No soy muy aficionado al género negro, no sé muy bien porqué. Debe ser por culpa de esa media docena de cromosomas que me sobran, que tampoco me permiten disfrutar de un western clásico a la hora de la siesta, como es obligado en un padre cuarentón o contemplar un buen melodramón de llorar sin torcer el morro. Así que llegué a Dog Soldiers a través de William Gibson. Creo recordar que en el foro de su página web alguien le preguntaba, o se quejaba, de que en sus obras más recientes (de Mundo espejo en adelante) los personajes eran hermanitas de la caridad y del buen rollo a diferencia de lo que ocurría en la trilogía del Sprawl, por ejemplo. Yo, personalmente creo que el sufrido fan no se atrevía a reprocharle al ídolo que le veía acomodado, perdido en estructuras argumentales que se repetían de un libro a otro, rematadas por finales blandos y sin contundencia. Gibson respondía amablemente con un “ej lo que hay” y que si quería leer una novela en la que los personajes se hacían cosas muy desagradables unos a otros, y que, además, habían influido mucho en la forma de construir los argumentos de las novelas del Sprawl (sobre todo en Conde cero, añado yo), que se leyese Dog Soldiers de Robert Stone. Y cómo a mí me gusta mucho leer novelas sobre gente que se hace cosas muy desagradables unos a otros, pues para allá que fui.
Archivo de la categoría: VO
Here Comes The Nice, de Jeremy Reed
Mejor lo digo de entrada: nunca me han interesado los sesenta, ni los Stones, ni los Who (admito que no he visto Quadrophenia), tampoco los mods han despertado en ningún momento mi curiosidad, y puede que la sustancia de las de andar por casa que menos me gusta sea el speed. ¿Por qué digo todo esto? Pues porque de esto va Here Comes The Nice, la última novela hasta la fecha del británico Jeremy Reed.
Y lo digo porque me ha enganchado desde el primer párrafo. De acuerdo en que me interesa mucho la música, el devaneo de la cultura popular en general, sus modas, sus tribus, su cuitas y vaivenes, pero lo que quiero dejar claro es que el mérito es exclusivamente del autor, ese maldito enfant terrible de la cosa literaria británica.
Es bastante probable que no hayas oído hablar de él porque se le ningunea de mala manera desde hace décadas. Marginal por los dictados del libre albedrío y del estar a lo que hay que estar, Jeremy Reed escribe como un Ballard extasiado, con una sagacidad que por momentos parece atravesar la realidad de lo descrito, como si las palabras fuesen bisturíes que esgrimiera un William Gibson hasta las cejas de Adderall. Reed es ante todo poeta y le basta con un par de párrafos para sumergirte en su alucinada recreación y sacarte del continuo espacio-temporal en el que como lector estás obligado a subsistir.
Y de eso va también y sobre todo Here Comes The Nice, de viajar en el tiempo, de abstraerse del flujo temporal del presente, de licuarse y filtrarse hasta un tiempo que no es el propio mediante una especie de hibernación lúcida que ralentiza todo lo que no es el organismo.
Adrift on the Sea of Rains, de Ian Sales
Adrift on the Sea of Rains es la primera entrega del Apollo Quartet, conjunto de cuatro novelas cortas que Ian Sales está publicando a través de su editorial, Whippleshield Books, destinadas a fomar una tetralogía sobre la carrera espacial en general y el proyecto Apollo en particular. A tenor de lo leído en la página web de la editorial, se trata una revisión de la mitología y el drama de la carrera espacial, alejada de los fuegos artificiales de la space opera y del patriotismo optimista que alimentaba cierta cf clásica, la de los héroes heinlenianos de mandíbula cuadrada, eficientes, monolíticos, hechos de una pasta especial, the right stuff, los elegidos para la gloria.
La acción transcurre durante los años ochenta de una realidad alternativa en la que el programa espacial norteamericano no se detuvo tras el Apollo 17, es decir, no sólo se llevó a cabo el gran acto simbólico de llegar a la Luna, sino que se continuó con su “conquista”. Pero en esta línea temporal, una vez apagados los ecos del alunizaje, el desinterés del público, la falta de fondos y un progresivo calentamiento de la Guerra Fría, convirtieron la carrera espacial en un asunto únicamente militar. Los norteamericanos han logrado construir una estación espacial, la SS Freedom, para controlar la estratosfera y una base lunar, la Falcon Base, enterrada en el subsuelo de la planicie conocida como el Mar de las Lluvias, Mare Imbrium. Allí es donde nuestro protagonista, el capitán Vance Peterson, y sus compañeros quedan abandonados a su suerte tras contemplar impotentes cómo se desata la guerra nuclear, llevándose por delante toda la vida del planeta Tierra, dejándolo arrasado y sin vida, como el lugar en el que han quedado atrapados. Ya no hay nadie en casa para recibirles en condiciones y la única esperanza es esa idea loca extraída muy acertadamente del fértil y fascinante mundo magufo-nazi. Se trata de The Bell (más conocida en los círculos de entendidos como Die Glocke) una wunderwaffe encontrada al final de la II Guerra Mundial en Silesia, oculta durante años en un almacén militar norteamericano y acarreada hasta la luna de tapadillo, poco antes de que se desatara el apocalipsis nuclear. Este artefacto es capaz de navegar por los procelosos universos cuánticos arrastrando con ella el lugar en el que se encuentra ubicada, es decir, la luna entera, hasta encontrar la familiar estampa de un planeta azul sobre el horizonte lunar en vez de la calavera grisácea que los astronautas divisan desde Falcon Base. Así que ahí están los pobres, racionando agua y comida, accionando el armatoste nazi sin éxito y funcionando a base de pequeñas rutinas. Hasta que un día…
Osama, de Lavie Tidhar
Leyendo Osama me he acordado mucho de mi padre. No es que yo disfrutara de una infancia trepidante, reuniones clandestinas de señores barbudos en casa, el libro rojo de Mao escondido en la Biblia familiar, mudanzas repentinas a horas intempestivas, hombres de negro rondando por el colegio o la presencia de extrañas sustancias debajo del fregadero. Pensaba más bien en sus aficiones literarias. Se trataba de un fan fatal de, entre otros, Rice Burroughs, Tolkien, Vance, Verne, Spiderman y la Patrulla X (guionizara quien guionizara y dibujara quien dibujara). Yo, por aquella época, era un joven snob, peor que ahora y ya es decir, todavía más tonto y por tanto, más atrevido, que solía criticar cruelmente sus gustos cuando mi padre me devolvía un Ballard o un Clowes a medio leer, alegando que eran un rollo y que no entendía nada. Pues bien, puedo afirmar con rotundidad que, tras muchos años de lecturas, he alcanzado la lucidez lectora que poseía mi padre en la cincuentena pero con diez años de antelación; Osama es un rollo y no he entendido nada. Quién me lo iba a decir, que siempre he opinado que no es necesario entender una narración para disfrutarla y que para apreciar el buen cine hay que saber aburrirse. Ahora toca arrepentirme y tragarme mis palabras. ¡Qué amargura!
Dicho esto, bastaría con darle al botón publicar para que ustedes y yo pudiéramos seguir tranquilamente con nuestras vidas, pero hay una vocecilla en mi cabeza que no se calla; “las opiniones tienen que argumentarse, las opiniones tiene que argumentarse, ñiñiñiñiñiñiñi”.
The San Veneficio Canon, de Michael Cisco
No recuerdo ahora donde leí una comparación según la cual la narrativa sería como un inmenso museo de arte donde los géneros y estilos ocuparían las diferentes salas. La mayor parte de nosotros deambulamos casi todo el tiempo entre los cuadros de los grandes maestros de la composición, el dibujo, la anatomía y la perspectiva, las “buenas historias bien contadas” de toda la vida y como dios manda. A veces nos aventuramos por alguna estancia donde el color es algo más extravagante, o la composición un poco más atrevida. Pero a veces, es como si los lectores se negaran a aventurarse más allá del ala figurativa. Bueno, hay unos pocos ahí por el fantástico, unos que siguen folletines disfrazados de fantasía o romance científico, contemplando cuadros de Frank Frazetta, otros miran por encima del hombro a los anteriores mientras se deleitan con Chirico o Borges, Bacon y Burroughs y, claro, ni se dirigen la palabra. Sin embargo el museo es inmenso y las obras se pierden en las sombras, en una zona confusa entre el surrealismo y el terror fantástico. Los que deambulan por allí en la penumbra, pueden encontrarse con Bruno Schulz, Aickman, Ligotti. O Michael Cisco.
The San Veneficio Canon, recopila la primera y premiada novela (corta) de Michael Cisco, “The Divinity Student”, publicada como un único volumen en 1999, junto a su continuación, “The Golem”. En ellas se narran las peripecias del Estudiante de Teología por la misteriosa urbe de San Veneficio, como si del alucinado protagonista del western Dead Man se tratase, vagando por una Las Vegas reseca y aplastada por el sol, sin casinos ni furcias, imaginada por un Lord Dunsany que abusara de la absenta para sobrellevar un dolor de muelas.
Orc Stain, de James Stokoe
Reseña que recoge los números 1 al 5 de Orc Stain, recopilados en trade paperback, publicado por primera vez en 2010.
Dentro de la oferta de títulos con los que Image Comics intenta ampliar su abanico de géneros un poco más allá de su universo superheroico, uno de los más divertidos es Orc Stain, de James Stokoe. Como sugiere el título, Orc Stain es fruto de la típica discusión de frikazos (otro sábado sin pillar, a altas horas de la madrugada y con más de media docena de cervezas encima) sobre El señor de los anillos y el papel de los orcos como fuerzas del mal. El orco, ¿es malo por naturaleza o es que Tolkien lo hizo asín? ¿Por qué los orcos van por ahí hechos unos guarros, matando y destruyendo, en vez de dedicarse a la cerámica y entrar en comunión con la naturaleza? La explicación oficial nos dice que el orco es creación de Morgoth, que se burlaría así de los hijos de Ilúvatar, los elfos, tal como Satanás siempre se burla en sus actos de las creaciones de Dios. Otros (yo), en una línea más de materialismo dialéctico, opinan que el orco es la visión que Tolkien tenía de la masa que salía de las fábricas para emborracharse y armar bronca, dejando la Comarca, perdón, su Inglaterra ideal que nunca existió, hecha un asco. Stokoe, más modesto, y en plan Rousseau pajero, tiene sus dudas; ¿y si los orcos tuvieran capacidad de elección?. A la hora de abordar esta pregunta, Stokoe se queda en la parte lúdica y no entra en pajas de cineforum progre.
Dead Water, de Simon Ings
En 1928 el dirigible Italia, en ruta hacia el Polo Norte, se estrella en el desierto ártico. Entre sus tripulantes se encuentra el joven científico Lothar Eling. Antes de embarcarse en esa aventura, Lothar se había topado con un fenómeno que, posteriormente, revolucionaría el campo de la física: a base de aguadillas en aguas noruegas descubrió que en el medio marino las capas de agua se superponen según las diferencias de densidad y temperatura (por ejemplo una capa de agua dulce “flotaría” sobre otra de agua salada sin mezclarse), cuya fricción genera el oleaje. Y cuando la hélice de un navío intenta propulsarse mientras permanece sumergida entre fluidos de distinta densidad, dicho navío apenas puede desplazarse, o lo hace a una mínima fracción de su velocidad normal, un fenómeno conocido como agua muerta.
Eric Moyse, un magnate que ha hecho fortuna con la caza de ballenas, encabeza una expedición para rescatar el dirigible y acaba encontrando el libro de notas de Eling, donde éste había anotado y desarrollado teóricamente su descubrimiento. Gracias a dicho libro de notas, el profesor Jakob Dunjfeld, maestro de Lothar Eling, enuncia posteriormente el teorema de circulación de Dunjfeld que, sumado a una revelación crucial durante un bombardeo en Londres en la II Guerra Mundial, permitirá a Eric levantar un imperio de transporte de mercancías por mar, inventando el sistema de contenedores en continua circulación por las rutas marítimas.
Charley´s War, de Pat Mills y Joe Colquhoun
Hace muchos años tenía fijación con el personaje de Marshal Law, la salvaje sátira de Pat Mills y Kevin O´Neill sobre el superhéroe norteamericano. Seguiré defendiendo la primera miniserie contra viento y marea, sin embargo reconozco que lo que vino después no era muy allá. Pero leyendo el demenciado cross-over Marshal Law vs Hellraiser (seguramente sólo lo recuerdo yo), quedó indeleblemente grabado en mi memoria el relato de un cenobita que rememoraba sus tiempos como soldado en la I Guerra Mundial. Recuerdo sobre todo una ilustración de O´Neill, en la que unos soldados británicos pasaban a bayoneta a unos desdichados alemanes que habían sido encadenados a las ametralladoras para que no pudieran huir.
Así que, como persona aficionada a los relatos morbosos y desquiciados y fan de Pat Mills, que cuando lo hace bien, lo hace MUY BIEN, al enterarme de que el venerable guionista inglés tenía en su haber un folletín antibélico de chorrocientos capítulos sobre las peripecias de un soldado en la I Guerra Mundial, supe que tenía que leerlo sí o sí.
Blindsight, de Peter Watts
Leí Visión ciega por primera vez hace ya un par de años, recuerdo que no me acabó de convencer, ni creí haberla entendido del todo, pero aquel endemoniado tren de la bruja continuó traqueteando por mi cabecita hueca desde entonces precisamente por eso; porque son las cosas que no acabo de entender a las que más vueltas le doy. Así que decidí acometer una nueva relectura de la novela, era evidente que algo se me había pasado por alto. Pero como no sabía donde había puesto mi ejemplar de Bibliópolis, acudí a la página web de Peter Watts, que es tan majete que ha puesto a nuestra disposición Blindsight (entre otras obras) para su descarga en diversos formatos. Y tras la relectura, me di cuenta de que lo que había ocurrido es que mi subconsciente supo reconocer lo que mi yo consciente se negaba a aceptar; Blindsight era una de las mejores novelas de cf que había leído en mi vida. Por lo tanto, con la falta de coherencia que me caracteriza, intentaré explicar torpemente porqué.
The Bulletproof Coffin, de David Hine y Shaky Kane
En 1977 David Hine y Shaky Kane (seudónimo de Michael Coulthard) se conocieron en un garito punk de Exeter. Por aquel entonces Hine editaba un proyecto universitario llamado Joe Public Comics, donde apareció la primera historieta de Kane, “Hitler on Ice”.
A finales de los ochenta, Bret Ewins y Steve Dillon fundaron la revista de historietas y música pop, Deadline, donde una emergente generación de dibujantes británicos afianzó su arte; Brendan McCarthy, Duncan Fegredo, Jamie Hewlett, Warren Pleece, John McCrea, Phillip Bond… y David Hine y Shaky Kane. Alguno hizo más o menos fortuna con el cine y la música, la mayoría, siguiendo la tradición inglesa, emigraron al sello Vértigo de DC y luego al mainstream, y otros, como McCarthy, sólo publicaron puntualmente alguna cosa, mientras se buscaban la vida con otros proyectos. David Hine acabó trabajando como guionista en las dos grandes, Marvel y DC (varias miniseries de X-Men, Daredevil, Civil War, Detective Comics…), y Shaky Kane, salvo alguna aparición esporádica, como la portada para el episodio homenaje a los Cuatro Fantásticos de la Doom Patrol de Morrison, o los dos números de Black Star Fiction Library, no se ha prodigado mucho más.
En 2008 Hine y Kane volvieron a encontrarse en el ascensor de un hotel mientras asistían a una convención de comics. En 2010 apareció la obra que volvió a reunirlos, The Bulletproof Coffin, dentro de la iniciativa de Image Comics de publicar tebeos creados por autores “independientes”; Orc Stain, King City o la reedición de Strange Embrace del propio Hine.








