Fariña, de Nacho Carretero

FariñaHa pasado más de un año desde que la popularidad de este libro, ya bastante asentada, se viera amplificada hasta lo indecible por el secuestro de su décima edición y la emisión de su adaptación al formato televisivo, en Antena 3 y en Netflix. La estúpida denuncia del exalcalde de O Grove y la absurda decisión judicial empujaron el libro a un primerísimo plano con el consiguiente efecto Streisand: adelanto del lanzamiento de la serie de televisión y una atención mediática absoluta, con múltiples premios para la producción y nuevas ediciones en papel una vez se levantó el secuestro. Y aunque como atestiguan las ediciones previas, la labor de Nacho Carretero y Libros del KO no necesitaban de este impulso, Fariña bien merecía esta proyección al gran público. Repasa con amplitud un problema enquistado en la sociedad española contemporánea mientras construye un relato muy ameno.

La primera mitad de este libro me parece portentoso. Documenta el nacimiento de la tradición contrabandista en Galicia y contextualiza su paso del estraperlo al tráfico de tabaco y otras sustancias. La extrema pobreza de las primeras décadas de la dictadura franquista, la condición de frontera con un país más rico, la necesidad de productos de primera necesidad, se convierte en el contexto ideal para la aparición de una serie de nombres que de mover chatarra y penicilina, pasaron al tabaco de batea; fardos con miles de cajetillas suministrados por las propias compañías tabaqueras en condiciones muy ventajosas que enriquecieron a una serie de personas que nutren el imaginario colectivo de quiénes guardamos recuerdos de las dos primeras décadas tras la reinstauración de la democracia.

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Matarse para vivir, de Chuck Klosterman

Matarse para vivirEntre el libro de viajes, el relato autobiográfico y la autoficción, Chuck Klosterman se embarca en Matarse para vivir en dos odiseas. La más evidente, una aventurilla de carretera por los lugares donde se estrellaron las avionetas de los Lynyrd Skynyrd, Buddy Holly o Ritchie Valens, la discoteca donde casi un centenar de personas murieron durante un concierto de Great White, la intersección donde se rompió la cabeza Duane Allman, el baño donde se paró el corazón de Elvis, el recodo del Mississippi donde se ahogó Jeff Buckley, el cruce en el cuál Robert Johnson hizo su pacto con el diablo… Cada uno de estos sitios-icono se convierten en una puerta abierta al diálogo entre muerte y música popular, cómo se han realimentado ambas desde la iconoclastia, la habitual perspicacia de Klosterman y una cierta ligereza.

El mejor ejemplo para describir esa labor se encuentra en el último hito de sus dos semanas y pico viajando de costa a costa de EE.UU.: su recuerdo del suicidio de Kurt Cobain, contextualizado con lo que habían sido sus meses anteriores. Según recuerda Klosterman, la carrera de Nirvana andaba de capa caída, con un álbum, In Utero, recibido con una frialdad prima hermana del hastío que sentía Cobain por su éxito. La banda no atraía ya al público como lo estaba haciendo Pearl Jam y la devoción de sus primeros años parecía haberse evaporado tal y como demuestran las reacciones contenidas tras su muerte, vivida con respeto y tristeza pero, también, una distancia similar a la que Nirvana había exhibido con sus fans. Sin embargo, con el paso de las semanas y los meses, comenzó a apreciarse un giro, una resignificación inesperada

Su suicidio se convirtió en un comodín para cualquiera que quisiera dotar de profundidad a su adolescencia: ahora podías ganar credibilidad sólo con llorar su muerte de manera retrospectiva. En realidad, la iconografía de Cobain apenas había cambiado; lo que cambió fue la cantidad de personas que, como por ensalmo, pasaron a pensar que la iconografía de Cobain expresaba algo sobre ellas.

Estos pensamientos sobre la muerte y su significado para la perdurabilidad de la propia obra, cambiar el recuerdo o la propia relevancia, apenas son una pequeña parte de Matarse para vivir.

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Muerte a los normies, de Angela Nagle

Muerte a los NormiesHace unas semanas bromeaba en la comida de fin de curso con que estaba quitándome de Facebook y había limitado mi actividad para el odio y la destrucción a Twitter. Entre mis compañeros de mesa, gente de secundaria bregada, la frase resonó en sincronía con su percepción más extendida ante las redes sociales; un maquiavélico plus de complejidades a nuestra labor docente, a niveles de los que ni somos conscientes la mayor parte del tiempo. Mi posición, no obstante, es más abierta, tal y como atestigua mi presencia en Twitter o Goodreads, dos espacios que defiendo a pesar de sus múltiples disfuncionalidades. La mayoría fácil de evitar desde un punto de vista individual seleccionando bien a tus interlocutores. Lo que no significa que sea ciego a cómo estas redes en determinados ámbitos se han convertido en un pertinaz campo de batalla, ni a la pelea en la que muchas veces estoy involucrado.

Muerte a los normies funciona como un informe de reconocimiento de las guerras culturales en la red. Sus ecos florecen a nuestro alrededor y, en cierta forma, explican los triunfos de los populismos de extrema derecha. Angela Nagle relata sus contiendas más significativas y desnuda el tránsito de una internet desde los tiempos en los que el discurso político estaba predeterminado desde arriba, por los medios de comunicación de masas tradicionales, al espacio actual donde éste se promueve desde abajo, con una saña y una virulencia que sobrepasan cualquier expectativa.

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Está lleno de estrellas, de Rafael Marín

Está lleno de estrellasPara los aficionados que todavía conocen Nueva Dimensión como algo más que esa revista de la que usted me habla, existen números de peso, y uno de los más compartidos suele ser el 129. Entre sus relatos figuraba “Nunca digas buenas noches a un extraño”, la ficción que puso el nombre de Rafael Marín (Trechera) en el mapa. Una historia de género negro que ocupaba la mayor parte de su extensión y terminó ganando incluso a los lectores más hostiles hacia la publicación de textos escritos en España. Desde su aparición en 1980 el currículum de Marín acumula colecciones de relatos (Unicornios sin cabeza, La sed de las panteras, Son de piedra y otros relatos…) y novelas (Lágrimas de luz, La leyenda del navegante, Juglar o La ciudad enmascarada, Don Juan). El conjunto forma una de las bibliografías esenciales de la literatura fantástica española reciente fruto de una labor incansable extendida al mundo del tebeo, docenas de traducciones, su faena como estudioso y divulgador o, incluso, creador de opinión, en la cual sobresale su actividad en su blog Crisei (tristemente abandonado), los múltiples foros de Dreamers, listas de correo y un largo etcétera.

En la introducción de Está lleno de estrellas Luis G. Prado destaca que, en esta tarea de cuatro décadas, además de una búsqueda continua de nuevos cauces expresivos, Marín evidencia una vitalidad digna de ser recordada; bien a través de la lectura de su obra, cada vez más difícil de conseguir, bien a través de este libro donde el autor de Mundo de dioses se cuenta a través del encadenamiento de dos tipos de breves textos. Por un lado el relato de su carrera como escritor y traductor, desde la ternura de sus primeros pasos hasta la actualidad. Y por otro mediante el contexto cultural que marcó el desarrollo de sus gustos o la evolución de la ciencia ficción, la fantasía y el terror en el imaginario colectivo; el conjunto de tebeos, series de televisión, películas y libros que suponen una parte sustancial del bagaje del cual surgen o con las cuales se emparientan sus creaciones más ligadas al ámbito fantástico.

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De sombras y bestias, de Mariela González y Daniel Matas

De sombras y bestiasSoy un recién llegado a los mundos de Fumito Ueda y el Team Ico; entré en ellos a través de The Last Guardian, a bote pronto el juego que más me ha emocionado de la presente generación de consolas. El vínculo entre el jugador y la criatura con la que interactúa en esta aventura, una simbiosis alentada y, en alguna ocasión, puesta a prueba por la propia narrativa, constituye una experiencia digna de ser vivida. Especialmente si se desea probar una mecánica en las antípodas de la mayoría de videojuegos que pueblan unas estanterías dominadas por las macroproducciones de mundos abiertos, la acción, el rol o los simuladores deportivos. Aparte de la remasterización de Shadow of the Colossus, que tengo a medio jugar, necesitaba saber qué había detrás de un diseño tan singular. Así llegué a este libro escrito por Mariela González y Daniel Matas, editado por Héroes de papel.

Como es habitual en este sello especializado en libros sobre videojuegos, De sombras y bestias es un producto cuidado. No sólo en el formato, en el que destacan la tapa dura (a mi modo de ver innecesaria; la lectura en rústica hubiera sido más cómoda), una maquetación que personaliza el diseño de cada capítulo y abundante material gráfico de complemento, con fotografías en color de diverso material relacionado con las producciones del Team Ico. El contenido también sobresale por el esmero en su redacción y la ambición en el estudio.

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El director, de David Jiménez

El directorLa atención concitada por El director en los días previos a su lanzamiento fue abrumadora. Los breves vistazos a su contenido, su promesa de dejar al descubierto las presiones sobre la prensa de los poderes político y económico era tan elocuente como el absurdo run run creado por la elite de columnistas proveniente de El Mundo; promotores del enésimo efecto Streisand por ver su labor arrojada a los pies de los caballos. Supuestamente. Durante unos días vertieron improperios contra su antiguo compañero y director mientras aclaraban que el libro en cuestión tampoco era gran cosa, como si ambas posturas fueran conciliables. Y en cierta forma lograron lo que buscaban. Dos meses después de su publicación, El director ha superado los 40.000 ejemplares distribuidos. Y los que vendrán.

¿Qué he encontrado en mi lectura? Ajeno a estas promociones, diatribas y ataques de cuernos, me vi ante un texto bastante alejado a lo anunciado: las memorias de un año en la vida profesional de una persona que no estaba preparada para ejercer la función para la cuál se le había contratado y, entre encendido y lastrado con todo el idealismo de quien ha vivido alejado del poder, se da de bruces contra la realidad de sus dinámicas. La historia de un ejecutivo enfrentado a la crisis de su medio y, creyéndose capaz de cambiar en soledad la inercia de un entorno esclerótico, termina devorado.

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Realismo capitalista, de Mark Fisher

Realismo CapitalistaEn esa contienda de discursos y visiones sobre lo que es y lo que debería/podría ser la ciencia ficción, cotiza al alza la demanda de historias con una perspectiva optimista/positiva del escenario, de las relaciones entre los personajes y/o su desarrollo. Tras años de dominio del fin del mundo, el postapocalíptico o la distopía, se ha activado la demanda de narraciones que combatan ese pesimismo, no sé si sanadoras o terapéuticas. Sin embargo en esta búsqueda parece quedar fuera de cuestionamiento la realidad política, económica y casi diría social de nuestra civilización. El capitalismo se mantiene como ideología imperante y su presencia anega cualquier relato hasta el punto de construir un efectivo muro de contención que impide sobrepasarlo. Pensar en una sociedad libre de su influencia continúa fuera de la ecuación.

Esa prevalencia sistémica, cómo el libre mercado ha colonizado hasta el ámbito más insospechado de nuestras vidas, es el objeto de Realismo capitalista. Mark Fisher se apoya en ideas de Deleuze, Zizek, Jameson y otros filósofos marxistas para cartografiar esta tiranía, las armas de las que se ha servido para someter cualquier otro sistema y domeñar el panorama incluso hasta alentar iniciativas percibidas como anticapitalistas. Esta aparente contradicción, una de las numerosas incoherencias apuntadas por el autor de Lo raro y lo espeluznante caracterizada a través de un film como WALL·E, deja de serlo cuando Fisher profundiza hacia sus cimientos en un mesurado equilibrio entre filosofía, sociología, psicología y semiótica.

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El sombrero del malo, de Chuck Klosterman

El sombrero del maloUna de las contradicciones más fascinantes a la que nos expone la ficción es nuestra atracción por la figura del villano. Cómo personajes con características deplorables, además de dominar la narración hasta el punto de eclipsar a sus némesis, en muchas ocasiones se convierten en la razón básica por la cuál el lector/espectador se siente atraído por la historia a niveles difíciles de explicar. Más cuando, analizadas racionalmente, esas características que lo convierten en seductor se sentirían deleznables si se presentaran en alguien real. Esa disociación con la que convivimos sin estridencias, origen de situaciones tan curiosas como que personajes públicos de una pretendida moral intachable como Barack Obama afirmen sin rubor que su personaje favorito de una serie como The Wire sea Omar Little, es la base de la cual Chuck Klosterman parte en El sombrero del malo. Un ensayo que explora la figura del villano en la cultura popular, la actualidad mediática y nuestra cotidianidad.

Klosterman, avezado periodista de quien Es Pop ya había publicado Fargo Rock City, planifica El sombrero del malo con ingenio. Aborda los temas a tratar desde una docena de ensayos de entre 15 y 20 páginas más o menos estancos, iniciados muchas veces desde una anécdota, una lectura o alguna observación personal. Los acompaña de una breve introducción y una especie de conclusión donde Klosterman toma presencia con, si cabe, mayor hincapié. Expone cómo llegó a interesarse por las ideas guía de este libro y, en un giro inesperado, incluso se sitúa como sujeto de análisis. Es su manera de acercarse a la miseria del ciudadano de a pie, quien alejado de las primeras planas puede comportarse de manera pareja a los que acusa de miserables o aúpa a su propio panteón de villanos personales.

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Blood, Sweat, and Pixels, de Jason Schreier

GrisHace unas semanas un videojuego español, Gris, se hizo un hueco en la prensa, la radio y la televisión nacionales. Los medios generalistas se unieron a los especializados en una sincronía poco habitual. Su excepcional apartado gráfico, el principal gancho de la experiencia, sin duda tuvo que ver, además del siempre bienvenido apoyo a una iniciativa en un medio generalmente dominado por productos foráneos. Sin embargo este acto de promoción agregada no vino acompañado de una mirada más cercana a la propia creación, al diseño del juego en sí y las diferentes facetas que tras meses y meses de cocción y engranaje dieron lugar a Gris. Esta falta de atención tampoco resulta extraña. El periodismo cultural español, siempre tan precario, apenas presta atención a estas facetas. Como si el interés por descubrir cómo se juntó el equipo, cómo llegaron a la idea central, el relato de los entresijos del desarrollo, no mereciera más allá de 30 segundos en una pieza de informativos o dos párrafos en un artículo de un blog. De hecho, encuentro llamativo cómo empieza a haber, escrita desde España, una amplia bibliografía centrada en videojuegos extranjeros mientras se olvida, como si no existieran, muestras profesionales creadas en nuestro país… más allá de la escena retrogramer. Nos estamos perdiendo una faceta imprescindible para entender nuestra cultura contemporánea que, cuando quiera ser glosada (si es que despierta ese interés), apenas dará lugar a un puñado de hagiografías.

¿Y qué me gustaría leer? Pues algún artículo en la línea de los que Jason Schreier reúne en Blood, Sweat, and Pixels. Un libro donde relata el proceso creativo detrás de diez videojuegos: ocho producidos en EE.UU., uno en Canadá y otro en Polonia. El criterio de elección de los títulos, más allá de su yanquicentrismo, me parece elogiable. Abarca un buen número de géneros (rol, FPS, aventura, estrategia, simulación) e incluye una variada gama de situaciones, desde juegos surgidos de grandes estudios a otros fruto de un único programador, pasando por iniciativas de pequeños grupos apoyados en el micromecenazgo. Quizás el aspecto más endeble de esta caracterización sea el fracaso. La inmensa mayoría de los títulos fueron, en primera o segunda instancia, un éxito económico y/o creativo. Apenas uno, Star Wars 1313, fue suspendido.

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Dueñas del show, de Joy Press

Dueñas del showLa presencia de mujeres en el mundo televisivo detrás de las cámaras, dirigiendo episodios, escribiendo en la sala de guionistas, produciendo los shows, ha ganado relevancia cuando nombres como Jenji Kohan, Jill Soloway o Amy Sherman-Palladino se han convertido en reclamo para producciones al nivel que hace una década podían serlo David E. Kelley, David Miltch o J. J. Abrams. Esta tendencia a la normalización en las entrañas de la televisión yanqui, todavía lejos de la equidad, es consecuencia de una batalla librada durante las últimas tres décadas. El progresivo éxito de un grupo de profesionales ha abierto huecos a nuevas voces y formas de mirar la ficción, resquebrajando un entorno previo eminentemente masculino. Ese proceso es una de las guías que conducen a Joy Press en Dueñas del show. El relato de cómo una docena de mujeres han triunfando y, de paso, impulsado el cambio en un medio a priori bastante reacio a él.

Aunque hay una introducción en la cual Press hace un repaso a los shows donde mujeres tuvieron su peso en las tareas de escritura y producción antes de los 90, la estructura que le ha dado al libro es homogénea: nueve artículos de fondo centrados en guionistas, productoras y shows que han concitado la atención del gran público y/o la crítica durante las últimas tres décadas. De manera recurrente se acerca a sus comienzos en el medio, cómo se hicieron con el timón de sus series icónicas, y cuenta su aprendizaje del rol de showrunner, las dificultades y tensiones en la gestación de las diferentes temporadas, los temas y la mirada que han introducido, algunas interioridades de la sala de guionistas relacionadas con episodios concretos, las ocasionales polémicas asociadas y la repercusión a todos los niveles.

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