Wolves, de Simon Ings

Wolves

Wolves

No me extraña que el fugaz e inexorable paso del tiempo sea un tema fundamental en el arte y la literatura desde tiempo inmemorial. Lo he sufrido en mis carnes hace nada, cuatro días atrás como quien dice me encontraba reseñando Dead Water de Simon Ings, y en un visto y no visto (¡más de tres años ya!) ha publicado otra novela, Wolves, con gran éxito entre la crítica anglosajona más cabal, moderna y sensata. ¿Y qué he estado haciendo yo durante todo ese tiempo? Pues absolutamente NADA, querido lector, como mucho dedicado a pergeñar de vez en cuando cuatro reseñas mal contadas sobre libros y películas que a duras penas soy capaz de entender. Y es que si me entrego al derrotismo es porque he recibido un severo correctivo leyendo Wolves, uno de tal calibre que ha minado mi autoestima de lector culto, ilustrado y hasta un poquitín moderno con barba, sumiéndome en el desconcierto, la confusión y hasta la melancolía.

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Qué difícil es ser un dios, de Aleksei German

Qué dificil es ser un dios

Qué dificil es ser un dios

No sé si se acordarán, pero hace muchos años la parrilla de la televisión pública giraba alrededor del cine. Todos los días tocaba película, había ciclos de géneros, directores, actores…  Incluso de madrugada echaban películas subtituladas de “arte y ensayo”, o de cinematografías que entonces parecían ignotas. Por aquella época yo era una máquina de ver películas con mucho tiempo libre y, como a todo el mundo que se aficiona a esto del cine, me llegó el “momento Tarkovski”, en mi caso Solaris primero y Stalker después, que además tenían ese aura misteriosa de ciencia ficción rara del otro lado del telón de acero. Solaris no tanto, pero Stalker me impresionó muchísimo (y eso que por aquel entonces me sabía el 2001 de Kubrick de memoria). Yo no tenía ni idea de quien era Tarkovski, ni de nadie que fuera remotamente similar, no leía revistas ni libros de cine y veía las películas con mucha inocencia y sin ideas preconcebidas, no como ahora, que sigo sin tener ni puta idea y encima no soy consciente de ello.

Stalker me fascinaba con su mágica combinación de narrativa difusa y difícil de discernir y su poderosa imaginación visual. Se trataba de una experiencia muy diferente al cine “clásico” norteamericano al que estaba acostumbrado, por lo general sometido a la dictadura de un guión férreamente estructurado, preocupado por contar historias cerradas que generasen la ilusión de verosimilitud, con su adecuado desarrollo de personajes, su abundancia de diálogos ingeniosos y espléndidamente escritos, etcétera. Sin embargo, lo de Stalker era como si hubiese estado mirando por la mirilla de una puerta, y esa puerta se fuese abriendo poco a poco revelando un paisaje nuevo que hasta entonces desconocía.

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The Kraken Wakes, de John Wyndham

The Kraken WakesEntrar en cualquier librería británica con un poco de fondo y pasear por sus secciones es algo cercano a encontrarse en Sangri-La. No sólo por el volumen de novedades o el precio medio de los ejemplares; los autores añejos con un cierto nombre cuentan con multitud de títulos disponibles en ediciones más o menos recientes. En una reciente visita a Manchester no pude resistirme a este pequeño placer ni a hacerme con un puñado de libros de este pelo entre los que se contaba éste; una de mis múltiples asignaturas pendientes de los tiempos heroicos que en castellano sólo se pude conseguir con una apolillada traducción de los años 50.

The Kraken Wakes es otra novela apocalíptica de John Wyndham en la cual unas criaturas extraterrestres desean terminar con el mundo tal y como lo conocemos. En sus primeras páginas la pareja protagonista observa la caída de un objeto en el océano que, unas semanas más tarde, se revela como uno de los cientos de objetos llegados a la Tierra desde otro planeta siguiendo un amenazante plan en varias etapas. Así, lo que se inicia como una batalla entre humanos y alienígenas, con barcos perdidos, bombas nucleares detonadas en llanuras abisales y algunos ataques en superficie, lentamente se transforma en una ola de destrucción abrumadora con la civilización humana arrinconada, sorteando a duras penas su extinción.

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The Superior Foes of Spider-Man, de Nick Spencer y Steve Lieber

The Superior Foes of Spider-Man

The Superior Foes of Spider-Man

Al fin llegó el gozoso momento de incluir un tebeo Marvel en mi exquisita selección de reseñas para la página, otro logro conseguido. Pero antes que nada, quisiera dejar claro que aunque en su día fui un rabioso marvel zombi adolescente mutante, llevo como quince años sin seguir ninguna colección Marvel, con alguna excepción puntual para bien, como los X-Statix de Milligan y Allred (y ya ha llovido) y alguna otra, que prefiero no mencionar, para mal. Así que deberán disculparme olvidos, errores y omisiones, desconozco casi completamente las recientes peripecias de la mayoría de personajes. Por no saber, no sé muy bien de qué iba la Civil War o lo de los cuernos que Gwen Stacy le plantó a Peter Parker en Londres (esto último ni quiero saberlo). Aunque no creo que sea un obstáculo insalvable para escribir la crítica, a pesar de todas estas barrabasadas concebidas para mantener el interés en unos personajes ya excesivamente longevos, el inmortal “que todo cambie para que todo siga igual” que ha regido los tebeos de Marvel desde tiempos de Stan Lee, permanece grabado a fuego en los cerebros de los sucesivos editores que han pasado por la Casa. Y el tebeo Marvel elegido para entrar en el Olimpo de la Crítica, The Superior Foes of Spider-man, se puede leer perfectamente con sólo tener una vaga idea de quien es Spiderman.

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The Peripheral, de William Gibson

The PeripheralComo todo lector de bien, cuando supe que The Peripheral, la última novela de William Gibson, estaría ambientada en el FUTURO se me subió el hype por las nubes, babeando como un perro de Pavlov ante la palabrita mágica de marras. Resultaba además una decisión intrigante, si Gibson había abandonado la ciencia ficción en Mundo espejo porque ya resultaba innecesaria para analizar un mundo que ya parecía de cf, ¿qué le empujaba a especular sobre el futuro de nuevo? Pero sobre todo, lo que más me intrigaba era si Gibson recuperaría algo del crédito perdido con las dos últimas novelas del ciclo de Blue Ant. Confieso que, como persona que aún no se ha repuesto de la lectura de Neuromante hace ya más de veinticinco años, deseaba que así fuera. Lamentablemente, Gibson ha regresado al género con sus defectos y virtudes fuertemente acentuados y los últimos no han podido hacer que olvidara los primeros.

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Ancillary Justice, de Ann Leckie

Leckie_AncillaryJustice_TP-692x1024Creo que ésta es la primera vez que escribo la crítica de una novela sin haber logrado terminarla (bueno, confieso que los últimos capítulos de Robopocalipsis o cómo se llamara aquello, me los leí en diagonal). Y es que he tenido que abandonar la lectura de Ancillary Justice a pocos capítulos del final, ya viéndome muy desfondado, hasta el punto de que me estaba provocando un curioso bloqueo de lector, una mezcla de hastío, enfado, sentimiento de culpa y rechazo a la palabra escrita. Algo similar a lo que le sucede a mi madre, que cuando era niña no tenía otra cosa que potaje de berzas para comer casi todos los días y ahora no soporta ver una berza ni en pintura.

Quizá me he adelantado demasiado con una valoración que debería ir al final del tocho, pero como estimo muchísimo el escaso tiempo del lector le ahorro un click: Ancillary Justice me ha parecido un tostón del quince. Dicho esto, y si todavía le quedan ganas, tras el salto de página van las desquiciadas argumentaciones.

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Echopraxia, de Peter Watts

EchopraxiaAntes de abordar la tarea de resumir y comentar Echopraxia, y sólo para aquellos que no estén familiarizados con la obra de Peter Watts, diremos que es biólogo marino, que después de ejercer como tal unos cuantos años dio la espantada (parece que el malmeter de la industria no le dejaba conciliar el sueño) y se puso a escribir, y que en su obra suele abordar, entre otros, temas relacionados con la ciencia y sus limitaciones, la religión, la reciprocidad (o más bien la falta de ella) entre conciencia e inteligencia, el libre albedrío y la evolución, todos ellos pasados por un tamiz científico (como no podía ser de otro modo), aunque no del todo cientista.

Una de las particularidades que hace que Watts sea uno de los autores de ciencia ficción más interesantes de los últimos años es que es capaz de producir obras de cierto calado mental y con cierta tersura filosófica, y al mismo tiempo, aparte de la mera enjundia y la mera profundidad, plantear estas inquietudes sobre un armazón narrativo que podemos tildar, sin ningún tipo de pudor, como popular (entendido el término en su sentido friquista imperante en nuestros días), y que podríamos resumir así a bote pronto, y ciñéndonos concretamente al díptico Firefall1, como el cóctel no del todo excepcional que obtendríamos si mezcláramos el cine de terror espacial al estilo Alien: el octavo pasajero, los vampiros depredadores de una película como 30 días de noche y los zombis desnortados de un Romero o un Fulci (aclaro que no hay zombis en Visión ciega). Pero, como decimos, esto sólo sería una burda aproximación, unos torpes brochazos para orientarnos un poco, porque, claro está, ni los alienígenas, ni los vampiros, ni los zombis de Watts tienen mucho que ver con los alienígenas, los vampiros y los zombis a los que nos tiene acostumbrados el cine/literatura/cómic/vídeo-juego de terror al uso. Los monstruos de Watts sí son excepcionales, como también es excepcional el tratamiento que hace de los temas clásicos de la ciencia ficción. Watts no se ha inventado nada, pero ese cóctel, espolvoreado con montañas de datos y unos cubitos de acción trepidante, presentado con rigor científico (o al menos con un buen barnizado de rigor) y un estilo descarado no exento de lirismo (un lirismo tecnoide), hacen del canadiense un autor fuera de lo común.

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The Islanders, de Christopher Priest

The IslandersHa pasado una década desde que Saldotauro publicara La separación, la última novela de Christopher Priest traducida al castellano. Desde entonces apenas hemos visto en nuestras librerías varias reediciones de algunos de sus títulos: El prestigio a raíz de su adaptación al cine; El mundo invertido, recientemente saldado por los inefables editores de La Factoría de Ideas;… Esta sequía tiene explicación. Durante casi una década, Priest estuvo enfrascado en la escritura de dos obras aparecidas en 2011 y en 2013. Todavía no he leído la última de ellas, The Adjacent, pero entiendo bien por qué ninguna editorial se ha animado a traducir The Islanders. Al handicap de Priest como escritor en tierra de nadie entre el género y el mainstream, o sus tradicionales bajas ventas en España, se une la particularísima idiosincrasia de The Islanders, una obra tan endémica como endogámica.

Éste es el regreso del autor de El glamour a su Archipiélago del Sueño, un lugar narrativo que, si no me equivoco, no tocaba desde que escribiera La afirmación. En sus páginas Priest se da un impúdico autohomenaje durante el cual toca la mayoría de temas a los que se ha entregado durante sus casi cincuenta años de carrera: su inquietud por la veracidad de los narradores; cómo afectan a la vida las obsesiones y las crisis de identidad; el doble y todas las confusiones asociadas a su figura; la inmigración y el cinismo con el cual se trata en nuestro viejo mundo… Tampoco se limita a retornar a una geografía específica o un trasfondo común a La afirmación o relatos como “La negación”, “Rameras” o “El observado”. A lo largo de toda su extensión, Priest siembra referencias, explícitas e implícitas, a gran parte de su obra hasta el punto de, por ejemplo, presentar una nueva versión de El hombre transportado, el truco de magia central de El prestigio, esta vez con el sobrenombre de “The Lady Vanishes” (a la sazón, una de las películas más divertidas de Hitchcock). No es necesario ser un avezado Priestólogo para apreciar las virtudes de The Islanders. Estamos ante una especie de huevos de pascua que enriquecen las múltiples historias que conforman el conjunto. Pero si apunto estas ideas al comienzo de esta reseña es para dejar claro lo siguiente: solo recomendaría The Islanders a un lector familiarizado con las obras más importantes de este autor.

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Master of Space and Time, de Rudy Rucker

Master of Space and Time

Master of Space and Time

Me disculparán si esta vez les cuelo el refrito de la reseña que publiqué hace unos cuantos años en otro blog, pero es que mi hija, que es en realidad quien me hace las reseñas, está muy liada con los ensayos de la fiesta del patrón de su cole. Así que aprovecho para recomendar por enésima vez Master of Space and Time, porque soy muy brasas y porque me gusta mucho. Además, creo que nunca jamás volveremos a leer nada traducido de Rudy Rucker, un autor que merecía mejor suerte a la hora de ser publicado en España, donde tan sólo hemos podido disfrutar de dos obras de ficción; la estupenda Software y la fallida El hacker y las hormigas (no sé en qué estaría pensando la editorial Ómicron para escoger esta novela de entre todo el amplio corpus ruckiano). Ilustre matemático con varios libros de divulgación en su haber (el interesado puede buscar La cuarta dimensión, publicada por Salvat en 1988), programador, escritor de cf y descendiente directo del popular filósofo Friedrich Hegel, Rucker era el que hacía de Philip K. Dick en el gran guiñol de escritores que escenificaron el cyberpunk. Pero cuidao, un Dick con sólida formación científica que hubiese cultivado la ciencia ficción dura. Por supuesto, en su currículum abundan episodios de abusos de drogas y paranoia, en los que brillan con luz propia las apariciones marianas del propio Dick y Allen Ginsberg durante sendos cebollones de ácido. Pero por encima de todo ello, Rucker es un escritor de una inteligencia muy superior a la media, muy agudo, extraordinariamente divertido y capaz de expandirte la mente a base de triturar conceptos matemáticos, científicos y filosóficos y suministrarlos directamente al cerebro.

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Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples

Saga

Saga

Seguramente hayan sufrido alguna vez el síndrome Soy leyenda cuando un producto cultural, ya sea película, serie de tv, novela o tebeo, triunfa entre crítica y público y a usted no sólo le parece incomprensible que semejante pufo pueda gustar a un ser vivo que no esté corrompido por un extraño virus, sino que además le resulta odioso y aborrecible, más aún, le ofende personalmente, es decir, no sé como os puede gustar esa puta mierda, joder. Y venga todo Dios a dar la turra con lo mismo, hasta que acaba uno encerrado en casa, pasando las noches abrazado a la recortada, odiando muy fuerte y soltando espumarajos en un blog, con la convicción febril del que sabe que todo el mundo es idiota menos él.

A mí esto no me ha pasado nunca, cuidao, pero me puedo imaginar perfectamente cómo se debe sentir un pobre desgraciado al que, por poner un ejemplo completamente al azar, no le haya gustado Saga, el tebeo de ciencia ficción de Image Comics que lo está petando entre público y crítica (tres Eisner y un Hugo en 2013) desde que comenzó a publicarse allá por 2012.

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