Uno de los últimos lanzamientos de Tor.com dentro de su colección de novelas cortas es The Twilight Pariah del norteamericano Jeffrey Ford. Ante la evidente pregunta de por qué me decidí a leer esta novela corta lo cierto es que, como interesado en esta colección, revisando sus últimas novedades descubrí que Ford es un experimentado escritor de relatos y novelas. Ante mi desconocimiento y sorpresa también me di cuenta que fue publicado en nuestro país en varias ocasiones gracias a Minotauro y la desaparecida La Factoría de Ideas, algo que me había pasado desapercibido. Atendiendo a su bibliografía aparecen nada menos que una centena de publicaciones bajo su nombre, muchas de ellas en algunas de las revistas más reconocidas del género fantástico: The Magazine of Fantasy & Science Fiction, MAD Magazine, Weird Tales, Clarkesworld Magazine, Tor.com, Lightspeed… Por si esto fuera poco para dar una oportunidad a esta obra, Jeffrey Ford ha ganado los premios Nebula, Shirley Jackson y el World Fantasy en varias ocasiones.
A pesar de este bagaje, el argumento a priori no indica que The Twilight Pariah vaya a ser una historia para el recuerdo. Tres jóvenes de vacaciones se dedican a pasar el verano tomando cervezas antes de regresar a las clases. Una de las protagonistas, Maggie, es una curiosa de la arqueología que propone a sus dos amigos pasar unas cuantas noches excavando en el terreno de una casa abandonada en medio del bosque. ¿Qué puede salir mal? Evidentemente, todo. Palada a palada irán descubriendo objetos sin valor hasta que sacan a la luz un bote con un extraño liquido rojo y, todavía más importante, unos huesos que dan forma a un cadáver al que se le intuyen cuernos y rabo. Desenterrar esos restos traerá más consecuencias de las legales que, en un inicio, puedan venirnos a la mente, dado que pronto comienzan a tener lugar sucesos extraños que esconden un oscuro secreto, oculto durante casi un siglo.
Poco se imaginaba el bueno de H.G. Wells que la parábola socialista escenificada por los morlocks y los eloi que el escritor inglés presentaba en su clásico La máquina del tiempo, acabaría convirtiéndose en metáfora de uno de los conflictos laborales más crudos y despiadados de nuestra contemporaneidad; la guerra soterrada que transcurre en las oficinas de todo el mundo entre los ingenieros y técnicos de IT, popularmente conocidos como “los informáticos”, y todos los demás. Así que por un lado tenemos a los eloi, los de contabilidad, ventas o marketing, que consideran a los trabajadores de IT poco más que un mal necesario, quejicas y rezongones a la hora de colaborar o solucionar entuertos, siempre presentando irritantes objeciones expresadas con una condescendencia apenas reprimida en el mejor de los casos. Y por otro lado los morlocks, los sufridos trabajadores de IT, atrincherados en el rincón más apartado de la planta baja, presas de un complejo de superioridad técnica e intelectual, pero cuyos conocimientos de cómo funciona la realidad de las cosas informáticas no son valorados en absoluto. Esclavos de horarios demenciales, sufren el desprecio y la incompetencia de los eloi quienes, atrapados aún en el pensamiento mágico en lo que a tecnologías de la información respecta, solicitan características imposibles de implementar en los sistemas, no se molestan en leer los putos correos de seguridad y encima imponen una serie de procedimientos y directrices administrativas absurdas que complican cada vez más el trabajo. Y mientras, se consuelan a la hora de comer; “ay, el día que hagamos huelga se lía, vaya si se lía…”
Lois Cairns es una profesora y especialista en cinematografía de Toronto que se encuentra al borde de la debacle psicológica y emocional. Tras varios años en paro después de ser despedida de su plaza docente por recortes presupuestarios, y sin perspectivas laborales en el horizonte, sobrevive publicando escasas críticas en revistas minoritarias. Además, su vida familiar tampoco contribuye a mejorar su estabilidad emocional; Lois es madre de un niño autista, Clark, incapaz de expresar sus sentimientos y emociones y con quien apenas puede comunicarse, lo que genera una dinámica extenuante de frustración, rechazo y culpabilidad. Hasta que un día, medio de casualidad, Lois asiste a un festival de cortometrajes en el que uno de los gurús del underground presenta una pieza que samplea antiguo metraje de nitrato de plata, una cinta perdida de principios del siglo XX donde se representa un oscuro mito eslavo, la