La noche en que los perros de Gran Salto empiezan a atacar a sus habitantes, la policía investiga sobre el terreno la muerte de la familia del escritor Damián Mustieles, probablemente a sus manos. Y mientras los detectives recorren la casa, se topan con una serie de extraños acontecimientos. Si cierran la puerta de la habitación donde yacen los cuerpos de sus hijos se escuchan sus voces, y al abrirla de nuevo se encuentran sus cadáveres en una posición diferente. Y el manuscrito en el que estaba trabajando termina teletransportado a casa de un antiguo amigo de adolescencia donde otra escritora, Gabriela Flanagan, se ha refugiado junto a un grupo de escolares. Flanagan, desvelada, inicia la lectura del texto de Mustieles, de un nítido componente autobiográfico. Comienza durante su juventud cuando, junto a tres amigos, encontró unos papeles que anunciaban lo que les deparaba el futuro junto al cadáver de un hombre con chistera y abrigo raído. Folio a folio descubre otros recovecos de una vida atormentada, con diversos episodios de locura, una incontrolable dependencia del alcohol y los ansiolíticos, el apoyo y sufrimiento de su mujer y una carrera profesional en la que destaca una novela que está protagonizada por una escritora también llamada Gabriela. Este cabalgamiento entre planos narrativos, de ficción dentro de algo pretendidamente real donde se encuentran ecos de una base ficcional, es la base de Ciudad de heridas, la primera novela de Miguel Córdoba publicada por El Transbordador. Un narración construido sobre múltiples capas que alientan una serie de lecturas, literarias y metaliterarias, que pueden quedar en cuestión según se vaya avanzando a través de ellas camino de la comprensión.
Archivo del Autor: Ignacio Illarregui Gárate
Baxter, de Ken Greenhall
El título de esta novela, en español y en inglés (Hell Hound), puede conducir a equívocos. El perro en el centro de la excelente ilustración de Rafael Martín para la cubierta es el motor de su argumento y el único personaje cuya historia se relata en primera persona. Sin embargo, hay a su alrededor toda una serie personas que reciben una atención equivalente. En la práctica, esa equidad convierte Baxter en una novela coral que se beneficia del protagonismo compartido. De hecho, me ayudó a olvidarme de mi mayor tensión al leerlo: a pesar de mis amplias tragaderas para asumir el pacto de ficción, con Baxter me he estrellado con la voz y el tono que Ken Greenhall utiliza para modelar los pensamientos del perro. Una decisión que puede poner en cuestión la suspensión de incredulidad durante toda la lectura.
El primer capítulo no se esconde. En tres páginas Baxter revela su cansancio por las rutinas impuestas por su dueña, una señora entrada en años. Las experimenta como opuestas a lo que entiende por vida. Sus expectativas parecen más afines a las de un joven matrimonio al que espía desde la ventana. Con esto en mente organiza el asesinato de la anciana sin que nadie pueda sospechar de él, y ser adoptado por la pareja. Esta treintena de páginas marcan la estructura del resto del libro: se abre un nuevo escenario en el cual Baxter pasa de la ilusión a la frustración y desencadena una nueva secuencia de acontecimientos que le abren un nuevo planteamiento…
Los hermanos Vonnegut. Ciencia y ficción en La casa de la magia, de Ginger Strand
Asociar Kurt Vonnegut, la Segunda Guerra Mundial y el bombardeo de Dresde es todo uno. Basta conocer un poco su icónico Matadero cinco para ser consciente de la relevancia de este suceso pesadillesco, en su vida y su literatura. Mucho menos conocida es la influencia de su empleo en el servicio de prensa de General Electric. Un desempeño que ocupó a finales de la década de los 40 gracias a la recomendación de su hermano Bernard. Bernard, químico graduado en el MIT, fue contratado por la empresa fundada por Edison para incorporarse al Laboratorio de Investigación de su sede de Schenectady. Bajo la dirección del Nobel Irving Langmuir se convirtió en parte fundamental del proyecto Cirro, una investigación sobre cómo modificar el tiempo atmosférico. Primero a la hora de producir lluvia y modificar el curso de las tormentas y después alterando el clima a gran escala. En los albores de la Guerra Fría, la idea atrajo la atención de unas Fuerzas Armadas de EE.UU. como posible alternativa a la carrera nuclear.
Los hermanos Vonnegut. Ciencia y ficción en La casa de la magia es la biografía de este período en el que Bernard trabajó para General Electric y se llevó a Kurt a Schenectady para proporcionarle una estabilidad laboral hasta ese momento desconocida. Ginger Strand se acerca a sus vidas desde un relato con una estructura casi novelesca: narra en paralelo sus vivencias en Schenectady a través de secuencias de tres o cuatro páginas que sincroniza y encaja en sendos arcos dramáticos. El de Kurt unido a un trabajo aceptado para mantener a su familia mientras buscaba la manera de ganarse las lentejas como escritor; y el de Bernard relacionado con la erosión del sueño de quien comienza a hacer Ciencia por el hecho de hacer Ciencia y choca con la instrumentalización corporativa y la militar.
Pereda Cebú, de José Luis Moreno-Ruiz
La Atenas del norte. Así se refería a sí mismo el mundillo cultural de Santander durante la postguerra. Un caldo de cultivo en el cual se movieron Gerardo Diego, José Luis Hidalgo o Manuel Arce y surgieron o se afianzaron un puñado de iniciativas de diversa entidad, alguna de las cuales ha perdurado hasta la actualidad, caso del embrión de la editorial Santillana (y el grupo PRISA) o la UIMP. Y no había un asomo de humor en la mención. La seriedad detrás del nombre, vista desde estas alturas del siglo XXI, permite todo tipo de valoraciones, de lo más mesurado a lo más… burlesco. Sin embargo, también invita a una cierta comprensión dado el erial en el que Franco convirtió España. Y de ese provincianismo endogámico donde la sección cultural empieza y termina dentro de los límites de la región o, para qué negarlo, la capital de la provincia. La expresión parece haber caído en desuso y un poco en el olvido, pero ciertos modos y comportamientos son inasequibles al paso del tiempo. Sobre ellos arroja José Luis Moreno-Ruiz todo su ácido en Pereda Cebú, una comedia extravagante entre el costumbrismo y la ciencia ficción.
Sí, digo bien ciencia ficción. Aunque su uso podría calificarse de anecdótico, sin el novum que articula la trama sería imposible la sátira y, a través de ella, la deformación de la Cantabria cultural ideadas por Moreno-Ruiz. En este caso, la clonación de José María de Pereda iniciada por una sociedad secreta de entusiastas de La Montaña y su alumbramiento por un vientre de alquiler. Este suceso se conecta con la carrera del protagonista, José Álvarez. Periodista y poeta, Álvarez acepta ser el padre putativo de la criatura cuando el director del diario regional para el que trabaja le propone ascender en el organigrama del medio hasta convertirse en el director de un nuevo suplemento. Un “flamante” dinamizador de la faceta cultural Cantabria con sus estudios sobre figuras locales, canciones montañesas, deportes autóctonos… Ambas facetas, la de padre y la de periodista, se sazonan con los detalles de su turbulenta vida personal, enfrascado en diversas aventuras extramaritales en la que destaca su turbulenta relación con una compañera de trabajo.
Revolución, de Juan Francisco Ferré
La transformación de los barrios tradicionales en comunidades dormitorio, con esa edificación más horizontal que vertical, y los procesos de gentrificación de grandes áreas urbanas son dos de las cuestiones esenciales para entender el sentimiento de pertenencia a la llamada clase media. Esa entelequia donde, desde los discursos periodístico y político, casarían tanto los que rondan los 20000 euros brutos al año como los que ingresan más de 60000. Su auge ha sido terreno abonado a cambios sociales e individuales cuyo interés para los escritores de ciencia ficción en España suele aparecer mitigado por las elecciones a la hora de ficcionalizar las pulsiones de nuestros presente. A diferencia de los autores de terror, que sí han explorado este paisaje desde sus recursos estéticos (David Jasso, Santiago Eximeno), el influjo de lo apocalíptico ha sido tan decisivo que el “deseo” de ver arder el mundo ha eclipsado cualquier otra consideración. Aun así se puede encontrar ejemplos incisivos como la recomendable Un minuto antes de la oscuridad, el atractivo espejo donde Ismael Martínez Biurrun capturaba algunos de los colapsos cotidianos de la perpetua crisis social, económica y personal de la última década. O esa distopía de la renuncia que es Mañana cruzaremos el Ganges, de Ekaitz Ortega.
¿Y qué se puede decir de ese futuro de los próximos cinco minutos? Hace un par de años escribía aquí sobre Factbook en la que Diego Sánchez Aguilar desentrañaba las tensiones de esta España post 15M con un vigor digno de una narración más atractiva. Unos meses más tarde nos llegaba este Revolución, de Juan Francisco Ferré, cuyo uso de elementos prospectivos en gran parte de su extensión es tan exiguo como alguna de las últimas novelas de J. G. Ballard. Su novum quedaría básicamente reducido a la creación de una Universidad y todas las infraestructuras necesarias para su funcionamiento alejada de las grandes urbes, en medio de la España vaciada. Un aislamiento para facilitar a los profesores sus labores investigadora y docente, además de otras cuestiones.
Gótico, de Silvia Moreno-García
Hay muchas cosas que Silvia Moreno-García hace bien en Gótico. La más relevante la sugiere el propio título: ofrece un relato gótico en toda su amplitud. Desarrolla un argumento con una fuerte componente romántica a través de unos personajes y un lugar narrativo que remiten a un imaginario clásico, a los que Moreno-García aporta un cariz contemporáneo que tarda un poco en ganar momentum. De hecho, esta historia de una joven que acude a socorrer a su prima, Catalina, casada con un hombre de origen inglés perteneciente a una familia de rancio abolengo muy venida a menos, quizás sea el mayor disuasor para acercarse a Gótico. Lo atractivo, y lo que me ha llevado a disfrutar de su lectura, es lo que ocurre en los entresijos del arquetipo; la tarea de recreación y resignificación de los elementos que componen la narración, comenzando por el misterio en las entrañas de High Place, la inevitable mansión escenario de la novela.
Cuando la protagonista, Noemí Taboada, llega hasta la pequeña ciudad donde se encuentra el edificio, Moreno-García enfatiza su alejamiento del resto del país donde se encuentra. Por las reglas que operan en su interior, su aislamiento físico en un paisaje montañoso sin infraestructuras dignas de tal nombre, y su traumática historia para la población local. La casa fue levantada sobre una mina de plata explotada por los españoles que vivió un nuevo proceso de colonización cuando una familia británica, los Doyle, se hizo con ella a mediados del siglo XIX. Esta repetición de la jugada, con su abuso de los nativos, es la que cobra relevancia cuando se comenta la extraña plaga padecida durante el Porfiriato, que exterminó a la práctica totalidad de los trabajadores, y la ruina económica ocasionada por la Revolución, y un turbulento suceso familiar cuyos detalles tardan en conocerse. Los Doyle intentan paliar la situación a través del matrimonio del heredero, Virgil, con Catalina, aunque esta aqueja una enfermedad que lleva a Noemí hasta allí; a averiguar qué ocurre con su prima y, necesariamente, resolver el enigma de detrás de High Place.
Canciones de amor para tímidos y cínicos, de Robert Shearman
Menudo órdago se lanzó Robert Shearman con Canciones de amor para tímidos y cínicos. Su título anuncia las guías que conectan sus relatos; historias con una base romántica donde Shearman explora la idea del amor en toda su amplitud: romántico, paterno-filial, tóxico, no correspondido… Esta variedad desacomplejada se acrecienta con las situaciones desde las cuales lo aborda, desde un fantástico que termina internándose en la fantasía o lo surrealista pasando por la autoficción o el terror. En ocasiones desde un punto absurdo que, aun cuando no termina de funcionar, demuestra una inteligencia, un vitriolo y, ocasionalmente, una mala hostia que afilan sus ideas en múltiples direcciones. Puede que ninguno llegue a resultar incontestable, de esos que alegremente solemos tildar como Obra Maestra, pero es fácil comprender a los jurados de los premios Británico de Fantasía y el Shirley Jackson cuando le otorgaron a Canciones de amor para tímidos y cínicos la categoría de Mejor Colección de Relatos el año de su publicación.
Shearman hace crecer sus ficciones siempre desde lo ordinario, con tres opciones de partida. Una es un principio cotidiano en el que irrumpe un suceso extraordinario destinado a darle una sacudida sin, por ello, abandonar ese entorno costumbrista. Sería el ejemplo de “Animal atropellado”, el texto más largo de Canciones de amor para tímidos y cínicos. Se inicia cuando dos compañeros de trabajo, en un incómodo viaje por carretera durante el cual no fluye la conversación, atropellan un conejo que, para su sorpresa, cuenta con unas alas a lo murciélago. Lo insólito ejerce de rompehielos y terminan consumando en un motel de carretera la química recién aparecida entre ambos. Lo mejor de “Animal atropellado” llega de la caracterización del varón dentro de un patetismo extremo junto a un subtexto sobre la necesidad de aire fresco en relaciones estancadas por lo rutinario, pero no es suficiente para hacer olvidar su falta de regularidad. Lo descabellado de ese elemento fortuito, y su trivialidad, entorpecen bastante la recepción de una historia que avanza a salto de mata. Como otros cuentos, el desarrollo es errático y amenaza con devorar, si no devora, algunos de los logros. Por fortuna, otros se mantienen incólumes.
Los fantasmas de mi vida, de Mark Fisher
De los tres libros de Mark Fisher que llevo leídos, éste es el que más me ha costado. Aunque hay una serie de ideas que lo recorren de principio a fin, su estructura capitular recuerda en todo momento su origen como recopilación de ensayos; una sensación bastante, mucho más profunda que en Lo raro y lo espeluznante y Realismo capitalista. Además abunda en dos cuestiones problemáticas según sea tu bagaje. Primero, el peso de la crítica musical. Durante los años 90 Fisher tocó en un grupo tecno y, tras doctorarse en filosofía, se convirtió en uno de los más reputados analistas musicales en el Reino Unido. Esta inclinación se deja sentir en más de la mitad de los textos de Los fantasmas de mi vida. Igualmente, el ensayo donde siembra las ideas guía del libro a ratos me ha resultado oscuro, demasiado para ser una introducción que debe abrirte las puertas e iluminar lo que vas a leer a continuación.
“La lenta cancelación del futuro” es, al mismo tiempo, el esqueleto y el tejido conectivo de Los fantasmas de la vida. La ligazón destinada a presentar los temas principales y dar sensación de conjunto. El título ya aclara su dirección; cómo una maquinaria corporativa basada en el consumo y la represión ha sesgado las mayores manifestaciones culturales del cambio hasta instaurar ese realismo capitalista sobre el cuál escribía en su obra más conocida; un presente asociado a la idea de fin de la historia en el cuál es más fácil imaginar el fin del mundo que una alternativa al capitalismo. El principal vehículo para exponer este proceso, y a lo que va a dedicar gran parte de las 200 páginas posteriores, es la música. Según Fisher, el árbol filogenético de la música, bastante sencillo de detallar a lo largo de los años 60, 70 y 80, perdió su linealidad y se quebró en las últimas décadas. Hasta el punto que resulta imposible establecer el origen o las consecuencias de cualquier movimiento en un entorno que se ha vuelto circular. La repetición de estilos y temas ha frustrado cualquier posibilidad de progreso y aboca a un presente estancado en la nostalgia. Esta cancelación del futuro se pone en contraposición a las hauntologías; artefactos culturales creados por una serie de artistas, atrapados por la melancolía de ese futuro que ya no iba a ser y la forma en que la tecnología materializa la memoria.
Oryx y Crake, de Margaret Atwood
Han tenido que pasar 10 años para que una editorial retomara MaddAddam; la trilogía escrita por Margaret Atwood entre 2003 y 2013 cuya edición quedara inconclusa tras la publicación Oryx y Crake y El año del diluvio. Antes de traducir el inédito MaddAdam, Salamandra ha recuperando este verano los dos primeros volúmenes. Conviene recordar la excelente acogida entre el aficionado a la ciencia ficción del primero de ellos, una recepción que no se repitió con El año del diluvio, un poco por la curiosa concepción de esta novela sobre la cual ahora escribo. En Oryx y Crake Margaret Atwood carga el peso sobre la invención de dos escenarios bien delimitados en el tiempo y las relaciones causa-efecto. En ese contexto, la pequeña peripecia que comprende empieza y (más o menos) termina, con lo cual, sin más información, nadie puede aducir que se haya quedado colgado. Si a esto le añades los seis años transcurridos entre la traducción de este título y la publicación de El año del diluvio, la situación puede entenderse un poco mejor.
Aun a riesgo de repetirme, me ha sorprendido el peso que Margaret Atwood pone sobre la construcción del lugar narrativo. No tanto de los personajes y sus relaciones, sino sobre el escenario y su transmisión. Un aspecto crucial cuando estás ante una distopía y un postapocalíptico, las dos historias entrelazadas en Oryx y Crake, pero cuya relevancia es tan determinante que en muchos momentos el argumento se me ha antojado casi trivial. Además Atwood entrelaza una serie de ideas profundamente reaccionarias y perturbadoras en lo que se refiere a la relación del hombre con la tecnología y la naturaleza, y la ficcionalización de las tensiones de la sociedad occidental contemporánea, que siempre se sustentan sobre una elaboración concienzuda.
Una mirada a la oscuridad, de Philip K. Dick
En 2005 la revista Gigamesh le dedicó un número a Philip K. Dick. Entre material de calado, caso de un ensayo de Damien Broderick sobre sus conexiones con el movimiento transrealista o una completísima bibliografía elaborada por el añorado Juan Carlos Planells, se incluía un Hit-Parade donde 12 lectores poníamos nota a sus novelas. La mejor valorada fue Una mirada a la oscuridad. Confirmaba una condición que se ha ganado como obra más sólida de su carrera, uno de los inexcusables lugares de paso para conocer a Dick con Tiempo desarticulado, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, Ubik o Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. De hecho se puede considerar como uno de los grandes compendios de sus inquietudes. Aunque no llega a abarcar la totalidad de las cuestiones que lo interesaron durante sus tres décadas de escritura profesional, la mayoría quedaron adosadas a una narración que funciona como semblanza de la vida de un drogodependiente en la California de los 70.
Su protagonista, Fred, actúa de agente infiltrado entre adictos a la sustancia D. Esta droga aniquila la personalidad de quienes la consumen en un proceso que, en su caso, le ha llevado a disociarse del personaje a través del cuál ejerce encubierto: Bob Arctor. Esto es algo evidente desde el segundo capítulo cuando Dick borda uno de esos momentos tan “suyos” durante los cuales quiebra el sentido de la realidad: mientras Fred expone en una conferencia su infiltración y cómo un dispositivo permite cambiar su aspecto hasta el punto que nadie puede reconocerlo, Bob Arctor se materializa en el relato y da su opinión despectiva de la audiencia desde su perspectiva de adicto a la sustancia D. Esta dislocación, por el momento oculta para Fred, sus compañeros y superiores, se hace más evidente cuando desarticular a Arctor se convierte en el objetivo principal de su misión. El policía no es consciente que esa persona a la que observa por las cámaras de vigilancia y cuyas andanzas documenta con todo detalle resulta ser él mismo.