La puerta del cielo, de Ana Llurba

La puerta del cieloSerá tautológico pero lo diré igual: en todo relato postapocalíptico hay una involución. O dos. Por un lado, la física; por otro, la psíquica. Como ejemplo de la primera podemos escoger cualquier historia postapocalíptica, digamos Mundo desierto, de J. P. Andrevon, y veremos la devastación y las ruinas de nuestras ciudades y de nuestros pueblos; esa involución también puede ser física –en el sentido de corporal–, como la de los tumefactos cuerpos, estáticos y sedentarios, de la tripulación de la nave estelar en Wall-E; luego, como ejemplo de involución psíquica, quizá ninguna obra haya llegado tan lejos como Dudo Errante, de Russell Hoban, en la que el lenguaje mismo está capitidisminuido hasta el balbuceo. Esas involuciones se representan de manera particularmente escalofriante en algunos relatos, en algunas historias que, cuando nadie las ve, se juntan por afinidad y parentesco. Pienso en Plop, de Rafael Pinedo, en la ya mentada novela de Hoban, en Caminando hacia el fin del mundo, de Suzy McKee Charnas, en el cuento “Se han fundido las nieves, las nieves se han ido”, de James Tiptree, y ahora, para nuestra alegría desde su publicación en 2018, en La puerta del cielo, de Ana Llurba.

En la novela vemos los mecanismos de dominación de la autoridad, vemos las consecuencias de la superstición, el miedo a lo conocido y a lo desconocido, vemos cómo el lenguaje condiciona tu percepción de la realidad (sobre lo que luego volveré), vemos violencia, vemos la religiosidad como ralentización de la actividad neuronal. La involución en la novela está impuesta, no tanto por la situación de derrumbe global, sino por el Comandante, figura de autoridad que rige la vida en el refugio de setenta metros cuadrados, conocido como la Nave, con la promesa de llevar a las protagonistas –presas sin saberlo– a Betelgeuse. Como ejemplo de un humor abismal y de cómo actúa el Comandante, esta frase: “El Comandante también era bastante convincente en el uso de la fuerza física para persuadirlas de que no había quedado nada allá afuera”. Sí, está derruido el mundo exterior, pero más lo están las imaginaciones condicionadas por la palabra dictatorial del Comandante.

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Zeroville, de Steve Erickson

ZerovilleLa conexión entre realidad y cine ha sido ampliamente discutida desde sus orígenes. Sin embargo no recuerdo haberla visto tan vinculada al corazón de una novela, y de manera tan perturbadora, como en Zeroville. La segunda obra traducida en España de Steve Erickson, un cuarto de siglo después de Las vueltas del reloj negro. Su faceta más atractiva se sostiene sobre la construcción de su protagonista, Vikar. Un tipo recién llegado a Hollywood poco después del asesinato de Sharon Tate, sus acompañantes y su hijo no nato a manos de Charles Manson en el verano de 1969, a tiempo para ser tomado por un miembro de The Family. Este pequeño encontronazo con las fuerzas del orden pone sobre la mesa sus problemas para pasar inadvertido donde destaca el tatuaje grabado en una cabeza perfectamente rapada: una representación de Montgomery Cliff y Elizabeth Taylor tal y como aparecían en Un lugar en el sol. Esta ilustración no sólo presenta su obsesión por el mundo del cine. A pesar de haber ganado varios Oscars veinte años atrás, el tatuaje es confundido con una imagen de los James Dean y Natalie Wood de Rebelde sin causa. Para su frustración, funciona como una medida de la cultura cinematográfica de ese Hollywood a caballo entre los 60 y los 70. Una gigantesca máquina de crear y consumir películas concentrada en el presente y desconectada de su pasado.

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