis han pasado desde que Gigamesh regalara Los primeros cuentos como ejemplar promocional el día de la lectura. La parsimonia cotidiana en la santa casa. Sea como fuere, hace unos meses llegó a las librerías el primer volumen de los dos destinados a recoger los cuentos fantásticos completos de Richard Matheson, el escritor estadounidense fundamentalmente conocido por las adaptaciones al cine y la televisión de novelas como Soy Leyenda, El increíble hombre menguante o La casa infernal y relatos como “Duelo” o “Pesadilla a 20000 pies”. Una inestimable labor de recuperación ahora mismo solo al alcance de editoriales como esta o, en otro orden, Valdemar; sellos preocupados por invertir en un catálogo con personalidad y mantener una política de edición a la contra de modas y pelotazos puntuales.

Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznares recoge cuarenta y dos cuentos publicados entre 1950 y 1954, lo que podríamos llamar el primer vuelo de Matheson; unos primeros pasos en el mundo de la escritura profesional en plena burbuja editorial en el mundo de las revistas de relatos de EE.UU.. Una época en la cual había una multitud de cabeceras donde los escritores con un poco de arte podían vender casi cualquier relato que escribieran. En parte, esta circunstancia explica la heterogeneidad de un volumen donde junto a cuentos memorables y otros más normalitos existen varios más que mediocres, cuando no sepulcrales, que podrían haber mejorado con un poco de labor editorial antes de su primera publicación.

Desde el mismo arranque con sus primeros relatos publicados, “Nacido de hombre y mujer” y “El tercero desde el sol”, queda clara la preferencia de Matheson por los recursos del suspense y, en menor medida, el terror. Aunque una gran parte de las revistas de aquella época estaba dedicada a la ciencia ficción y, consecuentemente, una mayoría de relatos se definen dentro de ese terreno. Al principio de una manera un tanto ingenua, casi siempre desarrollados alrededor de un pequeño enigma, un detalle que se menciona y se repite pero no se concreta y a partir del cual se acumula tensión narrativa, especialmente mediante diálogos. Su resolución suele culminarse con esa famosa frase final tan propia de Matheson, destinada a redefinir el sentido de la historia a modo de pequeño (o gran) giro. Muchas veces con éxito y otras fracasando a la hora de elevar una narración ya imposible de alzarse.

Como paradigma de este modus operandi, en las primeras 100 páginas de la colección está “La cosa”, donde una familia se prepara para ver un objeto al que continuamente se hace referencia con ese apelativo y del cual solo sabemos que es un tabú social. Durante varias páginas todas las conversaciones inciden sobre La cosa y la conveniencia de llevar o no a su hijo a verla, lo que permite a Matheson esbozar el escenario donde habita la familia y poner al lector a elucubrar, hasta que llega la revelación con La visita, el momento de reforzar la idea que se ha preocupado de sembrar con anterioridad. Este relato, además, apunta otro aspecto muy propio de la época y al que Matheson alude en la presentación del cuento. Los 50 fueron los años en los cuales Ray Bradbury estaba petándolo con los relatos de Crónicas marcianas, El hombre ilustrado o Las doradas manzanas del sol, y una novela como Fahrenheit 451, así que muchos escritores intentaron hacer sus propias historias a lo Bradbury. Tal es el caso de este relato o de “Cuando duerme el que vela”, con ese toque antitecnológico aderezado con el miedo a perder la capacidad de soñar/imaginar/crear.

Richard Matheson de jovenMuchos cuentos dan fe de la condición de Matheson como figura clave en la cultura popular audiovisual del siglo pasado desde el momento que fueron adaptados posteriormente por la mítica serie de televisión La dimensión desconocida. Entre los que más me han gustado está “La nave de la muerte”, la historia de la tripulación de una nave que encuentra los restos de su propia expedición en un planeta desconocido. Tras recorrer diversas explicaciones a lo que han visto, con las obligadas menciones a los viajes en el tiempo o los universos paralelos, el final se concreta de manera inesperada a través de un giro saliéndose de las convenciones de la ciencia ficción, como solo alguien curtido en la frontera entre géneros podría hacer. También merece la pena destacar “La niña perdida”, una historia de suspense con una niña desaparecida en el interior de su propia casa con un aire a Poltergeist, realimentado en unas últimas líneas donde un televisor cobra protagonismo. Otros dieron para una duración mayor y fueron adaptados al formato telefilm como “Intruso”, según cuenta Matheson la primera narración en la cual un alienígena deja embarazada a una mujer con vistas a invadir el planeta. Sin embargo, su empaque llega por cómo arraigan en la historia el miedo a la infidelidad y al cambio en cualquier relación hombre-mujer por el vínculo entre madre e hijo, puestos de manifiesto a través de todos los comportamientos extraños de la madre.

“Intruso” no es el único relato que nos acerca al complejo entramado de las relaciones entre sexos, con una visión a veces humorística y casi siempre impregnada del machismo habitual en la época. Ahí está “Desaparición”, donde un aspirante a escritor contempla cómo la realidad se desploma a su alrededor después de una infidelidad. Tampoco es el único en el que aparece la figura de la paternidad/maternidad; destacan el macabro “El muñeco que lo hace todo” o, llevado a la relación entre un hijo y un padre ya anciano, “La prueba”. Una historia inquietante por el futuro planteado y las relaciones generacionales que esboza donde el problema del envejecimiento de la población se resuelve eliminado a los que han perdido más capacidades a través de una pruebas objetivas. Pero a la hora de golpear, pocos cuentos lo hacen como “Nacido de hombre y mujer” o “El vestido de seda blanca”, historias polisémicas protagonizadas por niños donde además experimenta con el estilo tras convertirlos en narradores.

Ambos son el mejor exponente del gusto de Matheson por jugar esporádicamente con la forma de sus relatos. Otras muestras son “Por los canales”, donde se descubre a los autores de un sangriento asesinato mediante un interrogatorio policial; “El anuncio de la SRL” cuenta una relación epistolar entre un alienígena y un estudiante de astronomía a través de los anuncios de una sección de contactos; “Querido diario”, en el cual juega con el contraste entre tres diarios escritos en tres momentos de la historia de la humanidad; o “El viajero”, la transcripción de las comunicaciones entre un viajero del tiempo y sus compañeros. En otro orden, incluso llega a probar con su propia ghost story victoriana con “La casa Carnicero”, un leñazo descomunal a la altura de algunas descripciones lamentables entre las cuales llega a haber un pasillo “negro como la boca de lobo”. No funciona ni leyéndola como si fuera la sátira que no es.

Las playas del espacioOtro lugar común son los escritores y su oficio, que cobran relevancia de múltiples maneras. Hay historias que parten del pánico a la hoja en blanco o del agotamiento del caudal creativo de su protagonista como “Aviso previo” o “Casa de locos”, con “divertidas” consecuencias para la vida privada de quien lo padece. Mientras en “Un castigo proporcionado” traslada a un viejo poeta en el momento de su muerte a una de sus mayores pesadillas; un lugar donde la gente es tan vulgar como su familia y solo se comunica con frases hechas o expresiones pueriles. Y en “Cuando se apaga al día” lleva hasta las últimas consecuencias la obsesión por la lograr originalidad.

No quería terminar esta reseña sin citar los relatos que plasman el miedo al holocausto planetario, ya presente en “El tercero desde el sol”, pero cada vez más arraigado a medida que se llega a mediados de la década de los 50. Tal es el caso, por ejemplo, de “El último día”, un relato sobre el fin del mundo donde el protagonista escapa del nihilismo de las horas previas a la destrucción gracias a la voluntad de reconciliarse con su madre. O de “Descenso”, otro último día, en este caso de unos habitantes de California condenados a encerrarse en ciudades subterráneas para sobrevivir al holocausto nuclear que llegará con la caída del sol.

A falta de leer el segundo y último volumen, Pesadilla a veinte mil pies y otros relatos espeluznantes, Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantes subraya la idea de que, aun habiendo escrito grandes relatos, Matheson no está a la altura de otros grandes cuentistas del género como Fredric Brown, Stanislaw Lem o James Tiptree, Jr. (por citar tres). Desde una lectura con el peso de los años, más de la mitad de las piezas aquí recogidas apenas llegarían a la categoría de “simpáticos”. Es algo que ya vivimos con los primeros volúmenes de cuentos completos de Philip K. Dick y que, mismamente, veríamos en una quimérica traducción de los cuentos completos de uno de los grandes del relato, Theodore Sturgeon. Para nada una decepción; más bien el mal menor cuando se quiere una obra completa. El peaje necesario para poder disfrutar de este tipo de ediciones, más que necesarias en este mercado demasiado obsesionado con novedades vendidas como obras maestras y destinadas a desvanecerse en el fondo de las estanterías de saldo. Demasiadas veces de manera justa.

Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantes / Cuentos fantásticos 1 (Gigamesh, col. Gigamesh Ficción nº53, 2014)
Collected Stories (1989)
Traducción: Pilar Ramírez
Rústica. 595pp. 30 €
Ficha en la web de La tercera fundación

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