Software, de Rudy Rucker

Software

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Cada vez que leo una obra cyberpunk de la primera etapa, cuando William Gibson, Bruce Sterling, Lewis Shinner, John Shirley y el resto de sospechosos habituales definían el movimiento relato a relato, novela a novela, echo un poco de menos no haberla vivido en directo. Aunque la sensación es que aquello terminó en agua de borrajas, quizás desde el momento en que muchos escritores, críticos y lectores encasillaron el cyberpunk en una serie de estereotipos que sólo eran una parte de las coordenadas iniciales, muchas de ellas conservan la energía, chispa, transgresión, de cuando fueron escritas. En el caso concreto de Software, publicada hace justo 30 años, el texto de cubierta trasera comenta que es una novela desquiciada cuya lectura resulta fascinante desde la primera página. Y es frenéticamente cierto.

En ese sentido Software recuerda mucho a la música punk. No solo en su formato conciso o en su tono salvaje, sino en su concepción descontenta con la ciencia ficción predominante de la época y la sociedad en que fue escrita, en pleno desembarco de las políticas económicas neoliberales en EEUU y Gran Bretaña. Aquí representadas, sobre todo, por una sociedad robótica lunar en la que el darwinismo social se lleva hasta las últimas consecuencias y se utiliza, por ejemplo, la inflación como técnica de selección “natural” para eliminar los elementos menos productivos. Algo que, más recientemente, hemos visto en la decepcionante In Time, aunque aquí los indigentes son condenados a otro tipo de muerte: son absorbidos por vastas mentes robóticas para terminar convertidos en meros apéndices.

En este juego de comparaciones que he entrado, es interesante situarla al lado de Robopocalipsis, de la que Alfonso García escribió una reseña bastante cañera hace unas semanas. Esencialmente, el leitmotiv de Software es el mismo: el “enfrentamiento” entre una incipiente sociedad robótica y la de sus creadores humanos. Aunque, dentro de su “locura”, Rucker se aleja de los fuegos de artificio (que los tiene), y las piñas (que las hay) y establece una contienda a otro nivel, más meditado, más profundo, más… relevante. Como buena obra cyberpunk, en el sustrato está la relación entre el hombre y la, por entonces naciente, tecnología informática y lo que podía suponer, en este caso, la digitalización de la personalidad. Un concepto de uso común en la ciencia ficción actual, de la mano de autores como Greg Egan o Robert J. Sawyer, pero entonces mucho menos frecuente (de una manera, también, menos rigurosa).

Este es el dilema ante el que se encuentra Cobb Anderson, uno de sus dos protagonistas; si aplicarse o no el logro conseguido por los robots a los que Cobb dio el libre albedrío hace unas décadas. Una decisión en la que se convirtió en un paria para los suyos y, a la vez, en un icono para los hijos del silicio. Los robots están escindidos en varias facciones: una capitalizada por uno de los primeros robots libres, creado por Cobb y que desea darle este premio, y otra por una serie de androides que se presentan como los villanos de la novela que pretenden evitarlo a toda costa. Las razones, como era de esperar, no son tan simples como he simplificado aquí.

La trama está plagada de situaciones de lo más heterogéneas. Además de tratar el transhumanismo y las incipientes políticas neoliberales, nos acercan a los problemas que llegan cuando la generación del baby boom se acercan a su jubilación (ey, como ahora mismito). Tiene múltiples guiños Dickianos y un sentido del humor único que puede suponer un problema para los que no entren en él o los que exijan demasiado rigor a la historia. La narración a veces peca de incoherente, está repleta de deus ex machinas (¿acaso podía ser de otra manera?) y hay algún personaje que no se sabe muy bien por qué forma parte del argumento. Sin embargo en su delirio está su virtud. Y en que apenas tiene centenar y medio de páginas.

Antes de leerla, me dicen que una novela que trata estos temas, que se mueve por estos lugares, termina con una escena en la que un camión de helados ha sufrido un accidente y no me lo creo. Y, sin embargo, funciona.

6 pensamientos en “Software, de Rudy Rucker

  1. Una descripción muy ajustada de lo que es la novela. Me gustaría añadir algo inteligente, pero es que la leí hace un porrón de años. Eso sí, como te ha pasado a ti, acababa de leer Neuromante y recuerdo que me encantó que fuera tan loca, tan diferente a lo de Gibson. En aquel momento me fascinó el concepto de software, de personalidad codificada, como una especie de “alma” que va transmigrando de recipiente en recipiente. Y los robots evolutivos. Luego amplió los conceptos en el resto de la tetralogía, pero salvando Wetware, las otras dos no son muy allá.

    La forma de la novela es la típica de Rucker (casi todas sus novelas, sobre todo las transrealistas, son muy parecidas en su desarrollo argumental) una comedia enloquecida protagonizada por algún avatar de la personalidad del propio Rucker que se lee en un suspiro. Como bien dices, es una canción punk o mejor aún, de garaje, el Surfin´ Bird por ejemplo.

    Finalmente Rucker, riguroso, Greg Egan… Rucker es matemático que incluso creo que tiene algún libro de teoría sobre la cuarta dimensión traducido al castellano, lo que pasa es que, a la hora de escribir se la pela el didactismo; coge el concepto que le interesa tratar y a hacer locuras como ocurre en White Light, por ejemplo, que emplea las matemáticas para ejecutar un locurón tipo Alicia en el País de las Maravillas. Recomiendo también Master of Space and Time sobre la que escribí hace tiempo, Rucker no es precisamente un estilista y recuerdo que no era difícil de leer. Perdón por el autobombo, pero copio y pego.

    http://estacionfantasma.blogspot.co.uk/2006/02/rudy-rucker-amo-del-espacio-y-el.html

    • Me cuesta acertar con las palabras. Estaba pensando en lo que puntualizas; en Egan y cómo suele afrontar gran parte de sus historias, con un nivel de detalle equiparable a su nivel de rigor, que roza lo obsesivo. Como dices, a Rucker le preocupan otros aspectos.

      • Qué va, el que se expresa con el culo soy yo, que me van más rápido los dedos que el cerebro. Riguroso si que quizá sea la palabra, lo que yo quería aclarar es que Rucker es un tipo de sólida formación científica, lo que ocurre es eso que dices, que no le interesa “entrar en detalles” al nivel de un Egan en Ciudad Permutación, por poner un ejemplo.

        Pues eso, que más o menos de acuerdo.

  2. A mí me apena no poder leer en condiciones nada de Rucker, Cadigan y tantos otros si no es acudiendo al mercado de segunda mano. Claro que en esas condiciones está más que justificado acudir al “mercado” electrónico de préstamo. Nada le va a llegar ni al editor, ni al escritor ni al traductor.

    • En ediciones, por cierto, lamentables tras 25 años en según qué estanterías. No es ya que la traducción necesite una revisión, es que el papel de estas colecciones se deteriora a una velocidad… Los que tenéis facilidad con el inglés, siempre podéis acudir a la VO.

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