En Bibliobús: una historia de invierno

Bibliobus Zamora

María Fernández dice, con aire algo contrito, que no es bueno que alguien tan mayor como ella –88 años– lea tanto. Pero sostiene un par de bolsas con cinco gruesos volúmenes. María, seguidora de Danielle Steel, lleva toda la vida leyendo, desde que un estudiante se alojó en su casa y le contagió el vicio. Con su vestimenta de luto y su pañuelo, es una transgresora: aferrada a los libros a una edad en la que está mal visto tener imaginación, en una época en la que la palabra impresa pierde protagonismo. Pero María ya debió soportar todas las críticas posibles por ese hábito hace décadas, y no se va a corregir a estas alturas en su actitud. El bibliobús es un festejo mensual que visita su pueblo, Nuez, a cinco kilómetros de la “raya” de Portugal, y mantiene la juventud de su mirada.

El bibliobús en que recorremos los 170 kilómetros –ida y vuelta– entre Zamora capital y Nuez, y con el que visitamos cinco pueblitos de la comarca de Alba y Aliste –en total, 1.700 habitantes– tiene ya 20 años. Está a punto de jubilarse tras un servicio que José Manuel Carretero, su conductor, estima en unos 400.000 kilómetros. Se trata de un Pegaso de 120 caballos, al que se le han repuesto las piezas en los últimos tiempos con los desguaces de otros vehículos de la amplia flota de bibliobuses de Castilla León, la más nutrida del estado. En su interior hay unos 3.500 documentos, incluyendo también películas, cds de música, algo de software y muchas revistas (de labores, caza y pesca, ciencia popular…).

Cada día de la semana, salvo que la nieve convierta las carreteras en intransitables, este vehículo hace una media de 160 kilómetros. La ruta de Alba y Aliste, entre praderas de verdor intenso, construcciones de piedra y corrientes rápidas de agua, la recorre diez veces al año, según un calendario que se facilita con antelación: una vez al mes, salvo agosto y diciembre. Cuando llegamos con cinco minutos de retraso a algún pueblo, media docena de fieles ateridos protestan sin perder la sonrisa.

Rubén Darío González, el bibliotecario, lleva 25 años recorriendo mes tras mes las mismas rutas. Conoce el nombre de la totalidad de los setenta lectores que accederán al vehículo durante nuestra jornada. A estas alturas, su labor resulta difícil de describir: tiene bastante de mentor, algo de confesor, y mucho de amigo. No son pocos los usuarios que se limitan a devolverle los libros, y seguidamente aguardan a que Rubén le dé a cambio los que considere oportunos para él o ella.

La mayoría son ellas, de hecho. En algunos casos, llevan también el carnet de su marido, aunque no se sabe si sacan libros para él o cuándo se trata de lectoras ávidas a las que los tres títulos que pueden retirar al mes les resultan insuficientes. La pequeña trampa, si así puede llamarse, de simular que los libros son tomados para otros es admitida sin más comentarios, y en alguna ocasión las lectoras también sacan con el carnet de una hija que vive en la capital.

Las novelas románticas son las que tienen mayor tráfico, junto a los libros infantiles –una tercera parte de los carnets son de niños–, aunque también tienen gancho los libros de tema local y los que tratan cuestiones útiles de horticultura, cocina o labores del hogar. Sin olvidar, por supuesto, los bestsellers del momento: los tres Códigos Da Vinci disponibles están siempre sujetos a los pedidos anticipados que va recogiendo Rubén, que se los presta primero a los lectores de los que sabe que el volumen recibirá buen trato y pronta devolución.

Pese al tiempo que llevan en la carretera –para José Manuel son más de veinte años también–, los responsables del bibliobús aseguran que no sienten monotonía. Es obvio que ambos aman la tierra que recorren, así como los libros –Rubén, incluso, hace sus pinitos como creador, entre otras cosas recopilando las historias y consejas que escucha en el camino–. “El ritmo que debemos llevar es continuo. Paramos en cada pueblo entre 30 minutos y una hora, y en hacer las fichas, charlar un poco con los vecinos y colocar los libros que nos han devuelto, se nos pasa volando”, explica Rubén.

Si el paisaje es hermoso, el paisanaje resulta sin duda conmovedor. “El mes pasado nos murió una señora de Seijas, una pastora que había comenzado a leer tras jubilarse. Le daba libros sencillitos, se había enganchado totalmente, y jamás faltaba”, recuerda Rubén. Conocemos en la ruta a personalidades sorprendentes, como Santiago y Felipa, de 91 y 88 años, que todavía mantienen hoy –aunque a menor ritmo– su actividad en el campo. “Si no se hace algo, se entumece uno. Además, lo que se come trabajado por manos, apetece mejor”, dice Felipa en un castellano delicioso, con el leve acento aportuguesado de la zona. Mientras, Santiago ha desaparecido: “Es como un chiquillo, se metió en la casa a manosear los libros”. Y, efectivamente, dentro está el anciano, hojeando con avidez un ejemplar nuevo de La catedral del mar que Rubén guardó especialmente para que lo estrenara él. Para llegar hasta su pueblo, Seijas, hubo que cruzar incluso un arroyo crecido, aunque la chispa de alegría en los ojos de Santiago premia ese o cualquier otro esfuerzo.

Bibliobus3En Nuez, además de María, estaban los siete chavales que van a las dos clases de la escuela del pueblo, una de las dos que quedan en la comarca: cuando hay menos de cuatro chicos en primaria, se cierra el colegio y se les obliga a desplazarse cada día a otro lugar, algo que viene pasando en cada pueblo en los últimos años. Recorren los estantes con aire conocedor, dando una voz a los compañeros cuando encuentran alguna novedad. Según Sonia y Nuria, sus profesoras, están enganchados a la lectura, y en el pueblo acaban de abrir una biblioteca con unos 3.000 volúmenes. Rubén le entrega a la alcaldesa, María, una bolsa con libros que le han regalado lectores de otros lugares.

La tradición culta de Nuez es sorprendente, y Vicenta, la refranera del lugar, relata cómo su hermana se enamoró del que es su marido cuando uno hacía de Segismundo y la otra de Rosaura en una representación de La vida es sueño, de Calderón. Desde entonces, se les conoce en el pueblo con los nombres de los personajes, no con los propios.

El otro pueblo mayor del recorrido, Trabazos, acoge a un grupo de lectoras que se enzarzan en una tertulia en el interior del autobús para recomendarse descubrimientos. Gloria lleva la voz cantante: es insomne, pero en contra de los consejos médicos se va a la cama cada noche a las nueve, porque es allí donde más le gusta leer. «Entre cada visita del bibliobus, acabo los 12 libros que me permiten sacar, y seis o siete más que compro en Zamora», nos cuenta. Los méritos de las distintas reinas de la novela rosa actual –V.C. Andrews, Barbara Wood…– son ponderados por el exigente concilio de lectoras de Trabazos, a las que se adivina más bien partidarias de Victoria Holt por su mayor imaginación y creatividad dentro de los parámetros del género.

Los adolescentes que se acercan al bibliobús son pocos, dado que deben ir a estudiar fuera de estos pequeños pueblos y no están a la hora de la ruta. De todas formas, alguno se deja caer para tomar prestados no sólo libros, sino también películas. “Los dvd sustituyeron de manera radical al vídeo en los últimos seis meses. La globalización llega a todas partes…”, reflexiona Rubén. Un chaval de Samir de los Caños se lleva por tercera vez Matrix, entre las protestas de su madre: el sueño de tecnología de las hermanas Wachosky posiblemente cobrará una dimensión más profunda en estos lugares sin apenas cobertura de teléfono móvil.

En Viñas, un pueblo rodeado de colinas de fulgurante esmeralda, escuchamos peticiones estacionales, como las de libros de cocina «de Arguiñano» para preparar cenas de Navidad originales. «Estos meses se piden más libros, porque con el frío y la falta de luz no se puede hacer mucho a partir de las cinco de la tarde. En cambio, en otoño es más flojo, con las setas y la castaña, que por esta zona es exquisita», apunta Rubén. En el propio bibliobús hay un hermoso recordatorio de la estación, unos membrillos «tomados directamente de la rama desde la ventanilla del autobús, en Fuenfría». Al resecarse, les brota un aroma que impregna todo el autobús en el camino de vuelta, cuando el atardecer sobre las colinas da paso a una fría noche de invierno en la que los libros serán la ventana abierta al mundo para los amigos que conocimos durante la jornada.

¿Hay futuro?


 

En estos tiempos  de fugacidad, no pocos textos válidos desaparecen. Antes, se asumía que lo publicado tenía expectativa de supervivencia a largo plazo en manos de entidades dedicadas a ello. Hoy, alguien decide dejar de pagar el servidor, aligera su web o sufre un ataque informático, y los bytes que forman palabras e ideas se volatilizan.

Como periodista, estoy acostumbrado a la idea. Me encantaban los títulos de crédito de la serie Lou Grant, en los que se veía todo el proceso de creación de una noticia hasta que el papel termina recogiendo las cagadas de un pajarito enjaulado. En mis primeros años en la profesión, publiqué literalmente miles de textos en un periódico que no tenía por entonces página web. Guardo copia en papel de algunos, los que me parece que tenían un mínimo valor. Otros estarán en hemerotecas, esos lugares olvidados, detallando la presentación de Walter Berry con el Atlético de Madrid (fue lo primero que firmé: al menos empecé con muchos puntos en las manos, como testificará cualquier aficionado añoso al baloncesto) u otras naderías del momento. Desde 1997, ya he trabajado sobre todo con mis propios ordenadores, de los que he ido salvando copias desde WordPerfect en MS-Dos hasta hoy, o en publicaciones que tienen webs estables.

Recientemente, sin embargo, me he dado cuenta de que borraron mi blog sobre temas de cultura popular en el último periódico en que trabajé como fijo, en la redacción. La salida de ese medio es la única accidentada que he vivido en mi carrera. En él se publicaron bastantes textos curiosos, pero de inmediato me vino a la cabeza que se perdería este, que a su vez había rescatado de otro medio en el que se publicó en una versión muy reducida. Es la única de las entradas que siento el impulso de salvar, que ocupe nuevos territorios virtuales, y le agradezco a Nacho Illarregui que me dé el espacio donde hacerlo.

Quizá la razón de recordar este reportaje en concreto es nuestra situación actual. Trece años después de esa jornada, veo desde mi ventana caer la nieve caer en un invierno especialmente frío, encaminado hacia unas semanas especialmente inciertas, desde un lugar casi tan aislado como esas Tierras del Aliste zamoranas. Y, como lo era para todas esas personas, mi consuelo está en los libros. En las páginas cargadas de sabiduría, de emociones, de amigos fieles y sorpresas por descubrir. Puede que haya algunos días en que dedique más tiempo al streaming que a la lectura, pero Netflix no me hace sentir menos solo ni menos temeroso del futuro, algo que sí consiguen mis chicas, mis perros y mis libros.

La Raya entre Zamora y Portugal no está incluida en lo que se ha dado en llamar la Serranía Celtibérica, ese enorme territorio, tan hermoso y desolado, entre el norte de Valencia y el este de Segovia, que ha recibido alguna atención (más bien estéril) en los últimos tiempos. Pero La Raya sí forma parte del segundo gran desierto demográfico español, que empieza a agruparse como otra área preocupante: la llamada Franja de Portugal, un espacio fronterizo que incluye partes de Ourense, Zamora, Salamanca, Badajoz y Cáceres. La Serranía ocupa un 13% del territorio español, la Franja un 7%. Ambos territorios tienen una densidad en torno a los 7 habitantes por kilómetro cuadrado; se considera desierto demográfico estar por debajo de diez. Un 1% de la población repartida en un 20% de la superficie. Sólo Laponia, en toda la Unión Europea, presenta cifras similares.

Una vez releído este reportajito, me doy también de que es un buen  testimonio de una forma de hacer periodismo que ya está en desuso: ir a los sitios y contarlo, en las sencillas palabras de un viejo maestro. Yo estuve allí. Pasé doce horas con esas personas. El fotógrafo que me acompañó, Jesús Formigo, es un veterano profesional de la prensa de Salamanca al que conocí ese mismo día. Hizo un trabajo extraordinario, que ojalá estuviera en la red. Tuvo la amabilidad de regalarme después un libro de paisajes del Duero al que había contribuido con varias fotos, entre ellas la portada, y que tengo aquí mismo mientras escribo. También conservo el librito que Rubén también me hizo llegar, en el que había recopilado leyendas escuchadas en la parte oeste de Zamora. En el camino, me contó otras historias no menos embriagadoras, de personas que encontramos o de las de las otras rutas que hacía cada mes, a quienes conocía más que la mayoría de psicólogos a sus pacientes. Algunos eran relatos que la prudencia acalla. Comimos todos juntos un menú del día sencillo y delicioso, la conversación no se detuvo nunca.

Rubén Darío González se debió jubilar hace cinco o seis años. Por edad, supongo que también José Manuel, el conductor. De los tres bibliobuses que cubrían las rutas de la provincia, hoy sólo sigue uno en activo, porque no se repuso el personal a medida que se retiraba: no hay presupuesto. Únicamente lleva conductor, no hay bibliotecario. Las rutas actuales de ese único bibliobús, que están suspendidas por la pandemia, no llegan de todas formas desde hace años a los pueblos de esta historia, por lo que esa gente retratada aquí, quienes no hayan muerto o marchado de su tierra de olvido, ya no recibe libros. Maldigo, una y mil veces, a quien sea el culpable de ese abandono.

En treinta años de profesión, he tenido la suerte de viajar por los cinco continentes, he asistido a muchos eventos destacados, y he conocido a gente célebre. Pero si pudiera repetir un solo día, una sola vivencia, creo que escogería aquella jornada, la de la única vez en que no pude contener las lágrimas mientras hacía mi trabajo, cuando en su salón vi el arrugado rostro de Felipe, rejuvenecido y luminoso, mientras acariciaba los libros nuevos que le habrían de acompañar en el invierno que se avecinaba.

2 comentarios en “En Bibliobús: una historia de invierno

  1. Maravilloso. Cuando visité el Aliste hace dos veranos, una de las cosas que más me sorprendió fue la falta casi absoluta de gente. Llegué a comentar esto mismo que Julián, que quizás debieran incluir esa zona en la geografía de la España vacía. Hice un viaje nocturno de vuelta en coche desde Villardeciervos a Fermoselle que no se me va a olvidar jamás. Ochenta km sin quitar las largas, atravesando pueblos oscuros en silencio. La comparación con Soria salía sola. Un lugar precioso, de los que dejan poso.
    En cuanto al Bibliobús, fue de donde saqué mis primeros libros de ciencia ficción, aquellos Martínez Roca negros y Edhasa plateados, donde cogí la adicción, solo que en Madrid y entonces pasaban todos los jueves. Por ambas cosas, entiendo perfectamente a esas gentes y me emociona el resultado de la unión de ambas cosas, los libros y la ancianidad rural. Hay abandonos de costumbres y servicios que deberían estar prohibidos. Cosas buenas que mueren.
    Un gran texto.

  2. Magnífico artículo que te reconcilia con el mundo, hasta que lees en la posdata que ya no hay suficiente presupuesto para bibliobuses y te vuelves a reconciliar un poco con el apocalipsis. Vamos, que no le falta nada. Bravo.

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