El fugitivo, de Stephen King

El fugitivoMe voy abriendo paso, tomando apuntes poco a poco, entre los títulos que componen la saga de La torre oscura. Mientras tanto, para ir combinando Kings, voy intercalando obras más cortas, como es el caso de esta que comento ahora, El fugitivo (The Running Man): una de las cinco novelas escritas bajo el pseudónimo, como se sabe, de Richard Bachmann. Y sobre este y otros títulos no sé si hay mucho debate o no, pero el propio autor ya nos dijo, en el prólogo a la edición que manejo, que, en este caso, El fugitivo es narración pura y dura y que no quiere ser nada más que cuento, que historia, que relato, y que a la mínima que algo más atrevido se le entreveraba en la escritura, daba un bandazo para reorientarlo hacia el placer de contar una buena historia sin la necesidad de insuflarle ninguna pretensión añadida. “It’s nothing but story”, nos dice. Quiso escribir una buena historia para hacernos pasar un buen rato. También se trata de eso, la escritura. (He leído por ahí que la escribió en una semana).

Y podemos ignorar lo que dice el autor sobre su propia obra, claro que sí; es, de hecho, lo más recomendable, pero por una vez escojo escucharle y leer las páginas de El fugitivo como la sana, como la trepidante e inteligente historia de entretenimiento de acción que se propuso ser, y es. El fugitivo viene definitivamente del mismo rincón mental y emocional del que vino La larga marcha: Stephen King vuelve a ese mecanismo de dominación que es el ocio pagado, el ocio empresarial pensado para hacer de la muerte un espectáculo lucrativo. En ambas historias, que, como digo, se nota que vienen de la misma mente, vemos inmensas estructuras privadas o estatales (pero diseñadas y regidas como empresa privada), orquestando ocios televisados que giran en torno al sufrimiento y el dolor, en cuyo centro está la muerte para que los demás la gocen como espectáculo y se lucren con ella.

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Escamas de luz, de Benjanun Sriduangkaew

Escamas de luzEntre los múltiples palabros que se han popularizado a la hora de vocear nuevas obras, uno de los más fascinantes es el de retelling. Como si hasta ahora no hubiéramos encontrado en castellano la manera de definir Grendel como un Beowulf contado desde el punto de vista de El monstruo, Fuera de onda hubiera pasado bajo el radar como actualización de Emma a un instituto estadounidense, nos hubiera costado encontrar calificativo para ese recontar La Iliada que fue IliónRetelling esto, retelling lo otro, con lo bonito que es servirse de verbos que ya existen como los utilizados, trasladar, reinterpretar, para contar lo que hacen novelas como Escamas de luz. La tailandesa Benjanun Sriduangkaew toma una serie de leyendas clásicas chinas y les da la vuelta a la luz de conflictos contemporáneos. Además sitúa una parte de ella, “La leyenda de la serpiente blanca“, en un presente destinado a potenciar esa resignificación y arraigar su pertinencia.

Esta última parte es importante porque es posible que se llegue a Escamas de luz confundido. En mi caso, esperaba una novela y me di de bruces con una sucesión de cuatro historias. Las tres primeras son cuentos encadenados que dan pie a la novela corta que ocupa la segunda mitad del libro y lleva el mismo título. Esa terna de relatos mitológicos reinterpretan todo lo que tiene ver con las vidas de Chang’e y Houyi, el Arquero divino, aunque la primera, “Los cuervos: su puerta del dragón” parte de un cuento previo: el matrimonio entre Xihe y Dijun, dos deidades que dieron a luz a diez soles; nueve de los cuales fueron eliminados por Houyi.

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La Jornada del Muerto, de Larry McMurtry

La Jornada del MuertoA la hora de editar el resto de libros de la secuencia Lonesome Dove el director de Frontera, Alfredo Lara, se decantó por el orden cronológico interno en vez de seguir el orden de publicación original. La decisión cobra sentido al entrar en el primero de ellos traducido: La Jornada del Muerto. A la sazón, las correrías de juventud de Gus y Call recién unidos a los Rangers en una Texas que acaba de lograr su independencia pero todavía no forma parte de los EE.UU. Los Comanches y Apaches domeñan las extensas praderas y tierras yermas de los futuros estados de Texas, Nuevo México y Arizona. México se dice señor de los territorios al norte del Río Grande, aunque su presencia se ve reducida a un puñado de pueblos y ciudades situados en el seno de inmensas áreas deshabitadas. Este es el lienzo ideado por Larry McMurtry para curtir a ambos personajes con algo tan efectivo como esa frontera atestada de condena y muerte.

Así se viven el primer centenar de páginas, unas correrías en las cercanías del Río Grande durante las cuales se presenta a los protagonistas y algunos de sus acompañantes mientras se las ven y se las desean para salvar la cabellera en su enfrentamiento con Joroba de Búfalo. Este comanche, la némesis de principio a fin de La Jornada del Muerto, ha convertido la caza del hombre en su modo de vida: roba, secuestra y tortura a los granjeros que se han animado a salir de los poblados a buscar fortuna. Pero a falta de colonos bueno es cualquier infeliz que se desplace por la tierra de nadie de ese paisaje apenas alterado donde las manadas de bisontes acogen a decenas de miles de ejemplares y lo más parecido a la caballería son un puñado de rangers pertrechados con material de derribo.

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Tenemos que hacer algo, de Max Booth III

Tenemos que hacer algoUna alerta de tornados lleva a una familia a encerrarse en el lugar más seguro de su casa: el baño interior. La madre, el padre y los dos hijos se enfrentan a lo que parecen unas horas de pánico ante la incertidumbre de si serán golpeados por lo peor de la tormenta. Pero va a ser más tiempo: un árbol cae sobre la casa y bloquea la única salida dejándoles incomunicados, sin comida y bien cargaditos de conflictos sin resolver; entre ellos y con ese mundo del que han sido separados de manera abrupta.

De los cuatro, Max Booth III se acerca sobre todo a Mel, la hija mayor. Es a través de su mirada y su bagaje mediante los cuales se observa ese espacio exiguo atestado por cuatro personas, condenadas a chocar en una incesante partida de billar sin troneras con disparadores como el alcoholismo del padre, el conformismo de la madre, la inocencia de un niño para el cual todo es un juego y una adolescente enamorada de una compañera en un lugar donde la homofobia es parte del menú. Los secretos no dejarán de acechar y saltar en ese espacio liminal convertido en un lugar que habitar, dispuesto a ser humanizado a golpe de incomprensión, ataques personales, amagos de reconciliaciones… En su revoloteo continuo alrededor del trauma , además de la hiel, Booth III deja márgenes para la ternura incluso en el comportamiento del padre. Fogonazos de cercanía y cariño que ayudan a entender por qué han seguido juntos.

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A Masterpiece in Disarray. David Lynch’s Dune: An Oral History, de Max Evry

A Masterpiece in DisarrayEra inevitable que con el estreno del Dune de Villeneuve hubiera un cierto revival del Dune de David Lynch, más con tantas personas que la vieron en su niñez-adolescencia ocupando lugares relevantes en el periodismo cultural y esa legión de espectadores de la Generación X aupados a la categoría de ávidos consumidores de nostalgia pop. Muestra de este renovado interés es esta historia oral focalizada, sobre todo, en los testimonios de quienes han sobrevivido a estos cuarenta años desde su estreno para relatar sus recuerdos: la dilatada preproducción, la compleja producción en México, la caótica postproducción aquejada por la falta de presupuesto, y la recepción. Sobre todo lo que desean traer a colación.

Este matiz es importante. Cuatro décadas se dejan sentir sobre la memoria, más sobre una película dirigida por una personalidad tan apreciada a estas alturas como Lynch. Así, parte de ese encadenamiento de vivencias contadas por quienes las vivieron, sin reformulación o con mínimos cambios por parte de Max Evry, termina siendo una celebración de su figura. El talento que había mostrado en sus films previos; su implicación sin concesiones en una película que, de haber salido bien, seguramente habría cambiado su carrera posterior; cómo fue capaz de sobrellevar la presión durante un rodaje lleno de vericuetos en México, incluyendo unas últimas semanas en las que se acabó el presupuesto y hubo que prescindir de parte del guión; una postproducción condicionada por esa carencia de pasta que limitó los efectos especiales a aplicar; una fase de montaje donde se pasó de las más de tres horas de una primera versión hecha por Lynch a las poco más de dos horas ejecutadas por la gente de la Universal que se implicó en su “salvación”…

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Zangetsuki. Crónicas de la Luna, de Masakuni Oda

ZangetsukiRecientemente he vuelto a El año que vivimos peligrosamente. Entre toda su memorable presencia, hay una frase de Billy Kwan, el personaje interpretado por Linda Hunt, que me viene como anillo al dedo para introducir Zangetsuki. Crónicas de la Luna. Viene a decir que en los argumentos que plantean las historias que nos contamos en occidente siempre esperamos un cierre, una respuesta clara. En el wayang kulit (teatro indionesio de sombras), sin embargo, no hay conclusión. Esta falta de desenlace meridiano, la posibilidad de dejar una historia sin un posicionamiento del narrador, en suspenso, sin atar del todo, es una de las característica de muchos relatos orientales (y occidentales) que más nos cuesta aceptar al común de los espectadores cuando nos damos de bruces con algo así. Zangetsuki se puede considerar en parte como un caso práctico de cómo salir bien parado de una propuesta así. Lamentablemente, Masakuni Oda también da pie a los horrores de todo lo contrario: los monstruos narrativos que emergen de un entramado que se preocupa de no dejar el menor espacio para la duda. El mazazo de estrellarse contra una propuesta de una literalidad extrema.

Estas dos facetas se encuentran en Zangetsuki. Crónicas de la Luna porque en su interior se presentan tres narraciones. Algo que la edición de Minotauro no menciona por ningún lado (ni siquiera incluye un índice). Las dos primeras, “Y entonces la Luna dio la espalda” y “La piedra del paisaje lunar”, son dos novelas cortas. La última, “Crónica de Zangetsu”, es una novela con todas las de la ley. Entre ellas hay alguna conexión mínima, sobre todo la proverbial influencia de la Luna sobre el comportamiento humano; una suerte de licantropía a la que Oda imprime cualidades diferentes en cada historia que dan vuelo al cliché. De hecho, en las dos novelas cortas acierta a alejarlo del terreno trillado para urdir unos retornos atractivos, en su poder simbólico y en su manifestación a pie de suelo.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. Consultoría y conclusiones (5 de 5)

Ponentes cyberpunk

Algunas empresas llevan tomando nota del potencial de estos «futuristas racionales profesionales» que son los creadores de cf y unos cuantos en los últimos años han conseguido mayores ingresos en tareas de consultoría que con su trabajo creativo. Ya en 1990, en una entrevista que hice a Pat Cadigan, me reconoció que esa parcela suponía un porcentaje creciente de su trabajo, y su tarjeta profesional la presentaba como «escritora – futurista». Cadigan no ha publicado ninguna novela original ni colecciones de cuentos desde 1995, pero estuvo por ejemplo en 2015 ofreciendo una conferencia en la Fundación Movistar de Madrid.

William Gibson, el considerado padre del movimiento ciberpunk con su novela Neuromante, se dedica hoy casi de manera primordial a dar conferencias y ofrecer servicios de consultoría. El otro gran autor del subgénero, Bruce Sterling, ha reconocido que disfruta tanto en su labor como «asesor futurista» como en la literaria, ya que la consultoría le permite «influir en discusiones sobre innovación y dirección tecnológica de manera directa y práctica».

PriceWaterhouse Cooper hizo público en 2018 un estudio titulado «Using Science Fiction to explore business innovation». Kim Stanley Robinson, Alastair Reynolds, Tim Maughan o el ya varias veces mencionado Neal Stephenson son otros autores en activo que colaboran con think tanks o empresas, si bien los prejuicios que todavía rodean al género hacen que sus actividades no siempre se hagan públicas.

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Guardians of the Phoenix, de Eric Brown

Guardians of the PhoenixDescubrí a Eric Brown por un libro de cuentos de terror y ciencia ficción –el creo que aún por traducir Ghostwriting– y pronto fui a la misma librería a por más. Uno de los cuentos, de esas incursiones en el terror y la ciencia ficción tan bien soldadas, imaginaba la posibilidad de estar vivo y muerto a la vez en una unión de contrarios que haría las delicias de Octavio Paz. Al ver, pues, de lo que era capaz el autor, me puse, como digo, a buscar, y vi que en su bibliografía había una novela postapocalíptica –subgénero de mi predilección, diría– y me llevé esta Guardians of the Phoenix que es pura gracia y sorpresa y delicia sin fin.

Vamos a ver. ¿Qué tenemos por aquí? Pues una novela postapocalíptica europea, de arrasado escenario parisino, en la que vemos salvajismo y crueldad en forma de unos personajes influidos yo diría que por Cormac McCarthy y Frank Herbert. Tenemos una Europa reseca, inerte, expuesta en un subgénero comúnmente dominado por la geografía y el imaginario estadounidense, lo cual es ya un giro interesante, curioseante, para los aficionados. En ese sentido, Guardians of the Phoenix es una de las más destacables novelas, sin duda, de este siglo que avanza.

Con sus tres ejes principales: Copenhague, París y Bilbao. En la novela, o el relato, postapocalíptico, hay escenarios limitados: está el nevado, está el arrasado o quemado y ceniciento, está el de la vegetación desatada, está el inundado, y está, como el de esta novela más o menos reciente, el desertificado. Todo está cubierto de arena, ya desde una apertura que es una maravilla; y cómo llena de extrañeza y espanto la visión tan común de la torre Eiffel de París. Reimagina y por tanto resignifica un imaginario conocido, mundialmente icónico, hasta dejarlo en algo carente de significado, en un lugar donde, con suerte, encontrar unas lagartijas para comer. Murciélagos para estofar. El escenario postapocalíptico reconfigura el tópico, le da la vuelta, le arranca nuevos impulsos significantes, respeta al público lector por querer llevar las cosas un poco más allá de lo esperado, de lo ya sabido desde siempre, y amplía el alcance del género.

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El efecto performativo de la ciencia ficción. La huella en la opinión pública (4 de 5)

Hal 9000

Al igual que el pequeño Asimov, espectadores y lectores de todo el mundo han ido conformando una visión apriorística de ciertos adelantos científicos basada en obras de cf. La opinión pública está más impregnada de cf de lo que se podría imaginar: mira ahora la llegada de la IA recordando al Hal 9000 de 2001, una odisea del espacio, o a la guerra humanos-máquinas de Terminator. De hecho, la desconfianza del género viene de mucho más atrás. Recomiendo disfrutar las apenas veinte líneas de uno de los relatos más famosos de Fredric Brown.

En este apartado, de nuevo hay que citar a Isaac Asimov, que ya en 1942 enunció las tres leyes de la robótica como vehículo para contener la mayor fuerza e inteligencia potencial de las máquinas. Pese a la admiración por la otra gran obra de Asimov (Fundación) de todos los tecnoligarcas, raramente han manifestado su intención de utilizar barreras éticas similares a las tres leyes (luego cuatro) asimovianas para la IA, algo que sí ha hecho un grupo de investigadores con una ONG llamada Law Zero.

Sobre cómo la opinión pública está impregnada de la cf debo mencionar una anécdota personal. En 1996, el anuncio del nacimiento de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado, se produjo cuando trabajaba en la sección de Sociedad de un periódico de tirada nacional. Para mi desconcierto, pese a ser entonces ya un aficionado al género, la respuesta más frecuente que produjo el anuncio fue la de preguntarse si se podría clonar a Adolf Hitler. No a Jesucristo, Albert Einstein o Marilyn Monroe, sino repetidamente Hitler. El origen de esa fijación, más allá de la ley de Godwin, que ya había sido enunciada por entonces, estaba en unas ficciones no tan populares: la novela Los niños del Brasil, de Ira Levin, que Franklin Schaffner adaptó al cine en 1978 con un estelar reparto de veteranos.

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Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enríquez

Un lugar soleado para gente sombríaTras la grata impresión de Nuestra parte de noche, he tardado en regresar a Mariana Enríquez. Sin otra novela reciente que degustar, no tenía el ánimo para su manera de enfocar los relatos. Nada en contra de esa narración en primera persona a través de una mujer involucrada hasta las trancas en un deslizamiento hacia lo fantástico y la consiguiente perspectiva feminista, siempre variada respecto a la ya vista en las historias previas o la que llegará en las siguientes. Pero sí una cierta pereza ante relatos construidos más sobre la atmósfera y la sugerencia, reacios a concluir con una resolución franca. Cosas de mi estado actual frente a la lectura de cuentos, pero también una consecuencia de cómo afronto una colección, quizás sin la debida reflexión tras cada uno, con la sensación en algunos de haber sido cerrados sin terminar de perfilar su sentido.

Sin embargo, ha sido ponerme con Un lugar soleado para gente sombría y disfrutar de la lectura. Una compañera de la tertulia de Santander definía el libro como una sucesión de historias contada una noche de pijamas por gente de mediana edad con el crepúsculo de sus vidas asomándose desde el horizonte. Narraciones de terror lanzadas para proyectar algunos de los miedos más cotidianos de este momento vital: los pecados del pasado (personales, familiares, históricos), el decaimiento del cuerpo, la eterna crisis económica (Argentina)… En su mayoría cuadran el círculo de combinar todo ello sin que se sienta gratuito. Ahí encuentro los que más me han gustado.

En esa lista figura bien alto “Mis muertos tristes”, una posición refrendada por su lugar en el libro: la apertura. Con un aire a fantasmagoría, está protagonizado por una mujer que continúa en su piso después que su madre muriera de cáncer allí; su fantasma la acompaña como lo hacen los de otros muertos en una barriada popular, cercada por la precariedad y una violencia que mantiene a sus habitantes en estado de alerta. Las historias de esa vida asediada por los miedos de nuestro mundo en convivencia con los espantos del que viene después, se encadenan en un testimonio bien tramado que, además, se enhebra en un crescendo en el que no hay atisbo de resolución. Tampoco se echa en falta. En un puñado de páginas, Enríquez ha esbozado temores que ponen en solfa a los vivos y que la narradora sobrelleva con la entereza de saber que poco puede hacer para librarse, más que seguir adelante dejándose mecer por ellos.

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