Fantástica televisión, de Alfonso Merelo

Fantástica televisión

Fantástica televisión

Hoy en día Internet nos ofrece un repositorio de información prácticamente inabarcable, en el que podemos encontrar desde datos en tiempo real sobre acontecimientos mundiales, hasta los detalles más arbitrarios sobre el tema que deseemos explorar. Sólo es necesaria algo de paciencia y saber dónde buscar. Si echamos la vista atrás hasta hace apenas unos diez años, puede parecernos que vivíamos en una especie de edad oscura en la que era habitual manejarnos con mastodónticos volúmenes de enciclopedia para poder redactar esos pesados trabajos que nos encargaban nuestros sádicos profesores.

El mundo de la cultura ha sido una de las áreas donde este cambio ha supuesto un mayor impacto, la Red nos permite extraer toneladas de información actualizada en pocos minutos sobre cualquier asunto, las comunidades globales se han erigido como grupos de opinión teóricamente independientes a las que cada vez acceden más usuarios para orientarse. En este contexto las publicaciones clásicas, tanto revistas especializadas como obras o ensayos analíticos, corren serio peligro de obsolescencia. Sin embargo el medio impreso todavía puede ofrecer valor añadido, especialmente a través de la búsqueda de la calidad y fiabilidad en sus contenidos, que se manifiestan de forma muy heterogénea en el medio digital.

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WALL·E

WALL·E

WALL·E

El cine prospectivo o incluso el de pura ciencia ficción ha producido un mayor caudal de buenas películas del que la crítica académica está dispuesta a reconocerle. Es un abanico amplio: joyas escondidas como el falso documental postatómico The War Game, películas comerciales con sorprendentes elementos ambiciosos como Nivel 13, modestas series B de connotaciones épicas como El increíble hombre menguante, o incluso éxitos de moda con muchas ínfulas y algunos aciertos como Matrix. Sin embargo, todas estas citadas, y otra treintena larga –desde Aelita hasta El truco final, pasando por Ultimátum a la Tierra, El planeta de los simios, Soylent Green o El show de Truman– son películas, a mi juicio, de un segundo peldaño: bien por una imaginería chocante a la que hoy resulta difícil abstraerse, bien por falta de convicción en los elementos especulativos planteados, por debilidades propias de una producción escasa de medios, por incoherencias argumentales, o por varias de esas razones combinadas. En suma, a mí me salen sólo siete obras maestras casi impecables, siete películas en las que los defectos son escasos o quedan sepultados por cualidades de mayor jerarquía. Son, por orden de producción, Metrópolis, La invasión de los ladrones de cuerpos, 2001, Alien, Blade Runner, Brazil y Gattaca.

Comparten diversas cualidades: por ejemplo, su temática de carácter, efectivamente, antes prospectivo y alegórico que lúdico o especulativo en el plano científico. En ellas, el uso de la imaginería de la cf es una herramienta con la que se fuerza una situación límite para reflexionar en torno a las preocupaciones de la sociedad de su tiempo. También coinciden en la influencia de su imaginería visual, que ha contribuido a forjar la imagen del futuro en la cultura occidental, mucho más que los éxitos de taquilla: para casi cualquier espectador, las naves espaciales futuras verosímiles se parecen mentalmente más a la Nostromo que al Halcón milenario, por citar sólo un ejemplo. Y todo ello sin desdeñar, por supuesto, la calidad intrínseca de cada uno de esos filmes.

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Sharp Teeth, de Toby Barlow

Sharp Teeth

Sharp Teeth

Cualquiera pensaría que hay formas más sencillas de abordar un debut literario que la elegida por el norteamericano afincado en Detroit, Toby Barlow. Sin duda una novela de misterio o histórica gozaría de más garantías de hacer saltar la banca; o, si se conoce el mercado ­–y Barlow tiene las herramientas necesarias para conocerlo, siendo como es analista de marketing–, aún puede uno afinar un poco más y apostar por los caballos ganadores seguros que son hoy en día el romance paranormal o el techno-thriller. Lo que no hace un escritor en ciernes con la mirada puesta en los beneficios es sacrificar su ópera primera en el altar de las novelas sobre hombres lobo, vertiendo para ello su sangre con el puñal ceremonial de un estilo en apariencia tan poco apropiado como es el verso libre. No, esto es algo que sólo haría alguien para quien publicar un best-seller va varios puestos por detrás de satisfacer sus inquietudes literarias, y que venda lo que Dios quiera. Claro que, en realidad, Barlow también hace trampas: En Sharp Teeth confluyen tanto la novela de misterio como el romance paranormal y, para más inri, en realidad sus licántropos ni siquiera son hombres lobo.

La acción, sita en la ciudad de Los Ángeles, gira alrededor de las turbias peripecias de unas bandas de hombre perro y sus disputas por la supremacía en los bajos fondos. Aquí, el cambio de forma no depende de la luna llena –aunque sí se menciona de pasada la vulnerabilidad a las balas de plata en algún tramo de la novela–, ni se transmite la licantropía mediante mordiscos, ni supone el cambio de bípedo a cuadrúpedo la pérdida de la racionalidad y la sumisión a la bestia interior; rasgos emblemáticos del subgénero, todos ellos, que Barlow barre debajo de la alfombra sin ningún reparo.

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Viejo Siglo XX, de Joe Haldeman

Viejo Siglo XX

Viejo Siglo XX

Vaya por delante una cuestión importante. Aprecio sobremanera a Haldeman como escritor, y tengo a La guerra interminable como ni novela preferida de ciencia ficción. No digo que sea la mejor, aunque si podría estar en un hipotético top ten; simplemente afirmo que es la obra de este género con la que más he disfrutado. Y empiezo por aquí porque no me queda más remedio que decir, con gran dolor de mi corazón, que Viejo Siglo XX es un libro flojo donde los haya, lo peor que se ha publicado de este autor en nuestro país e indigno de él. Es lamentable ver cómo, con demasiada frecuencia, muchos escritores pierden el rumbo al final de su carrera y sus últimos libros parecen ser una parodia de sus obras maestras iniciales. Le pasó al gran Heinlein con bazofias como El número de la Bestia o El gato que atravesaba las paredes, les está pasando al revolucionario Silverberg, cuya Roma eterna es una burla a su profesionalidad, y, parece, también a Haldeman.

Viejo Siglo XX hace aguas por demasiados sitios. Desde un punto de vista estrictamente narrativo la historia es un palimpsesto de demasiados temas que difícilmente encajan entre sí: inmortalidad, exploración espacial, realidad virtual, inteligencias artificiales, tecnofobia y un recorrido nostálgico por nuestro siglo XX. Demasiadas cosas en muy poco espacio y sin acabar de centrarse en ninguna de ellas convierten al libro en una coctelera caótica sin pies ni cabeza. Haldeman es como un malabarista que intenta mantener en el aire un objeto tras otro hasta que, al final, todos se estrellan en el suelo.

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Ya estamos muertos, de Charlie Huston

Ya estamos muertos

Ya estamos muertos

A juzgar por los títulos editados hasta ahora en la colección Runas de Alianza Editorial, parece que han encontrado un hueco prometedor con novelas de fantasía ligeras y divertidas, pero con un nivel de exigencia literaria por encima de la franquicia al uso. Prueba de esto son la saga de Locke Lamora de Scott Lynch, que ya va por su segunda entrega, La voz de las espadas de Joe Abercrombie y, en menor medida, el clásico La espada rota de Poul Anderson. Con Ya estamos muertos la colección inicia otra saga que bien podría encuadrarse en el mismo nicho.

Desde que cogemos el libro por primera vez nos queda claro que no vamos a leer un título con grandes ambiciones literarias, y aunque el poco afortunado «corta pega» que aparece en la portada no invita a pasar de ahí, nos encontramos ante una novela que cumple a la perfección la máxima de «si no tienes nada nuevo que contar, al menos entretén al lector».

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El hombre divergente, de Marc R. Soto

El hombre divergenteEl hombre divergente es una colección de diez relatos obra de Marc R. Soto, mezclando inéditos y ya publicados. Son once, en realidad, si contamos la narración que los relaciona en forma de fix-up. La mayoría de ellos se podrían encuadrar dentro de los géneros de terror o de exploración psicológica del crimen. El autor es una de las nuevas figuras a seguir en lo que se refiere al relato corto de género fantástico, como atestigua la respetable cantidad de narraciones que ha conseguido colocar como ganadoras o finalistas de algún premio literario.

Elia Barceló, autora del prólogo, compara al autor con Stephen King. He de decir que siento un enorme respeto por la habilidad como contador de cuentos de King, a pesar de las críticas negativas que cosecha, a veces justificadas por los altibajos de calidad en su demasiado abultada producción y a veces motivadas simplemente por su popularidad. Por ese motivo acojo con total escepticismo cualquier comparación con él. Hay muchos que quisieran escribir como King –al menos cuando está en forma– y casi ninguno que lo consiga. No obstante, he de admitir que tras leer los relatos he llegado a comprender y compartir lo que dice Elia Barceló. King tiene una marcada habilidad para crear personajes cercanos al lector, que parecen verosímiles, que tienen preocupaciones y reacciones con las que podemos identificarnos. Ello motiva que realmente nos importe lo que sucede a sus protagonistas, con lo cual una historia de terror ya tiene mucho ganado, pues será fácil que nos involucremos en la misma. Algo de eso tiene también Soto. Sus personajes, por mucho que sean españoles en vez de naturales de Maine, parecen igualmente reales; es muy fácil para el lector identificarse con ellos y preocuparse por su suerte.

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El vuelo del dragón, de Anne McCaffrey

El vuelo del dragón

El vuelo del dragón recoge cuatro novelas cortas interrelacionadas que, en su momento, tuvieron bastante repercusión en el mundo de la ciencia ficción estadounidense. Hasta el punto que las dos primeras, “La búsqueda del weyr” y “El vuelo del dragón”, ganaron, respectivamente, los premios Hugo y Nebula a la mejor novela corta de los años 68 y 69. Fueron el inicio de una serie formada por una veintena de libros, entre novelas y colecciones de cuentos, que en España comenzó a publicar Acervo a finales de la década de los 70. Roca Editorial ha recuperado el primero de ellos manteniendo la traducción original de José María Aroca que, es justo reconocerlo –como la mayoría de los libros de la época publicados en colecciones de género–, necesitaba un lavado de cara.

Pern es un planeta periódicamente invadido –más o menos cada dos siglos– por unas esporas que, si germinan, arrasan con toda la vida que exista a su alrededor. En el pasado su continente central fue devastado por estos seres mientras que en el hemisferio norte se ha evitado la tragedia gracias a los jinetes de los dragones; un grupo organizado al que rinden tributo los señores de los distintos fuertes en los que se divide el territorio y que se mantiene activo aguardando la siguiente oleada de esporas. Sin embargo la última vez que éstas debían aparecer no lo hicieron y el tiempo ha desempeñado su rol con suma eficacia: muchas costumbres que realizan han perdido su sentido inicial, casi todos los weyrs –las fortalezas de los jinetes– fueron abandonados, el número de dragones ha menguado hasta el punto que parece difícil repeler una nueva invasión y la orden y su relación con los habitantes de Pern se ha erosionado hasta el punto de ruptura.

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El enviado, de J. E. Álamo

El enviado

El enviado

J. E. Álamo –no confundir con Alfredo Álamo– es un perfecto y total desconocido para el lector español de género fantástico. Apenas tiene publicados un par de relatos en Internet y un cuento, “Mi diario”, en el volumen colectivo Fragmentos del futuro editado por Espiral, una editorial que, por sus características, tampoco es el mejor medio de difusión posible. Sin embargo “Mi diario” –una de las pocas cosas que se salvaban de dicha antología– fue el cuento que me descubrió a Álamo y que me decidió a lanzarme a la aventura de leer su primer libro: El enviado. Y puedo asegurar que no he salido defraudado, si no francamente entusiasmado. El enviado es un fix-up de relatos original, interesante y muy adictivo que se lee en un suspiro y que cumple a la perfección su papel de sana diversión con un toque de hondura que la hace más atractiva aún. Estamos ante una fantasía oscura bien trazada y llevada con pulso firme.

Desvelar la trama interna que unifica todos los cuentos sería una crueldad y amargaría bastante la fiesta lectora que supone este libro. Digamos que, a diferencia de otros muchos arcos argumentales, éste se cierra de una forma más que satisfactoria con todos los cabos atados y dejando una digna puerta a posibles continuaciones dentro de este rico universo. Como bien indica Domingo Santos en la introducción de la obra, los nueve cuentos se articulan en tres grandes temáticas: el primero apocalíptico –yo más bien diría que de fantasía épica–, los cinco siguientes costumbristas –o sea, terror urbano actual–, y los tres últimos alegóricos –o más bien explicativos de lo que ha ocurrido a lo largo de los anteriores–.

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City of Saints and Madmen, de Jeff VanderMeer

City of Saints and Madmen

City of Saints and Madmen

Hace unas semanas, leí un artículo que establecía un paralelismo entre el estado de Nueva Orleans tras las inundaciones del huracán Katrina y la ciudad imaginaria de Bellona tal como la describía Samuel Delany en Dhalgren, víctima de un cataclismo sin especificar y teatro de la disolución de la moral y las costumbres. Delany, pues, refrendaría la reputación profética del género irreal, convertido con el paso de los años, y en ocasiones como esta casi a su pesar, en una ficción bastante más relevante que cualquier sueño de sus detractores. Pero, por otro lado, Delany sería un precursor del empleo de la ciudad como escenario fundamental de mucha fantasía moderna, donde la urbe se convierte en un espejo de aspiraciones, en un reflejo surreal de nuestro medio ambiente cotidiano, desde la Viriconium de M. John Harrison hasta la Nueva Crobuzon de China Miéville o la Ambargrís de Jeff VanderMeer.

Ambargrís, como Bellona, es una «ciudad del miedo», obsesionada por el recuerdo de un hecho traumático, el «Silencio», en el que todos sus habitantes se volatilizaron durante una expedición fluvial de su gobernante y su ejército. El enigma, atribuible o no a los «gorras grises», habitantes originales de la ciudad exterminados durante la colonización y refugiados bajo tierra, pesa sobre la conciencia colectiva de los habitantes, y podría o no ser una de las claves de los estallidos de violencia durante el Festival del Calamar de Agua Dulce, celebrado cada año. El ambiente decimonónico y decadente de la ciudad, lleno de pintoresquismo grotesco, arquitectura ruinosa y secretos atroces a punto de revelarse, supone una creación única en el fantástico contemporáneo, por su manera de unir paranoia contemporánea y exquisitez anticuaria que no desentonaría entre los venerables abuelos editados por Valdemar en la colección El club Diógenes.

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The Raw Shark Texts, de Steven Hall

The Raw Shark Texts

The Raw Shark Texts

«Lo primero es lo primero, no pierdas la calma…». Éste es el consejo que, desde la portada de su debut novelístico, le da el autor británico Steven Hall a Eric Sanderson, personaje principal de The Raw Shark Texts, surrealista cóctel de tecnothriller y fantasía trufado de referencias a la cultura popular, particularmente del cine y la literatura.

La historia comienza con una escena que recuerda poderosamente a la película Memento, con un Eric Sanderson que se despierta un buen día sin saber dónde está ni quién es, desaparecidos sus recuerdos. El lector no tarda en intuir que esta situación quizá no sea tan inusitada, después de todo, pues el desmemoriado Sanderson pronto habrá de toparse con una serie de pistas, en forma de cartas y paquetes, que le ayudarán a comprender el porqué de su amnesia… pistas dejadas por alguien que firma como el «Primer» Eric Sanderson.

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