Lecturas cherokee de James Joyce

DublinesesHace poco me encontré con una alegre, refrescante sorpresa leyendo Dublineses. Disimulada entre sus páginas se percibía una tenaz defensa (fortificada, podríamos añadir) de la llamada subcultura. Pero no es sólo que se ‘percibiera’: es que, entre los primeros pliegues argumentales de uno de los primeros cuentos, estaba, ejemplificada ahí como un tesoro, toda la dinámica de la dominación que atraviesa, como  una red de gruesos vasos sanguíneos, lo que se conoce como cultura: vemos el olfativo desprecio con que se aparta de lo subcultural, vemos cómo funciona y cómo es esa parcela subcultural de la creatividad, y en conjunto vemos una vindicación total, honesta, de lo despreciado.

Así empezaba sin saberlo, con ese libro, un viaje a través de Joyce, hacia la subcultura.

Imbricada en “An Encounter” vemos a la vez la defensa de la subcultura y el ataque frontal a una autoridad que, encastillada e impaciente, la desprecia. La historia es sencilla: unos críos, aficionados a la lectura de novelas y tebeos del oeste, deciden, incitados por el influyente encanto de sus aficiones, desobedecer su mundo y salir en busca de aventuras (al coste de la desobediencia). ¿A qué se enfrentan? En clase, el profesor, dogmático, maniqueo, clasista y autoritario, les prohíbe leer semejante bazofia. Les dice: “Que no vuelva a ver esta miserable basura en este colegio. El hombre que la escribió, imagino, es un miserable escribiente que escribe estas cosas por un trago”. Ah, los desprecios y los prejuicios avanzan de consuno hacia el infinito. Ahí, la autoridad. Los críos, ilustrados y valientes, ignoran olímpicamente las pobres amonestaciones de esa nada envejecida que es su profesor, y salen, con los ojos ardiendo como faros, a vivir aventuras como los protagonistas de las historias despreciadas que leen a escondidas. Ahí, la desobediencia liberadora.

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Ray Harryhausen en los tiempos de la tercera dimensión

Ray Harryhausen

Después de Avatar y de Prometheus, de Origen, Interstellar y de El amanecer del planeta de los simios –da igual los títulos–, después de tantas películas en las que dominan los efectos especiales, es un descanso para los ojos volver a las películas en las que intervino Ray Harryhausen. La delicada artesanía de su animación 3D, verdaderamente 3D, cautiva por encima de lo que consiguen los medios actuales.

Estoy viendo que no será fácil demostrar esto.

Nombre ineludible del cine de los años 50 y 60, Harryhausen, como nos recuerda el infatigable John Kenneth Muir en su blog, fue guionista, director, productor y un destacado maestro –él dice genio–, de los efectos especiales, e inspiración directa de autores como Spielberg, Cameron, Sam Raimi o John Landis. (Veo injusto, pues, que no salga jamás mencionado este decisivo, puntero orfebre de la animación stop motion en ese monumento que es la Historia del cine, de Román Gubern, como, por cierto y por otra parte, tampoco lo hace Roger Corman. Supongo que la explicación la podríamos encontrar en la puntillosa, clasista actitud anti-subcultural ya descrita hace algunos meses en estas mismas páginas virtuales).

Hace un millón de años, la Furia de Titanes original, Jasón y los Argonautas, La isla misteriosa,  El viaje fantástico de Simbad o sus cortometrajes de los años cuarenta, en los que adapta relatos infantiles, son solo parte del legado de este maestrogenio. Su corto de 1949 La Caperucita Roja es, o parece, un puente tendido entre los dibujos animados y el cine de imagen real, un punto intermedio entre esas dos distintas, pero complementarias, sintaxis del cine, y el resultado, aunque sea raro decirlo así, parece que tenga más sentido que cualquier otra opción modernizante. Si antes he dicho 3D, es porque vemos, como en este corto, la sobresaliente figura animada sobre fondo plano, estimulando, podríamos decir, el conjunto de la imagen, dotando de fisicidad al plano. El conjunto es armónico, evocador: Harryhausen aporta el grado de fantasía necesaria para encantar, comedido y exacto, orquestando un todo plástico y sugestivo. (Se puede echar un primer vistazo a sus logros en esta lista elaborada, hace unos años, por Jorge Loser en Espinof).
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Sobre la ciencia en la ciencia ficción

Cuando Alice se subió a la mesaSe puede decir así, si queremos: la ciencia ficción no tiene nada que ver con la ciencia. Hay historias que la incluyen más, otras que menos, pero su presencia, en los surcos de un cuento o novela, está al servicio de la imagen, de la potencia semántica de la imagen, y no del análisis físico, químico o biológico del mundo. La ciencia forma parte de un contexto del que, bien tejido, surge el novum creíble, y no tiene por qué plegarse a las conclusiones de la así llamada realidad porque la ciencia, en la ficción, está al servicio de la imaginación y de la poesía. Representa lo pensado y sentido y no el desmenuzamiento científico del mundo, de los mecanismos internos, físicos, químicos o biológicos que realmente componen este mundo. Los objetivos de la ciencia en la ciencia ficción no son los mismos que en el laboratorio.

La ciencia en la ciencia ficción es un imaginario utilizado para espolear el sentido de la maravilla y hacer que despliegue todo el fulgor que lleva dentro y del que es capaz. Es un corpus explicativo y racional, orquestado para apuntalar un sentimiento, un pensamiento, una idea. Y la ciencia es, en sí misma, imaginario. Que haya fallos o incongruencias científicas en una novela de ciencia ficción es irrelevante. Sí, cierto, soy consciente de que puede chirriar hasta el punto que nos expulse de la lectura, pero en ese caso nos estará expulsando un elemento extraliterario, como si leyésemos un libro plagado de faltas de ortografía, de erratas y desajustes en la maquetación. Comprensible el rechazo, pero por motivos que nada tienen que ver con el texto. Esa novela o ese cuento reajustan las leyes físicas, químicas, biológicas y etcétera, y las resignifican en el nuevo contexto que las gesta a su manera, permitiéndose el lujo de ignorar o violentar determinadas certezas contrastadas.

Hay que adentrarse en la ficción poetizada, que es como decir aumentada, que nos propone todo texto cienciaficcionesco, sin los asideros de nuestra racionalidad cotidiana. “La función de la ciencia en la literatura de ciencia ficción es poética”, leemos en la Teoría de la literatura de ciencia ficción, de Fernando Ángel Moreno, así que todo este texto no es más que una simple nota al pie de esa frase.

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Pinceladas (VII): las ensoñaciones del futuro de Gorodischer y Simak

TrafalgarCuando oímos ‘ciencia ficción’ lo más probable es que le asociemos, al instante, imaginarios propios de la space opera. Es el imaginario que con más fuerza invade nuestro pensamiento. Más, diría, que las sociedades robóticas o los viajes en el tiempo. Proclive a la monumentalidad, el subgénero, colosal e inabarcable, nos empequeñece como lectores. Nos abruma la envergadura y el alcance de sus imágenes, de su topografía sideral. Las distancias, los planetas, las civilizaciones, las tecnologías: es el imaginario de la aventura pero también el del ansia de conocimiento. Es la inmensidad de la mar océana.

Quizá podamos decir que en Argentina se haya escrito la mejor ciencia ficción en castellano. No lo tengo muy claro, pero se podría decir. Trafalgar es un conjunto de cuentos vagamente relacionados entre sí. Son las vivencias que le explica el propio Trafalgar a quien quiera oírle, y así, nosotros, al leer, tenemos el mismo estatus que los personajes oyentes que, fascinados y escépticos, le escuchan perorar ante sus siete cafés dobles. La idea de Angélica Gorodischer recuerda a los Cuentos de la taberna del ciervo blanco, de Arthur C. Clarke, aunque las historias son mejores. Hay humor y prosa rápida, y, cuento a cuento, aparte de adentrarse en las posibilidades que ofrece el imaginario de la ciencia ficción, se va afianzando la personalidad de Trafalgar Medrano. Es el retorno a la literatura oral. La pura inercia humana de expresarse, representada aquí en estos textos, en estas ensoñaciones del futuro.

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Hawksbill Station, de Robert Silverberg

Hawksbill StationAtribuirle el mérito de la originalidad a una novela (o a cualquier obra de la creatividad humana), es delicado, siempre, por lo relativo que es y porque la originalidad en sí misma no tiene por qué ser ni mejor ni peor que su contrario. Pero bueno, da un poco lo mismo: qué buena idea tuvo Robert Silverberg en Hawksbill Station (Estación Hawksbill), qué novela tan bien pensada, y sobre qué idea tan original se construye. Es sencillo: Silverberg convirtió nuestro pasado geológico en un futuro desolador para los personajes. La estación Hawksbill del título es una condena: como en la sociedad futura de la novela ya no creen en la pena de muerte, los funcionarios inventan el viaje en el tiempo unidireccional, enfocado al pasado, para usarlo como alfombra bajo la que esconder con prisa las vergüenzas propias. Es decir: construyen la estación Hawksbill, situada mil millones de años en el pasado, para enviar a los acusados de rebelión a una era en la que la Tierra era sólo roca pelada y humedad. Así el Estado se protege del pensamiento crítico. En la novela el tiempo es espacio, lugar inmóvil.

Silverberg ya situó una de las claves de A través de un billón de años, alucinante novela donde las haya, en un pasado tan lejano que es alienígena. El efecto es casi más fascinante que imaginar el futuro porque modifica todo el tiempo posterior, como si la base temporal, al cambiar, cambiase con ella todo lo que iría después. En otras palabras: cuando leemos una historia ambientada en el año no sé cuántos mil, nos fascinan las visiones del futuro que la imaginación del autor o la autora ha parido, pero cuando lo que se reimagina es el pasado más remoto, vemos un mundo virginal y virtualmente alienígena, que, a su vez, reconfigura todo el chorro temporal posterior que nos es conocido. Es toda la línea evolutiva del tiempo lo que cambia.

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Una propuesta de lectura de El desaparecido, de Franz Kafka

Lo que podía haber sido es una abstracción
que queda como perpetua posibilidad
sólo en un mundo de especulación.

T. S. Eliot

El desaparecidoSe suele traducir ahora como El desaparecido pero a la primera novela de Kafka se la conoce también, y quizá mejor, como América. La interrumpió varias veces –una para escribir La metamorfosis, la otra para escribir El proceso, así, como quien no quiere la cosa–.  De hecho, está inconclusa. Vemos que la propia escritura del libro ya refleja un aire de imposibilidad, de frustración de las expectativas, que es uno de sus temas centrales. Por la imposibilidad de llegar a destino, por el cíclico impedimento-de-ser que sufre el protagonista, creo que se puede leer la novela en clave claramente postapocalíptica.

Rimbaud se preguntaba qué era la eternidad, y se respondía que la mar mezclada con el sol. En Kafka, la eternidad, lo que existe en perpetuo e inmutable estado de ser constante, es un sentimiento: el del ser racional rechazado por un entorno absurdo y hostil. En Kafka la eternidad es una cara sonriente que te pide que te mueras, y accedes. Por eso esta novela, en el sentido del progresivo e imparable deterioro de las expectativas, me recuerda al relato postapocalíptico, a la devastación de todo lo vivo que se ve en esas narraciones. Si en Kafka se percibe la eternidad en ese sentimiento de negación, en las historias postapocalípticas se percibe en la ruina eternizada de su imaginario. Contienen partículas de eternidad, estas historias, aunque cada cual se desarrolle luego por sus propias vías particulares.

Karl, el protagonista de El desaparecido, llega a Nueva York para empezar una vida nueva. Eso vemos en la primera frase. A partir de ahí, todo va mal. El desaparecido es la paradoja de Zenón: por mucho que se intente, por mucho que el objetivo que se quiere alcanzar vaya lento y parezca que esté a mano, nunca se llega (Borges definió la paradoja, en “Aquiles y la tortuga”, uno de sus ensayos en Discusión, con su habitual excelencia. Iba a citar el párrafo entero pero se alargaba demasiado). Karl sufre una serie de impedimentos, todos perfectamente evitables, que hacen que conocer Nueva York sea imposible: encontrarse con un tío, ir a su casa, de ahí a la casa de campo de otro, etcétera, haciendo de su voluntad una fuerza cada vez más laxa, de sus expectativas algo más irreal.

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El amor en el siglo cien, del Coronel Ignotus

El amor en el siglo cienEs muy conocida la frase de Borges: “el hecho es que cada escritor crea a sus precursores”. Nuestra lectura de Kafka –sigue Borges– “afina y desvía” nuestra lectura de textos anteriores a él, haciendo que reconozcamos su idiosincrasia, paradójicamente, en autores y autoras que no pudieron leerle. Lo que también es cierto es que, en la esfera de la creatividad humana, el tiempo no opera igual que en lo que por convención llamamos realidad. Vemos Futurama, vemos Interstellar, y, después, años después, acudimos, intrigados, a la novela El amor en el siglo cien, escrita por José de Elola y Gutiérrez en 1922, y comprobamos que algunos de los más encantadores logros de esas piezas audiovisuales ya estaban esbozadas en esta novela olvidada, y así vemos que, de alguna manera, serie y película han influido en tu entendimiento de esta novela porque la has asociado a unos logros que te son familiares. No es que serie y película hayan creado, como el genio de Kafka, a sus precursores: es que como en la esfera cultural el tiempo es, si queremos verlo así, circular, cíclico, Futurama e Interstellar, en nuestra red de lecturas acumuladas, vienen antes que El amor en el siglo cien y por tanto afinan y desvían tu lectura de la novela cronológicamente anterior –pero leída después– y, por tanto, intuitivamente posterior.

Aquí se amontonan varios temas; el primero y más acuciante, por supuesto, es que detrás del simpático nombre de Elola y Gutiérrez se esconde el Coronel Ignotus, nada menos, así que a partir de ahora le mencionaré como, simplemente, el Coronel. El segundo tema es: ¿vale la pena esta novela? Sí, claro, claro que vale la pena leerla. Estamos ante una novela de planteamiento original, que da pie a muchas ideas, a coloridos imaginarios futuros, sobre una pareja de bilbaínos que, como Fry en Futurama, se quedan congelados por accidente hasta el año diez mil. En la apertura de la novela, donde están las mejores páginas, vemos cómo la sociedad científica de ese futuro trata a la pareja criogenizada, casi, en ocasiones, como si fueran auténticas rarezas de circo: pasean sus cuerpos helados por todo el mundo hasta que, con el tiempo, cogen calorcito y empiezan a revivir. Hasta ahí, pese al castellano arcaizante y tosco del Coronel, todo bien.

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La puerta del cielo, de Ana Llurba

La puerta del cieloSerá tautológico pero lo diré igual: en todo relato postapocalíptico hay una involución. O dos. Por un lado, la física; por otro, la psíquica. Como ejemplo de la primera podemos escoger cualquier historia postapocalíptica, digamos Mundo desierto, de J. P. Andrevon, y veremos la devastación y las ruinas de nuestras ciudades y de nuestros pueblos; esa involución también puede ser física –en el sentido de corporal–, como la de los tumefactos cuerpos, estáticos y sedentarios, de la tripulación de la nave estelar en Wall-E; luego, como ejemplo de involución psíquica, quizá ninguna obra haya llegado tan lejos como Dudo Errante, de Russell Hoban, en la que el lenguaje mismo está capitidisminuido hasta el balbuceo. Esas involuciones se representan de manera particularmente escalofriante en algunos relatos, en algunas historias que, cuando nadie las ve, se juntan por afinidad y parentesco. Pienso en Plop, de Rafael Pinedo, en la ya mentada novela de Hoban, en Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas, en el cuento “Se han fundido las nieves, las nieves se han ido”, de James Tiptree, y ahora, para nuestra alegría desde su publicación en 2018, en La puerta del cielo, de Ana Llurba.

En la novela vemos los mecanismos de dominación de la autoridad, vemos las consecuencias de la superstición, el miedo a lo conocido y a lo desconocido, vemos cómo el lenguaje condiciona tu percepción de la realidad (sobre lo que luego volveré), vemos violencia, vemos la religiosidad como ralentización de la actividad neuronal. La involución en la novela está impuesta, no tanto por la situación de derrumbe global, sino por el Comandante, figura de autoridad que rige la vida en el refugio de setenta metros cuadrados, conocido como la Nave, con la promesa de llevar a las protagonistas –presas sin saberlo– a Betelgeuse. Como ejemplo de un humor abismal y de cómo actúa el Comandante, esta frase: “El Comandante también era bastante convincente en el uso de la fuerza física para persuadirlas de que no había quedado nada allá afuera”. Sí, está derruido el mundo exterior, pero más lo están las imaginaciones condicionadas por la palabra dictatorial del Comandante.

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Descenso literario a los infiernos demográficos, de Andreu Domingo

Descenso literario a los infiernos demográficosIván Fernández Balbuena ya lo advirtió en su blog –faro capital (para mí) de la crítica de ciencia ficción cuando empecé a escribir sobre libros y cine–: el libro de Andreu Domingo, ya en 2011, había pasado desapercibido para “la mayoría de la gente”. Hoy, en este cansado 2021, podríamos repetir sus palabras una vez más. Descenso literario a los infiernos demográficos, finalista del premio Anagrama de ensayo en 2008, vinculando ciencia ficción y ciencias sociales, no se ha leído como cabría esperar. Quizá sea porque el ensayo estudia cómo la demografía y las soluciones políticas y sociales que se le han encontrado (natalistas vs maltusianos, básicamente, sobre lo que volveré más tarde), se han reflejado en la ciencia ficción, y no es, por tanto, un acercamiento estrictamente literario a las obras escogidas. A saber. Pero es mejor así, en realidad: Domingo ha estirado el alcance de la ciencia ficción, ha demostrado que puede servir para explicarnos ciertas parcelas de la realidad social. Que sirve y es útil.

La relación principal que distingue Andreu Domingo entre demografía y distopía es que la distopía, “en su esfuerzo por diseccionar los mecanismos de dominación”, “se ve forzada a tenerla en cuenta” (a la demografía, se entiende), como factor potencialmente desestabilizador. Me parece una buena definición aunque, en el fondo, diga más sobre el gobierno futuro y cómo éste impone su control a las masas que lo que dice sobre las masas mismas. He mencionado a natalistas y maltusianos: los primeros ven en el aumento de la población un aumento de poder del país; los segundos, en cambio, ven ese aumento como “la razón y extensión de la pobreza”. Y es ahí donde la ficción ha entrado a explorar las posibles ramificaciones humanas de esa confrontación.

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Subculturas. El colonizador y los paganos

Slugs

Els ulls passats per aigua / i tornats a posar.
(Los ojos pasados por agua / y vueltos a poner).
Gabriel Ventura

 

Cuando se menciona la subcultura, nada: todo el mundo como si oyera llover. Pocas reacciones despierta lo que ya se preconcibe como algo torpe, como algo irrelevante, y las pocas veces que periodistas y críticos toman la palabra por una obra subcultural es para analizarla en tanto que cosa menor, para interpretarla en un contexto de creatividad renqueante que no puede producir más que obras fallidas, y así pasar, impacientes, a otros asuntos de mayor interés periodístico. El carácter residual de la subcultura parece inevitable. Por eso, a veces, creo que hay que redefinir la palabra hasta que pierda esa acepción peyorativa que tiene; y otras, en cambio, creo que ya está bien que exista una corriente de obras y autores subterránea, ajena a los fastos de la cultura oficial, aislada en su madriguera, pariendo títulos despreciados por no respetar las normas de representación y pensamiento habituales. No deja de ser estimulante, ese desequilibrio.

Si la condición subcultural es vocacional e intencionada, bien: puede ser liberadora y puede que, en las anchuras de sus cauces, encontremos una irreverencia y una libertad que inspiren. Pero si la marginación está impuesta por prejuicios y el poder de los medios, mal: lo subcultural es entonces un terreno disuasorio, de asfixia de la creatividad. Es la consecuencia de un abuso de poder, y todo lo que salga de ahí, de esa intolerancia asumida, estará sentenciado. Ese terreno se convierte, así, en un entorno endogámico y encogido, de autoindulgencia y rencor (se pueden dar estas pasiones como reacción al desprecio institucional, no las menciono como rasgos distintivos ni privativos de la subcultura). No se trata de envidiar las plataformas de la cultura oficial, sino de erigir otras, paralelas, sin el activo rechazo de los medios y la intelligentsia de siempre. Se trata de coexistir entre líneas horizontales.

La subcultura no es el único espacio reservado para quienes no se pliegan ante determinadas exigencias de guion, pero sí está compuesto exclusivamente por quienes no se pliegan. De la subcultura nace lo friki, lo contracultural, lo underground (en etiqueta ya francamente desusada), y cada matiz que aportan esas subdivisiones retrotrae a esa actitud, tan propia de la subcultura, de rechazo a la norma.

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